luis fernández roces

 

 

el narrador organiza el tiempo

y el espacio que el poeta, casi siempre,

destruye.

Alguien dijo que la narración discurre,

mientras que la poesía brota.

 

 

 

 

el quehacer literario de Luis Fernández Roces había

encontrado hasta fechas recientes su más destacada y precisa

expresión en relatos de rara intensidad.

Novelas como La borrachera (1981) o conjuntos espléndidos de

cuentos (De algún cuento a esta parte, 1990, y Ageón, 2001)

lo reivindican como uno de nuestros mejores prosistas.

 

 

 

 

   

 

 

 

 

a modo de poética informal

 

 

Lo mismo que si entraras de puntillas

y cruzaras el templo, desnuda y predicante,

y los fieles oyeran tus palabras

—sólo tuyas—

en busca de la vida,

hablando de la muerte:

así quieres contar lo que no existe,

sin mentir,

y que así viva en ti y en ti perdure así

lo inesperado,

y aquello que bien dices

al guardarlo contigo para siempre,

a punto de ser dicho y que recuerdas,

apagadas las luces

y cansados de polvo los caminos,

sin que haya sucedido.

 

Mira los edificios de la vida

que se vienen abajo poco a poco:

de un silencio furtivo y de miseria

y entre ruinas, que nos duele y te sangra,

llegas tú, sanadora, tu llama irreverente.

Conmigo en mí te sueño

visible, ¿verdadera?,

y descreída,

de servidumbres libre, cuando llevan

tus pasos y tu voz la ambigüedad,

que aparte lo que dice también dice

lo que está en otro sitio

—en el camino siempre—

detrás de las palabras,

más allá de tus puntos suspensivos.,

sin decir.

 

Y en mitad del camino, la emoción,

a ciegas en tus manos y no escrita,

se hace de pronto verso,

¿o es al revés?

Porque fuiste primero, antes que nada

y sobre todo, y ya después de todo,

el ser de las palabras

que toma la palabra cuando quiere

(la bautiza otra vez), para nombrar

lo que hay en los templos profanados,

en todos los vacíos de la sombra,

en todas las preguntas.

 

Tenemos que buscarte al doblar el silencio,

entre tus contraseñas y la duda,

en tu juego de espejos para el alma,

dime:

¿qué voz si no es la tuya

podría interrogar a los instantes,

desnudarlos,

y así verle a la vida sus razones,

entrar en sus incendios

y en su frío?

 

Sobrevives, hoguera manantial,

hecha al pie de la vida.

En tus palabras caben, abrazadas,

las acepciones todas, y hasta el desorden

cabe.

Dímelas, habla, grita, pues así

no habrá pasado el tiempo todavía… y tú

podrás decir, dirás,

que empieza el mundo…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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