La Revista: Entrevista /Torrente Ballester

Por Elena Pita

La revista num.101

El Mundo

Sigue escribiendo porque confiesa que no sabe hacer otra cosa y porque tiene que vivir de algo.

Desde lo alto de sus 86 años, reposados, largos y fértiles, mira hacia atrás y afirma con seguridad

que el gran error de su vida fue no hacerse rico.

Sólo hubo que recoger la ropa tendida, en el patio de su casa, húmeda aún la ropa de la noche al

relente, no fuera a salir en la fotografía. Húmedos también los huesos del escritor, que por eso se

va a Salamanca, ciudad que le conserva templado y seco entre las piedras.

Está Torrente recién levantado, a las doce y media. Y empieza el día contemplando:

“Vamos a ser sinceros, yo ya no contemplo mucho, el día lo paso dormitando, así, haciendo el viejo”.

Así hasta la hora de la merienda. Como le hemos importunado temprano, hace el esfuerzo de hablar:

que nada le cuesta (“¿tú crees que me molestas?”). Escucha con la cabeza gacha, como en un breve

ejercicio de sueño, luego la levanta y cuenta, “te voy a contar un caso”, dice. Oye a rabiar, “porque

tengo muy buen oído y casi no veo”; tiene además el escritor grandes orejas.“Al oído le doy el valor

que tiene, porque vivo entre sordos. Mi suegra (la señala, impertérrita en una silla aledaña), mi suegra

es completamente sorda. Y mi mujer va camino de serlo”. El humor le sale a raudales, a lo mejor sin

que él lo quiera. Ha escrito una novela, “novelita”, dice el escritor, al dictado y en ferrolano, el lenguaje

que él mejor se escucha: Los años indecisos, se titula, corregida por su hija. “Trato de acostumbrarme

al magnetofón, pero escribir sin papel no es lo mismo”. A Torrente le falta el tacto de la hoja, no palpa su

escritura. Y aunque ahora la vida no le acucia, piensa en el futuro: “Acuciará”. Así que anduvo todo el

verano, de siete a nueve, tras la merienda, dictando un cuento para niños: “Nunca se me había ocurrido,

se me ocurrió aquí. Y ahora estoy ahí parado, porque no sé si dejarlo o seguir con el personaje, hacer

más cuentos”. Abrasa el cielo en A Ramallosa, lugar de Baiona donde los Torrente pasan largos veranos,

tiempo de otros tiempos, desde que en los sesenta cambiaron sus Rías Altas, de mar encrespada, por

el clima más benigno de esta frontera con Portugal. Vuelve a sus rías en Los años indecisos, que rinden

tributo al padre marino del escritor. Y así el protagonista, que bien pudiera ser él, estudiante de Derecho

metido a escribiente en papeles públicos, crítico teatral, decide el futuro que Torrente Ballester (Ferrol, 1910)

no eligió, y seguro aún le duele: ser marino, profesar el atlantismo abordo de barcazas rumbo a la Argentina.

Sudandico está el escritor, parafraseando el buen castellano de Andalucía, que le gusta.

Pero más allá del sol, sobre las Islas Cíes, la leve grisura del horizonte anuncia el viento

suave de las castañas, pronto a llegar. En una semana, la familia Torrente, 11 hijos, nietos y

bisnietos, recogerán pertrechos: camino a Salamanca.

P.¿De vuelta al destierro, gallego?

R.-Destierro, según, porque a mí me gusta Salamanca, me sienta bien, pero no puedo pasar sin Galicia: todos los años vengo dos

o tres meses.

P.-Trasterrado entonces.

R.-Bueeno, ya no actúo de gallego en Salamanca, pues casi no salgo de casa.

P.-¿Y aún silba, Torrente, por tradición familiar?

R.-Ya no (y baja la voz, como queriendo contar un secreto). Ya no (en bajito también). No.Silbaba cuando me afeitaba, pero ahora,

como me afeito con máquina eléctrica, eso no da lugar para silbar.

P.-¿Y aún bebe whisky, por prescripción facultativa?

R.-Sí, eso sí. Eso no me lo quita nadie. Por las tardes, después de merendar, siempre un whiskycito largo.

P.-¿Y todavía escribe, después de las seis?

R.-Dicto, a veces. Pero escribir ya no, porque no veo nada, desde hace unos tres años. Lo que pasa es que es distinto a cuando uno

escribe directamente, hay una diferencia grande que después se nota en la escritura. Los libros dictados son distintos.

                 “la gloria me importa un pito, en cambio el tiempo, no”

P.-Pero usted no es un superviviente de la escritura.

R.-No, todavía no. Un superviviente no hace nada, y yo tengo que hacer.

P.-Hace años dijo de su obra: “la tengo hecha”, ¿qué es entonces esto que ha seguido publicando?

R.-Y lo sostengo, pero es que hay que vivir. Ahora, por ejemplo, publico una novelita, porque como uno tiene

recuerdos y experiencias.

P.-Torrente, ha vivido 86 años desconociéndose, también lo ha dicho, ¿qué se inventa de sí mismo, para ir tirando?

R.-Pues mira, unas veces invento que soy inteligente, pero otras, no, porque no me conviene.Cuando estoy de pie soy tonto

completo, cuando me siento soy medio tonto.

P.-¿Y cuándo es inteligente?

R.-Cuando escribo, no hay más remedio: por eso escribo pocas veces.

P.-¿Sería más cómodo ser medio tonto siempre?

R.-Tiene muchas ventajas. Yo, por ejemplo, cuando me despierto digo: hoy no me funciona tal dedo o tal cosa o nada. Si fuera tonto,

no me daría cuenta. Hay que ser tonto para no darse cuenta, y mientras dura, bueeeno, vida y dulzura.

P.-¿Lo bueno de la memoria, Torrente, es que permite inventar recuerdos?

R.-Yo invento recuerdos, o los inventé más bien, pero la capacidad inventiva se va: la imaginación se pierde.

P.-Pero la memoria sigue ahí, ¿no inventa?

R.-La memoria no sirve de nada, da muy poco, no inventa: sobre la memoria se inventa, y eso es lo que desaparece con los años.

P.-¿Y esa memoria inventada es lo más grande de la literatura?

R.-La imaginación, que es un trabajo sobre la experiencia, da las grandes obras de la literatura. Hace falta la experiencia, el material

sobre el que trabaje la imaginación.

P.-Usted recuerda el paso de la escolta real cuando apenas tenía dos años, ¿recuerda o inventa?

R.-Es el recuerdo más antiguo que tengo. Era el día que se había botado el España y se inauguraba el tren Betanzos-Ferrol.

Fue en mayo del 12, yo nací el 13 de junio del 10.Recuerdo que estaba en brazos de una mujer, y recuerdo el avión

del aviador Piñeiro, que volaba dos o tres metros encima de la mar, y cayó.

P.-O sea, que sobre una pequeña memoria se puede inventar algo grande.

R.-Hombre, claro que se puede inventar, se puede inventar todo: lo importante es tener capacidad de invención.

P.-¿Así la gente del Norte emigrante recuerda La Habana antes de visitarla, y desembarca en un puerto de la memoria colectiva?

R.-Eso les pasa a los gallegos del Norte. Yo estuve en Cuba hace cuatro años, y,efectivamente, me pasó eso: tuve la impresión

de haber estado ya allí. Yo supe que existía LaHabana antes que Madrid. Mi padrino, mis tíos, mi hermano viudo,

estaban en La Habana. (Es aquí cuando canta, “Cuando salí de La Habana, válgame Dios”. Lo cantaba ya con cuatro años).

 

P.-¿Cuba es un estado sentimental?

R.-Sí, entre otras cosas, La Habana y Santiago sobre todo. Yo nací en el diez, y la Guerra de Cuba había sido anteayer.

Era un cativiño de cinco años y todos los señores contaban recuerdos. Juanciño, por ejemplo, que era analfabeto pero había

salvado a unos cuantos, era el que traía el farol: “¡Juanciño! Alá vou”. Y al cabo de un rato venía el farol, bajando por el monte

en la noche oscura.

P.-¿Galicia ha olvidado el atlantismo en pos de un galleguismo oficial?

R.-No sé, yo soy atlantista, desde luego, lo he sido siempre. Lo que ocurre es que ahora el atlantismo quiere reducirse a Portugal y

Galicia, y el atlantismo es muy hispano, supone América del Sur. Yo soy más gallego y menos nacionalista.

P.-¿Cree que este país acabará perdiendo las provincias, con tanta tele uniformante?

R.-Bueeeno, pero no hay más que ver a la gente, la gente permanece, la tele es superficial.

P.-¿Y perderemos el Norte y el Sur en literatura?

R.-No, el Sur seguirá siendo más lírico y el Norte más prosista. Ahora han salido grandes prosistas andaluces que conocen

muy bien el castellano. Yo escribo en ferrolano.

P.-¿No le reñían los editores?

R.-Bueeeno, yo era catedrático. Como catedrático enseñaba bien el español, pero como escritor escribo en el idioma

que aprendí: el ferrolano. Se metían conmigo en Valladolid porque yo usaba términos como “fregar de vertedero”.

P.-La literatura ¿ha de recoger las voces, ha de escucharse, o debe atender la academia?

R.-Yo creo que uno debe escribir según escucha. La base no hay quien te la quite. Los gallegos falsificamos el castellano y

lo hacemos sonoro, que no lo es.

P.-Entonces defiende la liberación del idioma que ironizó García Márquez en su discurso de México.

R.-Yo no me enteré de eso, pero la respuesta está en la práctica. Yo en las clases enseñé el castellano encorsetado,

y luego escribí el otro y, pues sí, fue el que me dio resultado.

             “los gallegos falsificamos el castellano y lo hacemos sonoro, que no lo es”

R.-Primero tuve cuatro y luego esta señora (la señala también a Fernanda) me dio otros siete,¿yo qué culpa tengo?

P.-Vaya, al menos la mitad.

R.-Es que antes se llevaba. (Pero no tanto, tercia Fernanda desde su rincón).

P.-Escritor, padre, periodista, catedrático de ¿cuántas materias?

R.-Sólo de Historia de la Literatura, lo que pasa es que echaban mano de mí para lo que fuera, psicología, lengua…

P.-Y dice que sólo tiene doble personalidad, que es sólo dos, Gonzalo Torrente Ballester y¿quién es el otro?

R.-Yo tampoco lo sé (vaya hombre, estuvo a punto de decir). Si lo supiera ya estaría deshecho. Hay que mantenerlo ahí.

Afortunadamente, es otro.

P.-¿Y esta voz que habla, de quién es?

R.-Bueeeno, a veces Torrente, a veces sale el otro. Cuando escribo predomina el otro. Éste es el que sabe más gramática,

el científico, el literato. Y el otro es el que crea, el que tiene la fantasía y la imaginación.

P.-¿Siente a veces rencor porque las cosas le hayan llegado tarde en la vida?

R.-No, el rencor es una pequeñez. El reconocimiento, la gloria, todo eso llega a su hora, porque cuando llega

muy temprano se acaba en seguida.

P.-Tarde también le llegará el tiempo, para que lo disfrute.

R.-Bueno, pues sí, algo de eso me pasa. La gloria me importa un pito. En cambio el tiempo, no.

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