Edward Hopper

A Woman in the Sun

1961

Oil on linen

Overall: 40 1/8 × 60 3/16 in. (101.9 × 152.9 cm)

Credit line

Whitney Museum of American Art, New York;

50th Anniversary Gift of Mr. and Mrs. Albert Hackett

in honor of Edith and Lloyd Goodrich

 

 

Una mujer en el Sol está un poco más cerca de la naturaleza que la mujer de la gran ciudad. De hecho, ha llegado al límite. Hopper la ha puesto en una situación más allá de la cual no puede ir. Ella ha dejado que el sol tome posesión de ella. Ella sostiene un cigarrillo, pero ha olvidado encenderlo. Se ha olvidado de sí misma.

Es esta luz solar en los cuadros de Hopper la que coloca las figuras tan tangiblemente delante de nosotros, y que simultáneamente las distancia, les da un aura inefable. La representación de Hopper de la figura sugiere inmediatamente y a la vez la proximidad y la brecha infranqueable entre la vida y el arte. Darse cuenta de que esta brecha existe puede ser doloroso, pero nos libera como espectadores del papel de voyeur y nos permite asumir el papel del artista – el de testigo silencioso.

Así que no somos nosotros quienes bajamos los ojos después de todo, son las figuras que observamos las que lo hacen. Si no están fascinados por la luz solar inclinada, mantienen sus ojos bajos. Y es esta mirada bajada la que hace que las figuras de Hopper parezcan tan introspectivas, como si miraran a sí mismas. Persiguen sus propios pensamientos o sueños, que a veces los llevan lejos del aquí y ahora.

 

Cuando Edward Hopper maduró, abandonó cada vez más los detalles visuales de sus pinturas y se centró en la realidad psicológica de sus personajes. En Una mujer en el sol, una mujer desnuda se coloca en un eje de la luz rastrera de una ventana próxima. La sala se ha reducido a sus componentes arquitectónicos más simples. Los pocos detalles juiciosos que quedan -un par de zapatillas negras, los postes de madera torneados y la pintura vagamente delineada en la pared- sólo acentúan la esterilidad de la escena y la figura. El entorno voyeurístico, casi cinematográfico, sugiere una narración que atrae al espectador a imaginar los eventos que pueden haber ocurrido antes de la escena que ahora vemos, y lo que sucederá después. La esposa de Hopper, Josephine Nivison Hopper, sirvió de modelo para esta figura como lo hizo para muchas de las mujeres que aparecieron en sus pinturas. Tenía setenta y ocho años en el momento de esta pintura, pero Hopper la transformó, como el resto de la escena, de acuerdo con su propia visión interna en lugar de adherirse fielmente a los detalles realistas.

 

 

Mark Strand

 

Hopper

 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

 

 

XVII

 

 

La mujer fuma de pie sobre una alfombra de luz junto a una cama deshecha

en Una mujer al sol . Aunque da la bienvenida a la luz, lo hace en apariencia

con menos avidez. Parece pensativa. La luz cubre la parte delantera de su

cuerpo. Y las partes de este que el sol no toca se hunden abruptamente en las

sombras.

La luz no suaviza gradualmente, ni redondea sus formas.

En vez de eso, un agudo haz se extiende sobre su cuerpo vigoroso y masculino.

Lo que Hopper se vio obligado a hacer como ilustrador -idealizar la figura- decide

no hacerlo como pintor.

Las mujeres que aparecen en sus cuadros no son más bellas que la propia

pintura, y dependen completamente de los imperativos formales que las han

llevado a existir.

La mujer de Una mujer al sol probablemente no encaje en la noción de belleza de

nadie, y sin embargo está espléndidamente presente, cargando la habitación de

un erotismo sombrío y anhelante. Disfrutando a todas luces de un momento de

introspección, se yergue, con las piernas ligeramente separadas, abriéndose al

calor del sol y a la frescura de la brisa que entra por la ventana.

Uno siente que lo primero que tuvo ganas de hacer fue dar gusto a su

cuerpo, pero también sospecha que esa indulgencia momentánea no es más que

una compensación.

Resulta bastante obvio que no se trata de una mujer que haya deambulado por

ahí en pijama o pantuflas antes de quedarse dormida.

Los tacones altos a un lado de la cama sugieren que se echó a dormir sin preámbulos,

bien entrada la noche. Es inútil, sin embargo, especular hasta qué punto su actual

actitud pensativa tiene que ver con lo que sucedió antes de que cayera dormida.

Su pasado, igual que la parte posterior de su cuerpo, queda en las sombras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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