qué noche extraña cuando murió el abuelo

 

 

 

Qué noche extraña cuando murió el abuelo. Caían gotas, piedras blancas, de los limones y el rosal.

Desde el aparador salían ratas; las tacitas en docena, siempre doce, las copitas, los licores de todos

los colores, quedaron negros.

La tía Joseph dio un grito cerca del cadáver.

Nosotras, las niñas, también gritábamos. De improviso, aparecieron tías más remotas, primas de primas,

súbitamente, en un minuto, como si hubiesen viajado a caballo o en mariposa.

Y vecinos de las más lejanas chacras, y hasta de las chacras de subtierra, vinieron en sus carros fúnebres,

cargados de sandías.

Vi a alguien, rarísimo, adentro del espejo, me fijé bien por si era un reflejo; pero no había nadie que

correspondiera a él.

Mas, al amanecer, los extraños partieron. Todos. Y nos acostamos. Cada uno fue a su lecho. Y dormimos,

algunas horas profundamente.

Y entre nosotros estaba el abuelo, muerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Proyecto Patrimonio— Año 2016

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