¿Dónde estuviste de noche?

Las historias no tienen desperdicio.

Alberto Dines

Lo desconocido envicia.

Fauzi Arap

Sentado en el sofá con la boca llena de dientes, esperando la muerte.

Raúl Seixas

Lo que voy a anunciar es tan nuevo que sospecho que todos los hombres se convertirán en mis

enemigos, a tal punto se enraízan en el mundo los prejuicios y las doctrinas, una vez aceptadas.

William Harvey

 

La noche era una posibilidad excepcional.

En plena noche cerrada de un verano tórrido, un gallo soltó su canto fuera de horario

y una sola vez para anunciar el inicio de la subida por la montaña.

La multitud, abajo, aguardaba en silencio.

Él-ella ya estaba presente en lo alto de la montaña, y ella estaba personalizada en él

y él estaba personalizado en ella.

La mezcla andrógina creaba un ser tan terriblemente bello, tan horrorosamente estupefaciente,

que los participantes no podían mirarlo de una sola vez: así como una persona va poco a

poco habituándose a la oscuridad y lentamente discierne.

Lentamente discernían a Ella-él y cuando Él-ella se les aparecía con una claridad que emanaba

de Ella-él, ellos, paralizados por la Belleza, iban a decir: «¡Ah, ah!». Era una exclamación que

estaba permitida en el silencio de la noche.

Miraban la temible belleza y su peligro.

Pero ellos habían venido exactamente para sufrir el peligro.

Los pantanos se extinguen. Una estrella de enorme densidad los guiaba. Ellos eran el revés del Bien.

Subían la montaña mezclando hombres, mujeres, duendes, gnomos y enanos, como dioses extintos.

La campana de oro doblaba por los suicidas. Fuera de la estrella grande, ninguna estrella más.

Y no había mar. Lo que había desde lo alto de la montaña era oscuridad. Soplaba un viento noroeste.

¿Él-ella era un faro? La adoración de los malditos se iba a instaurar.

Los hombres coleaban en el suelo como gruesos y blandos gusanos: subían.

Lo arriesgaban todo, ya que fatalmente un día iban a morir, tal vez dentro de dos meses, tal vez

siete años: quizás fuera esto lo que Él-ella pensaba dentro de ellos.

Mira al gato. Mira lo que el gato vio. Mira lo que el gato pensó. Mira lo que era.

En fin, en fin, no había símbolo, la «cosa» era. La cosa orgiástica.

Los que subían estaban al borde de la verdad.

Nabucodonosor. Ellos parecían veinte nabucodonosores. Y en la noche se desquitaban.

Ellos están esperándonos. Era una ausencia, el viaje fuera del tiempo.

Un perro se reía a carcajadas en la oscuridad. «Tengo miedo», dijo la niña. «¿Miedo de qué?»,

preguntó la madre. «De mi perro.» «Pero si tú no tienes perro.» «Claro que sí.»

Pero después la niñita también se carcajeó llorando, mezclando lágrimas de risa y de espanto.

Al fin llegaron los malditos. Y miraban a aquella sempiterna Viuda, la gran Solitaria que fascinaba a

todos, y los hombres y las mujeres no podían resistir y querían aproximarse a ella para amarla muriendo,

pero ella con un gesto los mantenía a todos a distancia.

Ellos querían amarla con un amor extraño que vibra en la muerte. No les molestaba morir por amarla.

El manto de Ella-él era de un resignado color morado.

Pero las mercenarias del sexo en festín procuraban imitarla en vano.

¿Qué hora sería? Nadie podía vivir en el tiempo, el tiempo era indirecto y por su propia naturaleza

siempre inalcanzable.

Ellos ya estaban con las articulaciones hinchadas, los estragos causaban estruendo en los estómagos

llenos de tierra y con los labios inflamados y partidos subían la vertiente.

Las tinieblas eran de un sonido bajo y oscuro como la nota más oscura de un violoncelo. Llegaron.

El Malaventurado, o Él-ella, frente a la adoración de los reyes y vasallos, brillaba como una iluminada

águila gigantesca.

El silencio pululaba de respiraciones ansiosas.

La visión era de bocas entreabiertas por la sensualidad que casi los paralizaba de tan gruesa.

Ellos se sentían salvos del Gran Tedio.

La colina era de chatarra. Cuando Ella-él se detenía un instante, los hombres y mujeres, entregados a

ellos mismos por un momento, se decían asustados: yo no sé pensar.

Pero Él-ella pensaba dentro de ellos.

Un heraldo mudo con clarinete agudo anunciaba la noticia. ¿Qué noticia? ¿La de la bestialidad?

Sin embargo, tal vez lo que ocurría era lo siguiente: a partir del heraldo cada uno de ellos comenzó a

«sentirse», a sentirse a sí mismo. Y no había represión: ¡libres!

Entonces ellos comenzaron a balbucear hacia adentro, porque Ella-él era cáustica y no quería que se

perturbaran los unos a los otros en su lenta metamorfosis.

«Soy Jesús, soy judío», gritaba en silencio el judío pobre.

Los anales de astronomía nunca registraron nada como este espectacular cometa, recientemente

descubierto, su cauda vaporosa se arrastrará durante millones de kilómetros en el espacio.

Sin hablar del tiempo.

 

Un enano jorobado daba pequeños saltos como un sapo, de una encrucijada a otra (el lugar era de

encrucijadas). De repente las estrellas aparecieron, y eran brillantes y diamantes en el cielo oscuro.

Y el enano giboso daba saltos, los más altos que conseguía para alcanzar los brillantes que su codicia

despertaba.

¡Cristales!, ¡cristales!, gritó él, con pensamientos que eran saltarines como los brincos.

La latencia pulsaba leve, ritmada, ininterrumpida. Todos eran todo en latencia.

«No hay crimen que no hayamos cometido con el pensamiento»: Goethe.

Una nueva y no auténtica historia brasileña era escrita en el extranjero.

Además, los investigadores nacionales se quejaban de la falta de recursos para el trabajo.

La montaña era de origen volcánico. Y de repente el mar: el tempestuoso reventar del Atlántico

henchía sus oídos. Y el olor salado del mar los fecundaba y los triplicaba en monstruitos.

¿El cuerpo humano puede volar? La levitación. Santa Teresa de Ávila: «Parecía que una gran fuerza

me elevaba en el aire. Eso me provocaba un gran miedo». El enano levitaba por segundos, pero le

gustaba y no tenía miedo.

—¿Cómo se llama? —dijo mudo el chico—. Para poder llamarla, para poder llamarla la vida

entera. Yo gritaré su nombre.

—Yo no tengo nombre allá abajo. Aquí, tengo el nombre de Xantipa.

—¡Ah! ¡Quiero gritar Xantipa! ¡Xantipa! Mire, estoy gritando hacia adentro. ¿Y cuál es su nombre

durante el día?

—Me parece que es… es… Creo que María Luisa.

Y se estremeció como un caballo que se eriza. Cayó exangüe en el suelo. Nadie asesinaba a nadie

porque ya estaban asesinados. Nadie quería morir y nadie moría.

Mientras tanto, delicada, delicada, Él-ella usaba una insignia. El color de la insignia.

Porque yo quiero vivir en abundancia y traicionaría al mejor amigo a cambio de más vida de la

que se puede tener.

Esa búsqueda, esa ambición.

Yo despreciaba los preceptos de los sabios que aconsejan la moderación y la pobreza del alma;

la simplificación del alma, según mi propia experiencia, era la santa inocencia.

Pero yo luchaba contra la tentación.

Sí. Sí: caer hasta la abyección. He ahí la ambición de ellos. El sonido era el heraldo del silencio.

Porque nadie podía dejarse poseer por Aquel-aquella-sin-nombre.

Ellos querían gozar de lo prohibido. Querían elogiar la vida y no querían el dolor que es necesario

para vivir, para sentir y para amar.

Ellos querían sentir la inmortalidad aterradora. Pues lo prohibido es siempre lo mejor.

Al mismo tiempo, ellos no se preocupaban ante la posibilidad de caer en el enorme agujero de la muerte.

Y la vida sólo les era preciosa cuando gritaban y gemían.

Sentir la fuerza del odio era lo que más querían. Yo me llamo pueblo, pensaban.

—¿Qué hago para ser un héroe? Porque en los templos sólo hay héroes.

Y, en el silencio, de pronto su grito aullador, no se sabía si de amor o mortal, el héroe oliendo a

mirra, a incienso y a benjuí.

Él-ella cubría su desnudez con un manto bonito, pero parecido a una mortaja, mortaja púrpura, color

bermejo-catedral. En noches sin luna Ella-él se transformaba en lechuza.

Comerás a tu hermano, dijo ella en el pensamiento de los otros, y en la hora salvaje habrá un eclipse

de sol.

Para no traicionarse, ellos ignoraban que hoy era ayer y habría mañana.

Soplaba en el aire una transparencia como ningún hombre había respirado antes.

Pero ellos esparcían pimienta en polvo en los propios órganos genitales y se contorsionaban de ardor.

Y de repente el odio. Ellos no se mataban los unos a los otros, pero sentían tan implacable odio que

era como un dardo lanzado al cuerpo.

Y se regocijaban, enloquecidos por lo que sentían.

El odio era un vómito que los libraba del vómito mayor, el vómito del alma.

Él-ella con las siete notas musicales conseguía el aullido.

Así como con las mismas siete notas podría crear música sacra. Ellos habían oído dentro de sí mismos

el do-re-mi-fa-sol-la-si, el si suave y agudísimo.

Ellos eran independientes y soberanos, a pesar de estar guiados por Él-ella.

Rugiendo la muerte en los sótanos oscuros. Fuego, grito, color, vicio, cruz. Estoy vigilante en el mundo:

de noche vivo y de día duermo, me esquivo. Yo, con olfato de perro, orgiástico.

En cuanto a ellos, cumplían los rituales que los fieles ejecutan sin entender los misterios.

El ceremonial. Con un gesto leve Ella-él tocó a una niña fulminándola y todos dijeron: amén.

La madre dio un aullido de lobo: estaba muerta, ella también.

Pero era para tener supersensaciones para lo que se subía hasta allí. Y era una sensación tan secreta

y tan profunda que el júbilo centelleaba en el aire. Ellos querían la fuerza superior que reina en el mundo

a través de los siglos. ¿Tenían miedo? Sí. Nada sustituía la riqueza del silencioso pavor. Tener miedo era

la maldita gloria de la oscuridad, silente como una Luna.

Poco a poco se habituaban a la oscuridad y a la Luna, antes escondida, toda redonda y pálida, que

les suavizaba la subida. Había tinieblas cuando uno por uno subía «la montaña», como llamaban a la

planicie un poco más elevada.

Se apoyaban en el suelo para no caer, pisando árboles secos y ásperos, pisando cactos espinosos.

Era un miedo irresistiblemente atrayente, preferían morir que abandonarlo.

Él-ella era para ellos como la Amante. Pero si alguien osaba, por ambición, tocarla, era congelado en la

posición en que estuviera.

Él-ella les contó, dentro de sus cerebros —y todos la escucharon dentro de sí—, lo que le ocurría a

una persona cuando no atendía a la llamada de la noche: le ocurría que en la ceguera de la luz del día la

persona vivía en carne abierta y con los ojos ofuscados por el pecado de la luz, vivía sin anestesia el

terror de estar vivo.

Nada hay que temer, cuando no se tiene miedo. Era la víspera del apocalipsis.

¿Quién era el rey de la Tierra? Si se abusa del poder que se ha conquistado, los maestros lo castigarán.

Llenos de terror, de una feroz alegría, ellos se humillaban y con las carcajadas comían hierbas dañinas

del suelo y las carcajadas rebosaban de oscuridades y de ecos de oscuridades.

Un perfume sofocante de rosas henchía el peso del aire, rosas malditas en su fuerza de naturaleza

demente, la misma naturaleza que inventaba las serpientes y los ratones, las perlas y los niños, la naturaleza

enloquecida que ora era noche de tinieblas, ora el día de luz.

Esta carne que se mueve sólo porque tiene espíritu. 

De las bocas escurría una saliva gruesa, amarga y untuosa, y ellos se orinaban sin sentirlo.

Las mujeres que habían parido recientemente apretaban con violencia los propios senos y de los pezones una

gruesa leche oscura manaba.

Una mujer escupió con fuerza en la cara de un hombre y el escupitajo áspero se deslizó de la cara hasta

la boca: ávidamente, se lamió los labios.

Todos estaban sueltos. La alegría era frenética. Ellos eran el harén de Él-ella.

Habían caído finalmente en lo imposible. El misticismo era la forma más alta de la superstición.

El millonario gritaba: ¡Quiero el poder! ¡Poder! ¡Quiero que hasta los objetos obedezcan mis órdenes!

Yo diré: ¡Muévete, objeto! Y él, por sí solo, se moverá.

La mujer vieja y desgreñada le dijo al millonario: ¿Quiere ver cómo no es millonario? Pues le diré:

usted no es dueño del próximo segundo de vida, usted puede morir sin saberlo. La muerte lo humillará.

El millonario: Yo quiero la verdad, ¡la verdad pura!

La periodista estaba haciendo un reportaje magnífico sobre la vida cruda.

Voy a ganar fama internacional, como el autor de El exorcista, que no leí para no dejarme influenciar.

Estoy viendo en directo la vida cruda, la estoy viviendo.

Yo soy solitario, se dijo el masturbador.

Estoy en espera, en espera, jamás me sucede nada, ya desistí de esperar.

Ellos bebían el amargo licor de hierbas ásperas.

—¡Yo soy un profeta! ¡Veo el más allá! —gritaba un muchacho.

El padre Joaquín Jesús Jacinto —todo con jota, porque a la madre le gustaba la letra jota.

Era el día 31 de diciembre de 1973. El horario astronómico sería medido por los relojes atómicos,

cuyo atraso es sólo de un segundo cada tres mil trescientos años.

A otra le dio por estornudar, un estornudo detrás de otro, sin parar. Pero le gustaba. La otra se

llamaba J. B.

—¡Mi vida es una verdadera novela! —gritaba la escritora fracasada.

El éxtasis estaba reservado para Él-ella. Que de pronto sufrió la exaltación del cuerpo, largamente.

Ella-él dijo: ¡Paren! Porque se endemoniaba por sentir el gozo del Mal. A través de ella, todos gozaban:

era la celebración de la Gran Ley.

Los eunucos hacían una cosa que estaba prohibido mirar. Los otros, a través de Ella-él, recibían

vehementes las ondas del orgasmo, pero sólo las ondas porque no tenían fuerza de, sin destruirse,

recibir todo.

Las mujeres se pintaban sus bocas de morado como si fuese fruta aplastada por los afilados dientes.

Ella-él les contó lo que ocurría cuando no se iniciaba en la profetización de la noche.

Estado de shock. Por ejemplo: la muchacha era pelirroja y como si no bastara con eso, era roja por dentro

y, además, daltónica.

Tanto que en su pequeño apartamento había una cruz verde sobre fondo rojo: ella

confundía los dos colores.

¿Cómo había empezado su terror? Escuchando un disco, o el silencio reinante,

o los pasos en el piso de arriba, y hela allí, aterrorizada. Con miedo al espejo que la reflejaba.

De frente había un armario y tenía la impresión de que las ropas se movían en su interior.

Poco a poco iba reduciendo el apartamento. Tenía miedo hasta de salir de la cama.

Tenía la impresión de que iban a agarrarle el pie desde abajo de la cama. Era delgadísima.

Su nombre era Psiu, nombre rojo.

Tenía miedo de encender la luz en la oscuridad y de encontrar la fría lagartija que habitaba con ella.

Sentía con aflicción los deditos helados y blancos de la lagartija. Buscaba ávidamente en el periódico

las páginas policiacas, noticias de lo que estaba ocurriendo.

Siempre les sucedían cosas horribles a las personas como ella, que vivían solas y eran asaltadas

por la noche. Tenía en la pared un cuadro que era de un hombre que la miraba fijamente a los ojos,

vigilándola. Imaginaba que esa figura la seguía por todos los rincones de la casa.

Tenía terror, pánico a los ratones. Prefería morir a entrar en contacto con ellos.

Sin embargo, oía sus chillidos. Llegaba a sentir sus mordiscos en los pies. Despertaba siempre sobresaltada,

sudando frío. Ella era un bicho arrinconado. Normalmente dialogaba consigo misma.

Daba los pros y los contras y siempre quien perdía era ella. Su vida era una constante sustracción de sí misma.

Todo eso porque no atendió a la llamada de la sirena.

Él-ella sólo mostraba el rostro de andrógina.

Y de él se irradiaba tal ciego esplendor de locura que los otros gozaban la propia locura.

Ella era el vaticinio y la disolución y había nacido ya tatuada.

Todo el aire olía ahora a fatal jazmín y era tan fuerte que algunos vomitaban las propias entrañas.

La luna estaba plena en el cielo. Quince mil adolescentes esperaban para saber qué especie de hombre

y mujer irían a ser.

Entonces Ella-él dijo:

—Comeré a tu hermano y habrá un eclipse total y el fin del mundo.

De vez en cuando se escuchaba un largo relincho, pero no se veía caballo alguno.

Sólo se sabía que con siete notas musicales se hacían todas las músicas que existen, que existieron

y que existirán. De Ella-él emanaba un fuerte olor a jazmín marchito porque era noche de luna llena.

El espiritismo bajo o la hechicería. Max Ernst, cuando niño, fue confundido con el Niño Jesús en una

procesión. Después, provocaba escándalos artísticos.

Tenía una pasión ilimitada por los hombres y una inmensa y poética libertad.

Pero ¿por qué estoy hablando de eso? No lo sé. «No lo sé», es una respuesta excelente.

¿Qué hacía Thomas Edison, tan inventor y libre, en medio de aquellos que eran comandados por Él-ella?

Garabatos, pensó el estudiante perfecto, era la palabra más difícil de la lengua.

¡Escuchad! ¡Los ángeles anunciadores cantan!

El judío pobre gritaba mudo y nadie lo oyó, el mundo entero no lo oía.

Él dijo: tengo sed, sudor y lágrimas.

Y para saciar mi sed bebo mi sudor y mis propias lágrimas saladas. ¡Y no como cerdo!

¡Sigo la Torah! ¡Pero dadme alivio, Yahvé, que se parece demasiado a mí!

Jubileu de Almeida escuchaba su radio a pilas, siempre.

«La papilla más sabrosa está hecha con Cremogema.»

Y después, anunciaba, de Strauss, un vals que por increíble que pareciera se llamaba El pensador libre.

Es cierto, incluso existe, yo lo escuché.

Jubileu era el dueño de La Mandolina de Oro, tienda de instrumentos musicales casi en quiebra,

estaba loco por los valses de Strauss. Era viudo, él, quiero decir Jubileu.

Su rival era El Clarín, también en la calle Gomes Freire o Frei Caneca.

Jubileu era también afinador de pianos.

Todos, allí, estaban dispuestos a apasionarse. Sexo. Puro sexo. Ellos se frenaban.

Rumania era un país peligroso: gitanos.

Faltaba petróleo en el mundo. Y, sin petróleo, faltaba comida. Carne, sobre todo. Y sin carne ellos

se volvían terriblemente carnívoros.

«Aquí, Señor, encomiendo mi alma», dijo Cristóbal Colón al morir, vestido con el hábito franciscano.

Él no comía carne. Se santificaba, Cristóbal Colón, el descubridor de olas, y que descubrió

a san Francisco de Asís. ¡Hete aquí! El murió. ¿Dónde está ahora? ¿Dónde? Por el amor de Dios, ¡responde!

De pronto, y suavemente, fiat lux.

Hubo una desbandada asustadiza, como de gorriones. 

Todo tan rápido que parecía que se hubieran desvanecido.

Al mismo tiempo estaban ya acostados en la cama para dormir, todavía despiertos.

Lo que existía era el silencio. Ellos no sabían de nada.

Los ángeles de la guarda —que se habían tomado un descanso, ya que todos estaban sosegados

en la cama— despertaban frescos, bostezando todavía, pero ya protegiendo a sus pupilos.

Madrugada: el huevo venía girando lentamente del horizonte al espacio. Era de mañana: una joven

rubia, casada con un joven rico, da a luz un bebé negro. ¿Hijo del demonio de la noche? No se sabe.

Apuros, vergüenza.

Jubileu de Almeida se despertó como pan dormido: seco. Desde pequeño fue así: marchito.

Encendió la radio y escuchó: «Zapatería Morena donde está prohibido vender caro».

Iría allí, necesitaba zapatos. Jubileu era albino, negro acero con las cejas amarillas casi blancas.

Rompió un huevo en la sartén. Y pensó: si pudiera algún día oír El pensador libre, de Strauss,

mi soledad estaría recompensada.

Sólo había escuchado ese vals una vez, no recordaba cuándo.

El poderoso quería en su breakfast comer caviar danés a cucharadas, masticando con los dientes

agudos las bolitas. Pertenecía al Rotary Club, a la Masonería y al Diners Club. Tenía el escrúpulo de no

comer caviar ruso: era una manera de derrotar a la poderosa Rusia.

El judío pobre despierta y bebe agua del grifo, ansiosamente. Era la única agua que había en los fondos

de la pensión baratísima donde vivía: una vez vio una cucaracha nadando en los frijoles.

Las prostitutas que vivían allí ni reclamaban.

El estudiante perfecto, que no sospechaba que era un pesado, pensó: ¿cuál era la palabra más difícil

que existía?, ¿cuál era? ¿Una que significaba adornos, afeites, atavíos? Ah, sí, garabatos. Recordó la

palabra para escribirla en el próximo examen.

Cuando comenzó a rayar el día todos estaban en la cama sin parar de bostezar.

Cuando despertaban, uno era zapatero, otro estaba preso por estupro, una era ama de casa, dando

órdenes a la cocinera, que nunca llegaba tarde, otro era banquero, otro era secretario, etcétera.

Despertaban, pues, un poco cansados, satisfechos por la noche tan profunda de sueño.

El sábado había pasado y hoy era domingo. Y muchos fueron a la misa celebrada por el padre Jacinto,

que era el padre de moda: pero ninguno se confesó, ya que no tenían nada que confesar.

La escritora fracasada abrió su diario encuadernado en cuero rojo y comenzó a anotar: «7 de julio de 1974.

¡Yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo! En esta bella mañana de sol de domingo, después de haber dormido

muy mal, yo, a pesar de todo, aprecio las bellezas maravillosas de la madre Naturaleza.

No voy a la playa porque estoy demasiado gorda, y esto es una desgracia para quien aprecia tanto

las olas verdes del mar.

¡Me rebelo! Pero no consigo hacer régimen: me muero de hambre. Me gusta vivir peligrosamente.

Tu lengua viperina será cortada por la tijera de la complacencia».

Por la mañana: Agnus Dei. ¿Becerro de oro? Buitre.

El judío pobre: ¡libradme del orgullo de ser judío!

La periodista, por la mañana, muy temprano, telefonea a su amiga:

—Claudia, discúlpame por llamarte en domingo a esta hora. Pero me desperté con una inspiración

fabulosa: ¡voy a escribir un libro sobre la Magia Negra! No, no leí El exorcista, porque me dijeron

que es mala literatura y no quiero que piensen que estoy en esa onda. ¿Lo has pensado? El ser

humano siempre intentó comunicarse con lo sobrenatural, desde el Antiguo Egipto, con el secreto

de las Pirámides, pasando por Grecia con sus dioses, pasando por Shakespeare en Hamlet. Pues

yo voy también a entrar en esa onda. Y, ¡por Dios!, voy a ganar esa apuesta.

En muchas casas de Río olía a café. Era domingo. Y el chico en la cama, lleno de sopor, todavía mal despierto,

se dijo: otro domingo de tedio. ¿Con qué había soñado? No lo sé, se respondió, si soñé, soñé con una mujer.

En fin, el aire era más claro. Y el día siempre comienza. El día bruto. La luz era maléfica: se instauraba

el enfantasmado día diario.

Una religión era necesaria: una religión que no tuviera miedo del mañana.

Yo quiero ser envidiado.

Yo quiero el estupro, el robo, el infanticidio, el desafío mío es fuerte.

Quiero oro y fama, despreciaba hasta el sexo: amaba deprisa y no sabía qué era el amor.

Quiero el oro malo. Profanación. Voy a mi extremo. Después de la fiesta —¿qué fiesta?, ¿nocturna?—,

después de la fiesta, desolación.

Estaba también el observador que escribió esto en el cuaderno de notas: «El progreso y todos los

fenómenos que lo rodean parecen participar íntimamente de esa ley de aceleración general, cósmica y

centrífuga que arrastra a la civilización al “progreso máximo”, a fin de que en seguida venga la caída.

¿Una caída ininterrumpida o una caída rápidamente contenida? Ahí está el problema: no podemos saber

si esta sociedad se destruirá completamente o si conocerá sólo una interrupción brusca y después su

marcha se retomará».

Y después: «El sol disminuiría sus efectos sobre la Tierra y provocaría el inicio de un nuevo periodo glacial

que podría durar por lo menos diez mil años».

Diez mil años era mucho tiempo y asustaba. He ahí lo que ocurre cuando alguien escoge, por miedo a

la noche oscura, vivir en la superficial luz del día.

Es que lo sobrenatural, divino o demoniaco, es una tentación desde Egipto, pasando por la Edad Media,

hasta las novelas baratas de misterio.

El carnicero, que ese día sólo trabajaba de las ocho a las once, abrió la carnicería, y se detuvo,

embriagado de placer ante el olor de carnes y carnes crudas, crudas y sanguinolentas.

Era lo único en que el día continuaba a la noche.

El padre Jacinto estaba de moda porque nadie como él levantaba tan límpidamente el cáliz y bebía

con sagrada unción y pureza, salvando a todos, la sangre de Jesús, que era el Bien. Con suma delicadeza

en las manos pálidas, durante la ofrenda.

El panadero, como siempre, despertó a las cuatro y comenzó a hacer la masa del pan.

¿De noche amasa al Diablo?

Un ángel pintado por Fra Angélico, siglo XV, revoloteaba por los aires: era el clarín anunciador de la mañana.

Los postes de la luz eléctrica todavía no habían sido apagados y brillaban empalidecidos.

Postes. La velocidad se come los postes cuando se corre en auto.

El masturbador de la mañana: mi único amigo fiel es mi perro. El no confiaba en nadie; especialmente,

no confiaba en las mujeres.

La que bostezó la noche entera y había dicho: «Te conjuro, ¡madre de santo!», comenzó a rascarse

y a bostezar. Diablos, dijo.

El poderoso —que cuidaba orquídeas, dalias, camelias y lilas— hizo sonar impaciente la campanilla para

llamar al mayordomo: quería que le trajera el ya atrasado breakfast.

El mayordomo le adivinaba los pensamientos y sabía cuándo traerle los galgos daneses para que fueran

rápidamente acariciados.

Aquella que de noche gritaba: «Estoy a la espera, a la espera», por la mañana, despeinada, dijo a la

leche que estaba en el cazo, al fuego:

—¡Te voy a pegar, porquería! Quiero ver si te estropeas y si hierves en mi cara, mi vida es esperar.

Es sabido que si desvío un instante la mirada de la leche, va a aprovecharse, la desgraciada,

para hervir y tirarse. Como la muerte que viene cuando nadie se lo espera.

Ella esperó, esperó, y la leche no hervía. Entonces, apagó el gas.

En el cielo, un leve arco iris: era el anuncio. La mañana como una oveja blanca. Paloma blanca era la profecía.

Pesebre. Secreto. La mañana preestablecida. Ave María, gratia plena. Dominus tecum.

Benedicta tu in mulieribus e benedictus fructus ventris tui, Jesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis

peccatoribus. Nunc et in hora mortis nostrae. Amen.

El padre Jacinto elevó con las dos manos el cáliz de cristal que contenía la sangre escarlata de Cristo.

El vino bueno. Y una flor nació. Una flor leve, rosada, con el perfume de Dios.

Él-ella había desaparecido, hacía mucho, en el aire. La mañana era límpida como algo recién lavado.

AMÉN.

Los fieles distraídos hicieron la señal de la Cruz.

AMÉN.

DIOS.

FIN.

Epílogo:

Todo lo que escribí es verdad y existe.

Existe una mente universal que me guió. ¿Dónde estuviste de noche?

Nadie lo sabe. No intentes responder, por amor de Dios.

No quiero saber la respuesta.

Adiós.

A-Dios.

 

 

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

1974, Onde Estivestes de noite: A procura de uma dignidade, A partida do trem, Seco estudo de

cavalos, Onde estivestes de noite, O relatório da coisa, O manifesto da cidade, As maniganças de Dona

Frozina, É para lá que eu vou, O morto no mar da Urca, Silêncio, Esvaziamento, Uma tarde plena, Um

caso complicado, Tanta mansidão, As águas do mar, Tempestade de almas, Vida ao natural

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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