automat

 

 

 

Artist Edward Hopper
Year 1927
Medium Oil on canvas
Dimensions 71.4 cm × 91.4 cm (28 in × 36 in)
Location Des Moines Art Center, Des Moines

 

 

The painting was first displayed on Valentine’s Day 1927 at the opening of Hopper’s second solo show, at the Rehn Galleries in New York City. By April it had been sold for $1,200.The painting is today owned by the Des Moines Art Center in Iowa.

La chica está sentada en un “automat”, un tipo de local bastante frecuente en las ciudades norteamericanas de aquel entonces. El cliente metía unas cuantas monedas en una máquina y retiraba su consumición sin tener que mediar palabra con nadie.

 

    

Como podemos apreciar en su cuadro titulado “Automat” una obra en la que juega desde un principio con la ambigüedad, ya que los automat eran restaurantes de comida rápida a través de máquinas expendedoras, y es el local donde se encuentra esta mujer solitaria, y que quizás por la rigidez de su mirada reconcentrada, y la misma rigidez que se repite en la postura de su cuerpo nos hace recordar la figura de un autómata.

Realmente la imagen es bella, al igual que la mujer, pero al mismo tiempo es una escena sobrecogedora por la melancolía que desprende. Una mujer ensimismada, aislada, pensativa, invadida por la tristeza pero delicadamente hermosa.

Pero como es habitual en las pinturas de Hopper, ambas circunstancias, la mujer y su estado de ánimo son ambiguos, juega otra vez con la ambigüedad del momento del día, del motivo, o del tema pero sobretodo juega con el espectador para que sea él quien busque su historia. Como siempre Hopper se mantiene al margen, el es el testigo fiel, el impecable retratista de la realidad sin adornos.

Y todo ello lo logra a través de una esmerada composición geométrica, limpia, clara perfectamente ordenada y calculada. Un preciso encuadre fotográfico, en el que destaca su audacia en el dominio de la luz, un sofisticado juego de luces y sombras, de luces frías, cortantes e intencionadamente artificiales. Una escena desierta dominada por la mujer, en la que la quietud se convierte en la protagonista. Una quietud que engancha y que se rompe sólo por la luz y el color, por los contrastes de los blancos, amarillos y verdes o por el rojo del frutero precisamente colocado en el límite del ventanal.

La esposa de Hopper, Jo, le serviría como modelo para la mujer, aunque se sabe que alteró su rostro para hacerla más joven. La pintura fue mostrada por primera vez en 1927 en el día de San Valentín en la inauguración de la segunda exposición individual del artista, en las Galerías Rehn en Nueva York. En abril ya se había vendido por 1.200 dólares.

En 1995, la revista Time usó este cuadro como la imagen de la portada para ilustrar una historia sobre el estrés y la depresión en el siglo veinte. Y es que en la actualidad sus obras sin el quererlo se han convertido en iconos de la vida y la sociedad moderna.

El estilo que se muestra en esta obra será en el continuó trabajando durante toda su carrera, refinándolo y perfeccionándolo pero sin abandonar jamás sus principios. En una época en la que su arte competía con el peso de la pintura abstracta, Hopper siempre fue fiel a su propia personalidad artística marcada por una pintura sencilla, esquemática y alejada de toda idealización de la realidad, influyó en la vuelta con fuerza al arte figurativo, e incluso muchas veces se le ha querido ver como el precursor del Arte Pop.

Pero ante todo sus obras pura escenografía observada y estudiada de la vida que le rodeaba se acompañaron de una técnica perfecta y una fresca naturalidad. Mostrando una vida de silencios entre la multitud, de sombras anónimas bajo los destellos de las luces de la ciudad o retratos robados y arquitecturas monumentales que evocan un mundo de soledad, que trasmiten con inigualable belleza el drama del vacío de la vida moderna.

     

 

 

 

Mark Strand

 

Hopper

 

 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

 

XX

 

 

Una mujer está sentada sola frente a una mesa redonda, al lado de una puerta,

y con una ventana de vidrio cilindrado a sus espaldas. Una de sus manos, con el

guante puesto, descansa en la mesa; la otra, desnuda, sostiene una taza de café.

Se muestra pensativa. Si pudiéramos conocer sus pensamientos, estos sin duda

nos explicarían qué es lo que sucede en el cuadro.

Pero la misma pintura da al espectador un indicio de lo que la mujer debe de estar

pensando: la ventana solamente refleja las filas gemelas de luces que se alejan

por el techo del bar de autoservicio, nada más; no deja ver lo que pasa fuera, en

la calle.

El cuadro sugiere muchas cosas, pero la más obvia de todas, la más llamativa es que,

si lo que la ventana refleja es verdad, entonces la escena tiene lugar en el limbo, y

la mujer sentada es una ilusión. Se trata de una idea inquietante: si la mujer piensa en

ella misma en este contexto, no es posible que sea feliz. Pero, desde luego, ella no

piensa: es el producto de una voluntad, una ilusión, una invención de Hopper.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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