no hay nadie

 


Celebro esta confusión al salir del sueño,

pálida escarcha en el vidrio

cuando el calor interno, todavía,

elabora en mi cabeza un campo discontinuo

de lenguaje en preparación:

minutos antes

del agua fría y de mi entrada

al orden que juntará los fragmentos

en cuanto suene el golpe

de la primera puerta en el edificio,

el grito del teléfono

y la radio anunciando una temperatura

de dos grados bajo cero en la ciudad

y, lo que es peor,

que se ha lanzado una llamada al espacio exterior

y nadie ha respondido todavía.