Con Laetitia, por latina y por su belleza de real hembra, conviene irse hacia el macho,

que utiliza la palabra como acción y como un impulsivo paso al acto: ‘te abriría un boquete‘;

‘cada vez que te veo se me ponen las venas como el cuello de un cantaor.’

Sería una falta de cortesía (y de hombría) manejarse con menos, porque, además, la mujer

es una tía buena –y si cabalmente no lo es, se la trata como tal, claro-, que se crece con el

chicoleo, una hembra con su arranque y sus tetas y su culo y ese desparpajo de respuesta rápida

y brillante, que da la talla como hija de su madre.

‘Enséñame una que yo me imagino la otra.’

‘Vamos a meter al diablo en el infierno.’

El piropo es algo que (casi) se va a hacer, se usa como aviso, como proposición, como amenaza:

es algo de ejecución inminente que no se remata porque la señorita no quiere o porque es la hora

de currar o porque la parienta o porque uno está arriba, en los andamios del cielo.

Es una contrapalabra de un solo uso, con poco símbolo y mucho mango, para tirársela a la tía

buenorra que pasa por la acera sin apuro, retando al paleta con su meneo. Pongamos, por ejemplo,

que es verano, y hace calor, y la vida está más cerca de la muerte, y el aire tiene un aroma fúnebre

y dorado, y el albañil en samarreta se deja ir, prueba suerte, juega y se la juega, chuleando pero

dispuesto, ay:

‘Cuanto globo y yo sin fiesta.’

‘Estás como me la recetó el médico.’