Los jacarandás no están listos todavía. Acostumbran despertarse en unos meses. Están así, recién saliendo del sopor de los fríos rigurosos, del invierno, de ese dormir tan parecido a la sequedad de la muerte.

Todo lo que se es, restada la existencia del que se ama, una amputación absurda para la que no se inventaron las prótesis. Restada la noción de haber amado y no tener cómo ni dónde ni por qué. Conocer la existencia del no retorno y a la vez seguir detenida ante la nada del futuro. Y van años: no es que no quiera. Estoy enredada en telarañas de pasado que me surcan por kilómetros de mí misma. Poco a poco los presentes se acomodan, y se suman horas de alegría. Sin embargo, el reloj está detenido, mi cuerpo intacto, si ya no puedo.

Hermética, como guardiana cuidándome de mí misma, velando, siempre de vela. No queriendo nada de nadie que me incite a abrir este secreto que no es, si todos saben o no, si es lo mismo el odio y la guerra que el culto a esa pasión. Volcada en nadie, ya sé: volcada en un espejo, en un juego de luces, en algunas líneas que me ataron para siempre, más que un embrujo.

Vuelvo a ser virgen: pero yo amé, supe las luces y las sombras, tanto desafuero del horror que insiste con no concluirse, sería tan fácil si conociera la puerta, si llegara hasta ahí, si tuviera cerradura y yo fuera dueña de la llave. Si al menos prendiera fuego pero no quiero, no puedo, está el cabrito y yo no sé muy bien todavía qué voy a decirle, si no tengo ni qué decirle  del león que me arrancó varias partes sustanciales y me dejó yerrada con su sapiente maldad, si sólo fue eso. Me devoró el alma como un brujo y siguió su camino tan sencillo y yo que no puedo ni maldecirlo ni nada que no sea este horroroso silencio con fecha de retorno.

 

 

9esp

 

 

 

 

 

María Laura Prelooker


 

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