casi al mediodía

I

Pero te dejo ir, te marchas, y yo ya no recuerdo

si debo sufrir, si es mi hora, mi llanto,

mi Penélope,

mi asiento duro y fácil

de tejedora a la sombra de una espera inconmovible:

te dejo ir y la mañana

cae espesa y ruidosa,

se postra en mis pasillos,

invade las cocinas y yo ya no te amo

porque no, no es del todo cierto un dolor tan constatable.

Te dejo ir y avanzas confusamente entre los parques,

estropeándolo todo con las huellas de

tus botas

grandes de soldado rubio.

Te vas a la guerra y decir miedo,

verte desaparecer diciendo hambre,

verte caminar con la muerte sonriéndote en la espalda,

prostituta de quince minutos estrechos

en la primera esquina, junto

a la tienda de puñales.

 

 

II

Y no, no es del todo cierto un dolor tan apreciable

porque hay una cosa entre los frigoríficos

que se llama resurrección

y cada hora decapitada, cada segundo

mutilado, cada vinculación ahí afuera

supone que los perros van a desaparecer algún día

con su fidelidad que traiciona rebaños,

con su estúpida conducta de amor incondicional y severo.

No es del todo cierto eso de que yo sufra,

pregúntale a una esfinge sin brazos

y con la nariz incompleta

si me ha visto pasar con lágrimas y duelo.

Quieren responderte con la misma frase lapidaria,

hija de siglos,

¡ah!, qué terrible llanto las cariátides, qué terrible llanto,

pero yo

no pertenezco a la historia

y no tengo amistades de piedra.

Yo, dulcemente, he llegado a la desmesura del amor,

a la cintura estrechísima de la soledad, dulcemente,

etcétera,

y mi alma alargada por el uso, estirada

y ensanchada

por los viajes fugitivos de tu cuerpo

acumula el aire y flota,

mi alma floja, preguntándose

qué es esa cosa de que te miren

todas las ciudades, de que te acojan todas las

Venecias.

Luisa Castro

Odisea definitiva

1984


 

 

 

 

 

 

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