Edward Hopper

 

Habitación de hotel

 

1931

  Colección Thyssen-Bornemisza

 

Óleo sobre lienzo.

152,4 x 165,7 cm

 

 

En una anónima habitación de hotel, una muchacha reposa al borde de una cama. Es de noche y está cansada. Se ha quitado el sombrero, el vestido y los zapatos, y sin apenas fuerzas para deshacer las maletas, consulta el horario del tren que habrá de tomar al día siguiente. La soledad de las ciudades modernas constituye uno de los temas centrales de la obra de Hopper. En Habitación de hotel, la pared del primer término y la cómoda de la derecha constriñen el espacio, mientras que la gran diagonal de la cama dirige nuestra mirada hacia el fondo, donde una ventana abierta nos convierte en voyeurs de lo que sucede dentro. La figura femenina ensimismada contrasta con la frialdad de la estancia, en la que predominan las líneas netas y los colores brillantes y planos, avivados por la fuerte luz cenital.

 

         

En Habitación de hotel, Hopper hace una evocadora metáfora de la soledad, uno de sus temas preferidos. Se trata del primero de una larga serie de óleos ambientados en diferentes hoteles que el artista pintó llevado sin duda por su fascinación por el viaje. Está realizado un año después de Mañana de domingo, otro homenaje a la alienación del hombre contemporáneo, que se reconoce como su primera obra maestra y que fue el primer cuadro de Hopper adquirido por el Whitney Museum of American Art.

Tras sus primeros éxitos, Hopper se atreve en Habitación de hotel a utilizar un lienzo de gran formato. Representa una muchacha semidesnuda en el interior de una sencilla habitación de un modesto hotel, en medio de una noche calurosa. Josephine Nivinson, Jo, la mujer del artista desde 1924, anotó en su diario que posó para esta pintura en el estudio de Washington Square y en el cuaderno de notas del pintor describió el cuadro junto a un boceto realizado por el artista. Tal vez la joven acaba de llegar, y sin deshacer su equipaje, se ha quitado su sombrero, su vestido y sus zapatos y se ha sentado lánguidamente en el borde de la cama, sumida en sus propios pensamientos, con la introspección propia de las figuras femeninas de los cuadros de Hopper. Lee un papel amarillento, que según sabemos por las exhaustivas notas de Jo, se trata de un horario de trenes.

El aspecto tranquilo y melancólico de la muchacha, de escala monumental, contrasta con la frialdad de la estancia, desnuda, sencilla y despersonalizada. Ésta se ha construido a base de unas pocas líneas verticales y horizontales, que delimitan grandes planos de color unitario, cortados por la fuerte diagonal de la cama. Está iluminada por una luz artificial que no vemos pero que produce un fuerte contraste de luces y sombras, que Hopper acentúa para dotar de un mayor dramatismo a la escena.

El encuadre de la figura, con los pies cortados, y la perspectiva ascendente, de diagonales acentuadas, nos remiten a ciertas composiciones de Degas. Con la utilización de una fuerte diagonal, Hopper logra que nuestra mirada se desvíe de forma inmediata desde la chica hacia el fondo, donde una ventana semiabierta, que sirve de punto de fuga de la composición, nos revela la negrura de la noche. Por otra parte, Gail Levin, la autora del catálogo razonado del artista, apunta que la imagen está directamente sacada de una ilustración de Jean-Louis Forain de la revista Les Maîtres Humoristes, que Hopper había traído consigo de París. En el dibujo de Forain, una muchacha en ropa interior, sentada en el borde de una cama —dispuesta también de forma diagonal— contempla los zapatos de su amante.

Como generalmente nos ocurre al contemplar las obras del pintor americano, nuestra imaginación se lanza a articular una historia, a tratar de adivinar un antes y un después de este instante inmortalizado en su cuadro. Esta carga narrativa hace que la escena pudiera perfectamente ser la transcripción pictórica de alguna historia relatada por sus coetáneos literarios (como Hemingway, Dos Passos, e. e. cummings o Robert Frost), que hablaban de la vida privada de la gente, con un lenguaje plano y sencillo, que carece de detalles e incidentes. Asimismo, la soledad de interiores vacíos con ventanas abiertas para aludir a sentimientos de frustración era frecuente en la literatura romántica, a la que Hopper era tan aficionado. También existen precedentes en las representaciones de interiores de la pintura holandesa del siglo XVII, en especial las de Vermeer de Delft, otro artista que inevitablemente recordamos al contemplar las pinturas de Hopper. La ventana abierta produce además un efecto de inversión y de esta forma Hopper introduce al espectador en su obra, convertido en voyeur.

 

Paloma Alarcó

 

 

 

Mark Strand

 

Hopper

 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

 

 

XXV

 

 

El modo en que la mujer de Habitación de hotel se sienta en el borde de la cama,

un tanto jorobada, el modo en que sostiene la carta, con las manos descansando

sobre las rodillas, sugieren que ha leído muchas veces esa carta, y que las noticias

que contiene no son buenas.

La «sensación» de este cuadro es similar a la que se evoca en Automat.

Si la mujer que vemos en aquel cuadro sostuviera una carta en vez de una taza de

café, podría ser la misma mujer que vemos aquí, aunque varios años más joven.

La pulcra estrechez de la habitación, la despiadada blancura de las paredes

iluminadas, las frágiles líneas verticales y horizontales, proporcionan un agradable

ambiente de severidad que obliga a los observadores a no ir más allá mientras la

mujer se enfrenta a su lectura: probablemente noticias que precisan que se controle.

De hecho, la habitación pareciera simbolizar la resignación que le hace falta a ella.

Este cuadro es, en muchos sentidos, lo opuesto de Motel del Oeste, que, en su

franqueza, en su amplitud horizontal, en su perspectiva, parece una invitación.

En Habitación de hotel se nos conduce por un pasillo diminuto, formado por el largo

de la cama y el costado del buró, y atestado de equipaje y zapatos, hasta la fría

opacidad de la noche.

Resulta sorprendente lo rápido que se nos arranca del lugar en que la mujer está

sentada para llevarnos hasta la ventana y lo que esta nos revela del exterior,

de la lejanía o incluso del futuro: nada más que un cuadrángulo negro, una conclusión

irreductible, el lugar más apropiado para un punto de fuga.