Octavio Paz

Chuang-Tzu

Ediciones Siruela S. A., 1997

3ª edición: octubre de 2000

 

Trazos

Han-Yu

 

exhortación a los cocodrilos

 

 

Han-Yu, prefecto de Chao-Cheu, envía un funcionario con un borrego y un puerco, para que los lance al fondo del río Wou, a manera de ofrenda a los cocodrilos, y les declara lo que sigue:

Cuando en los tiempos antiguos los soberanos fundaron el Imperio, abrieron pasajes a través de  las montañas y por encima de las corrientes de agua. Instalaron redes v trampas para exterminar a las fieras, a los reptiles y a todos los animales nocivos que causaban la desgracia del pueblo. Por este medio los expulsaron del Imperio.

 

Vino el tiempo en que la virtud de los soberanos comenzó a declinar. No pudieron conservar un territorio tan vasto; numerosas regiones fueron abandonadas a los bárbaros. Esto le sucedió con mayor razón a Chao, situada entre las montañas y el mar, a diez mil leguas de la capital. Los cocodrilos vivieron allí escondiéndose en el agua y cuidando a sus crías. Efectivamente, era el lugar apropiado para ellos.

 

Ahora, una nueva dinastía se ha establecido. Posee enteramente al patrimonio imperial y lo gobierna pacíficamente. Chao forma parte de este patrimonio. Es una región administrada por prefectos y subprefectos; proporciona al gobierno aranceles e impuestos para subvenir a los sacrificios al cielo y a la tierra, al templo de los antepasados y a los cien genios.

 

Los cocodrilos no pueden permanecer en este territorio confiado al prefecto. El Hijo del Cielo le ha dado la orden de velar sobre este territorio y de administrar su población. Pero los cocodrilos, con  ojos vigilantes, no quieren quedarse quietos en el fondo de su río; fortalecidos en su retiro, se comen a los hombres, a los animales domésticos, a los osos, a los jabalíes, a los ciervos y a los gamos, para engordar sus cuerpos y criar a su progenitura.

 

Entran así en conflicto con el prefecto, luchando por ver cuál será el más fuerte y se impondrá al otro. Yo, prefecto, por muy débil y sin fuerzas que esté, no puedo consentir en someterme ante los cocodrilos tragándome mi vergüenza, sin atreverme apenas a mirarlos en mi espanto. Portarme así, para conservar por este medio indigno mí existencia, me convertiría en el oprobio de los funcionarios y del pueblo. De cualquier manera, he recibido del Emperador la orden de administrar esta región; en estas circunstancias, me veo obligado a resolver la cuestión con los cocodrilos.

 

Si los cocodrilos tienen una inteligencia, que escuchen lo que les voy a decir: el gran mar se encuentra al sur de Chao-Cheu. Seres grandes y pequeños, desde la ballena hasta el camarón, pueden vivir allí y encontrar su subsistencia. Si por la mañana los cocodrilos se ponen en marcha, habrán llegado allí por la noche.

 

Propongo ahora a los cocodrilos un acuerdo: les doy tres días para que lleven su malvada casta al Sur, hacia el mar, a fin de huir del funcionario enviado por el Emperador. Si tres días son insuficientes  esperaré cinco días. Si cinco días son insuficientes, esperaré siete días. Si dentro de siete días no han partido, es que definitivamente no consienten en irse, no reconocen la autoridad del prefecto y no quieren escuchar y seguir sus órdenes.

 

O bien, esto significa que son estúpidos, sin ninguna inteligencia: por más que el prefecto les hable, no pueden escucharlo ni comprenderlo. Los que desprecian a los funcionarios enviados por el Hijo del Cielo, no obedecen sus órdenes, rehusan partir para abandonar las tierras que él administra, así como aquellos que son estúpidos, sin ninguna inteligencia y nocivos al pueblo y a los seres vivos, deben ser ejecutados.

 

En este caso, voy a escoger entre los funcionarios y el pueblo unos arqueros hábiles, y les daré arcos poderosos y flechas envenenadas, para que se hagan cargo del conflicto con los cocodrilos. Os aseguro que no se detendrán antes de haber exterminado hasta el último cocodrilo; entonces será demasiado tarde para quejarse.