apuntes de una personalidad indescifrable

 

 

 

El 29 de noviembre de 1935 in­gresó en el Hospital de Sao Luis dos Franceses el oficinista Fernando An­tonio Nogueira Pessoa, en principio aquejado de un cólico hepático que posiblemente fuera en realidad una colangitis de carácter agudo causada por un cálculo biliar. Murió al día si­guiente, debido a complicaciones que con toda seguridad se relacionaron con el ingente consumo de alcohol en el que había incurrido a lo largo de su vida. Tenía 47 años, y dicen que en el momento de exhalar el suspiro defini­tivo pidió sus gafas, acaso para poder contemplar mejor el final de sus pro­pios días. El último verso que escribió estaba en inglés y rezaba: «I know not what tomorrow will bring».

 

 

 

El primer poema que se conserva de Pessoa data del momento en que su madre le planteó la elección en­tre quedarse en Lisboa con sus tías o acompañarla a ella a Durban, en Sudáfrica, a donde se disponía a viajar junto a su segundo marido. La res­puesta del pequeño, que contaba siete años, fueron cuatro versos titulados «A mi querida mamita» y que, tradu­cidos al castellano, venían a decir:

Oh tierras de Portugal, oh tierras donde nací, por mucho que yo las quiera mucho más te quiero a ti.

   
 

 

Fue el mejor modo que encontró un jovencísimo Pessoa de certificar que prefería la compañía de su ma­dre antes que la fidelidad a la ciudad a cuya idiosincrasia terminaría aso­ciando su vida entera.

 

Quizás sea muy aventurado asegurar que aquel temprano desplazamiento de Pessoa a otro continente iba a resultar crucial para la consolidación de una persona­lidad irresistible por la manera en que supo camuflar la fuerza del talento ba­jo la perenne máscara de una perso­nalidad irritante de tan anodina. Evi­dentemente, la dilatada estancia en Sudáfrica permitió a Pessoa dominar proverbialmente un idioma, el inglés, que se convertiría en una primor­dial fuente de influencias literarias y le ofrecería tal cobijo que incluso la utilizaría a la hora de pronunciar sus últimas palabras.

 

Nunca sabremos si esas influencias y esas inquietudes habrían llegado de haber decidido el niño Pessoa permanecer en Lisboa, ni si esta ciudad le habría proporcio­nado otras herramientas o caminos desde los que comenzar a forjar la es­tructura de su propio mito.

 

Nacido el 13 de junio de 1888 en una habitación del cuarto izquierda del 4 del Largo de Sao Carlos, frente al edificio de la Ópe­ra, hijo de Joaquim de Seabra Pessoa, funcionario público del Ministerio de Justicia y crítico musical del Diário de Noticias, y María Magdalena Pinheiro Nogueira, el niño Pessoa tuvo que aprender a convivir con una abuela cuyas facultades mentales no estaban todo lo sanas que debieran, la luego legendaria Dionisia de Seabra, y dos criadas ancianas que completaban el retablo de aquella familia acomodada y residente en uno de los distritos más pujantes de la Lisboa finisecular.

 

Su infancia conocería pronto las amar­guras que siempre acarrea el destino cuando no quiere atenerse a los códi­gos preestablecidos. El 24 de julio de 1893, cuando Pessoa contaba sólo cin­co primaveras, el Diário de Noticias se ocupó de informar acerca de la muer­te de su padre, a los 43 años de edad, como consecuencia de una tubercu­losis. Al año siguiente, antes de que viuda e hijo hubiesen tenido tiempo para digerir cabalmente tan nefasta eventualidad, aquella casa aún se vio obligada a conocer un nuevo infortunio: Jorge de Seabra, el hermano me¬nor de Pessoa—casi un bebé, dado que apenas había podido superar su primer año de vida— también se despidió prematuramente de este mundo.

María Magdalena Pinheiro, que de pronto se encontró sola y al cuidado de un único hijo, tuvo que subastar parte de los muebles, y a ese primer cataclismo sucedió la mudanza a una casa menos lujosa, más acondicionada a las nuevas circunstancias, que encontraron en el tercer piso del 104 de la calle de Sao Margal. Fue esa época, esos largos meses de angustias y desvalimientos, la que acostumbró a Pessoa a la pertinaz y ambivalente compañía de la soledad, que a la postre le condujo a echar mano de sus propios recursos para solventarla en la medida en que se lo permitiesen sus posibilidades, sin sospechar que lo que se estaba abriendo no era tanto una vía para el consuelo como una puerta de salida hacia el futuro.

 

Pero nada de eso podía sospechar aquel niño taciturno y obligadamente forjado en la adversidad cuando tuvo la ocurrencia de inventarse a un personaje imaginario al que llamó Chevalier de Pas, que contaba su misma edad y con el que comenzó a cartearse con escrupulosa puntualidad para intercambiar cuitas y añoranzas en un idioma, el francés, en el que seguramente se había iniciado a instancias de su madre. «La tendencia a crear a su alrededor otro mundo, con otras gentes», se preguntaba Robert Bréchon en su trabajo Extraño extran­jero, «¿es el efecto del sentimiento alegre de un desbordamiento existencial que debe ser frenado o la con­secuencia del choque afectivo que, al privarlo de amor, genera en el poeta una carencia existencial que deberá colmar?».

 

Quizá sea más asumible la segunda opción, ya que pocas alegrías debieron de darse en un tiempo en el que, tras estrenar orfandad y ver có­mo su hermano también dejaba de existir, tuvo que acostumbrarse a las penumbras de su nuevo hogar y a las alteraciones en un contexto familiar que se encontraba en un proceso de constante mutación.

 

 

        

Porque la madre de Pessoa, pese a todo, supo reponerse a tiempo del brutal varapalo que acababa de infrin­girle la vida. En 1895 contrajo matri­monio por poderes en segundas nup­cias con el comandante Joáo Miguel Rosa, cónsul de Portugal en Durban, a quien, al parecer, había conocido el año anterior. El aislamiento padecido
a partir de entonces vino a suceder al que sin duda tuvo que darse, pues, en los meses en que empezó a asumir su condición de huérfano mientras su madre empezaba a tratar con el que sería su nuevo esposo.

Como escribe Bréchon, «a los seis años ya está in­merso en un proceso que lo llevará del lado infantil de la vida, el materno, al lado abrupto y helado que jamás vol­verá a iluminar el sol». Pessoa acabó embarcándose junto a su madre, su padrastro, los tres hijos de éste y un tío abuelo llamado Manuel Gualdino da Cunha en el Funchal, de pabellón portugués. El arribo a Durban marcó el inicio de una etapa singular y deci­siva en la biografía de Pessoa, que cur­só los estudios de educación primaria en la escuela de las monjas irlandesas de la West Street, donde recibió su primera comunión y concluyó en tres años el equivalente a cinco cursos. En la Durban High School, en cuyas filas ingresó en 1899, permaneció otro trienio en el que se convirtió en uno de los primeros alumnos de su promoción. Allí creó al que fue su se­gundo heterónimo, un tal Alexander Search con el que, igual que antes ocu­rriera con Chevalier De Pas, acostum­braba a cartearse para intercambiar las confidencias que no se sentía mo­tivado a transferir a sus compañeros de aula.

En 1901, Pessoa aprobó con distinción su primer examen de la Ca­pe School High Examination y perge­ñó sus primeros versos en inglés. Fue en ese mismo año cuando la desgracia se cebó de nuevo con la familia, esta vez mediante el fallecimiento de Henriqueta, hermana de Pessoa y fruto de la unión entre su madre y su padras­tro, con sólo dos años de edad. Poco después tuvo lugar el primer regreso a Lisboa, aprovechando las vacaciones y en un buque, el Konig, en el que via­jó toda la familia, incluida la hermana muerta, cuyo cadáver hizo el pe ripio en las bodegas para recibir sepultura en tierras portuguesas.

Los primeros días en el país natal transcurrieron en Pedrous, aunque no tardaron en tras­ladarse a Lisboa para instalarse de manera efímera en el piso 3o izquier­da del 109 de la Avenida de D. Carlos I. La capital acogió, así, el nacimiento de Joáo Maria, cuarto hijo de Maria Magdalena Pinheiro y Joáo Miguel Rosa, y este alumbramiento motivó dos nuevos viajes a Isla Terceira y Ta- vira, con el fin de visitar a las familias de cada una de las dos mitades del ma­trimonio. Del impacto que todo aquel trajín, en el que destacaba sobre cual­quier otra cosa el temprano falleci­miento de su hermana —un episodio muy similar al que años atrás había tenido como protagonista al peque­ño Jorge, pero en un momento en el que el futuro poeta se encontraba en un momento vital en el que disponía de las herramientas necesarias para adquirir plena noción de la tragedia- causó en el Pessoa adolescente dan fe los versos de «Cuando ella pasa», un poema escrito en aquellas fechas y cuya segunda estrofa refleja sus zo­zobras más íntimas con una claridad diáfana:

 

Sobre mí, la aflicción ha arrojado su velo: una criatura menos en este mundo y un ángel más en el cielo.

 

 

 

 

Acaso porque, en la lejana Sudáfrica, Lisboa se había convertido en una especie de Itaca —no es mal sino para una ciudad que, según su propia leyenda mítica, fundó el mis­mísimo Ulises en algún momento de su dilatado regreso—, Pessoa no quiso acompañar a su familia cuando ésta resolvió volver a Durban y pre­firió permanecer unos días más en la ciudad que había sido el escenario de su niñez, acaso para confrontar la realidad con su memoria y compro­bar que no existe nada que termine siendo exactamente igual a como se recuerda.

Regresó solo, un tiempo después, a bordo del vapor Herzog, para emprender una nueva etapa en la que intentó escribir novelas en inglés y formalizó su matrícula en la Com­mercial School. Durante un tiempo, compaginó la asistencia nocturna a su nueva academia con el estudio, durante el día, de diversas disciplinas humanísticas, y en 1903 se presentó a las pruebas de admisión a la Univer­sidad del Cabo de Buena Esperanza.

No obtuvo una buena nota, pero sí la mejor, entre los 899 aspirantes, den­tro de una categoría reservada a la redacción de un «ensayo de estilo in­glés», lo que le valió el Queen Victoria Memorial Prize. Al año siguiente se matriculó otra vez en la Durban High School para cursar lo que equivalía a un primer año universitario. Allí creo dos nuevos heterónimos. Charles Robert Anon y H M F Lecher, e incre­mentó su bagaje frecuentando a los clásicos ingleses y latinos. Comenzó a escribir poesía y prosa en inglés y asistió al nacimiento de una nueva hermana, María Clara.

Por aquellas mismas fechas, publicó en el perió­dico del Liceo un ensayo crítico que tituló «Macaulay». Aquellos fueron los estertores de su peripecia suda­fricana, que concluyó tras realizar en la Universidad el H Intermedíate Examinations in Arts, obteniendo un éxito que le animó a pasar página e iniciar un nuevo camino que, irremediablemente, debía pasar por Lisboa,

 

 

 

 

 

 

 

   

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De todas las creaciones de Fernando Pessoa, la más original fueron sus heterónimos, personajes con­denados a subsistir en una nebulosa imprecisa de la que sólo emergen cuando la voz de su creador lo dispone.

El 13 de enero de 1935, había escrito una carta a Adolfo Casais Monteiro en la que le desvelaba que el primer heterónimo en nacer había sido el Chevalier de Pas na­cido al calor de la mudanza que sucedió al fallecimiento del patriarca. Luego llegaron Alexander Search, Charles Robert Anón y H. M. F. Le­chen Caldo de cultivo.

Ante­cedentes necesarios para lo que terna que venir después: hasta setenta y dos nombres diferentes con los que ofre­cer cobijo y coartada a una obra, firmas que en unos casos sólo obtuvieron un fulgor testimonial y en otros llegaron a constituir un mi­crocosmos que se justificaba a sí mismo, hasta el punto de que, en ocasiones, el lector no puede más que albergar una razonable duda acerca de si esas criaturas salidas de la ima­ginación de Pessoa no llegaron a ser más reales que el propio Pessoa. Cómo negar la corporeidad de Alberto Caeiro, ese campesino sin apenas estudios a quien su propio padre reconoció co­mo maestro y que predicó una filosofía cuyos fundamentos radicaban preci­samente en la ausencia de un sistema filosófico.

Cómo tildar de inexistente a alguien que se obstinó en aseverar que la existencia tiene valor por sí misma y que no son necesarios subterfugios que la rodeen de explicaciones impre­cisas e innecesarias, porque las cosas y los seres son únicamente por eso, por­que son. De qué manera se puede sub­sidiar una biografía como la de Alvaro de Campos, el ingeniero que evolucio­nó del decadentismo al futurismo, y de ahí hacia el nihilismo, y dotó a la lengua portuguesa de uno de sus mayores poemas, uno de esos textos llamados a alzarse por encima de épocas y con­ciencias, a sobreponerse a sus propios estigmas y limitaciones.

Cómo despo­jar de su idiosincrasia a un Bernardo Soares a quien debemos un libro pleno de desasosiegos y rebosante de belle­za, con qué autoridad moral podemos supeditar su materialidad y su talen­to a los de quien prefirió sacrificar su propia firma para respetar la de aquél a quien él mismo quiso otorgar los galones necesarios para acreditar su obra. Cómo dilucidar quién era, entre los heterónimos, el más auténtico, cuál de todos ellos guarda más similitudes con su creador, si ni siquiera éste vivió lo suficiente para ordenarlos o dejar pistas fiables acerca de sus propósitos, de las certezas que él mismo asumía en lo que tenía que ver con su propia obra. Y, al mismo tiempo, cómo evitar pre­guntarse si no eran los heterónimos los personajes reales y el propio Pessoa el ser imaginario.

 

Extraño sino, sí, el de los heterónimos de Pessoa, condenados siempre a ser o no ser en virtud de la voluntad o las veleidades de su artífice. Es conocido el episodio que narra cómo Pessoa llegó un día con varias horas de retraso a una cita que tenía apalabrada con José Regio y cómo se excusó ante su con­trariado contertulio argumentando que quien allí se encontraba no era Fernando Pessoa, el corresponsal de comercio, sino Alvaro de Cam­pos, y los circunloquios que empleó para hacer ver que éste había acudi­do para solicitar que se disculpara al primero por el plantón, motivado por una indisposición involuntaria y que, en cualquier caso, no parecía revestir una gravedad extrema.

   

 

 

Co­nocido fue también el caso de Ophélia Queiroz, la joven de 19 años con la que Pessoa vivió un peculiar noviazgo en 1919. Estuvieron juntos a lo largo de un año, y mantenían una relación epistolar que se fue dete­riorando paulatinamente y que dejó, definitivamente, de ofrecer garan­tías en cuanto el poeta, en una de sus últimas cartas, escribió:

 

Toda mi vida gira en torno a mi obra literaria, buena o mala, lo que sea, lo que pueda ser. Todas […] tienen que convencerse de que soy así, de que exigirme sentimientos —que considero muy dignos, dicho sea de paso— de un hombre común y corriente es como exigirme que sea rubio y con los ojos azules.

 

Durante el año en el que ambos estuvieron viéndose y se fue tren­zando la relación epistolar con la que intentaban mitigar el vacío que deja­ban sus respectivas ausencias, Fer­nando Pessoa firmaba algunas de las cartas que dirigía a Ophélia Queiroz con el nombre de Alvaro de Campos.

Conocedora del gusto de su extrava­gante novio por los heterónimos, la chica quiso convertirle a él mismo en uno de ellos y le otorgó el nombre de Ferdinand Personne. Era, en reali­dad, un sutil juego de palabras en el que el trasvase al francés del nombre de su amante ocultaba un dardo cu­yo veneno tuvo que hacer mella en el ánimo del poeta, que no pudo no darse por enterado del subterfugio.

El vocablo francés personne, cuando actúa de sustantivo, significa, igual que su equivalente portugués pes­soa, «persona», pero adquiere otra acepción cuando se presenta como adverbio, en cuyo caso pasa a signifi­car «nadie». Femando Pessoa, Ferdi­nand Personne, no era nadie porque había vaciado su propia existencia de tanto llenar de contenido las vidas de otros que no llegarían a existir nun­ca. Ophélia Queiroz, casi sobra decir­lo, odiaba a Alvaro de Campos.

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Posiblemente fuera Pessoa una persona encomendada a la tarea de construir su propio mito, de erigirse él mismo en símbolo a través de unas identidades más robustas y consoli­dadas que la suya propia, tan vulgar y enclenque a ojos de sus contemporá­neos. Posiblemente pensara que to­dos sus allegados tenían la obligación íntima de asumir esa eventualidad y convivir con ella y tener en cuenta siempre sus necesidades como un re­quisito irrenunciable.

Pero ésa no era más que otra de las ensoñaciones a las que se entregó alguien que, si a algo propendía, era a extraviarse en la maraña que constantemente trazaban a medias su conciencia y su imaginación. «I know not what tomorrow will bring», decía su último verso, aquél que halla­ron después de que exhalara su último suspiro en el hospital de Sao Luis dos Franceses, donde antes de fallecer pidió sus lentes y clamó por sus heterónimos, acaso porque ya temía por lo que les aguardaba a sus criaturas, obligadas a padecer por el resto de los tiempos una orfandad que no habían previsto y ante la que estaban imposibilitadas para responder.

Porque ni siquiera ellas murieron con Pessoa. sino que —como ocurre aveces en esas familias en las que la sombra au­toritaria de los progenitores llega a menguar o. directamente, a ani­quilar la autonomía de los hijos- emprendieron realmente sus propias vidas una vez que éste hu­bo expirado, convertidas en sím­bolo de su creador y erigido éste, a su vez, en símbolo de todo aquello que las había engendrado.

Una suerte de transfiguración abs­tracta que hacía inviable al uno sin los otros, y rice versa, y con­vertía lo que en principio fueron los vulgares paseos por Lisboa de un asalariado gris y aficionado al aguardiente en una sucesión de claves ocultas que guardarían el enigma de una excepcionalidad que sólo la posteridad dejó al des­cubierto.

También hay una leyenda urbana que asegura que Fernando Pessoa no se encuentra en el monumento funerario que se levanta en una ala del claustro y al que se trasladaron sus restos en 1985, cuando se cumplió el medio siglo de su deceso.

   
  

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El monasterio de Los Jeró­nimos en Belém es un panteón de tumbas vacías. Aquí está el túmulo que se le preparó al rey Dom Sebastiáo, pero el cadáver del monarca imberbe no volvió nunca de Alcazarquivir y entre los muros góticos de esta hermosa iglesia manuelina tan sólo está la lápida que debería sepultar su cuerpo. Tampoco está en su féretro el divino Camóes.y hay quien duda seriamente que sea Vasco da Gama quien reposa realmen­te en el sarcófago que preside el primer tramo de la nave sep­tentrional del templo.

También hay una leyenda urbana que asegura que Fernando Pessoa no se encuentra en el monumento funerario que se levanta en una ala del claustro y al que se trasla­daron sus restos en 1985, cuando se cumplió el medio siglo de su deceso. Parece ser que al abrir su tumba original en el panteón fa­miliar del cementerio de Prazeres las autoridades competentes hallaron, sorprendentemente, su cuerpo intacto e incorrupta y no se sabe si por superstición o por respeto decidieron dejarlo allí, pero sin comunicar el cambio de planes.

Esto es, mantuvieron en secreto el hallazgo y procedie­ron a sepultar en Los Jerónimos una urna vacía. Quizás por eso eligieron, a la hora de buscar una inscripción con la que rematar el frontispicio del monumento, los versos en los que acuso Pes­soa definió con más acierto las esquinas angulosas de su difusa personalidad:

 

O poeta é um fingidor, finge táo completamente quechega a fingir que é dor a dor que deveras aente.

 

Una falsa tumba en la que su­blimar el vacío de la muerte. No sería mal final para quien se des­hizo de su propia vida disemi­nándola en otras vidas menores con tanto virtuosismo que aún hoy. ochenta años después, nos seguimos maravillando cada vez que nos asomamos a la orilla de ese abismo desde el que intenta­mos comprenderle.

 

 

 

 

 

 

 

 

Títulos básicos sobre Pessoa

  • Robert Brechon. Extraño extranjero: una biografía de Fernando Pessoa (Alianza. 1999).
  • José Luis García Martín. Fernando Pessoa, Sociedad Rim itad a (Llibros del Pexe, 2002).
  • José Saramago.El año de la muerte de Ricardo Reís (Alfaguara. 1998).
  • Antonio Tabucchi, Sueños de sueños/Los tres últimos días de Fernando Pessoa (Anagrama, 2000).

De Pessoa

  • Opoeta éumfingidor (antobgíaacargode Fernando Valverde; Austral, 1982).
  • Libro del desasosiego (edición a cargo de Jerónimo Pizarr o; Pre-Textas, 2014).
  • Mensagem (edición de Eduardo Louren^o; Hiperión.1997)
  • Cantares (Quadras) (edición de Jesús Munárriz: Hiperión, 2006) ■

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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