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historia interrumpida

 

Él era triste y alto. Siempre que hablaba conmigo daba a entender que su mayor defecto consistía en su

tendencia a la destrucción. Y por eso, decía, alisándose los cabellos negros como quien alisa el pelo

suave y cálido de un gatito, que su vida quedaba resumida a un montón de añicos: unos brillantes, otros

opacos, otros como un «fragmento de hora perdida», sin significado, unos rojos y completos, otros

blancos, pero ya despedazados.

Yo, en verdad, no sabía qué replicar y lamentaba no tener un gesto reservado, como el suyo, de

alisar el cabello para salir de la confusión. Sin embargo, para quien ha leído un poco y ha pensado

bastante en las noches de insomnio, es relativamente fácil decir cualquier cosa que parezca profunda. Yo

le respondía que, incluso destruyendo, él construía: por lo menos ese montón de añicos hacia dónde mirar

y de qué hablar. Perfectamente absurdo. Él, sin duda, también lo creía, porque no contestaba. Se quedaba

muy triste, mirando al suelo y alisando su gatito tibio.

Así se pasaban las horas. A veces yo mandaba que le trajeran una taza de café, la cual bebía con

mucha azúcar y golosamente. Y a mí se me ocurría un pensamiento muy gracioso: si él creía que andaba

destruyendo todo, no tendría tanto gusto en tomar café y no pediría más. Una ligera sospecha de que W…

era un artista me venía a la mente. Para justificarse, me respondía: se destruye todo en torno a uno, pero a

sí mismo y a los deseos (nosotros tenemos un cuerpo) no se logran destruir. Pura disculpa.

En un día de verano abrí la ventana de par en par. Me pareció que el jardín había entrado en la sala.

Yo tenía veintidós años y sentía la naturaleza en todas las fibras. Aquel día era hermoso. Un sol

suavecito, como si hubiera nacido en ese instante, cubría las flores y el césped. Eran las cuatro de la

tarde. Alrededor, el silencio.

Me metí dentro de mí misma, suavizada por la calma de esos momentos. Quería decirle:

—Me parece que ésta es la primera de las horas, pero, después de ésta, ninguna más seguirá.

Mentalmente lo oí responder:

—Eso es tan sólo una tendencia sentimental indefinible, mezclada con la literatura de moda, muy

subjetivista. De ahí esa confusión de sentimientos, que no tienen verdaderamente un contenido propio, de

no ser por su estado psicológico, muy común en muchachas solteras de tu edad…

Intenté explicarle, debatirlo… Ningún argumento. Volteé desolada, miré su rostro triste y nos

quedamos callados.

Entonces fue cuando pensé en aquella cosa terrible: «O yo lo destruyo o él me destruirá».

Era necesario evitar a toda costa que aquella tendencia analista, que terminaba con la reducción del

mundo a míseros elementos cuantitativos, me alcanzara. Necesitaba reaccionar. Quería ver si lo gris de

sus palabras lograba empañar mis veintidós años y la clara tarde de verano. Me decidí, dispuesta a

empezar en ese mismo momento a luchar. Volteé hacia él, apoyé las manos en el parapeto de la ventana,

entrecerré los ojos y me puse a sisear:

—¡¡Esta hora me parece la primera de todas y también la última!!

Silencio. Afuera, la brisa indiferente.

Él alzó los ojos hacia mí, levantó su mano somnolienta y se acarició los cabellos. Después se puso a

rayar con la uña los dibujos a cuadros del mantel de la mesa.

Cerré los ojos, solté los brazos a lo largo del cuerpo. Mis bellos y luminosos veintidós años…

Mandé que trajeran café con mucho azúcar.

Después de separarnos, al final de la calzada, regresé muy despacio a la casa, mordiendo una ramita de

pasto y pateando todos los guijarros blancos del camino. El sol ya se había puesto y en el cielo sin color

ya se veían las primeras estrellas.

Tenía flojera de llegar a casa: la cena de manera invariable, la larga velada vacía, un libro, el

bordado y, finalmente, la cama, el sueño. Me encaminé por el atajo más largo. El pasto crecido estaba

velludo y cuando el viento soplaba fuerte, me acariciaba las piernas.

Pero yo estaba inquieta.

Él era moreno y triste. Y siempre se vestía de oscuro. Oh, sin duda a mí me gustaba. Yo, muy blanca

y alegre, a su lado. Yo, con una ropa florida, cortando rosas, y él de oscuro, no, de blanco, leyendo un

libro. Sí, nosotros hacíamos una bonita pareja. Me hallé fútil, así, imaginando cuadros. Pero me

justifiqué: necesitamos agradar a la naturaleza, adornarla. Pues si yo jamás hubiese plantado un jazmín

junto a los girasoles, cómo osaría… Bien, bien, lo que necesitaba era resolver «mi caso».

Durante dos días pensé sin cesar. Quería encontrar una fórmula que lo atrajera hacia mí. Quería

hallar la fórmula que pudiera salvarlo. Sí, salvarlo. Y esa idea me era agradable porque justificaría los

medios que empleara para sujetarlo. Todo, no obstante, me parecía estéril. Él era un hombre difícil,

distante y, lo peor, hablaba francamente de sus puntos débiles: ¿por dónde atacarlo entonces, si él se

conocía?

El nacimiento de una idea es precedido por una larga gestación, por un proceso inconsciente para el

que la gesta. De esta manera explico mi falta de apetito en la magnífica cena, mi insomnio agitado en una

cama con frescas sábanas, después de un día atareado. A las dos de la madrugada nació, finalmente, la

idea.

Me senté alborozada en la cama; pensé: llegó demasiado aprisa para ser buena; no te entusiasmes;

acuéstate, cierra los ojos y espera que venga la serenidad. No obstante, me levanté y, descalza para no

despertar a Mira, me puse a caminar por la habitación, como un hombre de negocios a la espera del

resultado en la Bolsa. Sin embargo, cada vez más me parecía que había hallado la solución.

En efecto, hombres como W… se pasan la vida en busca de la verdad, entran por los laberintos más

estrechos, siegan y destruyen la mitad del mundo bajo el pretexto de que cortan los errores, pero cuando

la verdad surge delante de sus ojos es siempre de manera imprevista. Tal vez porque le hayan tomado

amor a la búsqueda, por sí misma, y lleguen a ser como el avaro que acumula y acumula únicamente,

olvidándose de la primitiva finalidad por la cual empezó a acumular. El hecho es que con W… yo sólo

lograría cualquier cosa, poniéndome en estado de shock.

Y he ahí cómo. Le diría (con el vestido azul que me hacía ver más rubia), la voz suave y firme,

fijándolo a los ojos:

—He pensado mucho respecto a nosotros y decidí que sólo nos queda…

No, simplemente.

—¿Nos vamos a casar?

No, no. Nada de preguntas.

—W…, nos vamos a casar.

Sí, yo conocía a los hombres. Y, sobre todo, lo conocía profundamente. El no tendría el recurso de

su gesto preferido. Permanecería estático, atónito. Porque estaría frente a la Verdad… Yo le gustaba a él

y tal vez por eso no había logrado destruirme con sus análisis (yo tenía veintidós años).

No logré dormir durante el resto de la noche. Estaba tan despierta que los ronquidos de Mira me

ponían de los nervios, y hasta la luna, muy redonda, partida a la mitad por una rama de hojas finas, me

parecía defectuosa, con una hinchazón de un lado y excesivamente artificial. Quería encender la luz, pero

ya oía de antemano las quejas de Mira a mamá, al día siguiente.

Me levanté con el ánimo de una muchachita el día de su boda. Cada acto mío era una preparación,

lleno de finalidades, como parte de un ritual. Pasé la mañana agitada, pensando en la decoración del

ambiente, en la ropa, en las flores, en las frases y en los diálogos. Después de eso, ¿cómo encontrar la

voz suave y firme, serena y tierna? Continuando con aquella fiebre, yo corría el riesgo de recibir a W…

con gritos nerviosos: «W…, nos vamos a casar inmediatamente, inmediatamente». Tomé una hoja de

papel y la llené de arriba abajo: «Eternidad. Vida. Mundo. Dios. Eternidad. Vida. Mundo. Dios.

Eternidad…». Esas palabras mataban el sentido de muchos de mis sentimientos y me dejaban fría por unas

semanas, yo me descubría a mí misma tan minúscula.

Pero en realidad yo no quería permanecer fría: deseaba vivir el momento hasta agotarlo. Necesitaba

tan sólo conquistar un rostro menos ardiente. Me senté para elaborar una prolongada costura.

La serenidad fue volviendo poco a poco. Y con ésta, una profunda y emocionante certeza de amor.

Pero, pensé: ¡no existe realmente nada, nada, para que yo pueda cambiar los instantes que vienen! Sólo

dos o tres veces en la vida se experimenta tal sensación y las palabras esperanza, felicidad, nostalgia,

descubrí que se relacionan con aquélla. Y cerraba los ojos y lo imaginaba tan vivo que su presencia se

tornaba casi real: «sentía» sus manos sobre las mías y un ligero mareo me atolondraba. («¡Oh, Dios mío,

perdóname, pero la culpa es del verano, la culpa es de que él sea tan guapo y moreno, y yo tan rubia!»)

La idea de estar sintiéndome feliz me llenaba tanto que necesitaba hacer algo, alguna bondad para no

quedarme con remordimientos. ¿Y si yo le diera el cuellito de encaje a Mira? Sí, ¿qué es un cuellito de

encaje, aunque bonito, delante de… «Eternidad. Vida. Mundo… Amor»?

Mira tiene catorce años de edad y es muy exagerada. Por eso, cuando entró jadeante en la habitación

y cerró la puerta tras ella, con grandes gestos le dije:

—Toma un vaso de agua y después cuéntame cómo la gata tuvo treinta gatitos y dos perritos negros.

—¡Clarita dijo que él se mató! ¡Se mató de un tiro en la cabeza…! ¿Es verdad, sí? ¿Es mentira, no es

así?

Y repentinamente la historia se interrumpió. No tuvo al menos un final grato. Terminó con la brusquedad

y la falta de lógica de una bofetada en pleno rostro.

Estoy casada y tengo un hijo. No le di el nombre de W… Y no acostumbro mirar hacia atrás: tengo

todavía en mente el castigo que Dios le dio a la mujer de Lot. Y solamente escribí «esto» para ver si

lograba encontrar una respuesta a preguntas que me torturan, de vez en cuando, perturbando mi paz: ¿qué

sentido tuvo el paso de W… por el mundo?, ¿qué sentido tuvo mi dolor?, ¿cuál es la ilación de estos

hechos a… «Eternidad. Vida. Mundo. Dios»?

 

 

 

história interrompida

 

Ele era triste e alto. Jamais falava comigo que não desse a entender que seu maior defeito consistia

na sua tendência para a destruição. E por isso, dizia, alisando os cabelos negros como quem alisa o

pelo macio e quente de um gatinho, por isso é que sua vida se resumia num monte de cacos: uns

brilhantes, outros baços, uns alegres, outros como um “pedaço de hora perdida”, sem significação,

uns vermelhos e completos, outros brancos, mas já espedaçados.

Eu, na verdade não sabia o que retrucar e lamentava não ter um gesto de reserva, como o

seu, de alisar o cabelo, para sair da confusão. No entanto, para quem leu um pouco e pensou

bastante nas noites de insônia, é relativamente fácil dizer qualquer coisa que pareça profunda. Eu

lhe respondia que mesmo destruindo ele construía: pelo menos esse monte de cacos para onde

olhar e de que falar. Perfeitamente absurdo. Ele, sem dúvida, também o achava, porque não

respondia. Ficava muito triste, a olhar para o chão e a alisar seu gatinho morno.

Assim se passavam as horas. Às vezes eu mandava buscar uma xícara de café, que ele bebia

com muito açúcar e gulosamente. E eu pensava um pensamento muito engraçado: é que se achasse

que andava a destruir tudo, não teria tanto gosto em beber café e não pediria mais. Uma leve

suspeita de que W… era um artista, vinha-me à mente. Para desculpá-lo, respondia-me: destrói-se

tudo em torno de si, mas a si próprio e aos desejos (nós temos um corpo) não se consegue destruir.

Pura desculpa.

Num dia de verão abri a janela de par em par. Pareceu-me que o jardim entrara na sala. Eu

tinha vinte e dois anos e sentia a natureza em todas as fibras. Aquele dia estava lindo. Um sol

mansinho, como se nascesse naquele instante, cobria as flores e a relva. Eram quatro horas da tarde.

Ao redor o silêncio.

Voltei-me para dentro, amolecida pela calma daqueles momentos. Queria dizer-lhe: –

Parece-me que essa é a primeira das horas, mas que depois dela mais nenhuma se seguirá.

Mentalmente ouvi-o responder:

– Isso é apenas uma tendência sentimental indefinível, misturada à literatura da moda,

muito subjetivista. Daí essa confusão de sentimentos, que não tem verdadeiramente um conteúdo

próprio, a não ser o seu estado psicológico, muito comum em moças solteiras de sua idade…

Tentei explicar-lhe, combatê-lo… Nenhum argumento. Voltei-me desolada, olhei seu rosto

triste e ficamos calados.

Foi então que pensei aquela coisa terrível: “Ou eu o destruo ou ele me destruirá”.

Era preciso evitar a todo custo que aquela tendência analista, que terminava pela redução do

mundo a míseros elementos quantitativos, me atingisse. Precisava reagir. Queria ver se o cinzento

de suas palavras conseguia embaçar meus vinte e dois anos e a clara tarde de verão. Decidi-me,

disposta a começar no mesmo momento a lutar. Voltei-me para ele, apoiei as mãos no parapeito da

janela, entrefechei os olhos e sibilei:

– Essa hora me parece a primeira das horas e também a última!!

Silêncio. Lá fora, a brisa indiferente.

Ele ergueu os olhos para mim, levantou a mão sonolenta e acariciou os cabelos. Depois pôsse

a riscar com a unha os desenhos em xadrez da toalha de mesa.

Fechei os olhos, abandonei os braços ao longo do corpo. Meus lindos e luminosos vinte e

dois anos… Mandei vir café e com muito açúcar. Depois que nos separamos, no fim da estrada,

voltei muito devagar para casa, mordendo um capim e chutando todos os seixos brancos do

caminho. O sol já se tinha deitado e no céu sem cor já se viam as primeiras estrelas.

Estava com preguiça de chegar em casa: invariavelmente o jantar, o longo serão vazio, um

livro, o bordado e, enfim, a cama, o sono. Enveredei pelo atalho mais comprido. A relva crescida era

penugenta e quando o vento soprava forte ela me acariciava as pernas.

Mas eu estava inquieta.

Ele era moreno e triste. E sempre andava de escuro. Oh, sem dúvida eu gostava dele. Eu,

muito branca e alegre, ao seu lado. Eu, numa roupa florida, cortando rosas, e ele de escuro, não, de

branco, lendo um livro. Sim, nós formávamos um belo par. Achei-me fútil, assim, imaginando

quadros. Mas justifiquei-me: precisamos contentar a natureza, enfeitá-la. Pois eu jamais plantaria

jasmim junto de girassóis, como ousaria… Bem, bem, o que precisava era de resolver “meu caso”.

Durante dois dias pensei em cessar. Queria achar uma fórmula que mo desse para mim.

Queria achar a fórmula que pudesse salvá-lo. Sim, salvá-lo. E essa idéia me era agradável porque

justificaria os meios que empregasse para prendê-lo. Tudo me parecia porém estéril. Ele era um

homem difícil, distante, e o pior é que falava francamente de seus pontos fracos: por onde atacá-lo

então, se ele se conhecia?

O nascimento de uma idéia é precedido por uma longa gestação, por um processo

inconsciente para o gestante. Assim explico a minha falta de apetite no jantar magnífico, minha

insônia agitada numa cama de lençóis frescos, após um dia atarefado. Às duas horas da madrugada,

enfim, nasceu ela, a idéia.

Sentei-me alvoroçada na cama, pensei: veio depressa demais para ser boa; não se

entusiasme; deite-se, feche os olhos e espere que venha a serenidade. Levantei-me porém e,

descalça para não acordar Mira, pus-me a andar pelo quarto, como um homem de negócios à

espera do resultado da Bolsa. Porém cada vez mais parecia-me que achara a solução.

Com efeito, homens como W… passam a vida à procura da verdade, entram pelos labirintos

mais estreitos, ceifam e destroem metade do mundo sob o pretexto de que cortam os erros, mas

quando a verdade lhes surge diante dos olhos é sempre inopinadamente. Talvez porque tenham

tomado amor à pesquisa, por si mesma, e se tornem como o avarento que acumula, acumula apenas,

esquecido da primitiva finalidade pela qual começou a acumular. O fato é que com W… eu só

conseguiria qualquer coisa pondo-o em estado de “shock”.

E eis como. Dir-lhe-ia (com o vestido azul que me fazia muito mais loura), a voz suave e

firme, fixando-o nos olhos:

– Tenho pensado muito a nosso respeito e resolvi que só nos resta…

Não. Simplesmente.

– Vamos nos casar?

Não, não. Nada de perguntas.

– W…, nós vamos casar.

Sim, eu conhecia os homens. E sobretudo conhecia-o fundamente. Ele não teria o recurso

do gesto preferido. E permaneceria estático, atônito. Porque estaria diante da Verdade… Ele gostava

de mim e talvez porque só a mim não conseguira destruir com suas análises (eu tinha vinte e dois

anos).

Não consegui dormir durante o resto da noite. Estava tão desperta que o ressonar de Mira

me enervava, e até a lua, muito redonda, cortada ao meio por um galho de folhas finas, parecia-me

defeituosa, com uma inchação do lado excessivamente artificial. Queria abrir a luz, mas ouvia de

antemão as queixas de Mira a mamãe, no dia seguinte.

Levantei-me com a disposição de uma mocinha no dia do seu casamento. Cada ato meu era

preparatório, cheio de finalidades, como parte de um ritual. Passei a manhã muito agitada,

pensando na decoração do ambiente, na roupa, nas flores, frases e diálogos. Depois disso, como

arranjar a voz suave e firme, serena e meiga? A continuar naquela febre, eu correria o riso de receber

W… com gritos nervosos: “W… vamos casar imediatamente, imediatamente”. Peguei numa folha de

papel e enchi-a de alto a baixo: “Eternidade. Vida. Mundo. Deus. Eternidade. Vida. Mundo. Deus.

Eternidade…” Essas palavras matavam o sentido de muitos de meus sentimentos e deixavam-me

fria por umas semanas, tão minúscula eu me descobria.

Mas na verdade eu não queria ficar fria: desejava viver o momento até esgotá-lo. Precisava

apenas conquistar um rosto menos afogueado. Sentei-me para uma longa costura.

A serenidade foi pouco a pouco voltando. E com ela, uma profunda e emocionante certeza

de amor. Mas pensei, não existe mesmo nada, nada por que eu troque os instantes que vêm! Só

duas ou três vezes na vida experimenta-se tal sensação e as palavras esperança, felicidade, saudade, a

ela se ligam, descobri. E fechava os olhos e imaginava-o tão vivo que sua presença se tornava quase

real: “sentia” suas mãos sobre as minhas e uma ligeira tontura me atordoava. (“Oh, meu Deus, me

perdoe, mas a culpa é do verão, a culpa é de ele ser tão bonito e moreno e eu tão loura!”).

A idéia de que eu estava sendo feliz me enchia tanto que eu precisava fazer alguma coisa,

alguma bondade, para não ficar com remorsos. E se eu desse a golinha de renda a Mira? Sim, o que

é uma golinha de renda, embora bonita, diante de… “Eternidade. Vida. Mundo…Amor”?

Mira tem quatorze anos e é muito exagerada, quando entrou esbaforida no quarto e fechou a porta

atrás de si, com grandes gesto, eu disse:

– Beba um copo d’água e depois conta como a gata teve trinta gatinhos e dois cachorrinhos

pretos.

– Clarinha disse que ele se matou! Se matou com um tiro na cabeça… É verdade, é? É

mentira, não é?

E repentinamente a história se partiu. Nem teve ao menos um fim suave. Terminou com a

brusquidão e a falta de lógica de uma bofetada em pleno rosto.

Estou casada e tenho um filho. Não lhe dei o nome de W… E não costumo olhar para trás:

tenho em mente ainda o castigo que Deus deu à mulher de Loth. E só escrevi “isso” para ver se

conseguia achar uma resposta a perguntas que me torturam, de quando em quando, perturbando

minha paz: que sentido teve a passagem de W… pelo mundo? que sentido teve a minha dor? qual o

fio que esses fatos a… “Eternidade. Vida. Mundo. Deus.”?

 

Outubro 1940

 

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducción de Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

1979, A Bela e a Fera: Historia interrompida, Gertrudes pede um conselho, Obsessão, O delirio,

A fuga, Mais dois bêbedos, Um dia a menos, A bela e a fera ou a ferida grande demais

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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