luisa castro

 

el país

el pulso

 

 

dentro de los vagones

que nos llevaron a Auschwitz

 

 

vi cascos de soldados aliados tirados por el suelo

vi una bomba con forma de supositorio gigante

bombas que habían caído en Berlín

 

 

 

 

El otro día estuve en Auschwitz.

Creía que me encontraba en Salerno, en el Museo dello Sbarco, pero no.

Primero nos habían hecho salir cuando volvíamos a entrar y me di cuenta. Aquel era el pavimento de un callejón oscuro que nos llevaba al gueto.

Mis pupilas se dilataron como las de un gato en medio de la noche: no había duda, yo era una más, una judía tan dócil y asustada como los otros,

incluida Carmen Morese, directora del Goethe Institut en Nápoles, y Edoardo Scotti, periodista de La Repubblica. Una vez dentro, respiré hondo.

Por fin, unos jóvenes salernitanos nos recibieron con música tras una sábana; aquello era la función. Luego fuimos a otra sala.

Vi cascos de soldados aliados tirados por el suelo. Vi una bomba con forma de supositorio gigante oxidado. Bombas que habían caído en Berlín.

Bombas que habían destruido Salerno.

Luego, y como hipnotizados, pasamos a otra sala, donde la actriz que nos guiaba nos hizo contemplar algo: una fila de gente como un ciempiés,

que se alineaban portando en sus hombros una tela que los unía y los encadenaba, mientras ella la desplegaba con sus manos y descendía

por las espaldas de aquella gente, engulléndolos, como un truco de magia.

De pronto la actriz volvió a llamarnos. Apartó con su mano una cortina negra y volvimos a salir al exterior. Todos con nuestros abrigos, otra vez

a la lluvia. Podía haberme ido, pero me quedé.

La misma sensación de fatalidad que cuando entras, sin querer, en un mal espectáculo.

¿En dónde me había metido? Era de nuevo la explanada trasera del edificio. Y allí estaba esperándonos en la noche aquel vagón.

Alguien lo había encontrado en una vía muerta en la frontera de Italia con Suiza, y se lo habían traído a Salerno.

Llevaba mucho tiempo viajando por Italia, y había acabado allí. Unos pequeños respiraderos metálicos se alineaban en la parte superior de aquel

cajón de hermética madera.

Subimos la rampa sobrecogidos. Dentro, muchos ya habían encontrado sitio.

Mostraban caras perplejas y resignadas. No me atreví a sonreír. Me agarré al bolso y, enseguida, con un gran estrépito, la puerta se cerró.

Luego me fijé en la paja que había en el suelo. Es comestible, pensé, y sea como sea dará calor. Nuestro viaje comenzó entonces, cuando

las ruedas del vagón empezaron a chirriar contra los raíles. ¿Cuánto duró? No puedo decirlo. Lo suficiente para sentir que habíamos partido,

que ya no estábamos en el lugar de antes, y que nunca volveríamos allí.

Y de pronto, la puerta volvió a abrirse. Un coro de voces angélicas nos recibió. ¿Pero estábamos vivos o nos habíamos muerto?

Luego, poco a poco fuimos bajando todos, por la misma rampa, hacia el mismo suelo. Y después de un silencio largo, empezó el aplauso

sigiloso y sostenido. Un aplauso jubiloso y triste a la vez. Lleno de lástima y repugnancia, y hasta de cierta fe. Un aplauso que en la última

estrella del firmamento debió de oírse.

Scotti, que nos había convocado allí, nos dio las gracias. Por una noche fuimos sus cobayas: un puñado de víctimas de Auschwitz que,

hacía setenta años, se habían librado del Holocausto nazi. Pero seis millones se habían evaporado, y ellos eran nuestro público:

nos contemplaban.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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