western motel 1957

 

edward hopper

 

western motel 1957

 

Oil on canvas

77.8 x 128.3 cm (30 5/8 x 50 1/2 in.)

Yale University Art Gallery (Yale University), New Haven, CT, US

 

Cuando Hopper pinta una situación como Western Motel, que es materia prima para una instantánea, le confiere una dignidad y un significado que van mucho más allá de las circunstancias reales del cuadro.

Haciendo de este cuarto de motel anónimo y de un paisaje indescriptible el tema de una pintura, establece comparaciones con otras escenas que los artistas creyeron bastante significativas o ubicuas  para ser representadas. Hopper’s Western Motel sirve como un muy mundano descendiente del siglo XX de las vistas majestuosas del siglo XIX de Albert Bierstadt. Aunque las montañas genéricas son exóticas, la habitación del motel es familiar a cualquier habitante suburbano. La pintura alude así al hecho de que los viajes modernos son a menudo una colección de tarjetas postales fotográficas e instantáneas que apenas intentan demostrar que uno ha salido de las limitaciones de la vida cotidiana.

 

 

Mark Strand

 

Hopper

Traducción y prólogo de Juan Antonio Montiel

Lumen ensayo

Primera edición: mayo de 2008 

de la presente edición en castellano para todo el mundo:

Random House Mondadori, S. A.

Barcelona

 

 

XXIII

 

Treinta años después de Automat, Hopper pintó Motel en el Oeste.

Una mujer mira hacia el espectador del cuadro -es el único entre los personajes

de Hopper que hace algo parecido- como si alguien fuera a tomarle una fotografía.

No demuestra ni la introversión ni la incertidumbre de la joven de Automat.

No hay señal de que profundas cuestiones estén siendo planteadas. La mujer

posa un tanto rígida, como si estuviera ansiosa por desempacar, o por cerrar

la cortina, o por hacer cualquier cosa menos lo que de hecho está haciendo.

Está sentada cerca de la orilla de la cama y al lado del enorme ventanal,

permitiendo que el fotógrafo capte algo del paisaje, por árido que resulte, y

la carretera, y la parte frontal de su coche: un Buick verde.

La súbita inmovilidad de la mujer, la atención que presta al fotógrafo -desde

cuyo punto de vista observamos nosotros- interrumpe el denso tráfico de

líneas horizontales.

Una quietud asombrosa se produce gracias a la saludada presencia de alguien

más. Resulta particularmente ingenioso que pintor y observador deban combinar

fuerzas en el rol del fotógrafo. Somos la auténtica razón de que todo parezca

haberse detenido en el cuadro. Somos una fuerza invisible dentro de la pintura

y somos la ocasión que esta celebra. Quizá por eso no nos sentimos excluidos.

Nadie nos pide que nos vayamos. Es nuestro momento. Podemos entregarnos

a esta quietud, incluso mientras disfrutamos de la tranquilidad de una pausa

en nuestro viaje.

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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