los muchachos de la intemperie interminable

 

 

 

Nos queda todavía la réplica y esos hijos de la intemperie que son los únicos que no han dejado

de buscarla o, mejor, que son los únicos que no pueden dejar de buscarla y encontrarla.

Cuando el asunto de la réplica comienza a crearles problemas y más problemas, sobre todo desde

la adolescencia, hacen lo que pueden para no buscarla ni encontrarla nunca más, o para ignorarla

cuando la encuentren: desconocerla, negarla, hacerse los suecos, pasar de largo y de ancho.

En suma: están completamente decididos a desentenderse de la réplica, a despreocuparse de buscarla.

Y así van deambulando, dispuestos a ser unos ciudadanos como dios manda —si es que dios manda

que seamos ciudadanos—. Quizá beben un poco más de la cuenta para que todo les importe menos,

para que todo les dé igual, y hablan más con los colegas: no sólo para estar entretenidos, sino para

entender y aceptar un mundo, una vida sin réplica: una vida como todas las demás que —ellos lo saben—

no es la suya.

Sus amigos están contentos de verlos más normales, y les dicen de veras que todo es mejor así, con un

poco de sentido común, les dicen de veras que nada vale el precio que estaban pagando, tanto buscar

—y encontrar— esa réplica, que ni siquiera saben bien qué es.  

Pero ya se sabe: los hijos de la intemperie interminable no pueden dejar de buscar y encontrar la réplica;

aguantan el tirón una vez, dos, muchas veces; hasta que una noche cualquiera —la noche y la distancia

imitan la locura— encuentran a alguien con un intenso y caótico y afilado olor a sufrimiento, a alguien con

los carbones del dolor, que va por el mundo con su propio sistema de sufrimiento o de investigación dolorosa,

como un perro que muerde una piedra que arde.

Sin darse apenas cuenta, sin buscarla, han encontrado la réplica otra vez.

Casi todo el viento sopla donde hay árboles. Los hijos de la intemperie saben que el tiempo está siempre

maduro, dispuesto, con su burro negro, sobando las almas. El poeta dijo que, acostada en medio de la

desdicha, el alma ve mucho. Es posible. Los hijos de la intemperie son los buscadores del infinito por

cuenta propia:  cada cosa es ella misma y además un huevo: a los intemperies les interesa el huevo

de cada cosa.

¿Y la réplica? La réplica es la respuesta a lo que buscan, que cabalmente no saben bien qué es, pero

saben que, si la encuentran, cuando la encuentren, la reconocerán: porque la réplica tiene y no tiene mucho

de ellos mismos, pero también tiene y no tiene mucho de los otros, de los demás. Un asunto turbio, en suma.

Ellos dicen que la única manera de averiguar hasta dónde se puede llegar yendo demasiado lejos es yendo

demasiado lejos, pero no conviene hacerles mucho caso: son unos inadaptados.