Nacida y criada en Paternon, NJ,

rosa alcalá es la autora de tres libros de poesía.

 

 

 

 

rosa alcalá

 

 

traducción de paula cucurella 

 

Hobby Lobby es una cadena de tiendas de manualidades de los Estados Unidos

 

en hobby lobby

 

 

 

Ella arroja un rollo de tela al aire. Zona montañosa, pradera, un caballo al trote.

Estimo que son tres yardas, pero sus ojos revelan más: Lo que necesitas es

que te guíen, una mano que pueda cerrar las tijeras en la tela. Necesitas una

imagen de lo que perdiste. Calcula el doble del ancho de la ventana, para que

se armen los pliegues. Piensa dónde es que te sientas por la mañana, aquí,

(es cierto, la transparencia es atractiva, si no fuese porque nos ciega antes de

que comience el día). Como añoro ser el capitán de esa otra mesa, repetir con

un acento hermoso la solicitud de un cliente. Mi madre corta los hilos de un botón

con los dientes, mientras se pregunta, con un dedo en la faja si está demasiado

apretado de cintura. O arrodillada junto a su cliente, ambas de cara al espejo,

bajando una basta hasta la pantorrilla para calmar las venas en los temples de

algún esposo. Lo veo en mis sueños, entre fantasías. Mi cama a centímetros de

la máquina de coser, un vestido apoyado en la silla arrojando los destellos de su

refriega. El sueño era el sonido de la insinuación, un ziz-zag para mantener nuestros

agujeros abiertos. O despertada por un remate de la máquina de coser, balando

bajo el pedal. ¿Una aguja rota? ¿Sangre en un traje blanco?  Cuando mi bebé duerme

no le escribo a nadie y no espero que me respondan. Siempre queda mal. Nadie se

lo pone para salir a la calle. Pero las modas siguen emigrando de las revistas, como

muchachas de las ventanas. Por supuesto, ellas son mis hermanas. Sus máquinas

son las mías. La oficina desde la que me despido cuando las veo descender como

cortinas chuecas hechas con mis propias manos rosadas y frágiles.

 

 

 

 

at hobby lobby

 

 

She tosses a bolt of fabric into the air. Hill country, prairie, a horse trots there.

I say three yards, and her eyes say more: What you need is guidance, a hand

that can zip a scissor through cloth. What you need is a picture of what you’ve

lost. To double the width against the window for the gathering, consider where

you sit in the morning. Transparency’s appealing, except it blinds us before day’s

begun. How I long to captain that table, to return in a beautiful accent a customer’s

request. My mother kneeled down against her client and cut threads from buttons

with her teeth, inquiring with a finger in the band if it cut into the waist. Or pulled

a hem down to a calf to cool a husband’s collar. I can see this in my sleep and

among notions. My bed was inches from the sewing machine, a dress on the chair

forever weeping its luminescent frays. Sleep was the sound of insinuation, a zigzag

to keep holes receptive. Or awakened by a backstitch balling under the foot. A

needle cracking? Blood on a white suit? When my baby’s asleep I write to no one

and cannot expect a response. The fit’s poor, always. No one wears it out the door.

But fashions continue to fly out of magazines like girls out of windows. Sure, they

are my sisters. Their machines, my own. The office from which I wave to them in

their descent has uneven curtains, made with my own pink and fragile hands.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

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