misal del cura

 

Hay que voltear al cura.

Lo bajamos con este palo.

Los vecinos caminaban en torno del árbol. Mientras el atardecer parecía volar rápidamente.

Un sol sin rayos ya, caía echando fragancia a dátil y a naranjas.

-Los perfumes de este sol… -decían, tocándose la sien, medio mareados, y olvidando el asunto central.

Vinieron más vecinos. Sacudieron el árbol. El cura no caía.

Sin embargo era preciso aprovechar los escasos momentos entre la luz y la sombra,

porque después avanzarían el ejército de las comadrejas, y el lobo platinado que últimamente

insistía en indagar por ahí.

De adentro de la casa salió una mujer, que todos conocían.

Dijo llamarse Hibisco; se presentó, como si la viesen recién; su melena era rosada,

y el vestido del color de las llamas, y su cara corola de hibisco. , . , . . .

Así, con ella, era todo más fácil, mas difícil. Ella dijo:

-Yo lo voltearé.

Le dieron un palo. No lo sabía manejar; luego aprendió.

Pegó. Del nido cayeron algunas pajas y no se movió.

Ella, ya con una cuchilla, hizo unos cortes en los tallos, y no sirvieron tampoco de nada.

Los demás la ayudaban, sin darse cuenta, de que entre ellos

ya habían empezado a andar unas comadrejas, y el

lobo un poco más allá, se ponía sentado sobre dos patas.

Mostrando los dientes helados.

Hibisco, envalentonada, trepó por el tronco, se fue para arriba.

Increpó al cura (en idioma extranjero, involuntariamente).

El cura no se movió. No se veía; algo negro se confundía con el nidal.

La mujer agredió.

El cura por un segundo mostró la cara, pálida, y las plumas negras en latín.

Ella dio un grito y siguió la lucha.

Le cayeron encima unos granos raros como de nuez moscada o de azabache

que se fueron abajo para sorpresa de todos allá.

Ella metió la mano en el nido, le apresaron los dedos; logró salvarlos.

Le cayó encima una oleada otra vez de azabache.

Y esas florecitas tristes de los altares.

Ella se agarró al nido, le sacó un pedazo, dispuesta ya a todo.

Unas plumas negras volaron del cura para arriba y otras para el suelo.

Una garra se prendió a ella del rojo vestido que desapareció como un pétalo.

Así cayó desnuda adentro del nido.

El cura hizo un jocundo Aaaaah!

Allá abajo volaba el espanto, se oían cosas nunca oídas,

el aire estaba ya todo negro,

y el lobo había empezado la cacería.

 

 

Marosa di Giorgio

Misales. Relatos eróticos – 1a ed.

Buenos Aires – El Cuenco de Plata, 2005

 

 


 

 

 

 

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