la bella y la bestia o la herida demasiado grande

 

 

Comienza:

Bien, entonces salió del salón de belleza por el ascensor del hotel Copacabana Palace.

El chófer no estaba ahí. Miró el reloj: eran las cuatro de la tarde. Y de repente se acordó: le había dicho

al «señor» José que la viniera a recoger a las cinco, no habiendo calculado que no se arreglaría las uñas

de los pies ni de las manos, solamente masaje.

¿Qué debía hacer? ¿Tomar un taxi? Pero tenía consigo un billete de quinientos cruceiros y el taxista

no tendría cambio. Había traído dinero porque el marido le había dicho que nunca se debe andar sin nada.

Se le ocurrió volver al salón de belleza y pedir dinero.

Pero… —pero era una tarde de mayo y el aire fresco era una flor abierta con su perfume—.

De esta manera pensó que era maravilloso e inusitado permanecer de pie en la calle, con el viento que

movía sus cabellos. No se acordaba de cuándo había sido la última vez que había estado sola consigo misma.

Tal vez nunca.

Siempre estaba ella con otros, y en esos otros ella se reflejaba y los otros se reflejaban en ella.

Nada era… era puro —pensó sin entenderse—. Cuando se vio al espejo —la piel trigueña por los baños de sol

hacía resaltar las flores doradas cerca del rostro en los cabellos negros—, se contuvo para exclamar un

«¡Ah!» —pues ella era una entre cincuenta millones de unidades de gente bonita—.

Nunca hubo —en todo el pasado del mundo— alguien que fuera como ella. Y después, en tres trillones de

trillones de años, no habría una chica exactamente como ella.

«¡Yo soy una llama encendida! ¡Y doy brillo y resplandor a toda esa oscuridad!»

Este momento era único, y ella tendría durante la vida miles de momentos únicos.

Hasta sudó frío en la frente, por serle dado tanto y tomado ávidamente por ella.

«La belleza puede llevar a la especie de locura que es la pasión.»

Pensó: «Estoy casada, tengo tres hijos, estoy segura».

Ella tenía un nombre para preservar: era Carla de Sousa y Santos.

Eran importantes el «de» y el «y»: señalaban la clase y cuatrocientos años de abolengo carioca.

Vivía en las manadas de mujeres y hombres que, sí, que simplemente «podían». ¿Podían qué?

Bien, simplemente podían. Y para colmo, viscosos, pues el «podía» de ellos estaba bien aceitado

en las máquinas que funcionaban sin el ruido de metal oxidado. Ella, que era una potencia.

Una generación de energía eléctrica. Ella, que para descansar usaba los viñedos de su granja.

Poseía tradiciones podridas pero de pie. Y como no había ningún nuevo criterio para sustentar las vagas

y grandes esperanzas, la pesada tradición aún estaba en vigor.

¿Tradición de qué? De nada, si se quisiera indagar. Tenía a su favor tan sólo el hecho de que los habitantes

tenían un largo linaje tras de sí, lo que, a pesar del linaje plebeyo, bastaba para darles una cierta pose

de dignidad.

Pensó de esa manera, hecha un lío. «Ella que, siendo mujer, lo que le parecía gracioso ser o no ser,

sabía que, si fuera hombre, naturalmente sería banquero, cosa normal que sucediera en los “de ella”,

es decir, de su clase social, a la cual el marido, no obstante, había llegado por el mucho trabajo y lo

clasificaba de self-made man mientras que ella no era una self-made woman».

Al final del largo pensamiento, le pareció que, que no había pensado en nada.

Un hombre sin una pierna, apoyándose en una muleta, se paró delante de ella y le dijo:

 

—Señorita, ¿me da una moneda para comer?

 

«¡¡¡Auxilio!!!», se gritó a sí misma al ver la enorme herida en la pierna del hombre. «Dios, ayúdame»,

dijo bajito.

Estaba expuesta a ese hombre. Estaba completamente expuesta. Si se hubiera puesto de acuerdo con

el «señor» José sobre la salida en la avenida Atlántica, el hotel donde quedaba el salón de belleza, no

permitiría que «esa gente» se aproximara.

Pero en la avenida Copacabana todo era posible: personas de toda clase. Por lo menos de clase diferente

a la de ella. «¿De la de ella?» «¿Qué clase de ella era para ser “de la de ella”?»

Ella, los otros. Pero, pero la muerte no nos separa, pensó de repente y su rostro tomó el aire

de una mascarilla de belleza y no de belleza de gente: su cara por un momento se endureció.

Pensamiento del mendigo: «Esta doña con la cara pintada y con estrellitas doradas en la cabeza, o no me da

o me da muy poco».

Se le ocurrió entonces, un poco cansado: «… o me dará casi nada».

Ella estaba espantada: como prácticamente no andaba por la calle —iba en coche de puerta a puerta—,

llegó a pensar: ¿él me va a matar? Estaba atarantada y preguntó:

 

—¿Cuánto es lo que se acostumbra a dar?

—Lo que la persona pueda dar y quiera dar —respondió el mendigo sorprendidísimo.

 

Ella, que no pagaba el salón de belleza, el gerente de éste mandaba cada mes su cuenta a la secretaria

de su marido. «Marido.» Ella pensó: ¿El marido qué haría con el mendigo? Sabía que: nada.

Ellos no hacen nada. Y ella: ella era «ellos» también. ¿Todo lo que pueda dar? Podía darle el banco del

marido, podía darle su departamento, su casa de campo, sus joyas…

Pero algo que era la avaricia de todo el mundo, preguntó:

—¿Quinientos cruceiros es suficiente? Es todo lo que traigo.

El mendigo la miró espantado.

 

—¿Se está burlando de mí, señorita?

—¿¿Yo?? No, para nada, yo traigo en verdad los quinientos en la bolsa…

 

La abrió, sacó el billete y se lo entregó humildemente al hombre, casi pidiéndole disculpas.

El hombre se quedó perplejo.

Y después riendo, mostrando las encías casi vacías:

—Mire —dijo él—, o usted es muy buena o no está bien de la cabeza… Pero, acepto, no vaya a

decir después que la robé, nadie me va a creer. Era mejor haberme dado cambio.

—Yo no traigo cambio, sólo tengo este billete de quinientos.

El hombre pareció asustarse, dijo algo casi incomprensible a causa de la mala dicción por sus pocos

dientes.

Mientras tanto, en su cabeza pensaba: comida, comida, buena comida, dinero, dinero.

La cabeza de ella estaba llena de alegría, júbilo, festejo. ¿Festejando qué? ¿Festejando la herida ajena?

Una cosa los unía: ambos tenían la vocación por el dinero. El mendigo gastaba todo lo que tenía,

mientras el marido de Carla, banquero, coleccionaba dinero.

Su medio de vida era la Bolsa de Valores, e inflación, y lucro.

El medio de vida del mendigo era la redonda herida abierta. Y, para colmo, debía de tener miedo en quedar

curado, adivinó ella, porque, si quedara bien, no tendría qué comer, eso lo sabía Carla: «El que no tiene

buen empleo después de cierta edad…».

Si fuera joven, podría ser pintor de paredes. Como no lo era, invertía en la herida grande en carne viva

y purulenta. No, la vida no era bella.

Ella se recargó en la pared y decidió deliberadamente pensar.

Era diferente porque no tenía el hábito y ella no sabía que pensamiento era visión y comprensión y que

nadie podía intimarse así: ¡piense! Bien.

Pero suele suceder que decidir es un obstáculo. Entonces se puso a mirar hacia dentro de sí y realmente

empezaron a acontecer. Sólo que tenía los pensamientos más tontos. Así: ¿este mendigo sabe inglés?

¿Este mendigo ya ha comido caviar, bebiendo champaña? Eran pensamientos tontos porque claramente

sabía que el mendigo no hablaba inglés, ni había probado el caviar ni la champaña. Pero no se pudo

impedir el ver nacer en ella otro pensamiento absurdo: ¿él ya ha practicado deportes de invierno en Suiza?

Entonces se desesperó. Se desesperó tanto que le llegó el pensamiento hecho de tan sólo dos palabras:

«Justicia Social».

¡Que mueran todos los ricos! Sería la solución, pensó alegre. Pero ¿quién les daría dinero a los pobres?

De repente, de repente todo paró. Los ómnibus pararon, los coches pararon, los relojes pararon, las personas

en la calle se inmovilizaron, sólo su corazón latía, ¿y para qué?

De repente vio que no sabía dirigir el mundo.

Era una incapaz, con los cabellos negros y las uñas largas y rojas. Ella era eso: como una fotografía en color

fuera de foco. Hacía todos los días la lista de lo que necesitaba o de lo que quería hacer al día siguiente:

era de ese modo como se había relacionado con el tiempo vacío.

Simplemente ella no tenía qué hacer. Hacían todo por ella. Hasta incluso los dos hijos:

pues bien, había sido el marido quien había determinado que tendrían dos…

«Se tiene que echarle ganas para triunfar en la vida», le había dicho el abuelo muerto.

¿Sería ella, por casualidad, «triunfadora»? Si triunfar fuera estar en plena tarde clara en la calle, con la cara

embadurnada de maquillaje y lentejuelas doradas… ¿Era eso triunfar? Qué paciencia tenía que tener consigo

misma. Qué paciencia tenía que tener para salvar su propia vida pequeña. ¿Salvarla de qué? ¿Del juicio?

Pero ¿quién juzgaba? Sintió la boca completamente seca y la garganta con fuego: exactamente como cuando

tenía que someterse a los exámenes escolares. ¡Y no había agua! ¿Sabes lo que es eso, no haber agua?

Quiso pensar en otra cosa y olvidar el difícil momento presente. Entonces recordó frases de un libro

póstumo de Eça de Queirós que había estudiado en la secundaria: EL LAGO DE TIBERÍADES

resplandeció transparente, cubierto de silencio, más azul que el cielo, todo orlado con prados floridos,

con densos vergeles, con rocas de pórfido, y con albos terrenos por entre los palmares, bajo el vuelo de

las tórtolas».

Lo sabía de memoria porque, cuando adolescente, era muy sensible a palabras y porque deseaba para sí misma

el destino de resplandor del lago de TIBERÍADES.

Tuvo unas ganas inesperadamente asesinas: ¡las de matar a todos los mendigos del mundo!

Solamente para que ella, después de la matanza, pudiera disfrutar en paz su extraordinario bienestar.

No. El mundo no susurraba.

¡¡¡El mundo gri-ta-ba!!! Por la boca desdentada de este hombre.

La joven señora del banquero pensó que no iba a soportar la falta de afabilidad que le arrojaban en el rostro

tan bien maquillado.

¿Y la fiesta? Qué diría en la fiesta, cuando bailara, qué le diría al compañero que la tendría entre sus brazos…

Lo siguiente: mire, el mendigo también tiene sexo, dijo que tenía once hijos. Él no va a reuniones sociales,

él no sale en las columnas del Ibrahim, o del Zózimo, él tiene hambre de pan y no de pasteles, él en verdad

sólo debería comer papilla de harina de trigo o mandioca, pues no tiene dientes para masticar carne…

«¿Carne?» Recordó vagamente que la cocinera le había dicho que el «filete miñón» había subido de precio.

Sí. ¿Cómo podría ella bailar? Sólo si fuera una danza loca y macabra de mendigos.

No, ella no era una mujer de desvanecimientos o melindres ni se iba a desmayar o sentirse mal.

Como algunas de sus «compañeritas» de sociedad. Sonrió un poco al pensar en términos de «compañeritas».

¿Compañeras de qué? ¿De vestirse bien? ¿De dar cenas para treinta o cuarenta personas?

 

Ella misma, aprovechando el jardín en el verano que se extinguía, había ofrecido una recepción,

¿para cuántos invitados? No, no quería pensar en eso, se acordó (¿por qué sin el mismo placer?)

de las mesas esparcidas sobre el césped, a la luz de las velas… «¿Luz de las velas?» Pensó, ¿pero estoy loca?

¿He caído en un esquema? ¿En un esquema de gente rica?

«Antes de casarse era de clase media, secretaria del banquero con quien se había casado y ahora:

ahora luz de velas. Yo estoy jugando a vivir», pensó, «la vida no es eso».

«La belleza puede ser una gran amenaza.» La extrema gracia se confundió con una perplejidad y una honda

melancolía.

«La belleza asusta.» «Si yo no fuera tan bonita habría tenido otro destino», pensó, arreglándose las flores

doradas sobre los negrísimos cabellos.

Ella, una vez, había visto a una amiga totalmente con el corazón sufrido y dolido, y loco por una fuerte pasión.

Entonces no había querido nunca experimentarla. Siempre había tenido miedo de las cosas demasiado bellas

o demasiado horribles: es que no sabía en sí cómo responderles y si respondería, si fuera igualmente bella

o igualmente horrible.

Estaba asustada como cuando había visto la sonrisa de la Mona Lisa, ahí, a la mano en el Louvre.

Cómo se había asustado con el hombre de la herida o con la herida del hombre.

Tuvo ganas de gritarle al mundo: «¡Yo no soy mala! ¡Soy un producto de no sé qué, cómo saber de esta miseria

del alma!».

Para cambiar de sentimiento —puesto que ella no los aguantaba y le daban ganas de, por desesperación,

de dar un puntapié violento en la herida del mendigo—, para cambiar de sentimientos pensó: éste es mi segundo

matrimonio, es decir, el marido anterior estaba vivo.

Ahora entendía por qué se había casado desde la primera vez y estaba en subasta: ¿quién da más?,

¿quién da más? Entonces está vendida. Sí, se había casado por primera vez con el hombre que «daba más»,

lo había aceptado porque él era rico y estaba un poco por encima del nivel social de ella. Se había vendido.

¿Y el segundo marido? Su matrimonio estaba terminando, él con dos amantes… y ella soportando todo porque

una ruptura sería escandalosa: su nombre era demasiado citado en las columnas sociales.

¿Y volvería ella a su nombre de soltera? Hasta acostumbrarse a su nombre de soltera, iba a tardar mucho.

Además, pensó riéndose de sí misma, además, ella aceptaba al segundo porque le daba un gran prestigio.

¿Se había vendido a las columnas sociales? Sí. Descubría eso ahora. Si hubiera para ella un tercer matrimonio

—pues era bonita y rica—, si lo hubiera, ¿con quién se casaría? Empezó a reír un poco histéricamente porque

había pensado: el tercer marido era el mendigo.

De repente le preguntó al mendigo:

 

—¿Usted habla inglés?

 

El hombre ni siquiera sabía lo que ella le había preguntado. Pero obligado a responder, pues la

mujer ya lo había comprado con tanto dinero, salió con una evasiva:

 

—Sí, claro. ¿Pues no estoy hablando ahora mismo con usted? ¿Por qué? ¿Usted es sorda? Entonces

voy a gritar: HABLO.

 

Espantada por los grandes gritos del hombre, empezó a sudar frío. Tomaba plena conciencia de que hasta

ahora había fingido que no existían quienes pasan hambre y no hablan ninguna lengua y que había multitudes

anónimas mendigando para sobrevivir. Ella lo sabía, sí.

Pero había desviado la cabeza y se había tapado los ojos. Todos, pero todos: saben y fingen que no saben.

E incluso si no fingieran, iban a tener un malestar. ¿Cómo no lo tendrían? No, ni eso tendrían.

Ella era…

¿A fin de cuentas quién era ella?

Sin comentarios, sobre todo porque la pregunta duró un instante de segundo: pregunta y respuesta no habían

sido pensamientos de la cabeza, eran del cuerpo.

Yo soy el diablo, pensó, recordando lo que había aprendido en su infancia. Y el mendigo es Jesús.

Pero, lo que él quiere no es dinero, es amor, ese hombre se perdió de la humanidad como yo también me perdí.

Quiso forzarse a entender el mundo y sólo logró acordarse de fragmentos por los amigos del marido:

«Estas plantas no serán suficientes». ¿Qué plantas, santo Dios? ¿Las del ministro Gallardo? ¿Tendría

plantas? «La energía eléctrica… ¿hidroeléctrica?»

Y la magia esencial de vivir, ¿dónde estaba ahora? ¿En qué rincón del mundo? ¿En el hombre sentado en la

esquina?

¿El resorte del mundo es el dinero? Se hizo ella la pregunta. Pero quiso fingir que no era. Se sintió tan, tan rica

que tuvo un malestar.

Pensamiento del mendigo: «Esta mujer está loca o robó el dinero porque millonaria no puede ser»,

millonaria era para él tan sólo una palabra e incluso si en esa mujer él quisiera encarnar una millonaria,

no podría porque: gente, ¿dónde se ha visto a una millonaria quedarse parada en la calle? Entonces

pensó: ella es de esas vagabundas que le cobran caro a los clientes y ¿seguramente está cumpliendo una promesa?

Después.

Después.

Silencio.

Pero de repente ese pensamiento a gritos:

 

—¿Cómo nunca había descubierto que también yo soy una mendiga? Nunca pedí limosna pero

mendigo el amor de mi marido que tiene dos amantes, mendigo por el amor de Dios que me

consideren bonita, alegre y aceptable, y la ropa de mi alma está harapienta…

 

«Hay cosas que nos igualan», pensó, buscando desesperadamente otro punto de igualdad. Llegó de repente

la respuesta: eran iguales porque habían nacido y ambos morirían. Eran, pues, hermanos.

Tuvo ganas de decir: mire, hombre, yo también soy una pobre miserable, la única diferencia es que soy rica.

Yo… pensó con ferocidad, yo estoy cerca de desmoralizar el dinero, amenazando el crédito de mi marido en la

plaza. Estoy lista para, de un momento a otro, sentarme en la orilla de la banqueta.

Nacer fue mi peor desgracia. Habiendo ya pagado ese maldito acontecimiento, me siento con derecho a todo.

Tenía miedo. Pero de repente dio un gran salto en su vida: valerosamente se sentó en el suelo.

«¡Vas a ver que ella es una comunista!», medio pensó el mendigo. «Y como comunista tendría derecho a sus

joyas, sus apartamentos, su riqueza y hasta sus perfumes.»

Nunca más sería la misma persona. No era que jamás hubiera visto a un mendigo.

Pero esto incluso ocurría en la hora equivocada, como un empujón que la hiciera derramar vino tinto en su blanco

vestido de encaje. De repente sabía: este mendigo estaba hecho de la misma materia que ella. Simplemente eso.

El «porqué» es lo que era diferente. En el plan físico ellos eran iguales.

En cuanto a ella, tenía una cultura mediana, y él no parecía saber de nada, ni siquiera quién era el presidente de

Brasil. Ella, no obstante, tenía una capacidad aguda para comprender.

¿Sería que había estado hasta ahora con la inteligencia taponada?

Pero si ella hace poco que había estado hasta ahora en contacto con una herida que pedía dinero para comer,

¿empezó a pensar únicamente en dinero? Dinero que siempre había sido fácil para ella. Y la herida, ella nunca la

había visto tan de cerca…

 

—Señora, ¿se está sintiendo mal?

—No estoy mal… pero no estoy bien, no sé…

 

Pensó: el cuerpo es una cosa que cuando está enfermo uno lo carga. El mendigo se carga a sí mismo.

 

—Hoy en el baile usted se recupera y todo vuelve a la normalidad —dijo José.

 

Realmente en el baile, ella reverdecería sus elementos de atracción y todo volvería a ser normal.

Se sentó en el asiento del coche con aire acondicionado, echando, antes de partir, una última mirada

a ese compañero de hora y media.

Le parecía difícil despedirse de él, él era ahora el «yo» álter ego, él formaba parte de su vida para siempre.

Adiós. Estaba soñadora, distraída, con los labios entreabiertos, como si hubiera, al borde de ellos, una palabra.

Por un motivo que ella no sabría explicar: él era verdaderamente ella misma.

Y así, cuando el chófer encendió la radio, oyó que el bacalao producía nueve mil óvulos por año.

No supo deducir nada con esa frase, ella que estaba necesitando un destino.

Se acordó de que cuando era adolescente había buscado un destino y había escogido cantar.

Como parte de su educación, fácilmente le habían conseguido un buen profesor. Pero cantaba mal, ella misma

lo sabía y su padre, amante de la ópera, había fingido no notar que ella cantaba mal. Pero hubo un momento en el

que ella empezó a llorar. El profesor perplejo le había preguntado qué tenía.

 

—Es que, es que yo tengo miedo de, de, de, de cantar bien…

 

Pero tú cantas muy mal, le había dicho el profesor.

 

—También tengo miedo, tengo miedo también de cantar mucho, mucho, mucho peor todavía.

 

¡Maaaal, demasiado mal! —ella lloraba y nunca más tuvo otra clase de canto. Esa historia de buscar el arte

para entender tan sólo le había sucedido una vez, después se sumergió en un olvido que únicamente

ahora, a los treinta y cinco años de edad, a través de la herida, necesitaba o cantar muy mal o cantar muy

bien. Estaba desorientada.

Hace cuánto tiempo no oía la llamada música clásica porque ésta podría sacarla del sueño automático en el que

vivía. Yo, yo estoy jugando a vivir.

El mes próximo iría a Nueva York y descubrió que esa ida era como una nueva mentira, como una perplejidad.

Tener una herida en la pierna: es una realidad.

Y todo en su vida, desde cuando hubo nacido, todo en su vida había sido suave como el brinco de un gato.

 

 

 

(En el coche andando)

De repente pensó: ni me acordé de preguntarle cuál era su nombre.

 

 

 

 

A Bela e a Fera ou A Ferida Grande Demais

 

Começa:

Bem, então saiu do salão de beleza pelo elevador do Copacabana Palace Hotel. O chofer

não estava lá. Olhou o relógio: eram quatro horas da tarde. E de repente lembrou-se: tinha dito a

“seu” José para vir buscá-la às cinco, não calculando que não faria as unhas dos pés e das mãos, só

massagem. Que devia fazer? Tomar um táxi? Mas tinha consigo uma nota de quinhentos cruzeiros

e o homem do táxi não teria troco. Trouxera dinheiro porque o marido lhe dissera que nunca se

deve andar sem nenhum dinheiro. Ocorreu-lhe voltar ao salão de beleza e pedir dinheiro. Mas – era

uma tarde de maio e o ar fresco era uma flor aberta com o seu perfume. Assim achou que era

maravilhoso e inusitado ficar de pé na rua – ao vento que mexia com os seus cabelos. Não se

lembrava quando fora a última vez que estava sozinha consigo mesma. Talvez nunca. Sempre era

ela – com outros, e nesses outros ela se refletia e os outros refletiam-se nela. Nada era – era puro,

pensou sem se entender. Quando se viu no espelho – a pele trigueira pelos banhos de sol fazia

ressaltar as flores douradas perto do rosto nos cabelos negros -, conteve-se para não exclamar um

“ah!” – pois ela era cinquenta milhões de unidades de gente linda. Nunca houve – em todo o

passado do mundo – alguém que fosse como ela. E depois, em três trilhões de trilhões de anos –

não haveria uma moça exatamente como ela.

“Eu sou uma chama acesa! E rebrilho e rebrilho toda essa escuridão!”

Este momento era único – e ela teria durante a vida milhares de momentos únicos. Até

suou frio na testa, por tanto lhe ser dado e por ela avidamente tomado.

“A beleza pode levar à espécie de loucura que é a paixão.” Pensou: “estou casada, tenho três

filhos, estou segura.”

Ela tinha um nome a preservar: era Carla de Sousa e Santos. Eram importantes o “de” e o

“e”: marcavam classe e quatrocentos anos de carioca. Vivia nas manadas de mulheres e homens que,

sim, que simplesmente “podiam”. Podiam o quê? Ora, simplesmente podiam. E ainda por cima,

viscosos pois que o “podia” deles era bem oleado nas máquinas que corriam sem barulho de metal

ferrugento. Ela, que era uma potência. Uma geração de energia elétrica. Ela, que para descansar

usava os vinhedos do seu sítio. Possuía tradições podres mas de pé. E como não havia nenhum novo

critério para sustentar as vagas e grandes esperanças, a pesada tradição ainda vigorava. Tradição de

quê? De nada, se se quisesse apurar. Tinha a seu favor apenas o fato de que os habitantes tinham

uma longa linhagem atrás de si, o que, apesar de linhagem plebeia, bastava para lhes dar uma certa

pose de dignidade.

Pensou assim, toda enovelada: “Ela que, sendo mulher, o que lhe parecia engraçado ser ou

não ser, sabia que se fosse homem, naturalmente seria banqueiro, coisa normal que acontece entre

os “dela”, isto é, de sua classe social, à qual o marido, porém, alcançara com muito trabalho e que o

classificava de “self made man” enquanto ela não era uma “self made woman”. No fim do longo

pensamento, pareceu-lhe que – que não pensara em nada.

Um homem sem uma perna, agarrando-se numa muleta, parou diante dela e disse:

– Moça, me dá um dinheiro para eu comer?

“Socorro!!!” gritou-se para si mesma ao ver a enorme ferida na perna do homem. “Socorreme,

Deus”, disse baixinho.

Estava exposta àquele homem. Estava completamente exposta. Se tivesse marcado com

“seu” José na saída da Avenida Atlântica, o hotel que ficava o cabeleireiro não permitiria que “essa

gente” se aproximasse. Mas na Avenida Copacabana tudo era possível: pessoas de toda a espécie.

Pelo menos de espécie diferente da dela. “Da dela?” “Que espécie de ela era para ser ‘da dela’?”

Ela – os outros. Mas, mas a morte não nos separa, pensou de repente e seu rosto tomou ar

de uma máscara de beleza e não beleza de gente: sua cara por um momento se endureceu.

Pensamento do mendigo: “essa dona de cara pintada com estrelinhas douradas na testa, ou

não me dá ou me dá muito pouco”. Ocorreu-lhe então, um pouco cansado: “ou dá quase nada”.

Ela espantada: como praticamente não andava na rua – era de carro de porta à porta –

chegou a pensar: ele vai me matar? Estava atarantada e perguntou:

– Quanto é que se costuma dar?

– O que a pessoa pode dar e quer dar – respondeu o mendigo espantadíssimo.

Ela, que não pagava o salão de beleza, o gerente deste mandava cada mês sua conta para a

secretária do marido. “Marido”. Ela pensou: o marido o que faria com o mendigo? Sabia que: nada.

Eles não fazem nada. E ela – ela era “eles” também. Tudo o que pode dar? Podia dar o banco do

marido, poderia lhe dar seu apartamento, sua casa de campo, suas jóias…

Mas alguma coisa que era uma avareza de todo o mundo, perguntou:

– Quinhentos cruzeiros basta? É só o que eu tenho.

O mendigo olhou-a espantado.

– Está rindo de mim, moça?

– Eu?? Não estou não, eu tenho mesmo os quinhentos na bolsa…

Abriu-a, tirou-lhe a nota e estendeu-a humildemente ao homem, quase lhe pedindo

desculpas.

O homem perplexo.

E depois rindo, mostrando as gengivas quase vazias:

– Olhe – disse ele -, ou a senhora é muito boa ou não está bem da cabeça… Mas, aceito, não

vá dizer depois que roubei, ninguém vai me acreditar. Era melhor me dar trocado.

– Eu não tenho trocado, só tenho essa nota de quinhentos.

O homem pareceu assustar-se, disse qualquer coisa quase incompreensível por causa da má

dicção de poucos dentes.

Enquanto isso a cabeça dele pensava: comida, comida, comida boa, dinheiro, dinheiro.

A cabeça dela era cheia de festas, festas, festas. Festejando o quê? Festejando a ferida alheia?

Uma coisa os unia: ambos tinham uma vocação por dinheiro. O mendigo gastava tudo o que tinha,

enquanto o marido de Carla, banqueiro, colecionava dinheiro. O ganha-pão era a Bolsa de Valores,

e inflação, e lucro. O ganha-pão do mendigo era a redonda ferida aberta. E ainda por cima, devia

ter medo de ficar curado, adivinhou ela, porque, se ficasse bom, não teria o que comer, isso Carla

sabia: “quem não tem bom emprego depois de certa idade…” Se fosse moço, poderia ser pintor de

paredes. Como não era, investia na ferida grande em carne viva e purulenta. Não, a vida não era

bonita.

Ela se encostou na parede e resolveu deliberadamente pensar. Era diferente porque não tinha o

hábito e ela não sabia que pensamento era visão e compreensão e que ninguém podia se intimar

assim: pense! Bem. Mas acontece que resolver era um obstáculo. Pôs-se então a olhar para dentro

de si e realmente começaram a acontecer. Só que tinha os pensamentos mais tolos. Assim: esse

mendigo sabe inglês? Esse mendigo já comeu caviar, bebendo champanhe? Eram pensamentos

tolos porque claramente sabia que o mendigo não sabia inglês, nem experimentara caviar e

champanhe. Mas não pôde se impedir de ver nascer em si mais um pensamento absurdo: ele já fez

esportes de inverno na Suíça?

Desesperou-se então. Desesperou-se tanto que lhe veio o pensamento feito de duas palavras

apenas “Justiça Social”.

Que morram todos os ricos! Seria a solução, pensou alegre. Mas – quem daria dinheiro aos

pobres?

De repente – de repente tudo parou. Os ônibus pararam, os carros pararam, os relógios

pararam, as pessoas na rua imobilizaram-se – só seu coração batia, e para quê?

Viu que não sabia gerir o mundo. Era uma incapaz, com cabelos negros e unhas compridas

e vermelhas. Ela era isso: como uma fotografia colorida fora de foco. Fazia todos os dias a lista do

que precisava ou queria fazer no dia seguinte – era desse modo que se ligara ao tempo vazio.

Simplesmente ela não tinha o que fazer. Faziam tudo por ela. Até mesmo os dois filhos – pois bem,

fora o marido que determinara que teriam dois…

“Tem-se que fazer força para vencer na vida”, dissera-lhe o avô morto. Seria ela, por acaso,

“vencedora”? Se vencer fosse estar em plena tarde clara na rua, a cara lambuzada de maquilagem e

lantejoulas douradas… Isso era vencer? Que paciência tinha que ter consigo mesma. Que paciência

tinha que ter para salvar a sua própria vida. Salvar de quê? Do julgamento? Mas quem julgava?

Sentiu a boca inteiramente seca e a garganta em fogo – exatamente como quando tinha que se

submeter a exames escolares. E não havia água! Sabe o que é isso – não haver água?

Quis pensar em outra coisa e esquecer o difícil momento presente. Então lembrou-se de

frases de um livro póstumo de Eça de Queirós que havia estudado no ginásio: “O lago de Tiberíade

resplandeceu transparente, coberto de silêncio, mais azul que o céu, todo orlado de prados floridos,

de densos vergeis, de rochas de pórfiro, e alvos terrenos por entre os palmares, sob o voo das rolas.”

Sabia de cor porque, quando adolescente, era muito sensível a palavras e porque desejava

para si mesma o destino de resplendor do lago de TIBERÍADE.

Teve uma vontade inesperadamente assassina: a de matar todos os mendigos do mundo!

Somente para que ela, depois da matança, pudesse usufruir em paz seu extraordinário bem-estar.

Não. O mundo não sussurrava.

O mundo gri-ta-va!!! Pela boca desdentada desse homem.

A jovem senhora do banqueiro pensou que não ia suportar a falta de maciez que se lhe

jogavam no rosto tão maquilado.

E a festa? Como diria na festa, quando dançasse, como diria ao parceiro que a teria entre os

braços… O seguinte: olhe, o mendigo também tem sexo, disse que tinha onze filhos. Ele não vai a

reuniões sociais, ele não sai nas colunas do Ibrahim, ou do Zózimo, ele tem fome de pão e não de

bolos, ele na verdade só quer comer mingau pois não tem dentes para mastigar carne… “Carne?”

Lembrou-se vagamente que a cozinheira dissera que o “filet mignon” subira de preço. Sim. Como

poderia ela dançar? Só se fosse uma dança doida e macabra de mendigos.

Não, ela não era mulher de ter chiliques e fricotes e ir desmaiar ou se sentir mal. Como

algumas de suas “coleguinhas” de sociedade. Sorriu um pouco ao pensar em termos de

“coleguinhas”. Colegas em quê? Em se vestir bem? Em dar jantares para trinta, quarenta pessoas?

Ela mesma aproveitando o jardim no verão que se extinguia dera uma recepção para

quantos convidados? Não, não queria pensar nisso, lembrou-se (por que sem o mesmo prazer?) das

mesas espalhadas sobre a relva, a luz de vela… “luz de vela”? pensou, mas eu estou doida? Eu caí

num esquema? Num esquema de gente rica?

“Antes de casar era de classe média, secretária do banqueiro com quem se casara agora e

agora – agora luz de velas. Estou é brincando de viver, pensou, a vida não é isso.”

“A beleza pode ser de uma grande ameaça.” A extrema graça se confundiu com uma

perplexidade e uma funda melancolia. “A beleza assusta”. “Se eu não fosse tão bonita teria tido

outro destino”, pensou ajeitando as flores douradas sobre os negríssimos cabelos.

Ela uma vez vira uma amiga inteiramente de coração torcido e doído e doido de forte

paixão. Então não quisera nunca experimentar. Sempre tivera medo das coisas belas demais ou

horríveis demais: é que não sabia em si como responder-lhes e se responderia se fosse igualmente

bela ou igualmente horrível.

Estava assustada quando vira o sorriso de Mona Lisa, ali, à sua mão no Louvre. Como se

assustara com o homem da ferida ou com a ferida do homem.

Teve vontade de gritar para o mundo: “Eu não sou ruim! Sou um produto nem sei de quê,

como saber dessa miséria de alma”.

Para mudar de sentimento – pois que ela não os aguentava e já tinha vontade de, por

desespero, dar um pontapé violento na ferida do mendigo -, para mudar de sentimentos pensou:

este é o meu segundo casamento, isto é, o marido anterior estava vivo.

Agora entendia por que se casara da primeira vez e estava em leilão: quem dá mais? Quem

dá mais? Então está vendida. Sim, casara-se pela primeira vez com o homem que “dava mais”, ela o

aceitara porque ele era rico e era um pouco acima dela em nível social. Vendera-se. E o segundo

marido? Seu casamento estava findando, ele com duas amantes… e ela tudo suportando porque um

rompimento seria escandaloso: seu nome era por demais citado nas colunas sociais. E voltaria ela a

seu nome de solteira? Até habituar-se ao seu nome de solteira, ia demorar muito. Aliás, pensou

rindo de si mesma, aliás, ela aceitava este segundo porque ele lhe dava grande prestígio. Vendera-se

às colunas sociais? Sim. Descobria isso agora. Se houvesse para ela um terceiro casamento – pois

era bonita e rica -, se houvesse, com quem se casaria? Começou a rir um pouco histericamente

porque pensara: o terceiro marido era o mendigo.

De repente perguntou ao mendigo:

– O senhor fala inglês?

O homem nem sequer sabia o que ela lhe perguntara. Mas, obrigado a responder pois a

mulher já o comprara-o com tanto dinheiro, saiu pela evasiva.

– Falo sim. Pois não estou falando agora mesmo com a senhora? Por quê? A senhora é

surda? Então vou gritar: FALO.

Espantada pelos enormes gritos do homem, começou a suar frio. Tomava plena consciência

de que até agora fingira que não havia os que passam fome, não falam nenhuma língua e que havia

multidões anônimas mendigando para sobreviver. Ela soubera sim, mas desviara a cabeça e tampara

os olhos. Todos, mas todos – sabem e fingem que não sabem. E mesmo que não fingissem iam ter

um mal-estar. Como não teriam? Não, nem isso teriam.

Ela era…

Afinal de contas quem era ela?

Sem comentários, sobretudo porque a pergunta não durou um átimo de segundo: pergunta

e resposta não tinham sido pensamentos de cabeça, eram de corpo.

Eu sou o Diabo, pensou lembrando-se do que aprendera na infância. E o mendigo é Jesus.

Mas – o que ele quer não é dinheiro, é amor, esse homem se perdeu na humanidade como eu

também me perdi.

Quis forçar-se a entender o mundo e só conseguiu lembrar-se de fragmentos de frases ditas

pelos amigos do marido: “essas usinas não serão suficientes”. Que usinas, santo Deus? As do

Ministro Galhardo? Teria ele usinas? A “energia elétrica… hidrelétrica”?

E a magia essencial de viver – onde estava agora? Em que canto do mundo? No homem

sentado na esquina?

A mola do mundo é dinheiro? Fez-se ela a pergunta. Mas quis fingir que não era. Sentiu-se

tão, tão rica que teve um mal-estar.

Pensamento do mendigo: “Essa mulher é doida ou roubou o dinheiro porque milionária ela

não pode ser”, milionária era para ele apenas uma palavra e mesmo se nessa mulher ele quisesse

encarnar uma milionária não poderia porque: onde se viu milionária ficar parada de pé na rua,

gente? Então pensou: ela é daquelas vagabundas que cobram caro de cada freguês e com certeza

está cumprindo alguma promessa?

Depois.

Depois.

Silêncio.

Mas de repente aquele pensamento gritado:

– Como é que eu nunca descobri que sou também uma mendiga? Nunca pedi esmola mas

mendigo o amor de meu marido que tem duas amantes, mendigo pelo amor de Deus que me

achem bonita, alegre, aceitável, e minha roupa de alma está maltrapilha…

“Há coisas que nos igualam”, pensou procurando desesperadamente outro ponto de

igualdade. Veio de repente a resposta: eram iguais porque haviam nascido e ambos morreriam.

Eram, pois, irmãos.

Teve vontade de dizer: olhe, homem, eu também sou uma pobre coitada, a única diferença é

que sou rica. Eu… pensou com ferocidade, eu estou perto de desmoralizar o dinheiro ameaçando o

crédito do meu marido na praça. Estou prestes a, de um momento para o outro, me sentar no fio da

calçada. Nascer foi a minha pior desgraça. Tendo já pagado esse maldito acontecimento, sinto-me

com direito a tudo.

Tinha medo. Mas de repente deu o grande pulo de sua vida: corajosamente sentou-se no

chão.

“Vai ver que ela é comunista!” pensou meio a meio o mendigo. “E como comunista teria

direito às suas joias, seus apartamentos, sua riqueza e até os seus perfumes.”

Nunca mais seria a mesma pessoa. Não que jamais tivesse visto um mendigo. Mas – mesmo

este era em hora errada, como levada de um empurrão e derramar por isso vinho tinto em branco

vestido de renda. De repente sabia: esse mendigo era feito da mesma matéria que ela.

Simplesmente isso. O “porquê” é que era diferente. No plano físico eles eram iguais. Quanto a ela,

tinha uma cultura mediana, e ele não parecia saber de nada, nem quem era o Presidente do Brasil.

Ela, porém, tinha uma capacidade aguda de compreender. Será que estivera até agora com a

inteligência embutida? Mas se ela já há pouco, que estivera em contato com uma ferida que pedia

dinheiro para comer – passou a só pensar em dinheiro? Dinheiro esse que sempre fora óbvio para

ela. E a ferida, ela nunca a vira tão de perto…

– A senhora está se sentindo mal?

– Não estou mal… mas não estou bem, não sei…

Pensou: o corpo é uma coisa que estando doente a gente carrega. O mendigo se carrega a si

mesmo.

– Hoje no baile a senhora se recupera e tudo volta ao normal – disse José.

Realmente no baile ela reverdeceria seus elementos de atração e tudo voltaria ao normal.

Sentou-se no banco do carro refrigerado lançando antes de partir o último olhar àquele

companheiro de hora e meia. Parecia-lhe difícil despedir-se dele, ele era agora o “eu” alter-ego, ele

fazia parte para sempre de sua vida. Adeus. Estava sonhadora, distraída, de lábios entreabertos

como se houvesse à beira deles uma palavra. Por um motivo que ela não saberia explicar – ele era

verdadeiramente ela mesma. E assim, quando o motorista ligou o rádio, ouviu que o bacalhau

produzia nove mil óvulos por ano. Não soube deduzir nada com essa frase, ela que estava

precisando de um destino. Lembrou-se de que em adolescente procurara um destino e escolhera

cantar. Como parte de sua educação, facilmente lhe arranjaram um bom professor. Mas cantava

mal, ela mesma sabia e seu pai, amante das óperas, fingira não notar que ela cantava mal. Mas

houve um momento em que ela começou a chorar. O professor perplexo perguntara-lhe o que

tinha.

– É que eu tenho medo de, de, de, de, cantar bem…

Mas você canta muito mal, dissera-lhe o professor.

– Também tenho medo, tenho medo também de cantar muito, muito mais mal ainda.

Maaaaal mal demais! Chorava ela e nunca teve mais nenhuma aula de canto. Essa história de

procurar a arte para entender só lhe acontecera uma vez – depois mergulhara num esquecimento

que só agora, aos trinta e cinco anos de idade, através da ferida, precisava ou cantar muito mal ou

cantar muito bem – estava desnorteada. Há quanto tempo não ouvia a chamada música clássica

porque esta poderia tirá-la do sono automático em que vivia. Eu – estou brincando de viver. No

mês que vem ia a New York e descobriu que essa ida era como uma nova mentira, como uma

perplexidade. Ter uma ferida na perna – é uma realidade. E tudo na sua vida, desde quando havia

nascido, tudo na sua vida fora macio como pulo do gato.

 

(No carro andando)

De repente pensou: nem lembrei de perguntar o nome dele.

 

 

1977

 

 

 

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

 

 

1979, A Bela e a Fera: Historia interrompida, Gertrudes pede um conselho, Obsessão, O delirio,

A fuga, Mais dois bêbedos, Um dia a menos, A bela e a fera ou a ferida grande demais

 

 

 


 

 

 

 

 

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