el país / revista de verano 

 

MI PRIMERA VEZ | HOY, LUISA CASTRO | FICCIONES

cuando comí un geranio

 

 

 

 

 

 

 

Estaban allí plantados, en la ventana de mi habitación.

Aquella ventana me gustaba especialmente, y pasaba muchas horas delante de los geranios.

La ventana quedaba a ras de techo de otra casa más pequeña cubierta con losa, un tejado

que a veces se llenaba de gatos, y por el que yo me aventuraba en verano, cuando nadie

me venía.

La única barrera que tenía que atravesar eran las jardineras de geranios.

Me quedaba un rato al sol, tendida en las losas del tejado, y enseguida volvía a mi habitación.

Los intensos olores del comienzo del verano me invadían, cerraba los ojos y me dejaba quemar

por el sol.

Imaginaba que yo era una losa más. Me transformaba, por el efecto del sol, en parte de aquel

tejado y me fundía con la casa.

Pensaba que si me movía la casa podía desmoronarse, y por eso intentaba hacer siempre la

misma ruta, poniendo a mi regreso las manos y los pies con mucho cuidado en los mismos

puntos por los que había accedido hasta mi improvisada sauna seca.

Había un momento, no obstante, en el que el sol empezaba a quemar y el calor de las losas

me recordaba mi esencia mortal, mi esencia de naturaleza viva, nada que ver con una losa

muerta, con un pedazo de tejado, nada que ver con una piedra, y sentía de pronto la

necesidad de volver, de refugiarme y de protegerme tras la barrera de geranios.

 

Entonces los veía como algo inalcanzable, como una cumbre difícil de coronar.

Estaban allí, inalterables al sol, custodiando la entrada de mi habitación, y me reprochaban,

en todo su esplendor de rojos y verdes, mis temerarias huidas por el tejado. Yo no era una planta

que pudiera crecer en una maceta.

Tenía piernas, no estaba dotada con el don de la inmovilidad y la dulzura de la conformidad.

No tenía la belleza de aquellas hermosas flores que mi madre hacía brotar cada año. Volver

a mi habitación, atravesar de nuevo la barrera de geranios, era un acto de reconciliación con

mi esencia defectuosa y entonces los veía, justo al atravesarlos, no como seres inocentes sino

todo lo contrario, como verdaderos enemigos, como agentes del orden y la sumisión, como

guardianes del statu quo que me impedía atravesar tejados y ser un gato sin rendir cuentas

al sol ni a mi madre.

Aquellos geranios, de vuelta a casa, me recordaban lo que era: yo no era una planta, no era

una losa azul, no era un árbol.

Hubo un momento a partir del cual ya no quise andar por los tejados.

Descubrí una actividad mucho más placentera: me quedaba mirando los geranios, acariciando

la seda falsa de sus pétalos y deshojándolos de aquella belleza superficial hasta dar con

su verde corazón.

Entonces me lo comía.

Aquellas ingestas de corazón de geranio me resarcían de mi esencia mortal.

Quien se haya comido el corazón de la belleza sabe de lo que hablo.