miguel morey

pequeñas doctrinas de la soledad

 

 

carta a una princesa

 

 

Para María

 

 

Princesa

 

Pronto, muy pronto vais a tomar posesión de vuestro reino. Y qué más quisiera yo que poder contaros los secretos de las tierras y las gentes que habitan ese reino. Deciros, por ejemplo, cuán ásperos, cuán feroces pueden llegar a ser sus inviernos, y qué dulces las mañanas de verano.

Avisaros también de que el sol hay veces que sale a medianoche. Y de que el corazón existe, que uno puede —debe— llegar a estar en paz con él sin necesidad de volverse ciego, sordo y mudo ante todo el peso del mundo.

Quisiera contaros, poder contaros. Pero, en realidad, ¿qué sé yo? Vuestro reino es vuestro tiempo, sólo vuestro. Vais a reinar un tiempo en el que nunca ha reinado nadie. Un tiempo muy difícil, porque es nuevo. Nadie lo ha vivido nunca.

Y, sin embargo, no debéis alarmaros en exceso: más o menos es lo que nos está pasando, lo que nos ha pasado a todos. Incluso ahora, después de tantos años, cada mañana, al despertar, muchos aún repetimos ese gesto de tomar posesión de nuestro tiempo, cambiando en algo sus leyes, redibujando sus fronteras —y nos decimos que en adelante nunca más, o que hoy sí, que finalmente será hoy el día en que sí, que de hoy no pasa—.

En alguna medida, no importa tanto que al final las horas acaben por ordenarse casi como siempre. Es lo malo que tienen las usuras, las inercias, las deudas que acarrean los tiempos que ya están muy usados. Lo que sí importa es que siga vivo el gesto —nos decimos por adentro, casi como alguien que resucita—.

Vamos a vivir el día de hoy vivos, por cuenta propia. Lo que importa tal vez sea abrir los oídos y los ojos, recordando que si el día es nuevo, forzoso es que traiga algo nuevo.

Pero que si eso que trae el nuevo día de hoy es realmente algo nuevo será preciso abrir mucho los ojos y los oídos para llegar a percibir en qué consiste, y de qué se trata. Dónde está la diferencia. Estar atento, ser prudente, no tener miedo.

Quisiera poder contaros pero no sé, no sabría cómo contrarrestar con mi sola voz tantas cosas como se dicen, tantas banalidades como se os han dicho: que vuestro reino tendrá un jardín con césped y piscina, que nunca amanecerá nublado, que no importa el sentir de los que sirven o recogen las basuras, que lo que importa es que el canario cante en su jaula y el perrito no esté triste.

Que vuestra vida —ya sabéis lo que dice la canción: la vida de plástico, es algo fantástico— que vuestra vida debe ser así; que si no, será un fracaso.

 

Bien, yo ya soy mayor y algo entiendo de fracasos, es natural. Cuando era joven, alguien, un tal Jerry Rubin, acuñó una consigna de guerra contra lo que entonces se llamaba el Sistema. Decía simplemente: Do it. 

Eran los tiempos de los yippies,  los herederos políticamente radicalizados de los hippies . Y do it  quería decir actúa,  casi como quien dice: espabila. 

En realidad, actúa  quería decir: oponte activamente a todos los intentos del Sistema por adueñarse de tu experiencia del mundo, piénsalo todo por ti mismo y obra en consecuencia.

Hablar hoy de los hippies provoca siempre sonrisitas indulgentes —fueron apenas una moda, se dice, los niños floridos—. Y sin embargo se olvida que el Sistema se sobrecogió cuando miles y miles de jóvenes en toda la Tierra decidieron abandonar el mundo del consumo. Imaginadlo por un momento: dejaron de consumir, fue algo que se hizo. Hoy es impensable, imposible tal vez, el Sistema conoce el riesgo y ha aprendido bien la lección.

Hoy, ya lo sabéis, la consigna sigue sonando, do it , pero ya sólo quiere decir: compra. 

Y Jerry Rubin es ahora un descerebrado adicto a las vitaminas que afirma que la única manera de combatir contra el Estado es reemplazarlo, como tantos y tantos héroes menores de aquellos tiempos que son ahora los que nos gobiernan. Do it  siendo la misma frase, ha pasado de querer decir obra por ti mismo  a significar obedece.

Ésta es la cosa. Entiendo que el peso del mundo invita a volverse ciego, sordo y mudo. Por doquier llueven los avisos de que éstos son tiempos cada vez más difíciles. Cada día mueren cien mil personas de hambre, sólo de hambre, en este planeta.

Los dineros que los países civilizados gastan en comida  para perros bastarían para salvarlos. Se ha dicho y repetido. Yo de estas cosas no entiendo, sólo soy un hombre de letras.

Puedo entender, sí, que los ricos y los poderosos, los que nos gobiernan, no tengan escrúpulo alguno en destruir tierras y gentes para acrecentar sus lucros. Siempre encontrarán un rincón protegido donde edificar sus lujosos refugios, a salvo. Pero lo que no entiendo es que hayan convertido el lenguaje en un desierto de estupidez y brutalidad. Porque nadie puede escapar al lenguaje: el lenguaje somos todos, y es casi todo lo que somos.

Nadie puede ponerse a salvo del modo como el lenguaje nos dibuja los contornos de todo aquello de lo que podemos tener experiencia. Vivimos según el lenguaje que tenemos a nuestra disposición.

Nuestra vida es sólo tiempo cabalgado por un lenguaje. Por eso es tan terrible que las palabras se nos mueran, que nos las maten, que pertenezcan cada vez más a un enemigo ciego, sordo y mudo ante el peso del mundo —como si fueran un territorio ocupado. Porque cuando las palabras mueren, irremediablemente, los hombres enferman.

No hace mucho asomó en el periódico una noticia que hablaba de una niña que había vivido enteros sus quince años encerrada ante el televisor. Reconocía tan sólo cuatro palabras: up, down, in, out.  ¿Puede que se nos avecine un mundo en el que cuatro palabras como éstas basten?

En todo caso, a menudo parece que ésa sea la intención: que nuestros modos de enseñanza, las maniobras de los poderosos, la inteligencia de los creativos publicitarios, casi toda nuestra palabra pública no tenga otro fin sino promocionar el analfabetismo más desolador, la estupidez y la brutalidad.

Y sin embargo, el oído que tenemos a lo que de poético hay en el lenguaje nos viene avisando desde siempre acerca de lo que allí está en juego. Porque es el lenguaje el que nos abre a la experiencia de tener experiencia, y la poesía no es sino la toma de conciencia de este hecho. Prostituir el oído es delegar por cuenta ajena toda nuestra experiencia del mundo, firmar la más negra esclavitud, lo más parecido a un suicidio.

Algo como esto es lo que sí sé, como hombre de letras. No sé si me explico. Os pondré un solo ejemplo, como un cebo para la imaginación apenas. Hace ya bastantes siglos, un grandísimo poeta japonés, Bashoo, recibió a su discípulo Kikaku, quien le dio a leer un haiku  que acababa de componer. El poema decía así:

 

Libélulas rojas

Quítales las alas

Serán granos de mostaza.

 

El maestro leyó el poema y replicó: «No. De este modo has matado a la

libélula. Di más bien»:

 

Granos de mostaza

Añádeles las alas

Y serán libélulas.

 

Esto es algo que desde hace siglos se ha sabido, aunque hoy parece que haya gran empeño y mucha prisa en olvidarlo. ¿Que qué quiero decir con todo esto? Casi os diría que ni yo mismo lo sé, a ciencia cierta.

Tal vez pretendía tan sólo mostraros el poder de la palabra: deciros que sólo ella nos permite ponernos a salvo de la brutalidad y la estupidez; que sólo gracias a ella podemos encarar el peso del mundo recordando que el corazón existe; que es ella solamente la que nos señala lo que de nuevo trae el nuevo día.

 

Aunque sea algo tan humilde como una carta como ésta lo que llega con el nuevo día, a veces salva. Muy pronto vais a tomar posesión de vuestro reino, ya lo sabéis. Ahí está ya el tapete, y los dados girando. Pronto se os sucederán las malas, las buenas rachas. Empezará vuestro juego, y deberéis ir aprendiendo a jugar, paso a paso, sin desespero ni jactancia.

 

A menudo no será fácil, pero, cuando esto suceda, recordad que, para los hombres, la dignidad del vivir siempre ha consistido en apostar por una experiencia del mundo en la que se acompasen el corazón y la palabra. Os deseo suerte, princesa, mucha mucha suerte.

 

 

 

 

 

Texto incluido en

Pequeñas doctrinas de la soledad

Miguel Morey

Sexto Piso, 2015 (2ª edición)

 

 

 

 

 

Γ


 

 

 

 

Deja un comentario