DE CÓMO SE AMA A UN EUNUCO Y CÓMO SE MUERE

 

“Se mató por ardor

o murió por pereza”

T. CORBIERE

 

Y así fue que cada día llegaba más amarillo, con aliento amarillo de vaca y los ojos colgándole sobre un fondo amarillo. Así fue que cada vez llegaba más muerto, sin palabras que decir,

inconexos versos golpeándome el corazón. Pero nadie quería creerme.

El día que apareció tirado de muerte en mi cama, entre la barahúnda de emisoras enfurecidas y el desorden de las sábanas con el embozo oliendo a vómito, nadie quiso creerme: No fueron

necesarias más pruebas fechacíentes ni más jueces con togas hasta los pies. Aparecieron dos gendarmes que se lo llevaron envuelto como un niño enfermo de pronto en la noche. Lo

desnudaron con evidente rubor pues su cuerpo en los últimos tiempos había ido cobrando un aspecto de doncella virginal apetecible hasta para un gendarme, con aquella palidez que embellecía

su rostro, con los labios encendidos que parecían como arrancados de repente de la pulpa roja del afiebrado corazón. Sus dimensiones habían empequeñecido adaptándose a las formas

femeninas con la sinuosa cadera, con los pechos oscilantes. Mi amor. Y el bello cuello que mordí por última vez. Y las piernas blancas como noche de nieve que por última vez miré. Y las orejas

que me comería cien mil veces.

Mi amor, y nadie quiso creerme. Cómo acercar mi mano con un puñal a tu frente, mi amor, pero nadie me admitía ya en las tiendas; ni el saludo, ni el dolor de un santuario, ni una lágrima me

estaba permitida.

Quise explicarles que venías de muchas guerras, quise contarles la verdad de lo del muñón. Pero los gendarmes se apresuraron a enseñar en la plaza sus heridas a las gentes que se apiñaban

y me llamaban devoradora de ángeles, pecadora de la guadaña en alto.

Quise explicarles tantas cosas mientras me escupían a los pies, pero yo veía en sus caras el odio de las familias jugando su rol de hábito blando, vistiendo de confusión la escena de las

conciencias, llevando a los ojos de los hombres la sorpresa o el espanto de una raza enrarecida como una vulva de pájaro salio o el sexo azul rendido de los frailes.

Quise explicar tantas cosas mientras llovían piedras. Habían llegado de todos los países para verle e interrogarme y maldecirrne y sepultarme a su lado con lágrimas y esfuerzo. Así se castiga a

la mujer que siega un falo por estos pagos de preces; así soy yo vil testigo de los rastros incesantes.

Soy testigo y te saludo, eunuco amante, ahora que templarías cabelleras te hacen manto y en tu frente habita cobre pétreo. Ni moriré sí ausento los retratos del primer animal que nos dio luto.

No moriré y amo los teatros, los pueblos, las palabras que suenan como niñas quemándose los dedos.

Colgué a la puerta un cartel. Cerré todas las ventanas. “Soy testigo del amor y de la muerte, de dolor y de la infamia, del fervor y la locura del corazón pequeñito del eunuco, de los terribles ojos

del eunuco, de las ruinas talentosas de su templo”.

Eso dije a tanta gente que llegaba hasta el umbral con azadas. Eso dije a los furgones que descargaron su mercancía de mierda de gallinas delante de mi casa sin precedentes. Pero allí mi

soledad haciendo un nudo. Y allí el mundo que sólo la muerte deshace.

Vengo pues a doblar la campana de adentro y retirar las copas del salón en que me inquieto todo el día tocándome la garganta y diciendo adiós. Todos los patíbulos del mundo se apuntalan

para mí, todos los verdugos de varadas vergas hacen algo en su estocada, todos los magnates apuestan sobre mi última defecación; no como, no bebo, escucho la algarabía, oigo caer los

rezos, brazos que me tienden bulas, partos que tengo que bendecir, preñadas que debo besar, niños que hay que congregar, paralíticos, caricias, y huelen mal día a día y pienso en mi amor

maquillado de reposo y calamidades.

Es una decencia natural el olvido. Y espero sentada el final. Sé la muerte que me aguarda.

Conviene lavarse las manos.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

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