la poesía de

chantal maillard

 

andrés catalán

 

 

La verdad de la poesía es para Chantal Maillard

«más directa que aquella que pasa por el puente

de las abstracciones.

La abstracción es, en realidad, un rodeo innecesario

mediante el que se pretende verificar el ser de las

cosas»

[Contra el arte, Pre-Textos, 2009]

 

 

 

 

Sus dos libros de poemas más importante son: Matar a Platón e HilosSu camino poético se inició con la publicación de Hainuwele (Ayuntamiento de Córdoba, 1990),  reeditado junto con una selección de poemas procedentes  de sus primeros libros en Hainuwele y otros poemas.

Ya en este primer libro están presentes dos rasgos de la poesía de la autora: la concepción del libro como discurso unitario,  y la presencia protagonista de la que será su obsesión más recurrente, la muerte.

Marca de la autora es también el distanciamiento —intelectual, no emocional— del yo poético, que en este caso se logra mediante la invención de un yo ficticio, Hainuwele, figura de un mito indonesio, enamorada del Señor del Bosque, a quien busca y a quien se ofrece.

Será con Matar a Platón, premiado con el Nacional de Poesía, con el que alcance la madurez poética.

En él las cuestiones metalingüísticas se sitúan en el centro de los poemas, desplazando a todo lo demás. La anécdota vertebradora es simple: un camión atropella a un hombre.

Una vez más, la muerte. Pero ahora el acercamiento al acontecimiento es a través de una articulación heterogénea, múltiple y fragmentada de las perspectivas, a través de una mezcla de narración, meditación, descripción y lirismo que intentan abordar cada uno a su manera la tragedia real.

Junto a ello, hay un distanciamiento y un cuestionamiento ante el propio lenguaje que se plasma en todos los poemas del libro

 

«¿Es poesía el verso que describe

fríamente aquello que acontece?

Pero ¿qué es lo que acontece?»

 

La conciencia de que el lenguaje es una construcción ficcional y la desconfianza ante el mismo darán un paso más aún en su último libro de poemas, Hilos. Escrito tras la muerte de su hijo, es un intento de encontrar un refugio, ante el dolor y la muerte, en la poesía.

A la vez, sin embargo, este refugio, la necesidad de este refugio, se analiza, se disecciona, se interroga. El tono es seco, duro, las frases brevísimas. Hay en él una inseguridad ante el acto de decir que se plasma en cada verso.

Desaparecen casi del todo las metáforas, el yo se enclaustra en el interior del pensamiento y en la reflexión sobre el acto de decir, simultánea a este mismo acto. 

Los poemas se llenan de balbuceos: repeticiones, anacolutos, fragmentaciones sucesivas, diseminaciones.

Desaparece, al contrario que en Matar a Platón, la explicitud del acontecimiento. Reconocemos el dolor, la angustia, pero no sabemos qué ha sucedido.

El acontecimiento, así, desaparece en la reflexión. Distanciándose de sí misma y de su tristeza, distanciándose del hecho real para concentrarse en los mecanismos de

procesamiento de esa realidad, la autora encuentra un cierto consuelo («la pena observada es menos

pena»).

El consuelo del conocimiento, de ese conocimiento que sólo se logra tras hacer y deshacer mil veces el tejido lírico del pensamiento.

 

 

 

 

LA ÍTACA DE CHANTAL MAILLARD

 

chantal maillard

 

bélgica. cuadernos de la memoria

pre-Textos, 2011, 340 pp

 

josé ángel barrueco

 

«Hay viajes que pueden contarse y otros que no.»

Así comienza el recorrido de Chantal Maillard por los paisajes y los recuerdos de su infancia,

asociados al país donde nació (Bélgica, 1951). Un recorrido emotivo, bellísimo, que viaja a

lomos de una prosa que evidencia el talento de la autora como poeta.

Porque estamos ante unos Cuadernos de la memoria (tal es el subtítulo del volumen) y, por tanto,

es un itinerario narrativo, pero siempre matizado con el toque lírico.

A veces se habla de «libros luminosos», libros lúcidos y refrescantes que nos alumbran el camino,

libros cuyas páginas se abren como flores repletas de luz.

Gracias a su lectura, «vemos» mejor. Y eso es Bélgica, eso supone esta travesía por la memoria de

Maillard: un libro luminoso.

El lugar al que volver, el sitio de donde parte todo: «Mi Ítaca es, o ha sido, Bélgica», apunta en uno

de los pasajes.

Mediante una prosa fragmentada, y con intervalos entre cada viaje, y con pequeñas (casi diminutas: se

necesita una lupa para apreciarlas) fotografías de su infancia, del presente y de los lugares que habitó

(fotografías que a menudo se incluyen en los márgenes), y con un álbum de imágenes en color, en sepia

y en blanco y negro, Chantal Maillard nos ofrece un vistazo por algunos rincones de su biografía,

entreverada de hallazgos y de reencuentros.

 

El sexto viaje, titulado «Las casas», nos trae a la memoria esas páginas de Paul Auster en su Diario

de invierno en las que traza el mapa de la memoria a través de los pisos que alquiló o compró hasta

el momento actual. Es uno de los capítulos con los que, sin duda, más disfrutará el lector. Ya en la

contraportada del volumen se incluye una especie de aviso: «Bélgica no es una autobiografía, tampoco

es un libro de viajes».

En efecto, ese carácter misceláneo, híbrido entre los géneros, supone un gozo para quienes preferimos

leer libros que escapan a las etiquetas y a las clasificaciones.

En Bélgica conviven el diario, la autobiografía, la prosa poética, la narrativa, el pasaje visual… Y no

falta, para nuestro gozo, el ensayo, como demuestran los textos incluidos en los apéndices: reflexiones

sobre Marcel Proust y Georges Perec, el tiempo y la pintura, etcétera, que acaban siendo tan sabrosas

como la búsqueda de los años de juventud de la autora.

 

Hay algo tan cercano en estas páginas que parece que Chantal Maillard nos narra desde la intimidad

de una salita, como si estuviéramos tomando el té junto a ella y no hubiera otro ruido que el de su voz y

el canto de un pájaro, allá fuera.

Conviene despedirse con un párrafo del libro:

«En el camino de vuelta, desde el tren, contemplo ventanas cuyos visillos nunca descorrí, fachadas

cuya solidez nunca me amparó, umbrales que nunca cruzaré. Imagino vidas que me son ajenas, recorro

sendas que no me pertenecen y hago recuento de las pérdidas. Soy uno de esos personajes de hierro,

viviendo en mi carcasa; mi corazón es el eco de lo que pasa fuera, su latido se expande en mí sin que

nadie repare en ello, sin que nadie lo sepa. Ciega, pero sonora». 

 

 

 

 

 


 

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