Fragmentos para una poética

Página crítica

Manuel Navarro


‘Cuando leemos a algún poeta de nuestros días buscamos en su obra la línea melódica trenzada

sobre el sentir individual. No la encontramos. Su frigidez nos desconcierta y, en parte, nos repele.

¿Son poetas sin alma?, dice Antonio Machado a quienes defienden una poesía vestida de etiqueta,

que se ruboriza si enseña el canalillo, que prescinde de quien esta fuera, en Ia intemperie, que goza

del asco indiferente de los nobles, de la lectura al amor de Ia chimenea de un libro de muerta filosofía.

‘La poesía es profunda verdad comunicada dice Aleixandre a aquellos que adiestran loros con los dos

primeros versos que hay que citar en las fiestas. a aquellos que te miran como una esfinge sin guardar

más secreto que la virginidad de su mano derecha después de tanto placer solitario.

‘La poesía puede comunicar antes de entenderse”, dice Eliot a los que buscan el concepto, para quienes

la mayor emoción conocida es el orden del ‘Tractatus’ o la exactitud de la última estadística.

‘La realidad esta representada, pero no descrita según un parecido inmediato. Realidad, no realismo

y el sentimiento sin el cual no hay poesía, no ha menester gesticulación. Sentimiento, no sentimentalismo,

dice Guillen ¿el puro, el deshumanizado?, a aquellos que recitan con aspavientos y que luego se hacen

cruces ante los que hacen estallar el lenguaje con bombas silenciosas.

‘Son más bellos los sueños de los locos que los del hombre sabio’, dice Baudelaire a los que construyen

con ladrillos el insomnio, a los que se ríen de los hombres que gritan o de los que en un arrebato encienden

bajo un puente una hoguera y se duermen.

“Puedes ser lo que gustes, aurora o negra noche / no existirá una fibra de mi turbado cuerpo / que no grite:

¡Oh, Belcebú, yo te adoro!”, continúa Charles diciendo a las novicias que dibujan amorcillos y a los sacristanes

que sólo tocan las campanas de boda.

“Escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos”, dice Rimbaud a quienes quieren leer

en un devocionario el abismo delicioso del estremecimiento, a quienes no les erizan la piel los relámpagos

tremendos del infierno, a quienes no conmueve la extensión de la inocencia. “Lo hermoso no es más que el

comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”, advierte Rilke a quien fabrica manteles para una tarde de

campo y respira la brisa de un pélalo que se desvanece, en lugar de abandonarse al batir sublime de los ángeles

terribles.

“El único medio permisible de decir una cosa cuando se quiere decir otra es la poesía”, enseña Robert Frost al

mastín profesoral que no tiembla, pero ladra de la forma más clara con el índice en ristre, que, como quien da la

hora, explica la herida mientras científicamente se desangra”.

‘Y pobre nombre en sueños / siempre buscando a Dios entre la niebla”, insiste Machado a los que no saben

que más allá de la razón hay mundos por conocer, que el horizonte de lo humano es mayor que el de sus miedos,

que un poema nos transporta al sueño primigenio, del tamaño de un hombre y anterior a toda geometría.

“… Los poetas, ángeles desterrados de un mundo que vagamente recordamos y presentimos, y al que

anhelamos retornar con toda la sed de nuestros corazones. Como un rastro fugaz y resplandeciente. en ciertas

palabras, en ciertos poemas nuestros, anunciamos un mundo entrevisto en el éxtasis, no sé si profecía

o si recuerdo, pero sí imagen de nuestro ineludible destino. Yo sí, yo traigo y presento a los hombres un

mundo elemental, cruzado de luz y sombra, donde los instintos del hombre han sobrepasado los límites de

su cuerpo, para informarse en las fuerzas oscuras. cósmicas, telúricas…”, dice Aleixandre a todos aquellos

que, engolados, afirman que la poesía no es destierro de un mundo vago en el recuerdo y en el presentimiento,

que no es sed de retorno a la niebla, que no es rastro fugaz y resplandeciente, que no es éxtasis (profecía

o recuerdo), ni destino ineludible, ni mundo elemental, primero, ni cruce de luz y sombra, que no es instinto,

ni límite ausente, ni fuerza oscura, cósmica o telúrica.

Y después de todas las sabrosas poéticas, viene Jacques Vaché, enfant terrible, y nos suelta el perro

hambriento de la verdad: “la poesía, como la felicidad, no existe; solo existen momentos poéticos o felices.

Amén.

 

Manuel Navarro