REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

 

PERFIL DE VICENTE ALEIXANDRE

 

DISCURSO LEÍDO EL DiA 15 DE DICIEMBRE DE 1985

EN EL ACTO DE SU RECEPCIÓN PÚBLICA

POR EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR

DON PERE GIMFERRER

 

 

 

SEÑORES ACADÉMICOS:

 

         
   

Me encuentro en el momento más solemne de mi vida de escritor, ante el honor más alto que se me ha dispensado, sin que, ciertamente, hubiera entrado tal posibilidad en mi ánimo hasta que por primera vez supe de la generosa disposición de algunos de vosotros, a la que no tardó en seguir la benevolencia de todos.

 

A todos, pues, debo manifestar ahora mi gratitud, y no sólo porque ello sea una honrosa y noble tradición, sino también porque, en verdad, únicamente vuestro espíritu magnánimo explica mi presencia aquí.

Bien sabemos que toda fortuna humana es obra del acaso.

Un académico de ultramar, profundamente europeo en no poco de su raíz última, y gloria del idioma al que sirve este Cuerpo literario, Jorge Luis Borges, habló de

 

El vago azar ó las precisas leyes

que rigen este sueño, el universo

 

Es una forma displicente y estoica de aludir, con admirable dignidad expresiva, a la condición fortuita (pero al mismo tiempo, en otro sentido, necesaria en un grado que no siempre sabemos percibir) propia de los destinos humanos.

Imposible para mí resulta no pensar que mi acogida en este recinto es uno de aquellos «casos falaces» de Fortuna que cantó Juan de Mena; imposible también, al propio tiempo, sustraerme a la idea de que una lógica alta y oscura rige este aparente azar.

No mis méritos, sino quizá mi destino y en todo caso vuestra liberalidad me han traído a esta Casa.

 

Asisto hoy por primera vez a una Junta, ya sea pública u ordinaria, a diferencia de otros a quienes su calidad de académicos correspondientes o su condición de auditorio culto avecindado en Madrid ha acercado a la Real Academia Española antes de ser electos.

Sin embargo, la Real Academia Española ha constituido una presencia constante en mi vida desde hace años. Rara ha sido la ocasión en que, hallándome en Madrid, no me haya acercado a este edificio.

La augusta proximidad del Prado, la belleza melancólica o risueña a las veces del Retiro, enmarcan aquí un teatro para las figuraciones de la memoria, un proscenio para las voces literarias del pasado. Con frecuencia, antes o después de contemplar Las meninas, este prodigio de transparencia que parece rayar en la pura invisibilidad conceptual, en la ilusión óptica, a un tiempo verdad suprema y engaño a los ojos, o tras recorrer las sombras amadas, con calidad de abaniquería excelsa, que pueblan en el Casón los cuadros de los Madrazo o de Fortuny, a los que tanto debe mi escritura, me tentaba el verde nítido o la suavidad de oro del parque; pero, en ese mi trayecto minucioso y ritual por un ámbito que resume siglos de historia y de belleza, no dejaba yo nunca de detenerme ante la sede de la Real Academia Española.

 

 

 

Recuerdo que, cierta mañana de primavera, acerté a leer por primera vez, en el frontis, las letras que denotan el carácter y destino de la construcción. Súbitamente adquirí entonces cabal conocimiento, conciencia plena del soporte de siglos que, más allá de su existencia arquitectónica actual desde 1894, sustenta el trazado de esta fábrica.

Me pareció verla, fuera del tiempo, en navegación aérea por un espacio inmaterial.

Era la casa de Galdós y la del duque de Rivas, la de Azorín y la de Pío Baroja, la de Jovellanos y la de Donoso Cortés, la de Ors y la de Quintana: la Casa de la Palabra.

Al mismo tiempo que el santuario de casi tres siglos de literatura y de saberes, la Real Academia Española, a la que hoy me habéis dado la singular distinción de acceder, encerraba, desde hace veinte años, un significado más personal e íntimo para mí.

No sólo representaba el centro de una vasta tradición literaria, sino que, de modo mucho más próximo y concreto todavía, era la Corporación a la que semanalmente acudía, y me daba cumplida y frecuente noticia de ello, mi maestro y amigo Vicente Aleixandre, cuya vacante vengo a ocupar ahora, presa de encontrados sentimientos : si su recuerdo tutelar me ampara, también redobla mi responsabilidad; si nada podría resultarme aquí más doloroso que el hecho de que haya sido en cierto modo su desaparición el motivo de mi presencia, tampoco puedo evitar el pensamiento de que el mismo sino o designio que en vida quiso que me fuera deparada su amistad ha querido ahora conferir a la continuidad que lo humano posee en lo perenne de la Academia el emblema antiguo de aquel vínculo.

 

Así, el elogio y semblanza del antecesor que según hermosa costumbre suele hacerse en tales casos vendrá a confundirse con la materia de mi disertación entera.

Permitiréis que, en ella, aspire a rendir homenaje al recuerdo de un poeta y un hombre excepcional, mediante el testimonio que puedo dar sobre su persona y obra, antes que a adentrarme en un examen estilístico de ésta. Intenté tal empresa en su día y acaso vuelva a intentarla en el futuro; pero mal se compadecería ahora con el sentido emotivo y simbólico que en mi ánimo tiene la presente ocasión.

No puedo precisar el tiempo exacto, pero hacia escasas semanas, quizá incluso en rigor escasos días, que había yo hablado por última vez telefónicamente con Vicente Aleixandre, cuando supe de la extrema gravedad de su estado.

Llegado el desenlace, se hizo un gran silencio en mi espíritu; a otra cosa no acerté que a releer algunos poemas suyos, y, al cabo de breves días, a poner en orden, reunidas, las más de las cartas que de él había recibido y que, hasta aquel momento, no había querido ni archivar ni clasificar: eran parte viva de mi existencia diaria, eran parte de mí mismo.

 

Diciembre se adentraba en un frío claro y luminoso, para precipitarse luego en una calma glacial de nieve, insólita en mí ciudad mediterránea, cuando, restituida en la medida de lo posible a su sucesión cronológica la mayor parte de aquella correspondencia, comprendí que no podía, literalmente, hacer otra cosa que leerla.

Con temor al principio, lo confieso: ¿quién no teme al propio pasado, a aquel que ha sido? Mejor o peor, uno ya es distinto, y en la imagen de ayer hallará quizá algo que reprocharse, o bien acaso razones para una añoranza estéril.

Pero la correspondencia de Vicente Aleixandre me eximía de ambas cargas : como sus poemas, como su palabra en vida, resonaba ahora, desde un ayer sellado para siempre, con acentos de indulgencia y de asentimiento. Me reconciliaba conmigo mismo, al igual que el verbo aleixandrino reconcilia al hombre con el mundo y con la conciencia del propio ser.

Así, mi conocimiento de la obra de Vicente Aleixandre anterior a nuestra amistad, mi lectura de los libros últimos que publicó en el curso de aquélla y la presencia, en las cartas, de su ejemplo humano, confluían en una sola efigie total.

 

 

 

        

Verdaderamente, como en el verso con tanta justicia recordado a menudo de Mallarmé, la eternidad, al fin, lo ha cambiado en sí mismo.

El dibujo de una vida, el de una obra, se enlazan y nos muestran la cumplida faz de Vicente Aleixandre.

En la más temprana adolescencia, la poesía tuvo para mí un nombre, precisamente el que había tenido para Vicente Aleixandre en su revelación del propio destino poético: el nombre de Rubén Darío. Quien descubre en Rubén la poesía como algo próximo, no sólo como acervo clásico para el deleite o el saber, sino también como expresión muy cercana a lo que vivimos o soñamos, será siempre fiel a Rubén, y aprenderá a leer a sus clásicos como lee a su Rubén.

 

Mas llega un momento en que, inquieto, el adolescente pide algo más o algo distinto. Un libro, un poema, ¿pueden, como quería Rimbaud, transformar la vida?

Tenemos tal vez quince o dieciséis años; pensamos que tal cosa ha de poder darse. Se transforma, al menos, nuestra propia vida interior: somos otros.

Nadie ha sido más hondamente poeta de lo que puede ser uno en aquellas horas adolescentes en las que la poesía no sólo nos conmueve con su belleza transida de absoluto, sino que además parece dictamos el santo y seña de una insurrección cósmica y moral.

Leyendo —precisamente— a Rimbaud, o leyendo a Lautréamont, todos hemos sido, en lo profundo de nuestro ser, grandes poetas por breves instantes.

La atracción de lo oscuro es simétrica a la atracción de las alturas: la claridad de fray Luis de León o de san Juan de la Cruz halla el otro platillo de su balanza (y el fiel de ella es el instante poético) en las visiones de abismo de Maldoror, en las singladuras alucinantes del barco ebrio.

       

Cúspide y gehena a un tiempo, así se me apareció la poesía, en un horizonte luciferino y reverberador. Era liberadora y era abismal.

Reconocí, en su corrosión de lo visible, las revelaciones de lo invisible. Turbadoramente, tres poetas hispánicos —el Federico García Lorca de Poeta en Nueva York, el J. V. Foix de Les irreals omegues y el Vicente Aleixandre de La destrucción o el amor— me hablaban de lo que uno de ellos, Foix, ha llamado «lo real poético» («el real poétic»).

 

Creo no equivocarme al afirmar que fue La destrucción o el amor el primero de tales libros que llegó a mis manos.

¿Cómo olvidar aquella «tristeza» de «una hoja del otoño, dudosa siempre en último término si presentarse como cuchillo», o aquel «pez espada, cuyo cansancio se atribuye ante todo a la imposibilidad de horadar a la sombra»o aquellas «águilas como abismos»?

 

Venía el libro de tierras australes, que eran entonces tierras de libertad y serían luego tierras de dolor; se aureolaba con el prestigio, propiamente mágico, de una lejanía a la vez geográfica y espiritual.

 

Era un libro de otra parte, de otro territorio del espíritu también. Piénsese que lo leía un muchacho solitario en la Barcelona de los años cincuenta.

No viví yo, por edad, la acción exaltadora que Sombra del Paraíso ejerció sobre los poetas españoles en 1944; me resulta fácil imaginarla mediante analogía con mi silencioso descubrimiento adolescente de La destrucción o el amor.

Una conmoción interna subvertía, casi materialmente, ante los ojos juveniles, el mundo circundante.

Algunos años más tarde —había yo cumplido ya los diecisiete— apareció un nuevo libro del poeta: En un vasto dominio.

Nos hallábamos, recordémoslo, en un momento azaroso e incierto de la poesía española. Recientes aún las desapariciones de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Carles Riba, y recentísima la de Luis Cernuda, en crisis y en descrédito ya la llamada «poesía social», y todavía no publicados algunos de los principales libros de madurez de los poetas surgidos en los años cincuenta, adquiría aquella nueva entrega de Vicente Aleixandre el valor de un símbolo, un punto de referencia y una guía : gradus ad Parnassum.

 

 

 

   

¿Cómo no recordar, precisamente aquí, el poema dedicado en aquel libro a la casa de Lope de Vega, cuya custodia corre a cargo de la Real Academia Española?

Máxime si se tiene en cuenta que dicho poema, tan bello y conmovedor, no era en el volumen, en modo alguno, un caso aislado. Tiempo adentro, el verbo del poeta descubría ahí lo intemporal; en el pasado, la luz de lo permanente.

El cuerpo, el arte, la Historia : encarnaciones de la palabra, y, en ella, de la intemporalidad que denuncia lo esencial. En junio de 1965 se inició mi correspondencia regular con Vicente Aleixandre, que había de prolongarse hasta el verano de 1983.

Sinónimo de amistad para quienes tuvimos la fortuna de ser sus amigos, Vicente Aleixandre fue sumamente generoso, no ya de su tiempo, no ya de su saber y consejo, sino de su energía intelectual y sus reservas afectivas.

En esas no menos de 650 cuartillas manuscritas de puño y letra de Vicente, asisto, admirado, paso a paso, a la proyección e irradiación del poeta sobre la inmadura persona y la obra incipiente de quien, oscuro en aquellos años de mocedad, le escribía, y tal suceso no se limita al simple magisterio literario, ni, en él, a las generalidades principales; por el contrario, concierne también, paternalmente, a las vicisitudes de la vida diaria, en esa áspera edad juvenil en la que exaltaciones, dichas y contratiempos parecen revestidos de una intensidad insoslayable, arrasadora incluso; y, en lo tocante a la escritura, cada poema, cada verso, incluso cada palabra, si a mano venía, eran objeto de atención, de glosa, constituían materia de opinión argumentada.

 

Vicente Aleixandre no vivió una sola vida, sino muchas : la suya propia, y, además, tanto la literaria como la personal de cada uno de sus numerosos amigos y discípulos próximos.

«El poeta es el hombre», dijo Vicente Aleixandre en su discurso de recepción en la Real Academia Española, al tomar posesión del sillón en que me ha tocado el muy excesivo honor de sucederle.

 

Vicente Aleixandre, autor de los poemas, y Vicente, amigo, eran, para quienes con él tratábamos, inseparables como la imagen en el espejo lo es del objeto reflejado. Y, con todo, cada cual —el poeta y el hombre— tenía entidad propia : ¿alguien dirá que son, en realidad de verdad, la misma cosa el reflejo y lo reflejado, lo que está ante el espejo y la imagen que el espejo nos depara?

No desconocía Vicente esta segunda vida paralela, regida por leyes propias, del autor de los textos, del hablante poético; creación del hombre, sí, pero no el hombre mismo en su corriente elocución.

Incluso había, si se me apura, un tercer Vicente : el autor, no ya de los breves billetes o tarjetones, estrictamente comunicativos, sino de las cartas minuciosas y demoradas. El día en que pueda ver la luz ese vastísimo epistolario —del que, con ser extenso, sólo representa una fracción el que obra en mi poder—, llevadas para ello a cabo las necesarias tareas preparatorias y transcurrido el plazo adecuado, saltará a la vista la dimensión literaria del Vicente Aleixandre epistològrafo, probablemente comparable sólo, en la historia de las letras hispánicas, con la de dos de sus admiraciones máximas en este campo: Leandro Fernández de Moratín y Juan Valera.

    

Como en ellos, hallaremos en el Aleixandre epistolar, en bellísima prosa, una lúcida introspección moral y un cuadro de la vida literaria, política y social de la España de su tiempo. Nadie vivió con más pasión, desde el retiro parcial que sus condiciones de salud le imponían, cuanto a su alrededor acontecía; nadie lo habrá retratado más vivida y gráficamente.

Una parte de nuestro existir colectivo se habrá preservado indemne sólo en estas cartas, cuya recopilación y edición conjunta será tarea necesariamente lenta por su naturaleza, pero preciosa para la posteridad.

A la tradición cultural de la que formamos parte debemos el mandato de llevar a cabo esta labor. Del estímulo de Vicente Aleixandre a los escritores más jóvenes y de su fidelidad atenta a los de las generaciones precedentes sabíamos de sobra; pronto aprendimos a agradecer su bondad; mas otras lecciones todavía nos reservaba el trató con él.

La variedad de sus lecturas e intereses y la constancia de su actitud cívica nos proponían, además, un riguroso modelo de intelectual en la mejor tradición clásica.

Lector de Saint-Simon y de Dickens, tan apasionado por la historia como por la novela, por lo ibérico como por lo foráneo, era la negación viviente del encasillamiento y encasquillamiento y encastillamiento en la propia disciplina o del casticismo excluyente y tribal; español ejemplar, ajeno a todo fanatismo, conoció, comprendió y amó la pluralidad de lenguas, culturas y pueblos del país —y nuestro epistolario abarca precisamente años y casos harto sintomáticos al respecto—; humanista pleno, abierto a los más varios requerimientos, vivió, en los últimos tiempos en que su vista le permitió la lectura normal, bajo la sugestión de libros tan reveladoramente dispares como la Crónica de Ramon Muntaner, La muerte de Virgilio de Hermann Broch, la historia universal de Jacques Pirerme o las cartas de Mayáns.

Suya era, en definitiva, la mejor tradición liberal e ilustrada: la de Larra y Galdós, la de Clarin y Maragall.

Con todo, Vicente Aleixandre fue en primer lugar poeta, y poeta que, mientras los problemas oculares no le inhabilitaron para ello, siguió escribiendo con el designio de servir a una obra que se expandía desde un núcleo central o discurría en una trayectoria; una obra a cuya evolución armoniosa acompasó con tenacidad toda una vida de escritor. 

 

Años llevábamos leyéndolo, años admirándolo, y, sin embargo, sus dos libros finales, Poemas de la consumación, en 1968, y Diálogos del conocimiento, en 1974, tuvieron la desacostumbrada virtud de sorprendemos a todos.

Recuerdo la mañana soleada y clara de diciembre en la que Vicente, ante el jardín de su casa de Velintonia, me entregó el ejemplar dedicado de la primera edición de Poemas de la consumación que hoy honra mí biblioteca.

Se celebraban por entonces los setenta años del poeta; la hora parecía adecuada para recapitulaciones, para el reconocimiento al conjunto de un cabal devenir; pero no todos esperaban hallarse ante una nueva etapa del escritor. La mayoría de aquellos textos eran sucintos, concisos; la palabra, que en el pasado se había desplegado vastamente, adquiría aquí una concentración esencial, hermética incluso a veces a primera vista, mas no con el hermetismo de lo superreal, sino con el de lo inefable.

 

 

    

El lenguaje poético, en su tensión última, gravitaba al borde mismo de lo que escapa a la expresión, al borde mismo del sustrato final de nuestra conciencia.

La rotunda y diamantina belleza evocaba a Góngora o Quevedo; mas el trasfondo indagatorio se situaba en la región de los grandes místicos, de las primigenias esquirlas de pensamiento presocràtico o del riguroso itinerario de un Heidegger hacia el fundamento óntico de la palabra humana.

Con más sobrecogida intensidad todavía, el poso último de la dicción aleixandrina apareció sedimentado, desde una soberana serenidad, en sus Diálogos del conocimiento. Pudieron haber creído algunos que Poemas de la consumación era una despedida del poeta; Diálogos del conocimiento venía a probar que quizá la autobiografía lírica de Aleixandre como personaje de sus propios poemas había en efecto concluido, pero que en cambio podía abrirse una zona nueva, en la que la voz poética, multiplicada en coralidad, se mostraba revestida de la cargazón de sentido pleno y hondo que le daba medio siglo de actividad literaria.

 

 

Con dos libros, pues, complementarios por diversos, e igualmente granados, se cerró la poesía publicada en vida por Vicente Aleixandre; son estos dos libros la cima de su vasta obra, y rara vez han sido igualados en la historia de la poesía en lengua castellana.

Nos queda, tras ellos, no ya únicamente la incógnita dolorosa respecto a la poesía que, en normal estado de salud física, hubiera podido producir Vicente Aleixandre en sus últimos diez años de vida, sino, incluso, la incertidumbre respecto a la parte de su poesía anterior que no ha visto la luz : en la dolorosa ocasión de la muerte del poeta, pudo Carlos Bousoño rescatar un «diálogo del conocimiento» inédito y admirable —con ser quizá borrador no enteramente corregido— que se titula al modo quevedesco «Miré los muros»; no será, presumiblemente, el único.

Me cuesta creer, por ejemplo, que, pese a que al fin resolviera no darle cabida en el volumen, uno de los diálogos en que puso más amor, ilusión y trabajo Aleixandre, el que fabulaba el encuentro de una aristócrata y un joven revolucionario en un jardín señorial de Rusia, no exista en algún estadio de redacción entre la numerosa cantidad de poemas inéditos pendientes de ser ordenados y publicados.

 

Pasar en limpio, agrupar, seleccionar en lo que proceda y editar este sector ignoto de la poesía aleixandrina será, ciertamente, tarea esencial, no porque deba acrecentar la estatura del poeta, que no precisa de estos o de otros aditamentos, sino porque añadirá al patrimonio común unos textos de valor capital.

 

Dejadme agregar además otra observación. Os he hablado, hace unos minutos, del poema que Aleixandre dedicó a la casa de Lope de Vega en su libro En un vasto dominio. 

Poema admirable, que reviví en mi primera visita a aquella casa, en fecha muy reciente : a fines del pasado mes de mayo, tras mi elección, puesto que, en otros viajes, la dispersión de los asuntos pendientes, cuando no el cierre por obras del museo lopesco, había dificultado una peregrinación demasiadas veces aplazada.

De regreso, ya en Barcelona, y no antes, quise releer el poema. Posee aquella relampagueante luz imperiosa, de romanticismo trascendido o trascendentalizado hasta las riberas de lo metafísico —casi la versión óptima de un romanticismo que España pudo tener pero al fin y al cabo no tuvo—, en la que, exceptuando algunas zonas de Luis Cernuda, ningún poeta contemporáneo en castellano se ha adentrado tan resuelta y vigorosamente como Aleixandre.

 

 

¿Creeréis, empero, que sólo en esta lectura recentísima caí en la cuenta de una errata manifiesta que tal vez sin ni aun advertirlo había subsanado mentalmente hasta entonces? En efecto: el poema se abre con una invocación al dintel, del que se supone que habla con su mero existir material, esto es, en palabras del poeta,

 

con su dicción antigua,

granito perdurable,

sonando, profiriendo

 

 

Digo bien: «profiriendo», digo; mas es «prefiriendo» lo que, sorprendentemente, se lee en la primera edición individual del libro en 1962, en la segunda edición de 1977 —que es reproducción fotográfica de aquélla—, en las Obras completas de 1968, en la antología Presencias de 1965 y también en la tercera edición de Mis poemas mejores de 1968, y acabo de citar cinco ediciones de las que Aleixandre pudo, sin embargo, corregir pruebas.

De la errata, con todo, no cabe duda alguna, y Carlos Bousoño, poseedor de no pocos manuscritos, la había comentado además con Vicente. Mas bastará quizá con este indicio para que se eche de ver que a otra tarea urgente nos conmina la memoria de nuestro gran poeta: a la edición crítica, teniendo a la vista aquellos manuscritos y las eventuales variantes de las diversas ediciones, de la obra toda de Vicente Aleixandre, depurada de erratas, asentada en su rigurosa y firme plenitud textual; una tarea, en suma, análoga a la llevada a cabo, con rigor ejemplar, por mi querido maestro José Manuel Blecua respecto a la poesía de Fernando de Herrera o de Quevedo, o respecto al texto de Cántico de Jorge Guillen en su redacción de 1936.

 

No se trata, pues, solamente de sacar a la luz al Aleixandre inédito, sino también, si se me permite la expresión, de repristinar al édito.

Que la posteridad no nos pueda echar en cara, en lo tocante al legado literario de Aleixandre, esa indolencia, ese descuido textual, propio de pueblos bárbaros, que ha llegado a veces a demorar durante siglos la correcta lección de algunos de nuestros grandes clásicos.

Pensemos ahora en el hombre tangible; en aquel «hombre de carne y hueso» a quien Unamuno, desde las primeras líneas, sitúa, en Del sentimiento trágico de la vida, en el  centro de toda actividad filosófica; en este mismo ser humano, en suma, a quien plasmaba, con acentos dignos de Lucrecio, Vicente Aleixandre en su obra entera, y de modo particular en la primera parte de En un vasto dominio.

 

Acerquémonos, pues, al hombre Vicente Aleixandre. A pocos debo tanto; con pocos, a lo largo de casi veinte años, ha sido el trato tan asiduo y fecundo; y, sin embargo, ¿habré llegado a verle cara a cara diez veces en mi vida? Mucho dice de la capacidad de comunicación de Aleixandre, y más aún de su profunda autoridad moral, el hecho de que un comercio principalmente epistolar enriquezca en tal manera a quien se reconoce discípulo del poeta.

Mi caso, por lo demás, está lejos de ser el único. ¿Qué no deberá la literatura española a Vicente Aleixandre por esta labor tenaz, por esta entrega sin desfallecimiento? Para muchos fue, durante décadas, la encarnación viva de la dignidad del hombre en la palabra.

Recordar algo de las primeras y de las últimas veces que vi a Vicente Aleixandre acaso ilumine, no su perfil, que en nada lo requiere de mí o de nadie, y de mí tal vez menos que de nadie, sino el escorzo o perspectiva que, a los ojos de un amigo que sólo lo veía de tarde en tarde, mostraba este perfil.

Entre mis primeras y mis últimas visitas a Vicente Aleixandre, por lo demás, el escenario permaneció inalterado, y lo fundamental del trato en nada varió; pero separa tales encuentros la distancia que media, por una parte, entre un hombre aún en la plenitud de su edad y un hombre luego golpeado ya por la dolencia, y, por otra parte, entre un muchacho apenas salido de la adolescencia y un hombre joven todavía, pero que se encamina hacia los cuarenta años.

 

Veintiuno tenia yo solamente cuando llamé por primera vez, traspuesta la verja en el cristal nítido de la tarde callada y verde, al número 3 de la calle de Velintonia.

Me hallaba en Madrid en im viaje imprevisto, a causa de la recompensa otorgada a mi libro Arde el mar por un Jurado del que me complace ahora recordar que formaban parte cuatro escritores que hoy figuran en el anuario de la Real Academia Española: el que había de ser electo Miguel Mihura, el por entonces recién elegido correspondiente Alfonso Canales, el ya entonces académico de número Luis Rosales y el hoy también académico de número José López Rubio.

 

Aquel Jurado de 1966 es, pues, en 1985, lugar de encuentro con cuatro colegas, tres de ellos felizmente -en plena actividad hoy, cuya contribución a las letras hispanas sería por demás superfluo proponerme glosar aquí y ahora.

 

Volveré, pues, hecha mención de tan venturosa particularidad, a mí viaje de antaño.

El llegar a conocer a Vicente Aleixandre personalmente no encerraba en rigor ninguna posibilidad de sorpresa : llevábamos año y medio de correspondencia asidua, sabíamos incluso del timbre de nuestras voces al teléfono.

Entré en Velintonia como quien entra en un paraje conocido; desde su estatura y el chispear de pedernal claro y firme de su pupila azul me recibió Vicente.

¿Tenía, o sólo me pareció vérselo, un notable parecido con Góngora, del mismo modo que, al correr los años, se me antojó que iba recordándome a Jorge Guillén?

Todos los poetas, al cabo, tal vez sean el mismo poeta. El recinto, con todo, era mágico : pronto supe dónde solía sentarse Federico García Lorca, y dónde Luis Cernuda, y dónde Pablo Neruda. La voz de Vicente, expresiva, tan pronto salmodiaba recuerdos como se volvía enérgicamente hacia el acontecer actual: inigualable amigo de sus amigos, en la conversación tenía un lugar para todos.

 

    

Por todos preguntaba; de todos hablaba; por todos vivía y en todos se reconocía.

Supe pronto cuán verdad era, y no fórmula de retórico recibo, aquel título suyo : «El poeta canta por todos». (Curioso que nadie haya acertado a relacionarlo con aquella afirmación enigmática de Ducasse, cuando quiso dejar de llamarse Lautréamont: «La poesía debe ser hecha por todos. No por uno».

Está fuera de duda que Vicente, lector de Lautréamont y fascinado por su misterio, conoció este texto y reflexionó acerca de su posible sentido, pues lo que en él se enuncia es ni más ni menos que una de las claves de bóveda de la lírica moderna, a la que, cada uno a su modo, todos los poetas procuramos ajustar la modulación de la propia voz.)

Rápidamente, aquel primer día, me familiaricé con la biblioteca: supe el rincón de Stendhal, el de Balzac, el de las primeras ediciones de Foix.

Casualmente, habíale llegado aquella misma mañana a Vicente por correo un documento clandestino : se trataba de un poema político en catalán, impreso y difundido por su autor, de no mucho vuelo literario por cierto.

 

       

No se le ocultaba a Vicente este último y notable detalle; pero, ante la luz acristalada que se abría al jardín, me pidió que le leyera aquel texto en voz alta, y no por otra razón que por oír hablar en catalán.

Nótese que por aquel entonces yo no había escrito sino en castellano. Le leí, pues, a Vicente lo mejor que supe el poema: de mi catalán, si no se me pide otra cosa que fonética barcelonesa, podía y puedo responder; no, en cambio, según sin duda se echa de ver ahora mismo, de mis facultades declamatorias, y menos aún en escrito que no podía tener mi adhesión literaria.

Pero, en la paz de verdores transverberados de Velintonia, las palabras de una lengua de siglos sonaron, graves y nobles, como una campana que nos recordase que somos tan sólo efímeros depositarios de una tradición común, cristalizaciones o corporeidades momentáneas de la expresión verbal del hombre.

Al año siguiente, y por la misma época —al filo del mes desnudo y puro de diciembre, disperso en tajos y trazos de claridad por las arboledas del Parque Metropolitano—, viajé de nuevo a Madrid, esta vez en calidad de jurado del premio por mí obtenido en la convocatoria anterior, y de consuno con dos académicos catalanes: el recientemente desaparecido Guillermo Díaz-Plaja, de trato tan ameno y curiosidades tan diversas, que había saludado generosamente como crítico mi poesía, y mi querido, y admirado, maestro y amigo y hoy felizmente colega Martín de Riquer, de quien nunca he tenido la buena fortuna de ser propiamente alumno, pero de quien no puedo dejar de considerarme discípulo, por lo mucho que de él he tratado de aprender en la lectura y en la conversación.

A un tiempo de Barcelona y de Madrid hablé aquel día con Vicente; por igual le interesaban los estudios, la lectura, la escritura, las amistades, la vida sentimental o las aspiraciones profesionales de cuantos a él acudíamos; para cada caso de la vida cotidiana, como para cada línea de cada poema, tenía una opinión atinada, un consejo oportuno. 

Prueba suprema de benevolencia : incluso en las no escasas y no fútiles ocasiones en las que no nos ateníamos a su parecer, hallaba, en una finta de abnegada elegancia, el modo de elogiar aquella decisión nuestra, de aquilatarla, de descubrirle excelencias ocultas, casi como diciendo implícitamente que valía tanto como la que él nos sugirió; y, aceptada sin reservas, trataba de situarse en nuestro propio punto de vista, para orientarnos, precisamente desde él, de modo que las consecuencias de aquella decisión —que no tardábamos en olvidar que él no había compartido inicialmente— fuesen para nosotros las más favorables que las circunstancias permitiesen.

 

     

Así era Vicente en 1966, en 1967: así el Vicente irrepetible de los años en que la salud le asistía, aquella «mala salud de hierro» acerca de la que él mismo ironizaba a veces, y que no era sino voluntad, realmente férrea, de sustraerse a la semiconvalecencia perpetua que le imponían las secuelas del grave quebranto físico que sufriera en su juventud.

Así el Vicente que podríamos llamar intemporal, instalado en la fragilidad, paseando por el jardín envuelto en su capa española o tumbado por las tardes en un diván de reposo: una imagen que, por derecho propio, pertenece a la galería de mitos literarios de nuestro tiempo tan legítimamente como la del asmático Proust emborronando cuartillas en una habitación ínsonorizada.

Eso sí: Vicente nos mira, sonríe, hace ademán de saludarnos con la mano, Vicente nos habla, Vicente nos acompaña hasta la puerta, Vicente nos despide, nos ve alejamos desde el umbral, por el jardín, por la calleja quieta, bajo el cielo oscurecido y mate con una luz de perla gris.

La bondad de Vicente no nos deja.

Pasaron diez años. Llevaba yo algún tiempo sin hacer a Madrid sino viajes rápidos y espaciados, en los que no siempre tenía oportunidad de acercarme a saludar a Vicente. Había llegado, empero, a verlo no mucho antes de que obtuviera el premio Nobel : era aún el mismo Vicente, sin más novedad que una moderada prudencia financiera, en aquellos tiempos ya difíciles para un rentista, que le llevó a hablarme por primera y única vez de la posibilidad de desprenderse algún día de su casa de Velintonia.

No hubo, afortunadamente, necesidad alguna de recurrir a tal expediente cautelar una vez obtenido el premio, y, para bien de todos, espero y deseo que la casa de Vicente se mantenga siempre, como en vida del poeta y como ahora mismo, a titulo de perpetuado monumento incólume a un gran escritor y a su generación, del mismo modo que el carmen granadino de Manuel de Falla, para instrucción, ejemplo y goce de las generaciones futuras.

   

 

Hago, por si algún día llegase a ser necesario, público llamamiento desde aquí en tal sentido a todos los amigos de Vicente y de la literatura y a las instancias públicas y privadas pertinentes para que así sea : es una responsabilidad que hemos contraído, es algo que a nosotros mismos nos debemos.

La adjudicación del Nobel coincidió, preciso es decirlo, con el inicio de un grave declive físico de Vicente. 1977 es el último año en que nuestra correspondencia mantiene el ritmo frecuente que la caracterizó desde sus inicios; a partir de entonces, las cartas se hacen más esporádicas, para faltar del todo después del verano de 1983, suplidas sólo por la comunicación telefónica, necesariamente menos demorada.

Así, cuando en junio de 1978 acudí con mi esposa María Rosa —a quien conoció aquel día— a visitar a Vicente, el escritor llevaba varios meses enfermo. Un querido poeta y amigo común, Jaime Gil de Biedma, me había contado que salió de visitarle en Velintonia con lágrimas en los ojos.

Era, en efecto, una novedad dolorosa la que me aguardaba en aquella calle familiar : un Vicente Aleixandre físicamente estigmatizado por la enfermedad y moralmente cercado por aquella súbita traición que el cuerpo había hecho a una mente intacta, alerta, creadora siempre.

 

   

Nos contó sus largas horas de inmovilidad, en las que le era imposible tanto leer como abstraerse del sufrimiento y se repetía a sí mismo una consigna interior para mantener el ánimo en pie: «Yo soy el dolor». Sí: se reconocía ser —¿y cuándo más altamente poeta que entonces?— porque identificaba su existencia con la del propio padecimiento.

 

El jardín despedía sus luces calladas; enmudecía el cielo en agua de resplandor; casi sin decir nada, de pie en el vestíbulo, abrazamos a Vicente. «Yo soy el dolor» : ¿no hace pensar eso, al fin y al cabo, en aquella exclamación, de tan noble abolengo clásico en castellano, que oímos a don Quijote : «Yo sé quién soy»? ¿No es, en suma, una forma de expresar lo admirablemente enunciado por Spinoza cuando afirma que el esfuerzo de cada cosa por perseveraren su ser constituye la esencia actual de dicha cosa?

¿Es otro, acaso, el sentido de la poesía toda de Vicente Aleixandre? ¿No la resumen estas cuatro palabras dramáticas y esenciales?

Aguzado por la adversidad, el verbo de Aleixandre era ejemplarmente fiel a su sentido más profundo.

Mi última visita, en abril de 1982, en el verde claro de luz palaciega de la primavera madrileña, me permitió, por fortuna, recobrar la imagen íntegra de un Aleixandre nuevamente restituido a cierta sanidad.

Habíamos acudido María Rosa y yo a visitar al poeta en compañía de Octavio Paz —por primera y última vez tuve la dicha de ver juntos aquel día a mis dos maestros y amigos— y, en atención al visitante, evocaba Vicente, con precisión extrema, recuerdos de conocidos de México, de «Contemporáneos», de cierta reseña de la poesía aleixandrina inicial aparecida antes ahí que en España.

Entre tanto, había llegado Jaime Salinas a Velintonia, y se incorporó a la conversación.

Habló Vicente de escritores españoles : narró la visita a don Pío Baroja agonizante que ha recordado conmovedoramente en Los encuentros.

Pasó luego a Azorín, y fue ocasión para vivir uno de los momentos más emotivos que de mi trato con Vicente Aleixandre me han quedado en la memoria.

Súbitamente, Vicente adquirió aquel brío apasionado y juvenil, aquel nervio y fuego y ansiedad tensa y vigilante, de narrador vivacísimo, de decidor de maravillas, que subyugaban a cuantos escuchábamos sus relatos.

 

 

 

Vicente no tenía ya ochenta y cuatro años, Vicente no había estado enfermo nunca : Vicente era la voz sin edad que, desde las páginas de En un vasto dominio, refiere las cabalgadas juveniles de Espronceda.

La estancia de Velintonia se convirtió, por el ensalmo de la voz de Vicente, en el escenario de la memoria.

Vivimos, con otros detalles, un episodio esbozado en Los encuentros. Había una figura, miniada en el recuerdo, fragilísima : Azorín. Y estaban Vicente y Azorín conversando cuando salía en la plática a colación don Juan Valera.

Justamente de don Juan Valera guardaba Azorín cierta carta, que quería enseñarle a Vicente. Preciso era ir a buscarla; Vicente debía aguardar unos breves instantes. Azorín se alejaba, andando casi de puntillas, más remoto y tenue cada vez, ya al filo de la Historia, quintaesencia de si mismo.

Regresaba luego, siempre con aquel porte afinado hasta las lindes de la inmaterialidad.

Todo era límpido y desnudo como una página de prosa de Azorín.

 

La mano de Azorín, casi transparente de puro adelgazada y marfileña, sostenía en alto la carta autógrafa de don Juan Valera.

Pero Vicente no acertaba a poner atención en la escritura: más le fascinaba la mano de Azorín al suspender en el aire aquellos caracteres antiguos. Y, de pronto, yo sentí ante Vicente la misma clase de emoción que él sintió ante Azorín: no conseguía Vicente fijarse en la carta de Valera porque más le importaba que fuese Azorín quien se la estaba mostrando; no podía yo atender al recuerdo de Azorín antes que al hecho de que fuera Vicente quien lo evocaba.

 

Para un compatriota muchísimo más joven, para el hijo de un amigo poeta muerto en el exilio y para un poeta mayor de allende el océano, Vicente trasmitía así, con el recuerdo de Valera y el de Azorín, el suyo propio. Formábamos parte de una tradición única: varía, sí, pero a todos común, en la devanadera de la palabra.

 

Como la Real Academia Española, el testimonio de Vicente nos remitía al pasado que nos había elegido por herederos —pues la literatura nos elige, y no nosotros a ella, aunque no siempre sepamos ser dignos de la elección— y nos recordaba así el arduo deber que a sus servidores impone la palabra escrita.

No es sólo ante nuestros contemporáneos ante quienes debemos responder, ni tampoco ante una descarnada e ingrávida abstracción de posteridad, no: se nos juzgará según la medida en que hayamos tenido en cuenta que sucedemos ineluctablemente a Valera, a Azorín, a Vicente Aleixandre.

 

 

El pasado de la literatura es nuestra posteridad: el juez más estricto, y el más justo también. Habló Vicente del viejo en un poema, y lo comparó a Moisés. El viejo, en la intención de Vicente, era cualquier hombre: él mismo.

Abría Moisés el paso hacía un territorio futuro, hacía «lo que verán los otros», y cumplía así su destino en el arenal sediento, vislumbraba el último sentido de su existencia. Pues no hay, no puede haber, en el ministerio de la palabra, solución de continuidad.

Con motivo de la muerte de Juan Ramón Jiménez escribió Vicente Aleixandre: «Un eslabón acaba de quebrarse, diríamos. Pero no: el eslabón está ahí; lo que se ha roto es la mano perecedera, la carne que lo forjó».

Y, además, añadía: «La desaparición de un poeta cumplido está llena de armonía y parece tan solemne, necesaria y fecunda como la diaria puesta del sol».

Con efecto : a Morsamor sucede Doña Inés, a Doña Inés sucede Diálogos del conocimiento. La literatura se sucede a sí misma. No sólo yo, sino todos nosotros —pues, recordémoslo, «el poeta canta por todos»— sucedemos hoy a Vicente Aleixandre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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