luisa castro

 

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CRÍTICA:EL PAÍS | CLÁSICOS ESPAÑOLES

 

los pazos de ulloa

 

emilia pardo bazán

 

 

 

 

 

Cuando uno llega a Los Pazos de Ulloa hay un niño.

Un niño al que su padre y su abuelo emborrachan cruelmente, ante la complicidad de la madre que sirve la comida sin alterarse.

Julián, el joven cura recién llegado a los Pazos, se verá desbordado por esta escena al mismo tiempo que el lector, que ya no dejará el libro hasta que Julián decida abandonar los Pazos, convencido de que nada se puede hacer para cambiar la inercia de corrupción moral y primitivismo en que vive engolfado el marqués de Ulloa junto con sus criados.

Desde su llegada a los Pazos hasta su marcha, el joven cura no escatimará esfuerzos para reformar la vida de don Pedro de Moscoso, este marqués de Ulloa, bárbaro y arruinado, manipulado en última instancia por el astuto casero Primitivo, padre de la voluptuosa Sabel con la que el marqués tiene a su bastardo Perucho.

El joven cura don Julián tratará de poner orden al llegar al Pazo, y hasta concibe esperanzas de que don Pedro se reforme a través del matrimonio con Nucha, una señorita de ciudad, la hija menor de una buena familia de Santiago.

Pero todos sus esfuerzos y sus planes fracasarán cuando Nucha deje la casa familiar en Santiago y se convierta en la señora de los Pazos de Ulloa, una señora a la que nadie hace caso y que acabará enfermándose y muriendo como la heroína romántica que es.

Contra el deseo de Nucha y Julián de civilizar el Pazo se impondrán la influencia agobiante de Primitivo, y la presencia del bastardo Perucho, y el reto insoportable de la salvaje y voluptuosa Sabel, hasta que Nucha comprenda que debe irse de allí si quiere salvar su vida y la de su hija.

 

Éste es el argumento de la quinta novela de Emilia Pardo Bazán, publicada en 1886, que nos presenta un mundo de corrupción en que los criados dominan a sus amos. ¿Tenía esto alguna correspondencia realista en la Galicia de finales del siglo XIX?

Parece absurdo pensar que así fuera, un mundo al revés, en el que los criados dominaran a sus amos, pero es que Emilia Pardo Bazán no militaba en las filas del realismo: ella era más moderna.

Trataba con su pluma de investigar, a la manera naturalista de Zola, en los vicios y costumbres de la sociedad a través de las metáforas más que de los retratos.

Y por qué no, de escandalizar.

Don Pedro de Moscoso, ese noble ignorante y agreste que se abandona a la ambición de los lugareños y desatiende su autoridad, es la metáfora del hombre manipulado por los instintos de la barbarie royendo los cimientos de la civilización, y esta ilustrada arrogante que es Emilia Pardo Bazán sabe a quién se dirige cuando escribe: a los amos y no a los criados, es decir, a los que ocupan un puesto dominante en la sociedad.

Para poner esta metáfora en pie, la escritora Pardo Bazán echa mano de todos los recursos a su alcance.

Ya lo había hecho en otras novelas: el sexo es una fuerza presente que no se oculta; la violencia, la agresividad, la animalidad del paisaje condiciona a los personajes.

No existen voluntades sino una sola voluntad, la del más fuerte, en este caso el manipulador Primitivo, cuyo nombre entra en colisión con la naturaleza de su personaje, pues poco tiene de primitivo un ser que sabe instrumentalizar a todos los que le rodean para conseguir su ambición.

En Los Pazos de Ulloa lo urbano y lo rural se confrontan como dos espacios antagónicos, dos universos que no se encuentran nunca, y los personajes que transitan por ellos sólo sobreviven si están en el sitio que les corresponde.

Más que de nuestro tiempo, somos criaturas de nuestro lugar, parece querernos decir Emilia Pardo Bazán.

El lugar como factor determinante en la vida de las gentes, como demarcación espiritual.

 

Ésta es una novela que deberían leerse todos los arquitectos y urbanistas, todas las amas de casa y todos los políticos de provincias y de capital. Hay en ella un reflejo distorsionado pero muy veraz de lo que nunca debiera de ser una sociedad.

Los Pazos de Ulloa plantea una especie de idealismo al revés.

Después de 40 años de la publicación de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë (ese romanticismo de lo selvático que lleva en su seno el germen del naturalismo), doña Emilia Pardo Bazán escribe en España esta novela que en sus técnicas y descripciones practica el eclecticismo (es romántica, realista y naturalista a la vez), planteando un conflicto parecido al de Cumbres borrascosas pero a la gallega, el de alguien que llega de la ciudad y debe alojarse en un pazo decadente en medio del monte, con sus propias reglas siniestras.

Esta potencia arrasadora de lo primitivo frente a lo civilizado, la cultivó Valle en toda su producción posmodernista, y la convirtió Cela en tremendismo a través de su Pascual Duarte, y Torrente Ballester la tradujo en la inolvidable saga costumbrista de su novela coral Los gozos y las sombras.

Los tres beben de Emilia Pardo Bazán de la misma manera que ella bebe de los novelistas franceses e ingleses de su época.

No es poca la importancia de esta novelista que a finales del siglo XIX nos sirve en bandeja una de las preocupaciones dominantes de los escritores del siglo XX: el conflicto entre cultura e instinto, y el interrogante eterno de si ambas cosas no serán lo mismo.