Edward Hopper

Pennsylvania Coal Town

Ciudad minera de Pensilvania

1947

oil on canvas

28 x 40 inches

The Butler Institute of American Art

 

 

 

 

Mark Strand

Hopper

 

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

XIII, XIV

 

Detrás de la pregunta por la importancia de esa oscuridad que produce

una sensación de encierro, o al menos de limitación, en los cuadros de Hopper,

se encuentra el cuestionamiento de nuestro modo de afrontar el tiempo:

qué hacemos con él y qué hace él de nosotros.

En muchos cuadros de Hopper hay una espera aconteciendo. La gente a la

que Hopper pinta parece no tener nada que hacer. Son como personajes que

se hubiesen quedado sin un papel que desempeñar, y ahora, atrapados en el

espacio de su espera, deben hacerse compañía, sin lugar adonde ir, sin futuro.

 

 

En Pueblo carbonero en Pensilvania es bien entrada la tarde.

Un hombre acaba de regresar a casa después del trabajo, se ha quitado la americana

y se dispone a rastrillar un pequeño pedazo de terreno que presumiblemente es suyo.

Pero en mitad de esa actividad alza la cara y dirige su vista al espacio entre su casa

y la casa vecina, donde se forma un corredor de luz.

Ese instante es mucho más que un simple momento de distracción.

Tiene la textura de la trascendencia, como si alguna revelación estuviera al alcance

de la mano, como si una evidencia que terminará por transformarlo todo se escondiera,

como una cifra, en la luz.

Hay un aire de simpatía en el modo en que los límites del pasto, en el extremo del plano

en el que puede verse al hombre de píe, se resaltan delicadamente, y en la manera

en que la planta del macetero de terracota se transforma en un verde penacho.

Algo está teniendo lugar en lo que parece ser un barrio de clase media como cualquier otro,

algo que en ningún caso podría ser calificado de convencional.

Algo parecido a una anunciación. El viento está plagado de pureza. Y asistimos a una

visión cuyo origen está más allá de nuestro alcance, y cuyos efectos resultan difíciles

de asimilar.

Después de todo, observamos la escena desde las sombras. Y todo lo que podemos

hacer desde el lugar donde nos encontramos es meditar acerca de las tácitas barreras

que nos separan. Por un instante somos atraídos hacia el hombre de la pintura, atraídos

por lo que el cuadro nunca revela sobre lo que él está mirando.

Y algo nos mueve a sentir que la distancia entre nosotros es apropiada, que sea cual

sea la auténtica naturaleza de aquella luz, sea cual sea su significado, está destinada

a ser experimentada solo por aquel hombre. Nosotros no podemos más que observar

este momento privilegiado desde una respetuosa distancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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