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Cuando las cosas y sus nombres coinciden: Gabriel Insausti

Noviembre 2011 – Nueva Revista número 85

Autor: Julio Martínez Mesanza

Poeta, profesor, traductor, editor, crítico cinematográfico… Gabriel Insausti (San Sebastián,1969), pese a su juventud,

ha frecuentado ya casi todas las trincheras de la literatura.

Fue un lujo, por ejemplo, oírle hablar de Luis Cernuda el verano pasado en El Escorial. A la obra del poeta sevillano está

dedicada, precisamente, su tesis: La presencia del romanticismo inglés en el pensamiento de Luis Cernuda (Eunsa, 2000).

El primer libro de poemas de Gabriel, Vísperas del silencio, recibió el premio Gerardo Diego de 1991. El último, hasta

ahora, ha sido finalista del Premio Nacional de Poesía (Últimos días en Sabinia, PreTextos 2001).

Fina percepción de las analogías, serena reflexión, sabiduría para representar lo intangible con imágenes tangibles: ésas

son, a mi juicio, algunas de las virtudes de la poesía de Gabriel Insausti, de quien ofrecemos este adelanto de su próximo

libro que verá la luz en la Editorial Renacimiento.

Un servidor es poco dogmático en cuestiones sublunares, que obligan a caminar por terrenos movedizos, cambiantes,

relativos: mejor dejar el dogma para cuestiones supralunares, si es que las hay. Quiero decir con esto que entre mis numerosas

virtudes no se encuentra la de poseer una estética definida, cerrada y excluyente: como lector, la poesía que me gusta puede ser

experiencialista o culturalista, expresiva o parca, narrativa o puramente lírica, de derechas o de izquierdas, partidaria de Gwyneth

Paltrow o de Rocío Jurado. Que todo tiene su interés.

Lo que sí puedo aventurar es qué ha sido la poesía para mí hasta ahora y -cosa llamativamente distinta- qué pretendo

yo que sea. Aunque no desdeño el juego verbal, esto de la poesía siempre me ha parecido más bien un modo de estar en el

mundo, que en mi caso tiene que ver con una actitud contemplativa, con un cambio de ritmo, con un paréntesis en la actividad

diaria; más que un oficio, una modalidad del ocio, en el sentido más aristotélico.

Soy una persona de temperamento marcadamente visual, más que sensual: no imagino mayor privación que la ceguera

ni mejor comunión que la mirada. Y creo que eso se nota en la tendencia de mis versos a construir escenarios aptos para un

determinado acontecimiento. Vamos, que me parece irrenunciable el arranque espaciotemporal, la situación.

¿Qué sería entonces el poema? Pues el residuo -o el fingimiento- de un momento feliz en que las cosas han tenido un

sentido, han rezumado una luz distinta: ese momento en que se atisba algo que escapa al criterio habitual con el que medimos la

realidad. Claro está que la poesía traiciona toda poética: lo que acabo de decir sólo se corresponde someramente con los

poemas que presento, que además tienen mucho de ejercicio. Pero en fin: el poeta propone. Lo que no está claro es quién

dispone.

     

el eco de mi propia fantasía

¡El lento resoplar de aquellos trenes

en la estación del Norte!Los andenes

vestidos de un tumulto desgarbado,

los mozos, la consigna, aquel tejado

que daba en las cocheras a la vista

un toque Victoriano o impresionista.

Un silbato: la hora. Los viajeros

repetían adioses y tequieros.

Después, sobre el espacio de la vía,

flotaba una sutil melancolía

que contaba, sin fin, la misma historia

eterna como el giro de una noria.

Yo veía pasar esos vagones

cargados con las tercas invenciones

de mi imaginación, hacia un lejano

paisaje del oeste americano.

Así, sin sospechar de los países

su seca geografía en tonos grises,

viajaba en una azul locomotora

que entonces era mágica. Y ahora

la estoy viendo llegar desde el pasado:

los mozos, la consigna, aquel tejado…

Extraña realidad, que parecía

el eco de mi propia fantasía.

 

La poesía

Ese raro momento en que las cosas

y su nombre coinciden. Esa insólita

urgencia por salvarlas del olvido

que entonces se abre paso entre palabras.

Ese instante certero que trastoca

la luz de los objetos y nos muestra

su humanidad posible. Esa certeza

que después sobreviene recordándonos

cómo todo camina hacia la muerte.


 

 

 

 

 

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