carta abierta a una

chica progre

umbral 1973

 

 

prólogo de miguel ángel de rus

 

La muchacha a la que escribe y describe Francisco Umbral en esta novela no es la romántica y blanquecina virgen de camelia en el pecho, sino la real hembra —hay reales hembras de quince años— que tiene la regla, senos conscientes de su poder y un piercing en el ombligo; la chica progre de Madrid, de Barcelona, de Sevilla, de Bilbao, de Valencia, y también la recién llegada de la provincia de tedio y plateresco, la muchacha que huye del futuro espantoso de marido funcionario, hijos en el colegio público de la pequeña capital remota con ruinas de castillo e iglesia románica convertida en cementerio, y paseos dominicales por la calle Mayor, antes de tomar un somnífero para soportar la realidad.

La realidad del siglo veintiuno, que no será espiritual por mucho que quieran los poetas, sólo se puede soportar mediante las drogas o la estulticia. La muchacha progre lo sabe y huye a perderse en la masa, a conectar su cerebro a esa nada que es la multitud que todo lo absorbe y todo lo digiere.

A la chica progre amada por Umbral la amamantaron con prohibiciones y ahora vive en la pura transgresión, vive la desobediencia, aunque sin saber que la transgresión que ha elegido es la que impuso el Imperio por aquellos años sesenta de revueltitas estudiantiles y muchachos sudorosos a quienes concedieron incinerar los sostenes, algo de sexo, droga y rocanrol a cambio de no tocar ni el poder político ni el económico que son los únicos que merece la pena poseer y que son el mismo. La chica progre se pierde en la vorágine del sexo y de la incomprensión de qué será esa cosa del mañana de la que hablan los adultos y se pierde en píldoras anticonceptivas, preservativos, jomadas de trabajo de doce horas, religiones a la carta y filosofías orientales de las que usan incluso los grandes almacenes para sacarnos más dinero, que es, lógicamente, lo único que les importa de nosotros.

Lo que Occidente busca hoy en Oriente, afirma Umbral, quizá no sea una filosofía, una doctrina, una forma de vida, una estética, sino simplemente un poco de mugre. La chica progre es mugre, indecisión, deseo de triunfar sin saber para qué, y deseo de gozar, como única salida a un futuro programado no ya desde el Pentágono (ese prostíbulo en el que se reúnen asesinos para hacemos creer que mandan) sino desde lugares que no somos capaces de imaginar, aunque nos llega su olor a petróleo, a empresa constructora/reconstructora y a arma “de última generación”.

Le dice Paco Umbral (o don Francisco, qué coño) a la chica progre: “Tú sola menstruabas en un mundo de pureza, tú —única culpable— llevabas en ti el pecado, la hediondez, la muerte, en aquel reino de la luz, los lirios, las vidrieras y los salmos. (…) Serías mujer, pues. No había dicho su palabra el cielo, sino el infierno. Condenada para siempre a ser real, de carne y hueso, de sexo y sangre”. Umbral, quien sonríe melancólico cuando se le recuerda que se ha trabajado, de joven y de no tan joven, a mucha extranjera, sabe que la muchacha quedaba condenada desde su primera menstruación a ser lo que había sido su madre, su abuela, y todas las mujeres de su familia y nos lo dice para que las nuevas muchachas comiencen a pensar si en realidad quieren serlo o si quieren parecerse al hombre.

Le recuerda Umbral a su progre que “la Historia te presentaba una imagen grandiosa del hombre. Julio César, Alejandro, Platón, Goethe, Galileo, Cervantes, Napoleón, Rodolfo Valentino, Carlos V, Pemán, Heráclito y Charlot. El hombre es un gran relaciones públicas de sí mismo, ya sabes. Pero el hombre que tenías ante ti, en tomo, era otra cosa. La encarnación del hombre, para tus ojos colegiales, era el profesor asmático de Geografía, el portero cojo de tu casa, tu padre malhumorado”. Los hombres estamos condenados a desaparecer en medio de nuestra propia mitología. ¿Cómo afrontar la vida desde la masculinidad, después de Mozart, de don Ramón del Valle-Inclán, después de don Antonio Machado muerto de pena al llegar a Colliure, de Stockhausen, de Fidel Castro, quien con su figura enorme es Historia al domeñar al Imperio de la Muerte con su puro, su barba de militar montaraz, su gesto adusto de macho milenario y su vozarrón que hace temblar a los perrillos que ocupan jefaturas de Estado? Quizá por ello la muchacha progre se cruce con tanto homosexual en su camino; porque ya no se puede ser un hombre, sólo una caricatura.

Umbral escribe a su amada imaginaria desde el grito, desde la violencia, porque, como él mismo asegura, “el mundo de los oprimidos, cuando se manifiesta, ha de ser siempre así, mediante el grito, el desafuero, el exceso. (…) La mujer, como el negro y el obrero, sólo accede a la Historia por la vía de lo excepcional. En España, o canta flamenco o se casa con un duque. Si no, a la cocina a planchar”. Es una mujer carnal, la que nos retrata Umbral, aunque no por ello más libre: “La mujer se libera de la cárcel de la inocencia para caer en la cárcel del espejo. Pasa de una a otra prisión”.

Nada más cierto. La progre ha nacido en el tiempo del amor sin amor, como cantara Gainsbourg en francés, razón por la cual nadie se enteró, que en aquellos tiempos ya andaba todo el mundo buscando una academia de inglés que le estafara. La progre se mira al espejo para gustar y descubre que encuentra placer pero no el amor. Y cito a Umbral, que es el maestro “El amor bipersonal, gran mito romántico, occidental, idealista, intelectual, burgués, va dejando paso, en ti y en algunos otros cuerpos, al amor total, impersonal, a la marea de la especie”. O lo que es lo mismo; vivimos en el tiempo del amor sin amor y de los clubes de intercambio de parejas en París con el visto bueno del Nouvel Observateur. Quién lo iba a decir.

Umbral denuncia el uso que se hace de la mujer, de su cuerpo, de su alma prostituida para vender más jabones vaginales, más desodorantes, nuevas ropas. “Sube despacio las escalinatas de la virtud, ponle a tu cuerpo las ropas incoloras de la sencillez y hazte digna de que la sociedad industrial avanzada te despose en una rueda de Prensa con fotógrafos que te piden un desnudo en exclusiva”. Ése es el futuro, muchacha, prostituir tu cuerpo y tu alma, si quieres llegar a ser algo, a tener algo. No todo es erotismo y denuncia. Umbral, un preso más en la maldita cárcel del tiempo, aprovecha esta carta de amor y desamor —que uno piensa que merecería tener música de Luis Eduardo Aute, con foto del niño más pequeño, helado de fresa, café y película de los años sesenta en los recuerdos de aquella pareja que no pudo ser— para meditar sobre sí mismo; la materia que tiene más a mano: “Yo ya no soy un joven progre porque se me está pasando la juventud y porque he progresado, quizá, todo lo que tenía que progresar, aunque nunca es suficiente, ya sabes. Una lámpara, una mecedora, una máquina de escribir. Los libros y la foto de mi hijo. Eso es todo. No es nada”.

O, como dijo en alguna otra ocasión “Vuelvo a casa victorioso y triste”. Tú, chica progre, mujer progre, que quizá no vuelvas a cumplir los cincuenta y lucieras tu progresismo en la España que se despertaba ante el cadáver tibio e insepulto de Franco, haces o has hecho tu pequeña revolución, tu mínima guerra, aunque sabes que al final del camino, sólo está, a la espera, la derrota. Pero como dice Pacoumbral “Si a su edad cumplió con su deber histórico y puso algunas bombas ideológicas aquí o allá, es indiferente que uno se frustre, con el tiempo, personalmente. No importa tanto el destino del individuo como eso que Hegel llamaba «la Razón en la Historia». (…) Toda la casa se ha quedado de nieve y soledad, y aquí estoy, hibernado, invernando, con mi tos, mis libros, mi máquina, mi amor y mi tristeza. Todo muy decadente”.

Es la confesión de amor y derrota de quien ha amado a una mujer, o a la mujer. Es la confesión escrita en forma de novela, de epístola, de grito. Pero es mejor leerlo en cada línea de este libro. Como ha dejado escrito en esta Carta abierta a una chica progre, “si pones tu mano derecha en tu hombro izquierdo, has hecho amistad con una estatua. Si tapas tu sexo con una red de dedos, has creado un mito”.

 

 

Miguel Ángel de Rus