enrique tijeras

 

fernando pessoa

 

 

los pessoa que vamos siendo

 

 

 

 

       

Los Pessoa que vamos siendo, o una de las propiedades del arte y el tiempo, o las heteronimias descabelladas, o la épica de la cotidianeidad y la «pobreza» de espíritu, o la vida exclusiva de la conciencia, o la heterogeneidad del ser, o la angustia del ser, o la inenarrable caída en la trama del tedio y de los sueños, o la miseria existencial exorcizada por la «Única verdad», que es la literatura, o sea, la única mentira verdadera, la literatura como único interlocutor válido.

 

O el cartesianismo al revés («no me conozco, porque pienso»), o la magnificencia teórica del viaje imaginario, o las sutilezas de la mediocridad social, o el compuesto indigestible de la soledad, la timidez y el genio, o la confortabilidad triste de la renuncia al «halago» mundano, o la ansiedad esquizoide del «otro», o la exasperación, el estancamiento y el vacío, o los refinados formularios de la inercia, o la mística agrisada de la oficina, o los sesgos falsos de la sinceridad brutal («hay idas del ocaso que me duelen más que muertes de niño»), o la desconfianza de todo revolucionarismo que no empiece por revolucionar el propio ser, en fin.

 

Cualesquiera de estas propuestas, aisladas o en su conjunto, ya provengan del heterónimo más audaz (la audacia sólo puede estar en función de la incompatibilidad con el «verdadero» creador), ya provengan de la actividad oníricodespierta (el sueño es el equivalente heteronímico, por lo que conviene un poco ir desmontando esta terminología y «reducirla» a la del hombre ensimismado socialmente, no que rompe el cerco, pues nunca se le ocurriría tamaña trivialidad a Pessoa, sino que asume a la par la heterogeneidad del ser y sus límites haciendo de la desesperación extrema, fatalista y apaciguada una locura lúcida con la que construir la gran superchería intimista y gratificante).

 

Que cualesquiera de estas propuestas, repito, nos pueden ayudar a ver a una luz entre desvaída y melancólica (la melancolía estética que ya se ha despegado de connotaciones reales y biológicas) los Pessoa que vamos siendo.

Y esto no lo digo desde la vertiente fácil -y legítima- de la sucinta identificación, sino desde otra operación sentimental algo más complicada que pretendería conciliar órdenes de distinto valor temporal, tales como recuerdos personales lejanos, vivencias muy antiguas perdidas y recuperadas en el trasunto literario o poético, conciliadas con el universo sensorial y lucubrante que Pessoa crea en su propio presente y referido a sus propias circunstancias personales, como no tenía por menos que ser.

 

Lo mismo que se ve en el pasado algo íntimamente nuestro y que, al parecer, era intransferible, un cine ajado que daba sensación de seguridad doméstica y la convicción de que afuera no podía haber los perfiles de otra ciudad, un regreso nocturno y, ¿por qué no?, etílico a la casa de los padres por callejas estrechas impregnadas de humedad, una verdulería bajo una bombilla potente y desnuda, el sabor histórico-anímico del anís y el tabaco, los puercos zaguanes de mármol, el viento moviendo la oreja muerta de un perro en la playa, los meados callejones de la catedral, cualquier cosa que ataña al recogimiento de la pérdida,  eso puede ser Pessoa o cierta lectura de Pessoa.

 

Las imágenes de mano maestra y de hombre solitario y gris metido en sus cubiles, el cuarto «alto» de la pensión, la oficina oscura, la incomunicabilidad, los sueños, el aburrimiento, la depresión, la angustia existencial  (que sigue vigente, como está vigente el romanticismo y todo lo que es constitutivo de la naturaleza humana y que se deja afectar muy poco por la moda, si acaso en la reaparición bajo otra etiqueta, como ha ocurrido con el romanticismo y las explicaciones algo más científicas del psicoanálisis) y fundamentalmente un vago aroma de consumación y pseudomuerte, una clase de confortabilidad de la tristeza, la ramonía fatalizada de lo irreparable y el núcleo grávido de la representación temporal de cada uno ya decantada en el olvido y la fijación quizá idealista según determinaciones neuronales e influjos ulteriores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las características hondas de la busca del tiempo perdido (Proust no es el único responsable de esta función, también constitutiva de la naturaleza humana) aparecen en Fernando Pessoa, y esto es lo que a mí se me figura un milagro de talento (y del talante), cuando sabemos que el autor de Poesías de Alvaro de Campos  redacta su diario íntimo, más conocido por el Libro del desasosiego, al pie de los minutos que se suceden en el acto y casi referidos al absoluto presente -la luz que arrebata la lluvia, el hombre que pasa por la calle, la visión de la barra con los barcos, el insomnio-, aprovechando ratos de ocio en la oficina (su auténtico hogar)  y la ausencia de los compañeros que están en el almuerzo, y también autojuzgándose con escaso ánimo:

 

«Todo cuato he escrito es pardo. Se diría que mi vida,

incluso la mental, es un día de lluvia lenta, en que todo

es desacontecimiento y penumbra, privilegio vado y

razón olvidada.

Me desolo a seda rota. Me desconozco a luz y tedio.»

 

Particularidades reconocibles son escribir en el vado, existir en penumbra, hurtándose, con caídas repentinas en la inutilidad, lo fútil, y la constante de anegar el ansia inconcreta y los desgarros de la nostalgia y la «otredad» en el menosprecio de una inteligencia superior pasiva con el ejercicio de una infinitud imaginativa que incluso llega a trastornar las leyes convencionales del vivir para escribir por el escribir para vivir, y donde a veces asoma una refinada soberbia defensiva que ya no es ni casi de este mundo, pero fácil de  entender en el ámbito de la orfandad intelectual:

 

«He rechazado siempre que me comprendiesen.

Ser comprendido es prostituirse. Prefiero ser tomado

en serio como el que no soy, ignorado humanamente,

con decencia y naturalidad.»

 

La sociedad cultural se ha tomado su tiempo, pero finalmente estamos prostituyendo a Pessoa y, lo que es peor, no guardando para nosotros tan singular proxenetismo.

Como necesariamente tiene que ocurrir en toda obra de arte larga, difusa y grande, fabricada en el desamor de los días, Pessoa, además de sentir la angustia vaga de querer ser otro e intentar escribir en momentos dados como si verdaderamente fuese otro, es contradictorio consigo mismo y unas veces, las menos, se ama en el egotismo del genio incomprendido que sentiría náuseas si lo comprendieran y aceptaran en la medida de su refinamiento, y otras, las más, da pruebas de una pavorosa falta de estimación propia, casi objetivamente suicida, hecha de tedio, soledad, saudade,  hecha del

 

«deseo íntimo de morir( … ), de no ver más luz sobre

ninguna ciudad, de no pensar, de no sentir, de dejar

atrás como un papel de envolver el curso del sol y de

los días, de quitarse como un traje pesado al borde

del gran lecho el esfuerzo involuntario de ser».

 

Pero lo salvan las capacidades insondables del «otro», de los muchos que hay en él, que en definitiva, no son más que la posibilidad del sueño consciente, evasivo de la realidad, profundizador de la realidad, de la misma realidad real rutinaria y miserable que le permite establecer el contraste, porque cuando un individuo en sus condiciones halla que la «vulgaridad es un hogar» y que lo «cotidiano es maternal», está alcanzando la gran sutura, una especie de retorno de todas las inteligencias y la sabiduría máxima, pessoana, de que todo está bien en un mundo imposible.

 

A partir de la constatación imaginada por nosotros, el cerebro del escritor se convierte en una cosmogonía completa que encierra el deseo nostalgioso (en este giro impropio, nostalgioso es la traducción más aproximada de saudade), y el afianzamiento de la vulgaridad, deliberado, delicadísimo, como quien se instala en un sofá blando al fondo de una sala oscura, harto de fórmulas banales y de agitarse inútilmente.

Es un círculo vicioso y bello que se adorna necesariamente del mayor de los patetismos, de una orfandad dislacerada, de un clamor romántico en pátina grisácea de oro viejo y vulnerado tanto por un ramalazo búdico y délfico y cartesiano, por una impiedad inoperante respecto a convenciones e hipocresías (profundo desdén por reformistas y patrioteros y politiqueros:

 

«El supremo estado honroso para un hombre

superior es no saber quién es el jefe del Estado

de su país, o si vive en una monarquía

o en una república»,

 

como por la imposibilidad de pensar en huir de la celda, puesto que «sólo la celda es el Todo», y la otra imposibilidad del suicidio, el suicidio efectivo y no crónico.

 

 

 

   
       

En el «cansancio terrible de la vida» que lo fulmina a veces, el suicidio «parece inseguro» para remediarlo. Entre las constantes del sueño, la náusea, la vulgaridad, la timidez y la acedía y, a su vez, el amor profundo, filial por la situación de tedio que le permite soñar, no es dudoso que en Pessoa, como en otros escritores puros, la literatura es una ocupación que segrega su hilo confidencial y terapéutico como el árbol su savia o el gusano su seda.

Por el lado del registro formal quizá el poeta lusitano se asemeje a otros tantos cultivadores del diario íntimo (fue lector de Amiel), o la nota personal al filo de las horas huecas y maternas, breviario de la diluida exasperación maniatada e inofensiva, pero en lo que se refiere al énfasis, la tensión y la sutileza del extrañamiento, creo que el Libro del desasosiego sólo es homologable, por citar dos ejemplos, a los Diarios, de Kafka y al Oficio de vivir, de Pavese, uno tísico, otro suicida, y Pessoa, que murió a los cuarenta y siete años de un cólico hepático debido, por lo visto, a alcoholismo crónico (sin el menor deseo de establecer causa y efecto, existe una preciosa fotografía de Pessoa apurando un copetín en una taberna lisboeta, como él era, atildado y de aspecto algo caricaturizable -parezco un vulgar jesuita- y sin que la especie de la homosexualidad haya quedado concretamente establecida.

 

«Soy –escribió- un temperamento femenino con

inteligencia masculina».

 

Reconoció sin ilusiones la naturaleza del fenómeno, como una inversión sexual frustrada, detenida en el espíritu. 

El temor era que «esa disposición del temperamento no pueda un día bajarme al cuerpo».

Conviene decir que si bien el Libro del desasosiego sigue en principio el juego de atribuírselo a un heterónimo (Soares), Pessoa más tarde se olvida del juego y el libro deja de ser una atribución para convertirse en heterogeneidad anímica pura y absolutamente solípsista.

 

Esa muy bien es la venganza del que escribe en tales condiciones: el reinado del yo y el supremo placer involuntario de borrar, por inercia y desconfianza enjuiciativas, el resto de la gente, lo cual no deja de indicar también un a modo de astucia, de carácter defensivo, para medio sobrevivir, por supuesto. 

 

Cuando se pasa por la vida «hurtándose lo más posible» y sólo de noche y a solas, «ajeno, olvidado, perdido», se encuentra consigo mismo y se consuela, no tiene nada de particular que haya una vastedad de él, de sí, de ego desatado en las acotaciones y que la esponja del «desacontecimiento» anule la mayoría de los accidentes de relación humana, donde sólo destacan algunos rasgos de personas que como un archivador de la oficina o una luz coloreada por el crepúsculo ayudan a dibujar la odisea de la rutina.

 

Ese presente de Pessoa es la irrepetibilidad de nuestro pasado. Amó una frase del emperador Septimio Severo, que Pessoa seguramente leyó en Séneca:

 

«Lo he visto todo, nada vale la pena».

 

Si lo fue todo, lo fue a través de la imaginación, la sensibilidad y el sueño, y Pessoa, igual que volvió del revés la sentencia del oráculo de Delfos y el aforismo célebre cartesiano, en el juego de sombras y sentidos ocultos que es su pensamiento y nuestra subordinación pudo también haber transformado la cita de Septimio Severo en el sentido de que no fue nada y todo valió la pena, al menos el extraordinario esfuerzo que llevó a cabo para racionalizar la pena de los deseos insatisfechos y el velo de la envidia de otras vidas,

 

«ansia insaciable de ser siempre el mismo y otro»

 

Con la esquizofrenia pacífica de la heteronimia, Pessoa se dispersó en otras muchas almas (no lo digo convencido) y nosotros ahora, que ya vamos siendo en algunos aspectos un poco Pessoa vocacionales, lo que intentamos es cohabitar su sola alma entera.

Ni Alvaro de Campos ni Ricardo Reis ni Soares: somos nosotros los heterónimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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