264

Cuando vivimos constantemente en lo abstracto —ya sea lo abstracto del pensamiento, ya sea lo de la sensación pensada—, no tardan,

contra nuestro mismo pensamiento o deseo, en volvérsenos fantasmas las cosas de la vida real que, de acuerdo con nosotros mismos,

más deberíamos sentir.

Por más amigo, y verdaderamente amigo, que yo sea de alguien, el saber que está enfermo, o que ha muerto, no me produce más que una

impresión vaga, incierta, apagada, que me avergüenzo de sentir.

Sólo la visión directa del caso, su paisaje, me produciría emoción.

A fuerza de vivir de imaginar, se gasta el poder de imaginar, sobre todo el de imaginar lo real. Viviendo mentalmente de lo que no existe ni

puede existir, acabamos por no poder pensar en lo que puede existir.

Me han dicho hoy que había ingresado en el hospital, para ser operado, un viejo amigo mío al que no veo hace mucho tiempo, pero al

que sinceramente recuerdo siempre con lo que supongo que es nostalgia.

La única sensación positiva y clara que he tenido ha sido la del fastidio que forzosamente me produciría tener que ir a visitarlo, con la

alternativa irónica de, no teniendo paciencia para hacer la visita, arrepentirme de no haberla hecho.

Nada más… De tanto andar con sombras, yo mismo me he convertido en una sombra —en lo que pienso, en lo que siento, en lo que soy.

La añoranza de lo normal que nunca he sido entra pues en la substancia de mi ser.

Pero es sin embargo esto, y sólo esto, lo que siento.

No me da propiamente pena del amigo que va a ser operado.

No me da propiamente pena de todas las personas que van a ser operadas, de todos cuantos sufren y padecen en este mundo.

Siento pena, tan sólo, de no saber ser quien sintiese pena.

Y, en un momento, estoy pensando en otra cosa, inevitablemente, debido a un impulso que no sé lo que es. Y entonces, como si estuviese

delirando, se me mezcla con lo que no he llegado a sentir, con lo que he podido ser, un rumor de árboles, un ruido de agua que corre

hacia los estanques, una quinta inexistente… Me esfuerzo por sentir, pero ya no sé cómo se siente.

Me he vuelto la sombra de mí mismo, a la que entregase mi ser. Al contrario de aquel señor Peter Schlemil del cuento alemán 242, no

he vendido mi sombra al diablo, sino mi substancia.

Sufro de no sufrir. ¿Vivo o finjo que vivo? ¿Duermo o estoy despierto?

Una vaga brisa, que sale fresca del calor del día, me hace olvidarlo todo. Me pesan los párpados agradablemente…

Siento que este mismo sol dora los campos en los que no estoy y en los que no quiero estar…

De en medio de los ruidos de la ciudad sale un gran silencio…

¡Qué suave! ¡Pero qué suave, quizás, si yo pudiese sentir! 243

19-6-1934

Quando vivemos constantemente no abstracto – seja o abstracto do pensamento, seja o da sensação pensada -, não tarda que, contra

nosso mesmo sentimento ou vontade, se nos tornem fantasmas aquelas coisas da vida real que, em acordo com nós mesmos, mais

deveríamos sentir.

Por mais amigo, e verdadeiramente amigo, que eu seja de alguém, o saber que ele está doente, ou que morreu, não me dá mais que uma

impressão vaga, incerta, apagada, que me envergonho de sentir.

Só a visão directa do caso, a sua paisagem, me daria emoção.

À força de viver de imaginar, gasta-se o poder de imaginar, sobretudo o de imaginar o real.

Vivendo mentalmente do que não há nem pode haver, acabamos por não poder cismar o que pode haver.

Disseram-me hoje que tinha entrado para o hospital, para ser operado, um velho amigo meu, que não vejo há muito tempo, mas que

sinceramente lembro sempre com o que suponho ser saudade. A única sensação que recebi, de positiva e de clara, foi a da maçada que

forçosamente me daria o ter de ir visitá-lo, com a alternativa irónica de, não tendo paciência para a visita, ficar arrependido de a não

fazer.

Nada mais… De tanto lidar com sombras, eu mesmo me converti numa sombra – no que penso, no que sinto, no que sou. A saudade

do normal que nunca fui entra então na substância do meu ser.

Mas é ainda isso, e só isso, que sinto. Não sinto propriamente pena do amigo que vai ser operado.

Não sinto propriamente pena de todas as pessoas que vão ser operadas, de todos quantos sofrem e penam neste mundo.

Sinto pena, tão-somente, de não saber ser quem sentisse pena.

E, num momento, estou pensando em outra coisa, inevitavelmente, por um impulso que não sei o que é. E então, como se estivesse delirando,

mistura-se-me com o que não cheguei a sentir, com o que não pude ser, um rumor de árvores, um som de água correndo para tanques, uma

quinta inexistente…

Esforço-me por sentir, mas já não sei como se sente.

Tornei-me a sombra de mim mesmo, a quem entregasse o meu ser.

Ao contrário daquele Peter Schlemil do conto alemão, não vendi ao Diabo a minha sombra, mas a minha substância. Sofro de não sofrer, de

não saber sofrer. Vivo ou finjo que vivo? Durmo ou estou desperto?

Uma vaga aragem, que sai fresca do calor do dia, faz-me esquecer tudo.

Pesam-me as pálpebras agradavelmente… Sinto que este mesmo sol doira os campos onde não estou e onde não quero estar… Do meio dos

ruídos da cidade sai um grande silêncio…

Que suave! Mas que mais suave, talvez, se eu pudesse sentir!…

Fernando Pessoa

Del español:

Libro del desasosiego 264

Título original: Livro do Desassossego

© por la introducción y la traducción: Ángel Crespo, 1984

© Editorial Seix Barrai, S. A., 1984 y 1997

Segunda edición

Del portugués:

Livro do Desassossego composto por Bernardo Soares

© Selección e introducción: Leyla Perrone-Moises

© Editora Brasiliense

2ª edición


 

notas

242 En realidad, Peter Schlemihl, protagonista de la novela del mismo título de

Adalbert von Chamisso (1781-1838).

243 Este texto parece preparado para su publicación. Va firmado por Fernando

Pessoa y atribuido a Bernardo Soares.