edward hopper

new york movie

1939

Medium
Oil on canvas
Dimensions
32 1/4 x 40 1/8″ (81.9 x 101.9 cm)
Credit
Given anonymously

 

 

 

MomA

 

 

 

 

 

 

 

Mark Strand

 

Hopper

 

 

 

 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

 

 

 

 

 

 

XXI

 

 

Cine de Nueva York tiene algo de la cualidad sombría de Automat

—la fila de luces, la mujer pensativa—, pero se trata de una pintura

mucho más complicada.

En uno de los lados del cuadro vemos a una acomodadora sumergida

en sus pensamientos.

En el otro, a unos cuantos espectadores, apenas visibles, sentados

en varias filas de butacas de terciopelo rojo, mirando una película.

Estos extremos están separados por una pesada línea vertical:

el borde de una pared y una columna adosada de elaborado diseño.

 

Ambos lados, aunque ocupan la misma extensión de la pintura, difieren

notablemente. Los espectadores miran hacia la pantalla que está frente

a ellos; la acomodadora, atrapada en sus pensamientos, mira hacia

dentro de sí misma.

Las tres lámparas del techo de la sala descienden progresivamente,

en perspectiva, creando un espacio profundo en sentido horizontal.

Las tres lámparas detrás de la acomodadora están unidas entre sí,

y proyectan una luz con forma de reloj de arena que, junto con la flecha,

aguda y apuntada hacia arriba, formada por la separación de

las cortinas y la escalera al fondo, establecen un espacio

indiscutiblemente vertical.

El costado donde la acomodadora está de pie recuerda una capilla;

el lado en que la audiencia mira sentada la película está en una

penumbra subterránea.

La elección de la acomodadora, la privacidad en lugar de la pantalla

iluminada, su introversión, se gana nuestra simpatía, a pesar del

hecho de que, en tanto observadores, estamos más cerca de los

espectadores del cine.

Sin embargo, la manera en que nos situamos, de pie, ante un cuadro

podría parecerse más a la postura de la acomodadora.

Quizá si digo que nos adentramos en el cuadro, en vez de simplemente

mirarlo, nuestra simpatía por la acomodadora reflexiva pueda

explicarse.

Pero la verdad es que experimentamos dos impulsos contrarios:

al mismo tiempo miramos el cuadro y nos adentramos en él, moviéndonos

entre estas dos posibilidades mientras nuestra atención va de un lado

a otro del lienzo. En vez de asistir a un drama entre la orientación

geométrica y la propuesta narrativa, como sucede en otros cuadros

de Hopper, experimentamos las dos actuando a la vez.

Ahora alguien podría decir que, en tanto los ojos de la joven están cerrados,

ella no puede jugar el papel de doble de los observadores del cuadro.

Cierto, pero ¿no lo es también que solo somos capaces de mirar realmente

cuando apartamos la mirada de lo que está frente a nosotros y la

dirigimos a nuestro interior? Es en la intimidad de nuestros

pensamientos donde retenemos las imágenes, y donde estas,

eventualmente, pasan a formar parte de nuestro conocimiento del mundo.