un día menos

 

Yo temo que la muerte llegue. ¿Muerte?

¿Será que alguna vez los días tan largos terminen?

Así divago con el pensamiento, calmada, quieta. ¿Será que la muerte es un engaño? ¿Un truco de la

vida? ¿Es persecución?

Y así es.

El día había empezado a las cuatro de la mañana, siempre había despertado temprano, encontrando

inmediatamente en la pequeña despensa un termo lleno de café. Tomó una taza tibia y ahí iba a dejarla

para que Augusta la lavara, cuando se acordó de que la vieja Augusta había pedido permiso por un mes

para ver a su hijo.

Tuvo flojera del largo día que seguiría: ningún compromiso, ningún deber, ni alegría ni tristeza. Se

sentó, pues, con la bata más vieja, ya que nunca esperaba visitas. Pero estar tan mal vestida —con ropa

aún de la fallecida madre— no le agradaba. Se levantó y se puso un pijama de seda con bolitas azules y

blancas que Augusta le había regalado en su último cumpleaños. Eso realmente mejoraba. Y mejoró aún

más cuando se sentó en el sillón recién tapizado de morado (gusto de Augusta) y encendió su primer

cigarro del día. Era un cigarro de marca cara, de ese humo rubio, cigarrillo estrecho y largo, cualidad

social de una persona que no era por acaso ella. Además, por mero acaso, no era muchas cosas. Y por

mero acaso ya había nacido.

¿Y luego?

Luego.

Luego.

Pues entonces.

Así mismo.

¿No es así?

Entonces, pues entonces se reveló repentinamente: entonces, pues entonces es así mismo. Augusta le

había contado que habría mejoría luego. Así mismo ya bastaba de así era.

Se acordó del periódico que recibía por suscripción a la puerta de la entrada. Allá fue medio

animada, nunca se sabe lo que se va a leer, si el ministro de Indochina se va a matar o el amante

amenazado por el papá de la novia acaba casándose.

Pero ahí no estaba el diario: el diantre del vecino enemigo ya debería habérselo llevado. Era una

lucha constante la de ver quién llegaba primero al periódico que, sin embargo, tenía claramente impreso

su nombre: Margarita Flores. Además de la dirección. Siempre que distraídamente veía su nombre

escrito se acordaba de su apellido en la escuela primaria: Margarita Flores de Entierro. ¿Por qué a

alguien no se le ocurría apellidarla Margarita Flores del Jardín? Es que las cosas simplemente no estaban

de su lado. Pensó en una bobada: hasta su pequeña cara estaba de lado. En esquina. Ni pensaba si era

bonita o fea. Ella era sencilla.

Luego.

Luego no tenía problemas de dinero.

Luego había teléfono. ¿La llamaría a alguien? Pero siempre que llamaba por teléfono tenía la

impresión nítida de que estaba siendo inoportuna. Por ejemplo: interrumpiendo un abrazo sexual. O

entonces era inoportuna por falta de tema.

¿Y si alguien la llamara? Iría a tener que contener el temblor de la voz alegre porque alguien

finalmente la llamaba. Supuso lo siguiente:

—Ring, ring, ring.

—¿Diga, sí?

—¿Está Margarita Flores del Jardín?

Frente a la voz masculina tan suave, respondería:

—¡Margarita Flores de los Bosques Floridos!

Y la voz cantante la invitaría a tomar un té por la tarde en la confitería Colombo. Recordó a tiempo

que hoy en día un hombre no invitaba para tomar té con rebanadas de pan tostado, sino para una bebida.

Lo que ya complicaría las cosas: para una bebida seguramente se debería ir vestida de una manera más

audaz, más misteriosa, más personal, más… Ella no era muy personal. Lo que la disgustaba un poco, no

mucho.

Y, además, el teléfono no sonó.

Luego. Estaba lo que veía cuando se veía al espejo. Rara vez se veía en el espejo, como si ya se

conociera mucho. Y ella comía mucho. Estaba gorda y su gordura era extremadamente pálida y flácida.

Después decidió acomodar el cajón de las braguitas y los sostenes: ella era exactamente del tipo

que ordenaba los cajones de las braguitas y los sostenes, se sentía bien con la delicada tarea. Y si fuera

casada, el marido tendría en perfecto orden la hilera de corbatas, según la graduación de color, o según…

Según cualquier cosa. Pues siempre hay algo por lo cual uno se guía y se arregla. En cuanto a ella misma,

se guiaba por el hecho de no estar casada, de tener la misma empleada desde que había nacido, de ser

una mujer de treinta años de edad, usar poco lápiz de labios, ropa pálida… ¿y qué más? Evitó deprisa «el

qué más», pues con esa pregunta caería en un sentimiento muy egoísta e ingrato: se sentiría sola, lo que

era pecado porque quien tiene a Dios nunca está solo. Tenía a Dios, ¿pues no era la única cosa que tenía?

Excepto Augusta.

Entonces se metió en el baño, lo cual le dio tanto placer que no pudo impedir pensar cómo serían

otros placeres corpóreos. Ser virgen, a los treinta años, no tenía sentido, a menos que fuera para ser

violada por un marginado. Al acabar el baño y los pensamientos, talco, talco, mucho talco. Y cuántos y

cuántos desodorantes: dudaba que alguien en Río de Janeiro oliera más que ella. Tal vez fuera la menos

inodora de todas las criaturas. Y del baño salió tarareando a su manera un ligero minueto.

Luego.

Luego vio con gran satisfacción, en el reloj de la cocina, que ya eran las once de la mañana… Cómo

había pasado el tiempo aprisa desde las cuatro de la madrugada. Qué dádiva era el tiempo que pasaba.

Mientras calentaba la gallina blanquecina con mucha piel de la cena, encendió la radio y sintonizó a un

hombre en medio de un pensamiento: «Flauta y guitarra»…, dijo el hombre, y de repente ella no aguantó y

apagó la radio. Como si «flauta y guitarra» fueran en realidad su secreto, ambicionado e inalcanzable

modo de ser. Tuvo valor y dijo bajito: flauta y guitarra.

Apagada la radio y sobre todo el pensamiento, las habitaciones cayeron en un silencio: como si

alguien en alguna parte acabara de morir y… Pero afortunadamente estaba el ruido de la sartén calentando

los pedazos de la gallina que, quién sabe, tomarían algún color y sabor. Se puso a comer. Pero luego

percibió su error: habiendo sacado la gallina del refrigerador y al calentarla tan sólo un poco, había

partes en que la grasa estaba gelatinosa y fría, y otras que estaban quemadas y demasiado tostadas.

Sí.

¿Y el postre? Recalentó un poco del café del desayuno y lo endulzó con la amarga sacarina para

jamás engordar. Su orgullo sería verse casi como una hebrita.

Luego.

Recordó para compensar que había millones de personas con hambre, en su tierra y en otras tierras.

Iría a sentir un malestar todas las veces que comiera.

Luego.

¡Luego! ¿Cómo había olvidado la televisión? Ah, sin Augusta ella se olvidaba de todo. La encendió

toda esperanzada. Pero a esa hora sólo daban películas antiguas del oeste con muchísimos anuncios de

cebollas, kótex, grosellas que deberían ser buenas pero que engordaban. Permaneció mirando. Decidió

encender un cigarro. Eso mejoraría todo, pues haría de ella un cuadro para una exposición: Mujer

fumando frente a la televisión. Sólo después de mucho rato percibió que ni siquiera miraba la televisión

y lo único que hacía era estar gastando electricidad. Apagó el botón con alivio.

Luego.

¿Luego?

Después decidió leer revistas viejas, hace mucho tiempo que no lo hacía. Estaban amontonadas en la

habitación de la mamá, desde su muerte. Pero eran demasiado anticuadas, algunas de la época de soltera

de mamá, la moda era otra, todos los hombres tenían bigote, anuncios de faja para afinar la cintura. Y

sobre todo, todos los hombres usaban bigote. Las cerró, de nuevo sin valor para tirarlas, pues habían

pertenecido a su madre.

Luego.

Sí, ¿y después?

Después fue a hervir agua para tomar un té, mientras ella no olvidaba que el teléfono no sonaba. Si

al menos tuviera compañeros de trabajo, pero no tenía trabajo: la pensión del papá y de la mamá suplía

sus pocas necesidades. Además de que no tenía letra bonita y pensaba que sin tener letra bonita no

aceptaban solicitantes.

Tomó el té hirviendo, masticando pequeñas rebanadas secas de pan tostado que le arañaban las

encías. Mejorarían con un poco de mantequilla. Pero, claro, la mantequilla engordaba, además de

aumentar el colesterol, cualquiera que fuera el significado de esta palabra moderna.

Cuando estaba partiendo con los dientes la tercera rebanada —ella acostumbraba a contar las cosas,

por una especie de manía de orden, al fin inocua y hasta divertida—, cuando se iba a comer la tercera

rebanada…

¡SUCEDIÓ! Lo juro, se dijo ella, juro que oí sonar el teléfono. Escupió en el mantel el pedazo de la

tercera rebanada y, para no dar a entender que era una precipitada o una necesitada, lo dejó sonar cuatro

veces, y cada vez era un dolor agudo en el corazón, pues podrían colgar pensando que no había nadie en

casa. Ante ese pensamiento terrorífico se precipitó de repente en esa misma cuarta llamada y logró decir

con una voz muy negligente:

—Diga…

—Si me hace el favor —dijo la voz femenina que debía de tener más de ochenta años a juzgar por la

ronquera arrastrada—, ¿por favor, puede llamar al aparato —nadie decía ya «aparato»— a Flavia? Mi

nombre es Constanza.

—Madame Constanza, siento informarle que en esta casa no vive nadie con el nombre de Flavia, sé

que Flavia es un nombre muy romántico, pero aquí no hay ninguna, ¿qué es lo que puedo hacer? —dijo

con cierta desesperación a causa de la voz de comando de madame Constanza.

—Pero ¿ésa no es la calle General Isidro?

Eso empeoró la cuestión.

—Sí, claro, pero ¿qué número de teléfono marcó? ¿Que qué? ¿El mío? Pero le aseguro que vivo

aquí desde hace exactamente treinta años, cuando nací, y ¡nunca ha habido en esta casa ninguna joven

llamada Flavia!

—Joven, para nada, Flavia es un año mayor que yo y si se quita los años, ¡eso es problema de ella!

—Tal vez no se quite los años, quién sabe, madame Constanza.

—Que se los quita, eso que ni qué, pero ¡por lo menos hágame el favor de decirle que atienda

rápidamente al aparato y ya!

—Yo… yo… yo estaba intentando decirle que nuestra familia fue la primera y única que ha habitado

en esta casa y le aseguro, lo juro por Dios, que nunca ha vivido aquí ninguna señora Flavia, y no estoy

diciendo que la señora Flavia no exista, pero aquí, señora mía, aquí no e-x-i-s-t-e…

—Deje de ser grosera, ¡qué ladina! Por cierto, ¿cuál es su nombre?

—Margarita Flores del Jardín.

—¿Por qué? ¿Hay flores en el jardín?

—Ja, ja, ja, usted tiene buen humor! No, no hay flores en el jardín pero es que mi nombre es florido.

—¿Y eso sirve de algo?

Silencio.

—En fin, ¿sirve o no sirve?

—Es que no sé responder porque nunca antes había pensado en eso. Sólo sé responder cosas que ya

he pensado.

—Entonces haga un pequeño esfuerzo y conciba en su mente el nombre de Flavia y verá que sabrá

responder.

—Me lo estoy figurando, me lo estoy figurando… ¡Ah, lo encontré! ¡El nombre de mi criada es

Augusta!

—Pero, criatura de Dios, estoy perdiendo la paciencia, no es la criada a la que quiero, es a ¡Flavia!

—No quiero parecer grosera, pero mi mamá decía siempre que las personas insistentes son

maleducadas, ¡disculpe!

—¿Maleducada? ¿Yo? ¿Criada en París y Londres? ¿Usted sabe al menos inglés o francés, sólo para

practicar un poco?

—Únicamente hablo la lengua de Brasil, mi señora, y creo que ya es tiempo de que cuelgue porque a

esta hora mi té debe estar helado.

—¿Té a las tres de la tarde? Bien se ve que usted no tiene la mínima clase, y yo pensando que usted

podría haber estudiado en Inglaterra y que sabría por lo menos a qué hora se toma el té.

—El té es porque yo no tenía nada que hacer… Madame Constanza. Y ahora le imploro en nombre

de Dios que no me torture más, le imploro de rodillas que cuelgue el teléfono para acabar de tomarme mi

té brasileño.

—Sí, pero no necesita lloriquear por eso, doña Flores, mi única y pura intención era hablar con

Flavia para invitarla a un jueguito de bridge. ¡Ah! ¡Tengo una idea! Ya que Flavia salió, ¿por qué usted

no viene a mi casa para unas supuestas cartas a dinero bajo? ¿Eh? ¿Cómo lo ve? ¿No se siente tentada?

¿Y qué piensa para distraer a una señora de edad avanzada?

—Dios mío, no sé jugar ningún juego.

—Pero ¡cómo no!

—Eso mismo. No sé.

—¿Y a qué se debe esa falla en su educación?

—Mi papá era estricto: en su casa no tenían el vicio de la baraja.

—Su papá, su mamá y Augusta, pues muy anticuados, si me permite decir y creo que…

—¡No! ¡No le permito decir! Y la que va a colgar el teléfono soy yo, con su permiso.

Enjugando sus ojos, se sintió por un instante aliviada y tuvo una idea tan nueva que ni parecía de

ella: parecía demoniaca como las ideas de la madame… Era desconectar la bocina de donde colgaba para

que, si madame Constanza fuera constante como su nombre, no volviera a marcar para llamar a la

desgraciada Flavia. Se sonó la nariz. ¡Ah, si no tuviera buenas costumbres, lo que no le diría a la tal

Constanza! Hasta ya estaba arrepentida de lo que no le habría dicho por tener buenas costumbres.

Sí, el té estaba helado.

Y con el sabor concentrado de la sacarina. La tercera rebanadita escupida en el mantel de la mesa.

La tarde echada a perder. ¿O era el día echado a perder? ¿O la vida echada a perder? Nunca se había

detenido para pensar si era o no feliz. Entonces, en vez de té, se comió un plátano un poco ácido.

Luego.

Luego. Después eran las cuatro.

Luego las cinco.

Seis.

Las siete: ¡hora de cenar!

Le gustaría comer otra cosa y no la gallina de ayer, pero había aprendido a no desperdiciar la

comida. Se comió un muslo reseco con rebanaditas de pan tostado. A decir verdad, no tenía hambre. Sólo

a veces se animaba con Augusta porque hablaban, hablaban y comían, ¡ah, comían fuera de la dieta y no

engordaban! Pero Augusta iba a estar ausente un mes. Un mes es una vida.

Las ocho de la noche. Ya se podía acostar. Se cepilló los dientes durante mucho tiempo, pensativa.

Se puso un camisón rasgado de algodón medio desgastado, de esos agradables, de los hechos aún por la

mamá. Y se metió a la cama, bajo las mantas.

Con los ojos abiertos.

Con los ojos abiertos.

Con los ojos abiertos.

Fue entonces cuando pensó en los frascos de píldoras contra el insomnio que habían pertenecido a

su madre. Se acordó de su papá: cuidado, Leontina, con la dosis, una dosis más y puede ser fatal. Yo,

respondía Leontina, no quiero abandonar esta buena vida tan pronto, y tan sólo me tomo dos pildoritas,

las suficientes para tener un sueño tranquilo y despertar toda color de rosa para mi maridito.

Eso, pensó Margarita de las Flores en el Jardín, dormir un buen sueñito y despertar color de rosa.

Fue a la habitación de la mamá, abrió un cajón del lado izquierdo de la gran cama matrimonial y encontró

realmente tres frascos llenos de chochitos. Iba a tomarse dos píldoras para amanecer color de rosa. No

tenía ninguna mala intención. Fue a traer una jarra y un vaso. Destapó uno de los frascos: sacó dos

pequeñas píldoras. Tenían un sabor a moho y azúcar. No tenía en sí la menor mala intención. Pero nadie

en el mundo sabrá. Y ahora para siempre no se sabrá juzgar si fue por desequilibrio o, en fin, por un gran

equilibrio: vaso tras vaso engulló todas las píldoras de los tres grandes frascos. Pero en el segundo

frasco pensó por primera vez en la vida: «Yo». Y no era un simple ensayo: era en verdad un estreno.

Toda ella finalmente se estrenaba. Y justamente antes de que se terminaran, ya sentía una cosa en las

piernas, tan buena como nunca antes lo había sentido. Ella ni sabía que era domingo. No tuvo fuerzas para

llegar a su propia habitación: se dejó caer de lado en la cama donde la habían engendrado. Era un día

menos. Vagamente pensó: si al menos Augusta hubiera dejado lista una tarta de frambuesa.

 

 

 

um dia a menos

 

Eu desconfio que a morte vem. Morte?

Será que uma vez os tão longos dias terminem?

Assim devaneio calma, quieta. Será que a morte é um blefe? Um truque da vida? É

perseguição?

E assim é.

O dia começara às quatro da manhã, sempre acordara cedo, já encontrando na pequena

copa a garrafa térmica cheia de café. Tomou uma xícara morna e lá ia deixá-la para Augusta lavar,

quando se lembrou de que a velha Augusta pedira licença por um mês para ver seu filho.

Teve preguiça do longo dia que se seguiria: nenhum compromisso, nenhum dever, nem alegrias

nem tristezas. Sentou-se, pois, com o robe de chambre mais velho, já que nunca esperava visitas.

Mas estar tão mal vestida – roupa ainda da falecida mãe – não lhe agradava. Levantou-se e vestiu

um pijama de sedinha de bolas azuis e brancas que Augusta lhe dera no seu último aniversário. Isso

realmente melhorava. E melhorou ainda mais quando sentou na poltrona recém-forrada de roxo

(gosto de Augusta) e acendeu o primeiro cigarro do dia. Era um cigarro de marca cara, desse fumo

louro, cigarrilha estreita e comprida, qualidade social de uma pessoa que não era por acaso ela.

Aliás, por mero acaso, não era muitas coisas. E por mero acaso havia nascido.

E depois?

Depois.

Depois.

Pois então.

Assim mesmo.

Não é?

Então, pois então revelou-se subitamente: então pois então era assim mesmo. Augusta lhe

contara que havia melhoria depois. Assim mesmo havia já chegado de assim era.

Lembrou-se do jornal de assinatura à sua porta de entrada. Lá foi meio animada, nunca se

sabe o que se vai ler, se o ministro da Indochina vai se matar ou o amante ameaçado pelo pai da

noiva termina se casando.

Mas lá não estava o jornal: o diabrete do vizinho inimigo já deveria ter carregado com ele.

Era uma luta constante a de ver quem chegava primeiro ao jornal que, no entanto, tinha claramente

impresso seu nome: Margarida Flores. Além do endereço. Sempre que distraidamente via seu

nome escrito lembrava-se de seu apelido na escola primária: Margarida Flores de Enterro. Por que

alguém não se lembrava de apelidá-la de Margarida Flores de Jardim? É que as coisas

simplesmente não eram do seu lado. Pensou uma bobagem: até sua pequena cara era de lado. Em

esquina. Nem pensava se era bonita ou feia. Ela era óbvia.

Depois.

Depois não tinha problemas de dinheiro.

Depois havia o telefone. Telefonaria para alguém? Mas sempre que telefonava tinha a

impressão nítida de que estava sendo importuna. Por exemplo, interrompendo um abraço sexual.

Ou então era importuna por falta de assunto.

E se alguém lhe telefonasse? Iria ter que conter o trêmulo da voz alegre por alguém enfim

chamá-la. Supôs o seguinte:

-Trim-trim-trim.

-Alô? Sim?

-É Margarida Flores de Jardim?

Diante da voz tão macia, responderia:

-Margarida Flores de Bosques Floridos!

E a cantante voz a convidaria pra tomarem chá de tarde na Confeitaria Colombo.

Lembrou-se a tempo que hoje em dia um homem não convidava para tomar chá com torradas e

sim para um drinque. O que já complicaria as coisas: para um drinque se deveria ir na certa vestida

de modo mais audacioso, mais misterioso, mais pessoal, mais… Ela não era muito pessoal. E que

incomodava um pouco, não muito.

E, além do mais, o telefone não tocou.

Depois. Era o que via quando se via no espelho. Raramente se via ao espelho, como se já se

conhecesse muito. E ela comia muito. Era gorda e sua gordura extremamente pálida e flácida.

Depois resolveu arrumar a gaveta das calcinhas e sutiãs: ela era exatamente do tipo que

arrumava gavetas de calcinhas e sutiãs, sentia-se bem na delicada tarefa. E se fosse casada, o marido

teria em perfeita ordem a fileira das gravatas, segundo a gradação de cor, ou segundo… Segundo

qualquer coisa. Pois sempre há alguma coisa pela qual se guiar e arrumar. Quanto a ela mesma, ela

se guiava pelo fato de não ser casada, de ter a mesma empregada desde que nascera, de ser uma

mulher de trinta anos de idade, pouco batom, roupa pálida… e que mais? Evitou depressa “o que

mais” pois a essa pergunta cairia num sentimento muito egoísta e ingrato: sentir-se-ia só, o que era

pecado porque quem tem Deus nunca está só. Tinha Deus, pois não era a única coisa que tinha?

Fora Augusta.

Então foi tomar um banho que lhe deu tanto prazer que não pôde impedir de pensar como

seriam outros prazeres corpóreos. Ser virgem aos trinta anos, não tinha jeito, a menos que fosse

violentada por um marginal. Acabados o banho e os pensamentos, talco, talco, muito talco. E

quantos e quantos desodorantes: duvidava que alguém no Rio de Janeiro cheirasse menos que ela.

Talvez fosse a mais inodora das criaturas. E do banheiro saiu a modo de dizer em leve minueto.

Depois.

Depois viu com grande satisfação no relógio da cozinha, que já eram onze horas da

manhã… Como o tempo passara depressa desde quatro da madrugada. Que dádiva o tempo passar.

Enquanto esquentava a galinha esbranquiçada e pelenta do jantar, ligou o rádio e pegou um

homem no meio de um pensamento: “flauta e viola”… disse o homem e de repente ela não

aguentou e desligou o rádio. Como se “flauta e viola” fossem na realidade o seu secreto,

ambicionado e inalcançável modo de ser. Teve coragem e disse baixinho: flauta e viola.

Desligado o rádio e sobretudo o pensamento, os quartos caíram num silêncio: como se

alguém em alguma parte acabasse de morrer e… Mas felizmente havia o barulho da frigideira

esquentando os pedaços de galinha que, quem sabe, ganhariam alguma cor e sabor. Pôs-se a comer.

Mas logo percebeu seu erro: tendo tirado a galinha da geladeira e só a esquentado um pouco, havia

trechos em que a gordura era gelatinosa e fria, e outros em que era queimada e esturricada.

Sim.

E a sobremesa? Requentou um pouco de café da manhã e temperou-o com amarga sacarina

para jamais engordar. Seu orgulho seria ser quase mirradinha.

Depois.

Lembrou-se a troco de nada das milhões de pessoas com fome, na sua terra e nas outras

terras. Iria sentir um mal-estar todas as vezes em que comesse.

Depois.

Depois! Como havia esquecido a televisão? Ah, sem Augusta ela esquecia-se de tudo.

Ligou-a toda esperançosa. Mas a essa hora só dava filmes antigos de faroeste entremeadíssimos

com anúncios sobre cebolas, modess, groselhas que deveriam ser boas mas engordativas. Ficou

olhando. Resolver acender um cigarro. Isso melhoria tudo pois faria dela um quadro numa

exposição: Mulher Fumando Diante de Televisão. Só depois de muito tempo percebeu que nem

sequer olhava a televisão e só fazia mesmo era gastar eletricidade. Torceu o botão com alívio.

Depois.

Depois?

Depois resolveu ler revistas velhas, há muito tempo que não o fazia. Estavam amontoadas

no quarto da mãe, desde a sua morte. Mas eram um pouco antigas demais, algumas do tempo de

solteira da mãe, as modas eram outras, os homens todos tinham bigode, anúncio de cinta para

afinar cintura. E sobretudo todos os homens usavam bigodes. Fechou-se, de novo sem coragem de

jogá-las fora já que haviam pertencido à mãe.

Depois.

Sim e depois?

Depois foi ferver água para tomar chá, enquanto ela não esquecia que o telefone não tocava.

Se ao menos tivesse colegas de trabalho, mas não tinha trabalho: a pensão do pai e da mãe supria

suas poucas necessidades. Além do que não tinha letra bonita e achava que sem ter letra bonita não

aceitavam candidatos.

Tomou o chá fervendo, mastigando pequenas torradas secas que arranhavam as gengivas.

Melhorariam com um pouco de manteiga. Mas, é claro, manteiga engordava, além de aumentar o

colesterol, o que quer que significasse essa palavra moderna.

Quando ia partindo com os dentes a terceira torrada – ela costumava contar as coisas, por

uma espécie de mania de ordem, afinal inócua e até divertida -, quando ia comer a terceira

torrada…

ACONTECEU! Juro, se disse ela, juro que ouvi o telefone tocar. Cuspiu na toalha o pedaço

da terceira torrada e, para não dar a entender que era uma precipitada ou uma necessitada, deixou-o

tocar quatro vezes, e cada vez era uma dor aguda no coração pois poderiam desligar pensando que

não havia ninguém em casa! A esse pensamento terrificante precipitou-se de súbito nessa mesma

quarta chamada e conseguiu dizer com voz bem negligente:

-Alô…

-Por obséquio – disse a voz feminina que devia ter mais de oitenta anos a julgar pela

rouquidão arrastada – por favor pode chamar ao aparelho (ninguém dizia mais “aparelho”) para

mim a Flávia? Meu nome é Constança.

– Madame Constança, sinto lhe informar que nesta casa não vive ninguém com o nome de

Flávia, sei que Flávia é um nome muito romântico, mas é que não tem aqui nenhuma, que é que eu

posso fazer? – disse com certo desespero por causa da voz de comando de Madame Constança.

-Mas essa não é a rua General Isidro?

Isso piorou a questão.

– É, sim, mas que número de telefone pediu? O quê? O meu? Mas lhe asseguro que moro

aqui há exatamente trinta nos, quando nasci, e nunca houve nesta casa nenhuma jovem chamada

Flávia!

– Jovem, coisa alguma, Flávia é um ano mais velha que eu e se esconde a idade isso é

problema dela!

-Talvez não esconda a idade, quem sabe, Madame Constança.

– Que esconde, lá isso esconde, mas pelo menos faça-me o favor de lhe dizer que atenda

logo o aparelho e já!

– Eu… eu… eu estava tentando lhe dizer que nossa família foi a primeira e única moradora

desta casinha e lhe afianço, juro por Deus, que nunca morou aqui nenhuma senhora Flávia, e não

estou dizendo que a senhora Flávia não existe, mas aqui, minha senhora, aqui – não e-x-i-s-t-e…

– Deixe de ser grosseira, sua sirigaita! Aliás como é o seu nome?

– Margarida Flores do Jardim.

– Por quê? Há flores no jardim?

– Ah, ah, ah, a senhora tem bom humor! Não, não há, flores no jardim mas é que meu nome

é florido.

– E isso adianta alguma coisa?

Silêncio.

– Adianta ou não adianta, enfim?

– É que não sei responder porque nunca tinha antes pensado nisso. Só sei responder coisas

que já pensei.

– Então faça uma forcinha e mentalize o nome de Flávia e verá que saberá responder.

– Estou mentalizando, estou mentalizando… Ah, encontrei! O nome de minha empregada

de criação é Augusta!

– Mas, criatura de Deus, estou perdendo a paciência, não é de empregada de criação que

quero, é Flá-vi-a!

– Não quero parecer grosseira, mas minha mãe sempre disse que as pessoas insistentes são

mal-educadas, desculpe!

– Mal-educada? Eu? Criada em Paris e Londres? Você ao menos sabe francês ou inglês, só

para praticarmos um pouco?

– Só falo a língua do Brasil, minha senhora, e creio que é tempo da senhora desligar porque

a essa hora meu chá deve estar gelado.

– Chá às três horas da tarde? Bem se vê que você não tem a mínima classe, e eu a pensar que

você pudesse ter estudado na Inglaterra e que soubesse pelo menos a que horas se toma chá!

– O chá é porque eu não tinha o que fazer… Madame Constança. E agora eu lhe imploro

em nome de Deus que não me torture mais, imploro de joelhos que desligue o telefone para eu

acabar de tomar meu chá brasileiro.

– É, mas não precisa choramingar por isso, Dona Flores, minha única e pura intenção era

falar com Flávia para convidá-la para um joguinho de bridge. Ah! Tive uma idéia! Já que Flávia

saiu, por que é que você não vem à minha casa para umas carteadas a dinheiro baixo? Hein? Que

acha? Não se sente tentada? E que acha de distrair uma senhora já de certa idade?

– Meu Deus, não sei jogar jogo nenhum.

– Mas como não!?

– É isso mesmo. É como não.

– E a que se deve essa falha na sua educação?

– Meu pai era estrito: na sua casa não entravam vícios de baralho.

– Seu pai, sua mãe e Augusta eram muito antiquados, se me permite dizer e acho que…

– Não! Não lhe permito dizer! E quem vai desligar o telefone sou eu mesma, com licença de

sua madame.

Enxugando os olhos, sentiu-se por um instante aliviada e teve uma idéia tão nova que nem

parecia dela: parecia demoníaca como as idéias da madarne… Era tirar o telefone do gancho para

que, se a Madame Constança fosse constante como o seu nome, não tornasse a ligar para chamar a

desgraçada Flávia. Assoou o nariz. Ah, se não tivesse bons costumes, o que não diria à tal da

Constança! Até já estava arrependida do que não lhe dissera por ter bons costumes.

Sim. O chá estava gelado.

E com gosto acentuado de sacarina. A terceira torradinha cuspida na toalha da mesa. A

tarde estragada. Ou o dia estragado? Ou a vida estragada? Nunca se detivera para pensar se era ou

não feliz. Então, em vez de chá, comeu uma banana um pouco ácida.

Depois.

Depois. Depois eram quatro horas.

Depois cinco.

Seis.

Sete: hora do jantar!

Gostaria de comer outra coisa e não a galinha de ontem mas aprendera a não desperdiçar

comida. Comeu uma coxa ressequida com torradinhas. Para falar a verdade, não tinha fome. Só às

vezes se animava com Augusta porque falavam, falavam e comiam, ah, comiam fora da dieta e nem

engordavam! Mas Augusta ia se ausentar um mês. Um mês é uma vida.

Oito horas. Já podia se deitar. Escovou os dentes durante muito tempo, pensativa. Vestiu

uma camisola rasgadinha de algodão meio puído, daqueles gostosos, ainda das feitas pela mãe. E

entrou na cama, sob as cobertas.

De olhos abertos.

De olhos abertos.

De olhos abertos.

Foi então que pensou nos vidros de pílulas contra insônia que haviam pertencido à mãe.

Lembrou-se de seu pai: cuidado, Leontina, com a dose, uma dose a mais pode ser fatal. Eu,

respondia Leontina, não quero largar esta boa vida tão cedo, e só tomo duas pilulazinhas, o

suficiente para ter um sono tranquilo e acordar toda rosada para meu maridinho.

Isso, pensou Margarida das Flores no Jardim, dormir um bom soninho e acordar rosada. Foi

ao quarto de sua mãe, abriu uma gaveta do lado esquerdo da grande cama de casal – e realmente

encontrou três vidros cheios de bolinhas. Ia tomar duas pílulas para amanhecer rosada. Não tinha

nenhuma má intenção. Foi buscar a jarra e um copo. Abriu um dos vidros: tirou duas das pequenas

pílulas. Tinha gosto de mofo e açúcar. Não notava em si a menor má intenção. Mas ninguém no

mundo saberá. E agora para sempre não se saberá julgar se foi por desequilíbrio ou enfim por um

grande equilíbrio: copo após copo engoliu todas as pílulas dos três grandes vidros. Mas no segundo

vidro pensou pela primeira vez na vida: “Eu”. E não era um simples ensaio: era na verdade um

estréia. Toda ela enfim estreava. E antes mesmo que terminassem, já sentia uma coisa nas pernas,

tão boa quanto nunca antes sentira. Ela nem sabia que era domingo. Não teve força para ir para o

seu próprio quarto: deixou-se cair de través na cama onde a tinham gerado. Era um dia a menos.

Vagamente pensou: se pelo menos Augusta tivesse deixado pronta uma torta de framboesa.

1977

 

 

 

 

Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOS

Prólogo de Miguel Cossío Woodward

Traducciones del portugués de

Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó,

Marcelo Cohen y Mario Morales

2008, Siruela

Colección: Libros del tiempo, 275

 

1979, A Bela e a Fera: Historia interrompida, Gertrudes pede um conselho, Obsessão, O delirio,

A fuga, Mais dois bêbedos, Um dia a menos, A bela e a fera ou a ferida grande demais

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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