marosa di giorgio

 

Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las tazas. Era cuando iban las nubes por las habitaciones, y siempre venía una grulla o un águila a tomar el té con mi madre.

Aquella muchacha escribía poemas enervantes y dulces, con gusto a durazno y a hueso y sangre de ave. Era en los viejos veranos de la casa, o en el otoño con las neblinas y los reyes. A veces llega un druida, un monje de la mitad del bosque y tendía la mano esquelética, y mi madre le daba té y fingía rezar. Aquella muchacha escribía poemas; los colocaba cerca de las hornacinas, de las lámparas.

A veces, entraban las nubes, el viento de abril, y se los llevaba; y allá en el aire ellos resplandecían; entonces, se amontonaban gozosos a leerlos, las mariposas y los santos.

 


Nací y vivo en Salto del Uruguay, una ciudad que queda cerca del agua y de la luna.

Mi infancia está en los campos, los árboles, los demonios, los perros, el rocío; queda en medio del arvejal, y adentro de la casa; a veces, venía a visitarme el arco-iris, serio como un hombre, las larguísimas alas tocando el cielo.

Mi infancia es la luna, patente como una rosa, y el grito de los muertos. Mis libros de poemas se llaman “Poemas”, “Humo”, “Druida”, “Magnolia”. Lo demás, es todavía, hoy y mañana, y no me importa.

 –

 

 

 

     

Al atardecer la muchacha dejaba el alto bosque, y a su paso las achiras con las grandes flores rojas parecidas a sexo de arcángeles demasiado vaporosos y libidinosos. Miraba de soslayo los enormes pétalos y se estremecía; y el camino iba hacia abajo y ella, y desde el aire algún viejo santo caía revoloteando a morírsele en las manos; y así lo apresaba, y eran el último temblor, el golpe de las; y el camino iba hacia abajo y ella loca de miedo a través de toda la heredad, la vieja arboleda, la puerta del antiguo hogar. Entonces llamaba a los criados, les entregaba el muerto para que lo asasen durante media hora, lo aderezasen con alguna hortaliza dulce, alguna cebolla fantástica.

 

(De Magnolia)

 

 

 

Fui desde mi casa, a la casa de los abuelos, desde la chacra de mis padres a la chacra de los abuelos. Era una tarde gris, pero, suave, alegre. Como lo hacían las niñas de entonces, me disfracé para pasar desapercibida, me puse mi máscara de conejo, y así anduve entre los viejos peones y los nuevos peones, saltando crucé el prado y llegué a la antigua casa. Recorrí las habitaciones.

Todos estaban felices. Era el cumpleaños de alguien. Por los cuatro lados habían puesto jarritas de almíbar y postales. En medio de la mesa, una exquisita ave, un muerto delicioso, rodeado de lucecillas. El abuelo que siempre estaba serio, esta vez se sonreía y se reía; y antes de que bajase la tarde, me dijo que fuera con él al jardín, y que iba a mostrarme algo. Ya allá arrojó al aire una moneda; yo la vi rebrillar, al caer se volvió un caramelo, del que, enseguida, salió una vara larga y florida como un gladiolo, a cuya sombra yo me erguí, y que creció aún más, después, y duró por varias semanas.

Yo soy de aquel tiempo,

Los años dulces de la Magia.

 

 

Recuerdo mi casamiento, realizado remotamente; allá en los albores del tiempo.

Mi madre y mis hermanas se iban por los corredores. Y los viejos murciélagos –testigos de las nupcias de mis padres- salieron de entre las telarañas, a fumar, descreídos, sus pipas. Todo el día surgió humo de la casa; pero, no vino nadie; sólo al atardecer empezaron a acudir animalejos e increíbles parientes, de las más profundas chacras; muchos de los cuales sólo conocíamos de nombre; pero, que habían oído la señal; algunos con todo el cuerpo cubierto de vello, no necesitaron vestirse, y, caminaban a trechos en cuatro patas. Traían canastillas de hongos de colores: verdes, rojos, dorados, plateados, de un luminoso amarillo, unos crudos; otros, apenas asados o confitados.

El ceremonial exigía que todas las mujeres se velasen – sólo les asomaban los ojos, y parecían iguales-; y que yo saliera desnuda, allá bajo las extrañas miradas. Después, sobre nuestras cabezas, nuestros platos, empezaron a pasar carnes chisporroteantes y loco vino. Pero, bajo tierra, la banda de tamboriles, de topos ciegos, seguía sordamente.

A la medianoche, fui a la habitación principal.

Antes de subir al coche, me puse el mantón de las mujeres casadas. Los parientes dormían, deliraban. Como no había novio me besé yo misma, mis propias manos.

Y partí hacia el sur.

(De Está en llamas el jardín natal)

  

No sé si sabes que tengo contrato con el dios; ignoro cuándo se hizo eso y si se hizo. Una mañana me desperté siguiéndole; o lo persigo; a ratos, duermo y vuelvo. El viento mueve las altas yerbas, y pasan rarísimos seres, pájaros, que, nadie, prevería, un jefe celta (Ambigato), o la luna como un disco sobre una amapola. Nada me preocupa. Yo voy con él. Y él, con frecuencia –aunque no creo que sea ése su gran propósito-, casa una muchacha y tiene con ella un desenfrenado amor.

Entonces, me oculto, humillada, a llorar. Pero, enseguida reaparezco, y prosigo. Tras de su sombra su viaje inexplicable.

 

 

Hice una máscara. Con vello de mariposa y alitas de gladiolo, y un procedimiento

muy especial. Y ella cobró leve vida.

La puse en una caja de color rosa.

Y, de nombre, Laura, en homenaje al bosque de laureles de donde soy oriunda,

y del aire de oro de cada mañana, allá.

Y, aún bajo un nombre así, ella padece.

Algunos días la llevo sobre el rostro. Los días de la divinidad. Entonces, la gente

me nombra Laura. Y yo voy con el cabello diestramente arreglado, y desnuda,

porque esa cara artificial y verdadera, no admite ningún traje.

La gente clama: Laura está en la confitería. En el liceo. En el río.

…y, ahora, sólo miro la vacía caja donde un día durmió

Laura.

(De Mesa de esmeralda)

 

Al mediodía, las ásperas magnolias y las peras, los topacios con patas y con

los azucenones, claros, rojos, semiabiertos; la casa de siempre, el patio familiar,

parecían el paraíso, por el brillo de las ramas, los racimos, las estrellas en las hojas,

cuyas figuras de cinco picos se reflejaban por los suelos.

Y el bebé con sus plumas. No se sabía si era niño o era niña. El bebé entre

las cremas. Blanco, celeste, color rosa. Si era mujer o era hombre. El bebé

entre sus tules, sus claras y sus yemas, las “coronas de novia”.

El deseo estuvo allí, servido.

Era eso, exactamente.

Tocaron las campanas a rebato. Cuando el asesinato, la violación del bebé;

la decoración, la consunción. Sonaron las campanas a rebato, cuando la visitación

al bebé, y todo lo demás.

Las frutas desaparecieron. La casa quedó gris, chiquitita. Como antes, más

que antes.

Pasó un minuto.

No sé si pasó un día, pasaron años.

Y Dios perdonó. Se sintió el rumor de sus alas bajando por las uvas.

Dios quemó el pecado,

lo borró,

lo quemó,

lo dejó blanco, como nieve, como espuma.

(De La Falena)

 

Es a la siesta. Y en el comedor en penumbras no hay nadie. Y si estuviese alguno sentado no se notaría. Se oye una palabra diaria, pero dicha de un modo  raro, como si una manzana en la frutera estuviera aprendiendo a hablar.

Lo central es el canastillo de claveles. Pero los claveles están fuera del canastillo, tendidos, seis a cada lado. Y parecen rojas cucarachas, tizones, jesucristos.  Esos claveles son los familiares ¿quién lo duda?, abuelos, padres, madres y madrinas. Hay un vuelo y como si buscaran flores entran de golpe, insectos sexuales, gloriosos y temibles. Ansían oídos, ojos, nariz, toda clase de bocas.

Las primas y amigas corren inútilmente a ocultarse abajo de la cama; se enredan en las colchas. Yo, por milagro, hallo las salidas. Corro.

Ingreso en el peral.

Y ya vienen los grandes gritos de lujuria.

Prosigo huyendo de aquí para allá.

Hasta que se pone el sol.

Los árboles están fijos.

Y en la casa

ya ha pasado todo y nada.

(De Misales. Relatos eróticos)

 

 

 

LLEGUÉ corriendo a la casa del Padre. Llegué en puntas de pie a la casa

del Padre. Llevaba una glicina y una sábana; no sé por qué llevaba esas cosas.

La mesa tendida, un mantel exquisito, cucharas, tazas con rositas. No había

nadie, no cruzó ni un ratón.

Dije en voz alta y en voz baja:

-Vine a buscar lo que se quebró; vine a llevar lo que trajiste. Vengo por las

resurrecciones.

Nadie llegó ni contestó.

Aunque había como una música lejana, voces de campanas.

Fui a otro aposento y a otro y otro, y todos con el mismo adorno, y vacíos. Y

llegué a la nada y empecé a bajar los escalones de la nada, no sé cómo, de

regreso; volví a la tierra, sus grietas, sus rosas y sus nardos, las casas de siempre.

Me senté al lado de mamá. Le dije:

-Mamá, aún no comienzan las resurrecciones.

(De Los papeles salvajes II)

 

 

 

Médici Eugenio, Eugenio Médici, te traje de regalo, meninas. Las de

Velásquez y las otras.

Las mirarás con ansia; ponlas donde quieras. En tu mano, mariposas; sobre

la cómoda: con el espejo serán dobles. Ellas, tan bellas, tan extrañas, con vestidín

de plata, las zapatillas con perlas, ojos de vidrio, azul, celeste, mirando un

porvenir ambiguo, fijo. Gemas, yemas sin destino, la eterna inmovilidad. A los

pies de los Reyes, al lado de las dueñas. Son meninas. Existen y no existen. Pero

yo las traje. Para ti; es el regalo.

Y hay por toda la habitación, una cosa nueva, un halcón, una luz violeta, un

halcón que espía, pero no podrá llevárselas.

(De Pasajes de un memorial al abuelo toscano Eugenio Médici)

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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