la poesía luminosa de john ashbery


miguel ángel muñoz

 

 

 

 

     

John Ashbery, es sin duda, el poeta norteamericano vivo más importante en la actualidad.

Para el crítico Harold Bloom, Ashbery es el último de los canónicos. Se licenció en las universidades de Harvard en 1949 y por la Culumbia en 1951. En 1955 se marcha a París y trabaja como crítico de arte para la edición europea del Herald Tribune y como editor de la revista trimestral Art and Literature (1964-67). Intervino también en la prestigiosa revista Locus Solus (1961), entrando en contacto con un grupo de escritores y artistas neoyorquinos entre los que se hallaban James Schuyler, Kenneth Koch, Frank O’ Hara, y, algunos de los pintores de la Escuela de Nueva York como Esteban Vicente o Franz Kline. La temprana muerte de O’ Hara en los sesenta ya desmembró a los contertulios de Cadar Tavern del Village.

El primer libro de Ashbery, Some Trees, se publicó en 1956, y tuvo contundentes elogios como el de O’ Hara que escribió: “es el libro más hermoso que ha aparecido en América desde Harmonium”. A éste le siguieron The Poems (1960), The Tennis Court Oath (1962), Three Madrigals (1966), Three Poems (1972) y The Vermont Journal (1975), hasta llegar a su libro más importante, Self- Portrait in a Convex Mirror (1975), que obtuvo el Premio Pulitzer de Poesía, el National Book Award y el National Critics Circle Award, sumándose a la interminable lista de premios que engalanan su carrera literaria, anglosajones casi todos, aunque no falta el Grand Prix de Bienales Internacionales de Poésie otorgado en Bruselas.

La poesía de Ashbery, sobre todo en sus comienzos y hasta la consagración que supuso Self-Portrait in a Convex Mirror, fue considerada “original hasta la ininteligibilidad”. Las fuentes de su obra son Auden, Stevens, Perse, Whitman, Eliot, Valery, Roussel, Hölderlin, algo de poesía popular épica, y mucha poesía americana e inglesa de los años treinta. “Intento utilizar las palabras de manera abstracta -dice el poeta- como un pintor abstracto utiliza la pintura… Al principio yo quería ser pintor, y pinté hasta los dieciocho años, pero tengo la sensación de que como mejor podría expresarme sería musicalmente…”.

Que se trata de una obra absolutamente excepcional en la poesía de nuestro tiempo puede afirmarse sin cautela. Ashbery refiere en él, con un patetismo tajante y estremecedor, un éxodo construido sobre los patrones místicos y cotidianos del despojamiento de los ropajes del mundo. Poeta total en muchos sentidos, y “el primer gran poeta -como dice Harold Bloom- de la Edad Posmoderna. Su importancia sólo es equiparable a la de Yeats o Stevens”. Su libro Una ola puede considerarse como su testamento, un volumen sobre la muerte y la memoria en el que Ashbery despliega toda su maestría en el manejo de las metáforas, el poema de largo aliento e incluso la prosa.

En Ashbery la visión no es teoría, sino vivencia elevada al máximo grado ficción, ha introducido en el poema un nuevo modo de discurso, y lo ha ido afinando hasta lograr que el verso pierda sus convenciones. Es una poesía exacta y móvil, en cuyo mecanismo puede captarse todo lo invisible, incluido “el olor de la luz”, la epopeya de lo cotidiano, concebida como un “pasar la misma calle en tiempos diferentes”, porque estamos “entre la nada y el paraíso”. Esa misma intensidad y belleza que deslumbra y convoca a quienes son capaces, como John Ashbery, de oír unas y mirar Un nuevo espíritu que nos reclama: “Pensé que, si podía ponerlo todo por escrito, ésa sería una forma. / Y luego se me ocurrió que dejarlo fuera sería otra forma, aún más verdadera…”.