MISA FINAL CON PARIENTE VIEJO

Salió del bosque negro de los enebros, con unos tártagos en las manos. Iba a caer la tarde y el viento movía nieve.

Viajó con un solo ojo, el único que le quedaba, pero al divisar el caserón, se puso otro, ficticio, de vidrio azulado. Había olvidado las llaves y golpeó.

Ella dijo:

-¿Quién?

Creyendo que era el viento. Pero era él. Entró.

Le dio los tártagos. Le dijo:

-Los traje para usted, seño­ra sobrina, los traje para usted.

Ella no sabía qué estaba pasando. Pero, lo encontraba distinto. Como si fuese otro su señor tío y amo. Como si estuviese mucho más alto, más grande.

Este preguntó:

-¿No se halla en casa su señora tía y ama, y mi hermana buena?

-No, fue a la aldea. Para las compras.

-Ah. Y tardará en llegar.

Por alguna oscura intuición, se atrevió a mentir.

-No, está por venir, ya.

-Señora sobrina -ella lo miraba; dentro de su falda bur­da, el corpiño con lentejuelas viejas- yo ya me olvido…

¿Cómo se llama? usted, ¿cómo es que se llama?

-…No sé…

-Ah, sí, no oigo bien. Ah, sí. José. Señora sobrina José…

Ella echó a correr en busca de búcaros y puso los tártagos en un poco de agua.

Él le decía:

-Señora sobrina y ¿cómo está el mundo? ¿Cómo están sus reglas?

Ella, que aún no había crecido mucho, no sabía bien qué era y no contestó.

Sólo dijo otra vez:

-No sé.

Él la siguió hasta la cocina, donde nunca llegaba. Nun­ca. Ella dijo precipitadamente:

-Voy a hacer una sopa, va­rias.

Pero se olvidaba de los ingredientes, de todas las cucha­ras. Cayó arroz al piso que pareció colmarse todo de bichos.

Él, ya más lejos, decía:

-Hum.

Ella vio la cama, patente, con los ropones hasta el suelo. Se deslizó abajo como un hálito, cuando él estaba de espaldas.

Quedó todo quieto.

Pero abajo de la cama había cosas, seres, tocó varios hongos en plantío, había un plantío.

(Así que ella nunca había barrido allí.¿Cómo había pasado eso?)

Que no se dieran cuenta.

Rompió un hongo, se lo comió, a causa de su nerviosi­dad.

Oyó que él decía, de lejos:

-Cuidado con lo que está ahí. Es mío. Fui yo quien hizo los hongos. Yo los hice.

Si me robó uno, y se lo comió, ya verá, tienen veneno, se morirá.

Ella, aterrada, salió a la luz, a ver si en el aire y en la luz, se salvaba. Él estaba ahí cerca, casi al lado, mucho más cerca

de lo que ella creía, nunca se había alejado.

Le dijo:

-Venga, señora sobrina… Yo, sólo le ofrezco un… casamiento.Verá.

¿Un casamiento? Y ¿qué era un casamiento? No había visto ninguno en su vida? Ah, sí, sólo uno, a los dos años. O antes de su nacimiento.

Se lo habían contado.

Y ahora recordaba. Un casamiento es una cosa linda, tiene muchos pasteles de varios colores. Y todos están en un retrato, vestidos de blanco.

Entonces, ella estaba co­rriendo de una cosa linda.

Pero, en ese instante, él le tocó el pelo burdo, como ha­bía visto recién en el bosque, que hacía un viejo zorro -y la circunstancia era igual-

con un pichón de zorra.

Dijo:

-Venga para acá, pichón de zorra. Venga para acá.

Ella se zafó.

Él dijo:

-Pero, venga para acá, pichón de nada.

Ella que estaba con los ojos bajos, de súbito, los levantó.

Y lo vio, allí de pie. Bajo la ceja, aquel artificio, la len­gua que titilaba -vio- roja como la de un perro.

Y otra imponente lengua en otro sitio.

Marosa di Giorgio

MISALES

Relatos eróticos

1a ed.

Buenos Aires 

El Cuenco de Plata, 2005


 

 

 

 

 

 

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