edward hopper

 

rooms by the sea

 

1951
 
Oil on canvas
 

74.3 x 101.6 cm (29 1/4 x 40 in.)

 
Yale University Art Gallery
 
 

Hopper comenzó a pintar los efectos de la luz del sol como un joven estudiante de arte en París, y este interés continuó a lo largo de su carrera. Como artista maduro, vivió y trabajó en la ciudad de Nueva York y pasó la mayor parte de sus veranos en Cape Cod, Massachusetts. Él diseñó y construyó un estudio soleado y aislado en Truro en el acantilado con vistas al océano. Esta pintura se basa en la vista de la puerta trasera del estudio.

Titulado en su libro de registros como “Rooms by the Sea. Alias The Jumping Off Place,” Hopper señaló que el segundo título era percibido por algunos como “maligno” y así lo había borrado. Mientras que la vista desde el estudio sugirió la composición de Rooms by the Sea, la imagen es más una metáfora evocadora del silencio y la soledad que la transcripción de una escena real.

Hopper tenía una manera de comunicar su vida interior … sentimientos de desesperación y desolación, así como su sentido de la belleza … encontrándolos en los edificios y objetos que pintó. Llenó las habitaciones vacías con el misterio de la existencia y su propio espíritu. En esencia, él, al igual que Van Gogh, estaba pintando no sólo los objetos mismos, sino que los convertía literalmente en autorretratos.

 
 
 
 

Mark Strand

 

Hopper
 
 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

e la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 
 
XXX
 
 

Habitaciones junto al mar y Sol en una habitación vacía parecen, a primera vista,

ser similares: interiores sin gente, muros adornados con retazos de luz solar.

Pero la austeridad de Habitaciones junto al mar es más agradable que la de Sol

en una habitación vacía. Una alegre extrañeza invade sus espacios. El paisaje

al que se abre la puerta, a la derecha del cuadro, aunque agreste, no resulta

intimidatorio. El mar parece allegarse hasta el mismo umbral de la puerta, como

si no hubiese tierra u orilla de por medio, como sí, de hecho, hubiese sido robado

a Magritte.

Se trata de un paisaje natural crudo y extremo. En el extremo izquierdo del cuadro

hay un estrecho y atestado panorama de lo opuesto de la naturaleza: un cuarto

amueblado con lo que parece un sillón o una silla, un buró y una pintura; los selectos

enseres de la vida doméstica. El cuadro nos urge a movernos de derecha a izquierda,

como si el panorama que quisiera mostrarnos no fuese el del mar, sino el de la

habitación semioculta del fondo.

Incluso el mar parece dirigir su mirada hacía allí, y la luz parece estar señalando,

indicándonos en qué dirección debemos mirar.

No sentimos, como ante otros cuadros de Hopper, que se trata de un instante

congelado en el tiempo que ha asumido la monumental apariencia de una figura

geométrica.

En vez de eso, sentimos la extensión del espacio, en tanto esta se identifica

con el tiempo de nuestra observación. Porque moviéndonos a través del plano

del cuadro nos sumergimos cada vez más en este. El cuarto del fondo es una

réplica amueblada del que vemos en primer plano. La duplicación del espacio es

reconfortante, en tanto representa continuidad y conexión, básicas para el bienestar

doméstico.

Y el mar y el cielo, agentes gemelos de la voluntad natural, parecen inofensivos

en este contexto.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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