Roberto Juarroz

Poesía y creación

Diálogos con Guillermo Boido

Ediciones Carlos Lohlé

Buenos Aires – Argentina

Primera edición, marzo de 1980

 

Índice

Prólogo por Guillermo Boido

Entrevistas:

I. Poesía y creación

II. La poesía y el poeta

III. Poesía y literatura

IV. Poesía y sociedad

V. Poesía y realidad

Textos complementarios

1. La poesía, la realidad, la poesía

2. La crítica de la poesía

3. Antonio Porchia o la profundidad recuperada

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poesía y sociedad

Es frecuente atribuir un origen histórico común al mito y a la poesía. Incluso se ha dicho que una

sociedad sin mitos o correspondencias con ciertos arquetipos no puede sobrevivir.

Pero en la actualidad esos mitos son ajenos a la poesía y en cierto modo la niegan.

¿Qué juicio le merece esta situación?

—No me seduce mayormente la relación entre el concepto de mito y la idea de poesía. La actual falta de mitos en la poesía me

parece altamente positiva, y en cierta manera pone las cosas en su lugar. Los mitos me parecen leyendas más o menos simbólicas

y colectivas que pueden compartirse en los comienzos. Pero creo que optamos en un final, y en los finales sólo pueden tener

vigencia las esencias y los símbolos desnudos, aunque apenas puedan compartirse.

Los mitos que parecen surgir o sobrevivir son nada más que escuálidos sustitutos de creaciones perdidas, de lenguajes que

el hombre ya no puede recuperar. Aquello que fue posible en el origen ha dejado de ser posible.

A esta altura sólo queda la potencia creadora de los símbolos últimos, es decir, la poesía y no el mito, la poesía tal como hoy

la entendemos. Siento que es urgente rechazar lo que podría describirse como una especie de materialismo del espíritu, o sea,

las diversas representaciones más o menos groseras del misterio. Y es aquí donde podemos incluir las variadas mitologías del

pasado y también los falsos mitos de nuestro tiempo, impurezas del espíritu que pueden revestir múltiples ropajes, desde lo político

o económico hasta lo religioso o cultural, desde la fantasía seudocientífica hasta el ocultismo, desde las ideologías hasta las ilusiones

tecnocráticas. Se necesita más poesía y menos mito, más pensamiento e imaginación y menos mito, más creación de cada persona

humana y menos mito. Es preciso desvestir a la historia de sus crímenes y sus fábulas.

¿Qué haremos con esos mitos, entonces?

—Renunciar a ellos. Perseguir esa mutación del lenguaje y del hombre que es el objetivo último e incondicional de la verdadera poesía.

Es probable que, si no alcanzamos esa mutación, perezcamos. Ya no puede salvarnos la simple evolución, como tampoco ninguna

revolución. La humanidad necesita el arrojo de un salto último, un cambio radical, una conversión de fondo. O tal vez una catástrofe

que le permita reencontrar su palabra y su camino.

Se ha dicho muchas veces que nuestra época ha ganado la historia, por cuanto las concepciones

arcaicas del tiempo mítico han sido reemplazadas por un devenir irreversible. Esto conduciría a un

conflicto inevitable entre poesía e historia y, por consiguiente, entre poesía y sociedad.

¿Es real ese conflicto?

—No podemos olvidar que la historia es una proyección de tiempo lineal, que la cronología es sucesivídad. En cambio, la poesía

no lo es: juega con otras dimensiones del tiempo. Trata, por ejemplo, de capturarlo, o acceder a una relación espaciotemporal

que tal vez no esté tan lejos de ciertas ideas análogas en el plano científico.

Por eso no es extraño que, en uno de sus últimos libros, Octavio Paz diga lo siguiente: Un poema es un objeto hecho del

lenguaje, los ritmos, las creencias y las obsesiones de este o aquel poeta, y de esta o aquella sociedad. Es el producto de una

historia y de una sociedad, pero su manera de ser histórico es contradictoria. Y agrega: El poema es una máquina que produce,

incluso sin que el poeta se lo proponga, antihistoria. La operación poética consiste en una inversión y conversión del fluir temporal;

el poema no detiene el tiempo: lo contradice y lo transfigura.

Lo mismo en un soneto barroco —sigue Paz— que en una epopeya popular o en una fábula, el tiempo pasa de otra manera

que en la historia o en lo que llamamos vida real. La contradicción entre historia y poesía pertenece a todas las sociedades, pero

sólo en la edad moderna se manifiesta de una manera explícita. El sentimiento y la conciencia de la discordia entre sociedad y

poesía se han convertido desde el romanticismo en el tema central, muchas veces secreto, de nuestra poesía.

Antihistoria: no nos rasguemos las vestiduras. Si el hombre fuera solamente historia, sería el más formidable fracaso de la

realidad. Si el hombre no tiene una vía de llegar más allá del salvajismo de la historia, el hombre sería un hecho sin trascendencia

en la realidad. Su capacidad creadora es antihistoria, es más que historia, es transhistoria. Por eso el poema crea antihistoria.

Por eso la historia no podrá nunca con los poetas, aunque los asesine.

¿Cómo se manifiesta esa discordia entre poesía y sociedad? ¿El poeta es hoy necesariamente un marginado?

—Diría que esa discordia es en realidad entre hombre y sociedad, y que se ha convertido en una contraposición aguda. Hemos

llegado a una situación trágica: la sociedad, que debía proteger al hombre, le ha mentido y lo ha traicionado. El poeta, que es algo

así como una concentración de lo humano, surge entonces como un antagonista, un enemigo de la sociedad.

Resulta comprensible que ésta lo persiga y que no haya entendimiento posible. El poeta no habla a la sociedad sino al hombre,

de soledad a soledad, de silencio a silencio, de ser a ser. La sociedad es ruido, campo de concentración más o menos disimulado,

exaltación del lucro y el poder, malversación del hombre.

La poesía es, en cambio, el mayor respeto al hombre. No reconoce privilegios. Tanto para darse como para recibirse sólo

reclama que el hombre se concentre en aquello que es, que abandone las simulaciones y las trampas que lo embaucan y lo

embrutecen: ideologías, moralismos, políticas, comercios, transacciones y abstracciones oportunistas.

El poeta es un marginado y un exiliado: sólo desde allí puede hablarse al hombre. El poeta no enseña nada: crea y comparte.

La poesía es ser y por eso es el último reducto de salvación en un mundo que se hunde. La poesía es contracorriente, herejía, más

que historia, antididactismo, obsesión por el ser auténtico del hombre y por el lenguaje o la palabra que indague en su misterio y lo

transmita.

El resto es falsa mitología, complicidad con el poder, falacia, demagogia, transitorio recreo o infausta veleidad, Lo que separa

al poeta de la sociedad no es el orgullo sino su irreductible e incomerciable celebración del hombre esencial. La poesía es excepción

que se comparte y contrato contra la estupidez. Quizá pueda haber tenido o tener otras funciones, pero en el fondo sólo tiene una

misión: salvar al hombre esencial mediante su palabra esencial.

Habría, entonces, otro conflicto: entre el poeta y los factores de poder que deciden el curso de una sociedad.

En suma: entre poesía y política.

—La poesía, decíamos, siempre es contracorriente. Es la oposición al sistema, a lo imperante o lo que gobierna cualquier situación.

Y eso ocurre también con respecto a las concepciones políticas que rigen a una sociedad. La política es la búsqueda del poder.

Podríamos intentar una definición más sublimada de lo que es la política: sería el arte del poder, según los clásicos. La poesía

es, en cambio, la búsqueda de la comprensión, la captación o la interpretación de la experiencia del mundo. No hay conciliación

posible entre poesía y política, fundada en el mito de la acción inmediata en procura del poder. Me gustaría repetir aquí unas palabras

que escribió hace años Aldo Pellegrini para la revista Poesía = Poesía: La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar

su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad

de ser en los otros, que se manifiesta en quienes ejercen el poder. Los tontos viven en un mundo artificial y falso. Basados en el poder

que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del

poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad entrañable del hombre. La poesía es una mística de la realidad. El poeta

busca en la palabra, no un modo de expresarse, sino un modo de participar en la realidad misma.

El poeta, mediante el verbo, no expresa la realidad, sino que participa de la realidad y la crea.

Nuestra sociedad, en particular, manifestaría la avidez de poder por medio de la adquisición de

posesiones materiales, objetos, productos valuables en términos económicos. Como consecuencia,

asistimos al abandono de aquella estimación de que en otros tiempos gozó el poeta, el artista.

Lo mismo sucede con otros arquetipos clásicos, como el héroe o el santo, que sólo sobreviven

en el desván de los estereotipos escolares.

—Seguramente es un rasgo destacable de la sabiduría antigua esa estimación por el arte, el heroísmo y la santidad, Un rasgo,

por otra parte, que habría que rescatar. Porque ¿en qué otros arquetipos puede darse con mayor plenitud la experiencia humana?

En los tres me parece importante la presencia de una idea acerca de la que ya hemos hablado: la idea de sacrificio, la que

conduce a la necesidad de abnegar cosas o de asumir el coraje necesario para escoger algunas y al mismo tiempo abandonar

otras. El héroe lo hace, llevado por ciertos ideales que debe alcanzar, y entrega la vida si es necesario.

Le confieso, sin embargo, que hay ciertas formas de lo que usualmente se entiende por heroísmo que son las que a mí

menos me atraen. Creo que hay ciertos heroísmos callados, silenciosos, que están fuera de la acción aparente y que son los

más importantes. En cuanto a la santidad, siempre la he asociado no con la sumisión o el acatamiento ante una instancia

sobrenatural sino con una dimensión humana: la generosidad. La santidad sería la capacidad de entrega más allá de sus límites,

la del ser humano capaz de entregarse a sí mismo. Es dar, un dar muy complejo que significa también saber recibir. Recuerdo

la insistencia de la sabiduría oriental en que hay que superar, entre otras cosas, la posesividad, el tener, el poseer. El santo es

capaz de abnegar hasta su propio yo. Y en cuanto a la tercera categoría, la del artista, ya hemos hablado suficientemente acerca

de las posibilidades de la expresión, del crear. Poesía es crear.

¿Se puede estar auténticamente vivo sin expresión? Ya dijimos que no. Es verdad, los antiguos tenían razón.

Si la única fidelidad del poeta es con el hombre esencial, no puede menos que experimentar los

múltiples conflictos que derivan de su condición marginal. Ante la presión de un medio que lo rechaza

o lo niega, corre el riesgo de enmudecer, hablar al vacío o ser destruido por la indiferencia.

En estas condiciones ¿es posible todavía escribir? ¿Se justifica?

—Si el hombre en general, aquí y en cualquier parle, no vive entre los ángeles, el poeta menos. No hay poesía, no hay creación,

si no se da contra una fuerte resistencia tanto interior como exterior: la pesadez del hombre, el abandono, la muerte, la inhumanidad,

la injusticia, el privilegio, el sectarismo, el partido, la clase, el dinero, los editores, los profesores, los críticos, los periodistas.

El único modo de trascender todo eso es asumir la poesía como necesidad y destino, como fuerza que trabaja por debajo y

carcome silenciosa y seguramente los falsos fundamentos. El poeta es un trabajador en la raíz. No hay barricada que detenga a la

poesía, aunque caiga el poeta, cuando verdaderamente lo es. Las trabas de la poesía no se resuelven con funcionarios, asociaciones,

gremios, cooperativas u organismos de beneficencia. La poesía necesita fe en su dimensión creadora, tanto en quien la crea como

en quien la recibe y vuelve a crearla.

Lo demás, todo lo demás viene por añadidura, no por pacto, contrato o falsas redenciones. Así, en cualquier condición es posible

escribir, aunque sea en los muros de una prisión o en la playa de una isla desierta.

¿Se necesita acaso otra justificación que el ejercicio mismo de la función creadora del hombre?

¿Qué juicio le merecen los estudios que consideran a la obra como emergencia de determinados

factores sociales, culturales o históricos? ¿No cree que de éstos derivan códigos de apreciación

estética cuyo desconocimiento entorpece o imposibilita la transmisión y captación del sentido

profundo de un poema o cualquier otra manifestación artística?

Pienso que nadie es capaz de precisar los factores que convergen para que se produzca un hecho que no es simplemente

consecuencia o producto, un hecho de creación, donde se da algo nuevo. Uno se pregunta por qué tanta preocupación por esas

indagaciones acerca de los hechos exteriores que han servido de contexto al nacimiento de un poema, un cuadro o una sinfonía.

Le confieso que en la mayoría de los casos me parece reconocer allí una dedicación y una atención superflua o parasitaria. O,

dicho de otro modo: paraliteraria. Me resulta significativo que tales asuntos preocupen en especial a los que no son creadores.

Y de algún modo también sospecho que allí hay cierta falta de fe en la creación misma. Usted me pregunta además por la existencia

de ciertos códigos resultantes de un contexto social, cultural o histórico, que limitarían la captación del poema por lectores que

pertenecen a otro grupo social, o a otra forma de cultura, o a otra época. Es decir: ¿puede la poesía ser captada fuera de las

circunstancias que enmarcaron su nacimiento? Pienso que sí. Y más: pienso que la poesía se capta fuera de su contexto o no se

capta. Porque sólo se capta en el abandono de todos los parámetros o coordenadas: sociales, culturales, históricos. Se capta

en el despojamiento, la renuncia a los sostenes y los sistemas, en el abandono de toda circunstancia que no sea su propia

esencialidad. No hay códigos ni leyes. El hombre siempre es imprevisible, y la poesía también. Allí está su grandeza, su esperanza

y su misterio.

Existe una tendencia, canalizada a través de lo que vagamente se ha llamado “poesía social”,

que supone la necesidad de que el poema dé también respuestas a cierto género de preguntas

inmediatas, referidas a la condición social del hombre. ¿Qué juicio le merece esa tendencia?

—Pienso que la pretensión de llegar mediante la poesía a ciertas respuestas en relación con ese género de problemas, que exigen

un enfrentamiento y una solución inmediata, es un error. Creo más: se trata de una falta de fe en la potencialidad misma de la

poesía como tal, porque se le piden efectos prácticos olvidándose que los mejores efectos se obtienen por debajo. Si no nos

equivocábamos en lo anterior, la poesía es una presencia que va a actuar en todos los niveles: por ejemplo, limpiando la visión

humana, tornándola más justa, y por ende va a ser infinitamente efectiva y activa en cuanto a la solución de los problemas que

supongan una trasgresión de la justicia en la situación humana. Pero eso implica un proceso, una corriente no inmediatamente

perceptible o reconocible, que va a actuar en profundidad, cambiando ciertos caracteres de la forma en que el hombre enfrenta

toda la realidad. No se trata de una fórmula, de una prescripción o receta para hacer esto o aquello. Pero como elemento activo,

transustanciador, transformador del ser humano, va a hacer en lo esencial lo más efectivo.

¿Y qué sucede con el poeta que intenta acceder a esos aspectos inmediatos de la experiencia

social a través de su poesía?

—Creo que, inevitablemente, su poesía se resiente. Por supuesto, yo no concibo al poeta como una especie de ser angélico.

Le es aplicable, tal vez más que a nadie, aquella idea del clásico de que nada de lo humano le era ajeno, Pienso que está situado en

todas las connotaciones, en todas las relaciones con la sociedad, con la humanidad y con el mundo en que vive. Pero una cosa es

que se pueda jugar en los diversos niveles de la vida, con toda la integridad deseable, en la defensa de lo que cree la justicia y la

dignidad humana, y otra bien distinta es que esa situación tenga que proyectarla en forma directa y pragmática en su obra creadora.

Tal vez su pregunta se vincule con la debatida cuestión del compromiso, pero acerca de ella me limitaría a recordar una idea de

Simone de Beauvoir: el verdadero compromiso del escritor es consigo mismo. Se llega a los demás solamente mediante la

profundización de uno mismo. Es cuanto hay que decir.

¿Usted cree que la poesía de Vallejo, para mencionar un caso tomado al azar, se resiente cuando él

intenta esa aproximación poética a lo social?

—Diría simplemente que el autentico Vallejo, el mejor Vallejo, el que va a perdurar, el que nos sigue alimentando a todos, es aquél

en donde no está la fórmula o la prédica o la proyección del efecto inmediato. De todos modos, pienso que el simple hecho de

mejorar, de purificar un poco o darle otro nivel al lenguaje humano es el elemento más formidablemente activo en relación con

la dignidad del hombre. Y que son muy pocos los que pueden hacerlo.

Que el poeta pueda hacerlo es el núcleo de su existencia, de su ser como poeta.

Quisiera formularle la pregunta de otro modo, Creo que hay parámetros que definen la condición

social del hombre y que también lo sitúan. Hay límites allí que podrían derivar, por ejemplo, de un

orden social injusto y no de una inevitabilidad ontológica. ¿No es posible concebir una poesía que

permita un ver distinto a propósito de esos límites? Negarlo ¿no significa reducir la disponibilidad

del poeta?

—Quizá no haya sido suficientemente explícito antes. La poesía es siempre creación en los límites. Un objeto tiene límites,

una visión tiene límites, la vida los tiene. Aparentemente hay límites próximos y límites lejanos.

Unos nos parecen superficiales y otros profundos. Pero es posible que estas diferencias no sean reales, y que el límite

último de pronto resulte el primero o el más próximo. Y, por el contrario, que el límite más inmediato se transforme en el más profundo

y trascendente.

Usted menciona ciertas situaciones extremas que surgen de la realidad social, ciertas urgencias, desniveles, injusticias, ignominias,

formas de la inhumanidad. Cualquiera de ellas puede originar un límite donde se instale la poesía en profundidad. A la poesía, por

definición, nada le es ajeno, si tiene que ver con el hombre. No hay superficie que no pueda reducirse a profundidad. No hay necesidad,

ni urgencia, ni intensidad humana, tanto en la alegría y la comprensión como en el dolor y la privación, que no puedan convertirse a

través de la poesía en límites últimos, en intensidad expresiva, en reclamo de realidad. Pero es necesario, creo, renunciar a lo que

podríamos llamar formas de un pragmatismo sociopoético, que consistiría en la búsqueda de efectos parecidos a soluciones, una

búsqueda expresa, directa, programática.

No estoy diciendo que la poesía entendida como creación signifique en ningún caso escapatoria, cobardía, indefinición o evasión

ante cualquier reclamo válido del hombre. Me gustaría agregar, además, que no hay hombre ni poesía sin rebelión. Pero es preciso

no equivocar el sentido de las rebeliones: hay que saber dirigirlas. La poesía es una rebelión total, desde el lenguaje hasta el silencio

último, pasando por todas las circunstancias intermedias. Pero no puede distraerse demasiado en rebeliones transitorias o no esenciales,

por urgentes que sean.

Cuando se la concibe como un género literario, la poesía suele encasillarse en los compartimientos

de lo que usualmente se llama “cultura”, entendida no al modo antropológico sino como una colección

de bienes accesibles a unos pocos privilegiados. ¿Cabe la poesía en esa noción tradicional de cultura?

—No. Pero me apresuro a poner un pequeño reparo. En eso que llamábamos “cultura” hay cosas valiosas e importantes, aunque

hayan sido concebidas como bienes de privilegio. Y son aquellas que contienen elementos creadores. Hay un texto de Malraux en el

que expone su concepto de la cultura, que me parece admirable: Es el conjunto de todas las formas del arte, el amor y el pensamiento

que le han permitido al hombre ser menos esclavo. Creo que aquí hay un presupuesto, y es que, aunque la creación de la cultura sea

en principio posible para todos, se canaliza en sus últimos alcances a través de unos pocos creadores, para luego —en sus efectos,

en su participación— proyectarse hacia todos. Por eso el final en la definición de Malraux, la referencia de que la cultura ha permitido

al hombre, es decir, a todos los hombres, liberarse un poco más de la esclavitud. Y allí aparece esa ligazón entrañable entre poesía y

libertad, que ya hemos comentado en otra parte. La idea de creación y la idea de libertad son inseparables (junto con la idea de aventura,

de búsqueda, de riesgo) de la idea de cultura.

Y esta confluencia se da en su mayor potencia en la poesía, corno surge de casi todo lo que hemos hablado. No creo que sea

accidental, en el texto de Malraux, esa mención del arte en primer lugar. Pienso que lo hace porque es allí donde ocurre con mayor intensidad

la creación, donde se manifiesta el poder creador del hombre. Luego menciona el amor. No es usual citar el amor a propósito de la cultura,

pero en cambio lo es si la referencia es la poesía. Claro que no se trata de la noción habitual del amor como algo sentimental o posesivo.

Y por último, me importa ese tercer elemento, el pensamiento, que aparece colocado en primer plano en muchas definiciones de la cultura y

pocas veces en las concepciones de la poesía. Y para mí, como ya hemos visto muchas veces, el pensamiento llevado a sus extremos de

captación y penetración me parece un elemento fundamental para la poesía. De modo que la poesía se nos muestra, entonces, como la

manifestación extrema y por excelencia de lo que hemos llamado, de modo no convencional, la cultura.

Sin embargo, es evidente que esa concepción de Malraux no goza de mayor predicamento entre

los responsables de la conducción educativa, funcionarios de entidades culturales o encargados

de tales asuntos en relación con los medios masivos de comunicación. Allí cultura es casi sinónimo

de aburrimiento. ¿Cómo afecta este hecho al creador, al poeta? ¿Y al lector? Disponer de una cultura

tradicional extensa ¿es un impedimento o facilita el acceso a la escritura y a la lectura del poema?

La cultura entendida al modo no tradicional, como la hemos caracterizado hace un momento, podría ser llamada cultura

profunda. Es la que deriva de la intensificación de la vida, y en ella confluyen, como en la poesía, el riesgo, la libertad, el

esfuerzo, el sacrificio, la creación.

Tendríamos que oponerla a la cultura formal, que consiste en una acumulación de conocimientos, de lecturas, de información

más o menos elaborada en sus aspectos exteriores, con un ropaje a veces deslumbrante, concebido para la exhibición o el

espectáculo. La cultura profunda es, desde luego, imprescindible para el creador y para el receptor. La cultura formal puede o no

ser un impedimento para el creador. A veces ayuda y a veces no.

Porque en el plano de la creación, ya lo dijimos muchas veces, no hay normas, y permanentemente se da la excepción,

lo imprevisto, lo insólito. Eliot poseía una cultura formal muy extensa. Porchia, no. Aquí creo que no hay reglas. En cambio, me

parece que la cultura formal puede llegar a constituirse en un obstáculo para el receptor de la obra. Y eso ocurre cuando la cultura,

entendida exclusivamente como forma, se convierte en estereotipo, en prejuicio, en repetición. Conviene volver a una idea que

ya hemos mencionado, aquella de los diferentes niveles de acceso a una obra. La obra más plena, como hecho de creación, será

aquella que ofrezca múltiples niveles de acceso para los múltiples niveles de cultura. Lo ideal sería que la obra fuera accesible

para cualquier densidad o capacidad cultural que se enfrentara con ella. Y no sólo en este sentido de lo cultural, sino también en

cuanto a distintas situaciones personales, sociales, económicas, de creencias u opiniones. La creación plena debería ser algo así

como el milagro de ser accesible para todos, y a veces ello ocurre, o casi ocurre. Ahora, usted mencionó también la incidencia que

sobre estos aspectos pueden tener distintas clases de funcionarios. Mi creencia es que ninguna acumulación de cultura formal,

sea cual fuere el medio, programa o planificación que se emplee, servirá de nada para facilitar el acceso a la creación si no está

presente la cultura profunda. Desconfío especialmente de toda política cultural, de los funcionarios de la cultura y de la literatura.

Casi siempre se trata de oportunismos que explotan aquello a lo cual dicen dedicarse. La verdadera poesía evidencia un poder

detonador también en este campo: rompe la cultura formal, ahuyenta a los analfabetos letrados y es la forma más efectiva de burlar

a la censura.

Habitualmente se sobreentiende que el artista crea para un publico determinado, que en último

término decide el éxito y el fracaso de su obra. En el caso de la poesía ¿para quién se escribe?

—No creo que se escriba para tal o cual lector, sino básicamente para uno mismo, para ser uno mismo, bajo la presión de una

necesidad y contra una resistencia que, en el caso del poeta, es particularmente fuerte.

Dijimos que la poesía equivale, para el poeta, a alguna forma de salvación. ¿La salvación de quién? En primer lugar, la

de sí mismo. Pero si vinculamos esta idea con otras que mencionábamos a propósito de la expresión y la comunicación, vemos

que esa salvación equivale a la salvación del hombre: en sí mismo y en los demás. Y agregaría algo: creo que esa capacidad

de salvación es la que mide el valor de una obra, y no los parámetros usuales, tales como la popularidad o el éxito.

El reconocimiento público de cualquier poeta profundo, me parece, tiene mucho de malentendido, en aquel sentido del

término que analizó magistralmente Camus. Y ello ocurre porque habitualmente se recoge una parte u otra de su obra, pero

nunca toda su obra. Es un reconocimiento tangencial y se parece al malentendido.

Y a veces ese reconocimiento es un tanto fantasmal porque al poeta ni siquiera se lo ha leído.

Entre la poesía y el lector suele haber demasiados intermediarios.

—Que no son solamente los intermediarios del libro: editores, libreros, distribuidores. Hay otros, tales como el que hace reseñas

bibliográficas o esas aparentes críticas en diarios y revistas, de las que ya hemos hablado.

¿Qué pasa con ellos? Salvo raras excepciones, todos son comerciantes. Y la poesía es el anticomercio.

¿Por eso “no se vende” el libro de poemas?

—La poesía, ineludiblemente, pone en crisis. Y nadie compra crisis. La crisis no tiene valor de mercado. Además, nadie compra

frustraciones. Y en el fondo de todo hombre, me parece, hay un poeta frustrado. Consciente o inconscientemente, siente que

eso está en la poesía que no compra.

Claro que tampoco basta con comprar ese libro de poemas: es necesario leerlo, y ya sabemos que eso requiere una capacidad

de entrega y recreación no muy habitual entre lo que frecuentemente se denomina “público lector”. Recuerdo un artículo de Pedro

Salinas, Defensa de la lectura, donde hace una distinción entre lo que llama lector y lo que llama leedor. Y aclara que no basta ni

siquiera con ser lector, sino que hay que ser actor. Ahí me parece que está la clave.

No hay modo de leer poesía, entonces, que dispense de asumir su hermetismo, su oscuridad,

su abandono de las formas lógicas, su fragmentación o su pregunta por su razón de ser y sus

alcances. Por su misma naturaleza, parecería estar dirigida a un público reducido, como lo está

la obra de un matemático o un filósofo.

La poesía no es otra clase de luz eléctrica, ni receta para las farmacias y los hospitales de la lógica, ni cuento entretenido

para la tertulia del café social. Como lenguaje último y revelador del hombre para el hombre, la poesía es oscuridad, fragmento,

abismal reflexión sobre su propia naturaleza.

Pretender que no lo sea es desconocerla y engañarse con las apariencias en aras de una pretendida comunicabilidad que

la destruye. El hombre accede a la poesía por caminos indirectos y misteriosos, sin artilugios didácticos, apostólicos, programáticos

o publicitarios. La poesía sólo puede compartirse como una fe última.

No es materia enseñable, ni cultura al uso o la moda, ni actividad de funcionarios o comisarios. Ya vimos que ni siquiera

es literatura. Hay dimensiones humanas para las que no sirven los mentores. Uno se convierte en ellas o no.

¿Quién enseña a amar, a morir, a sufrir, a ser, a no ser? Así concebida, la poesía actual se dirige a todos los hombres

verdaderos, capaces de asumir la intemperie de su desnuda condición humana y de abrirse a la escala total de la realidad, sin

preconceptos, sin estereotipos, sin información predigerida, sin estulticia, sin pretensión. No busca contertulios o afiliados o

cosectarios, sino copartícipes. Busca y encuentra a los pocos que saben trascender la superchería y la confusión de valores de

un mundo y un lenguaje en descomposición. El hombre real es oscuridad, fragmentación, búsqueda, indagación permanente

de sí mismo y de todo. La poesía es el hombre, hasta en sus excesos. Y a propósito de ciertos reparos que se le hacen, me

gustaría recordar esta observación de Alain: Cuando un poeta os parece oscuro, buscad bien y no busquéis lejos. Aquí no hay

más oscuridad que el maravilloso reencuentro del cuerpo y de la idea, que opera la resurrección del lenguaje.

¿Tiene la poesía un futuro?

—Yo preguntaría: ¿es suplantable la muerte, el hombre, el misterio, el infinito? ¿Es suplantable la palabra en relación con todo

eso? Si las respuestas son no, la poesía sí tiene un futuro. El futuro de la poesía es como su pasado: para ella no existe el tiempo.

La poesía es.


 

 

 

 

 

 

 

5 Comentarios

  1. Claro que me parece bien, espléndido.

    Como son tremendamente largas, había pensado

    en hacer un reader’s digest de cada una y ponerlo

    al final de cada una, o al principio. Pero también se pueden

    juntar todos los reader’s en una última entrada con todos,

    con los cinco.

    Creo que son muy lúcidas, pero muy densas… nu sé.

    Gracias

    Narciso

  2. No las veo densas, me han gustado mucho y centran bastante.

    Creo que son muy necesarias para el que quiera crear poesía.

    No para aprendérselo claro, sólo para tenerlo en cuenta y saber por dónde se anda.

    Ángel

  3. Entiendo, me parece que eso es lo que quiero hacer yo, con las presentaciones de las diferentes secciones del blog,

    pero no sé muy bien qué son. Estoy en ello ahora.

    El cajón desastre lo ordenaré más , conforme vaya aumentando el número de autores, para dividirlo en ellos dentro de sus secciones.

    A ver si me apaño con el visual composer de una vez, que me tiene frito…

    abrazo

    Ángel

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