La hora nocturna en la que vuelvo de mi segundo trabajo

bajo del colectivo, tengo que caminar tres cuadras.

A la primera me tiemblan los músculos

de la entrepierna. Por un instante me pregunto

si llegaré a casa, si no sería mejor sentarme

un ratito en el cyber – no para leer mi correo, sólo sentarme

y no llegar a casa. Pienso en lo que me espera.

si están los chicos, cocinar. Quizás la empleada ya bañó a Paloma

y le dio la cena y puedo sentarme en el living a mirar las noticias.

 

A la segunda cuadra pienso en todos los amigos que no veo
desde hace tanto.

Pienso que quizás vienen a visitarme de sorpresa esa noche

y me tiemblan más las piernas, pienso en mañana,

poner el despertador que suene más veces, van a echarme
del laburo de la mañana

si sigo llegando tan tarde, si vienen los amigos no me acuesto temprano

y no escucharé el despertador.

En la última cuadra pienso en el dinero. No importa la altura del año

del mes. Siempre hay una o varias cuentas.

Hay que decidir cuál dejar impaga, hay que establecer las prioridades.

Sé que cuando pienso en las cuentas

hablo sola. Cuando me cruzo con alguien hago de cuenta
que estoy cantando.

Siempre hay alguien que me debe y algunos varios a los que debo.

En eso pienso hasta que abro la puerta.

A esa altura no pienso en mis ochenta alumnos de la mañana

y me olvidé de las entrevistas con pobres de la tarde.

Mi amigo Toni dice que él pasa las mismas angustias que yo

en procurarse dinero para sobrevivir

pero duerme la siesta rodeado de bonitos paisajes.

También dice que las mujeres argentinas

somos demasiado apegadas a nuestros hijos.

 

 

 

mujer cansada

 

 

María Laura Prelooker