misa final con caretón

-Marisela señora. Señora Marisela. Venga para acá.

Volaba delante de ella, esa especie de alguacil, de tenedor, con cinco patas, cinco parecía, con alas, con un pico.

-Marisela señora, venga por acá. El santón la espera.

La espera el caretón. Venga para acá.

Y ella iba con las trenzas sueltas, las faldas que parecía iban a desprenderse y las ajustaba contra sus piernas.

Pero, adonde iba? Y ¿por qué? ¿Cómo se iba?

No se acordaba ya de nada. Todo se quedaba atrás. Y en ningún lado ya.

Cruzaron -aquello en vuelo y ella corriendo, pero casi a la par- por toda la tarde que era infinita, al parecer, que

recién empezaba y nunca iba a terminar.

Hasta que arribaron al bosque negro del atardecer. Eran lo mismo el bosque y el atardecer.

-Señora Marisela, venga por acá. Señora Marisela, venga para acá.

Como se despega la luna desde una nube, salió de un tronco, una careta. No tenía nada, ese antifaz. No tenía nada

ese caretón. Ni una pierna.

-Es acá. Señora Marisela, ése es el Santón; es por acá, Marisela señora.

Es por acá. Ése es el patrón.

La cara tenía sólo una boca abierta y en medio, la lengua, que se veía bien.

Lo que venía volando se metió -a ella pareció- en los rulos secos del caretón.

El bosque ya estaba todo negro. Ella entró sin querer.

Pero la cara ya la alcanzaba, le aflojó la ropa, le buscaba cada parte sin olvidar ninguna.

Ella se exaltó. Así ¿qué esto había? Se petrificó; se exaltó. Vio un perfume que nunca había visto, un sonido

descono­cido (que no paraba más). Y sentía la lengua de la oscuridad.

Marosa di Giorgio

El gran ratón dorado

El gran ratón de lilas

El cuenco de plata

1ª edición

Buenos Aires 2008