las noches difíciles

dino buzzati

«LE NOTTI DIFFICILI»

Traducción Carmen Artal

Editorial Argos Vergara, S. A.

Barcelona (España) 1983

El coco – Soledades – Equivalencia – El escollo- Una carta aburrida –

Contestación global – Accidentes de tráfico – Boomerang –

Delicadeza El médico de las fiestas – La torre – El ermitaño –

En la consulta del médico – Deseos falaces La albondiguilla –

El sueño de la escalera – Crescendo – La mariposita – Tic-tac –

Cuento a dos voces – Delicias modernas – Icaro – Inventos –

La alienación – Progresiones – Carta de amor –

Los viejos clandestinos – La elefantiasis – Plenilunio – La mujer con alas

 

los días perdidos

 

A los pocos días de haber tomado posesión de la suntuosa villa, Ernst Kazirra, al volver a casa, pudo ver desde lejos a un hombre que con una caja sobre los hombros salía por una puertecita secundaria de la tapia del cercado, y cargaba la caja en un camión.

Antes de poder llegar hasta él ya se había marchado. Entonces le siguió en coche. Y el camión hizo un largo recorrido, hasta las afueras de la ciudad, deteniéndose al borde de un barranco. 

Kazirra se bajó del coche y fue a inspeccionar. El desconocido descargó la caja del camión y, dando algunos pasos, la echó barranco abajo; que estaba abarrotado de miles y miles de cajas parecidas. Se acercó al hombre y le preguntó:

—Te he visto sacar esa caja de mi jardín. ¿Qué había dentro? ¿Y qué significan todas esas cajas?

El otro le miró y sonrió:

—Todavía tengo más en el camión, para tirar. ¿No lo sabes? Son los días.

—¿Qué días?

—Tus días.

—¿Mis días?

—Tus días perdidos. Los días que has perdido. Los esperabas, ¿no es así? Han venido. ¿Qué has hecho de ellos? Míralos, intactos, todavía palpitantes. Y ahora…

Kazirra miró. Formaban un enorme montón. Descendió por el terraplén y abrió uno.

Dentro había una calle de otoño, y al fondo Graziella, su novia, que se iba para siempre. Y él ni siquiera la llamaba.

Abrió otro. Era una habitación de hospital, y sobre la cama su hermano Giosuè que estaba enfermo y le esperaba. Pero él se había ido de viaje de negocios.

Abrió el tercero. Junto a la verja de la vieja y mísera casa estaba Duk, el fiel mastín que le esperaba desde hacía dos años, puro pellejo y huesos. Y él ni siquiera pensaba en volver.

Sintió que algo le atosigaba aquí, en la boca del estómago. El descargador permanecía erguido al borde del precipicio, inmóvil como un justiciero.

—¡Señor! —gritó Kazirra—. Escúcheme. Deje que me lleve al menos estos tres días. Se lo ruego. Al menos estos tres. Soy rico. Le daré todo lo que quiera.

El descargador hizo un gesto con la mano derecha, como señalando algo inalcanzable, como dando a entender que era demasiado

tarde o que ya ningún remedio era posible. Luego se desvaneció en el aire, y en el mismo instante desapareció también el gigantesco

montón de las misteriosas cajas. Y descendió la sombra de la noche.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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