MISA FINAL CON UNA ROSA

Cuando ella empezó a nacer, él empezó a arder.

Pero, se dijo, mirando a aquella brasa, rosada, encarnada, el soberbio pimpollo ése:

-Esto es un incesto, si soy yo el abuelo y el padre; yo engendré

-dijo exagerando- a este rosal. Lo crié, le di de mamar, le

ofrendo la tierra, el agua, la almendra y la sal.

Y tuvo remordimiento anticipado, hasta hizo la señal de la cruz; clamaba:

-No debo.

Pero la rosa naciente, se redondeaba, latía como un corazón, separó un pétalo, parecía

que lo tentaba; él miraba extasiado, medio ido, prendido al pétalo ardiente, que se

desenvolvía, y ya estrelleaba ahí aliado.

Y el pétalo no se quedaba quieto; toda la rosa pasó de la nieve al oro, al rosado y al grana,

y quedó parada en un fulgurante rosa incendiado; y ahí echó una gota de agua cristalina

desde muy adentro, una cosa íntima, como una menstruación perfumadísima.

Entonces, él no pudo ni esperó más. Sacó lo más arduo de sí, un palo morado, un alcaucil

-porque parecía tener escamas-, muy largo, un grueso y largo espárrago, rojo, ¿verde?,

morado, y con él apuntó fuertemente a ella con todo su ser.

Ante estas circunstancias se hicieron presentes otros individuos: un gato vino; dio un salto

alto y trató de morder a los dos. Pero se fue.

Entonces, llegaron unos lagartos menudos pero con mantoncito; morían enseguida, quedaban

de perfil y con un solo ojo quieto y lúcido mirando lo que había.

Ni frente a esto el dueño del rosal y del mal, se detuvo.

Ya rozó con el duro miembro morado y áspero, las orillas de los pétalos.

La rosa supo que se moría, que era su trance último; a tan poco del nacimiento! Estaba, lo supo,

en la muerte y en el incesto.

Pero, aún así, divisó la delicia.

Dio un aaaaay débil, larguísimo. La tocaron enseguida entonces de nuevo y corrió una electricidad

oscura. Ella atinó a coquetear; aunque sólo era una rosa, pareció ponerse peinetas, mover los ojos;

no hubo tiempo para más nada.

Se le caían todos los pétalos; la zarandeaban como a un ovario, como a una cosa.

Él estaba oscuro.; ella era sólo una rosada rosa.

El resto del mundo ni se veía.

Marosa di Giorgio

Misales. Relatos eróticos – 1a ed.

Buenos Aires – El Cuenco de Plata, 2005