[uno nunca sabe si incorporar a un nuevo poeta, y cuándo hacerlo, sobre todo si se trata de un autor temprano o precoz, 

que no abundan demasiado.

Parece que es cada vez más frecuente que un narrador escriba también libros de poesía, y no me refiero a la prosa poética

o a los poemas en prosa, sino a los géneros bien diferenciados.

El asunto, de algún modo, complica la valoración del autor, y posiblemente esté basado solamente en los propios prejuicios,

como sucede con los traductores poetas y poetas que traducen, sobre todo porque uno sospecha que han podido hacerse

una lógica pregunta: si traduzco poesía y la traducción debe ser creativa, ¿no soy acaso poeta?

En suma: hoy vamos a presentar a un poeta al que no conocíamos y que -al parecer- ha escrito poesía y novelas

también esa literatura intermedia de fragmentos, aforismos, apuntes sueltos y ocurrencias.]

 

 

tomado de

 

Las razones del aviador

Revista de creación y pensamiento

 

con la coordinación editorial de

José María Castrillón

y la asesoría de

Jordi Doce, Jaime Priede

y el mismísimo Tomás Sánchez Santiago

 

la entrada, el post, data de abril de 2011:

 

 

 

 

tomás sánchez santiago

 

7 poemas 7

 

 

de las acumulaciones 

 

del libro  pérdida del ahí

 

 

 

 

obligación

 

 

Abre la boca y tira ya

las acumulaciones.

                              Aguas

tan retenidas mal pueden dar

otra cosa que olor y escarmientos.

Deja que, aun mal sentadas, pesen en tu oído

las sílabas blancas

que ahora te visitan.

                                Ponlas afuera,

lejos de los músculos, del ennegrecimiento.

 

 

 

 

 

 

el alojado

 

 

Sólo llega a ser huésped quien no contrató frascos

donde guardar saliva y números

pendientes de celebrar.

Bailarás con la vida,

si es así,

como baila un sordomudo con la mirada, inventando

la música en sus ojos

en medio de la fiesta y de espaldas

a una plata cansada de trompetas.

                                                     Tan sólo si deshaces la luz

entre los dedos y soplas de una vez sobre los nombres y ves caer

sus estambres sin ruido,

sabrás que quien aloja tu lenguaje también conoce esa virtud

de apartar las preguntas de tu lado

y vigilar las inmediaciones del pan,

las canciones musitadas,

la intimidad oscura de los dedales alejados

del uso.

 

 

 

 

como la vida

 

 

A medio morder, la fruta llora y se oscurece.

Fulgor de lo empezado, se mueve la dulzura

entre los dientes.

                          Tintineos de una azúcar pequeña

que se esconde del mundo

para librar la tormenta del hueso, que viene

retumbando.

 

 

 

 

 

finales de verano

 

 

 

Furiosas mañanas rojas del verano, ¿qué nos dejasteis en vuestra

dentellada?

                                                                                                Ahora

estas otras son amarillentas como una cera usada y sin porvenir.

Dulces aspas enfermas de septiembre, cómo descolgáis de su

lugar canciones rojas, manzanas nocturnas y ruido de sandalias

que se alejan.

 

 

 

 

árboles

 

 

 

Todo se lo dejan hacer: nidos arriba, manchas torcidas y

tachaduras sobre los nombres aborrecidos.

                                         Pasión silenciosa la de los árboles.

Y hay un ritmo interior que desentona el juego ciego de las

elaboraciones:

                       hojas, frutos, vainas, flores.

Y, luego, no se defienden nada. Se entregan a las usurpaciones

como animales quietos.

                                  ¡Y mira que nada consiga defraudarlos…!

Caen sobre su entereza manos, dientes, picos, frío. Y no hay

idioma en ellos que delate el dolor de los arrancamientos. Nadie,

nadie sabe a qué suena la voz pasiva de los árboles.

 

 

 

 

río

 

 

O lleno de canción o un filete de estaño que nadie solicita. Agua

de la verdad, nada te cierra el paso. Y entonces cuidas en tu ronda

de noche el sopor de los perros abandonados, las campanadas

sangrientas en los relojes más altos, los partos y los sueños y las

extremaunciones.

Un almanaque de asuntos silvestres baja por tus riberas. Estrépito

y mercancías asustadas.

Río.

 

 

 

 

boca

 

 

Miro tu boca tajante y llena de semillas. No da palabras

célebres. No invoca. No espera en sus ángulos húmedos

esos negocios crujientes de los hombres.

                                                               Y, sin embargo,

un curso de agua ciega no apagaría su luz, hecha de risa

y de entresijos.

                                                                               Pido

que me caliente en el invierno su lengua, por donde pasan piedras

blancas y peces resbaladizos y frutos sin ánimo

hasta que tú los nombras.

 

 

 

 

en lugar de

 

 

Lo que tú no me das ya me lo da septiembre en sus cruces

húmedas y en sus primeras sustracciones.

                                                                   Atravieso

la compañía rojiza del atardecer como quien pisa unos tejados

inofensivos. Hay en el aire sal y temperaturas fulminadas.

Y todo llama al dulzor ya entre alarmas amarillas:

                               ¿qué va a ocurrir? ¿qué va a ocurrir?

Astros pertenecidos, pámpanos de fuego, quedaos con tanta

cercanía como podáis, ¿no veis que hay verdades abiertas y una

estación entera viene a mojar mi boca

ya?

 

 

 

 

es la dejadez

 

 

Pasa sobre nosotros la luz callada de la dejadez. Y tras su estela, ¿qué

queda ennoblecido? Música de astros muertos, ortigas, tijeras brutas.

Es la sorda medida de las omisiones, con su pedrada

de oro.

Este es el oficio de agarrarse a las cáscaras.

Tú no lo puedes soportar. Buscas pasillos blancos.

O aúllas sin orden.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tomás Sánchez Santiago (Zamora. 1957) es autor de los libros de poemas Amenaza en la fiesta (1979), La secreta labor de cinco inviernos (1985),

Vida del topo (1992), En familia (1994), Ciudadanía (1997) y El que desordena (2006).

Ha publicado los libros en prosa Para qué sirven los charcos (1999) y Salvo error u omisión (2003). Es autor de la novela Calle Feria (2007).

 

 

 

 

 


 

 

 

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