Prólogo de Julio Cortázar a

Eureka

Ensayo sobre el universo material y espiritual

Título original: Eureka: A Prose Poem

Edgar Allan Poe, 1848

Traducción: Julio Cortazar

Con profundo respeto dedico esta obra a Alexander Von Humboldt

Eureka fue escrito en 1847, pero es imposible saber cuánto tiempo lo pensó Poe.

«Desde niño -dice Hervey Allen— había amado las estrellas, desde los días del telescopio en casa de John Alian.

En las páginas de innumerables revistas había leído los artículos astronómicos y seguido las noticias del progreso de la ciencia a medida

que avanzaba década tras década. Y ello lo había llevado a Laplace, a Newton, a Nichol, a oscuras obras de física y matemáticas, a Kepler

y a Boscovitch».

Casi toda su vida literaria habría de transcurrir antes de que aquella temprana ansiedad cosmogónica alcanzara fuerza obsesiva.

Poe empezó la redacción en el triste período subsiguiente a la muerte de Virginia Clemm.

De noche, paseando con Mrs. Clemm por el jardín del cottage de Fordham, observaba el cielo que constituía el límite visible de ese Universo

cuya génesis y aniquilación se había propuesto revelar y explicar. La obra parece haber sido escrita rápidamente, obedeciendo a un impulso

incontenible.

La ya insana incomunicación de Poe con el mundo inmediato, la «locura» inminente que lo precipitaría a la muerte, pueden registrarse de

manera dramática en las circunstancias exteriores a la composición de Eureka, e indirectamente en la obra en sí, en la medida en que su

sagacidad y lucidez intelectual funcionan en el vacío, orgullosamente seguras de descubrir por sí solas las verdades últimas, con un mínimo de

datos físicos y corroboraciones científicas.

Su actitud al terminar la obra es la de un desequilibrado, como lo prueba su convicción de haber escrito un libro revolucionario, superior a

todas las conjeturas cosmogónicas pasadas y presentes, y la triste crónica de su entrevista con el editor Putnam. Poe se presentó con aire nervioso,

declarando que lo traía una cuestión de la más alta importancia.

«Sentándose frente a mi escritorio, y luego de mirarme durante un minuto con sus brillantes ojos, dijo por fin: ‘Soy Mr. Poe.’

Como es natural, me sentí todo oídos y sinceramente interesado por el autor de El cuervo y El escarabajo de oro. ‘No sé

realmente cómo empezar —dijo el poeta tras una pausa—. Se trata de una cuestión importantísima.’ Luego de otra pausa y

temblando de excitación, empezó a decirme que la publicación que venía a proponer era de un interés fundamental. El

descubrimiento de la gravitación por Newton resultaba una mera fruslería comparado con los descubrimientos revelados en su

libro. Provocaría inmediatamente un interés tan universal e intenso, que el editor haría bien en abandonar todos sus restantes

intereses y hacer de la obra el negocio de su vida. Bastaría para empezar una edición de cincuenta mil ejemplares, pero sería

apenas suficiente. Ningún acontecimiento científico de la historia mundial se acercaba en importancia a las consecuencias que

tendría la obra. Y todo esto y mucho más lo decía, no irónicamente o bromeando, sino con intensa seriedad, pues clavaba en mí

sus ojos como el Viejo Marinero… Por fin nos aventuramos a editar el libro, pero en vez de cincuenta mil tiramos quinientos

ejemplares…».

Como es natural, ni el libro ni las conferencias que basándose en él pronunció Poe resultaron inteligibles para la mentalidad de su tiempo.

Los pocos que hubieran podido atisbar la verdadera importancia de Eureka —que es una importancia estética y espiritual— estaban en sus pináculos,

en sus camarillas, lejos de todo contacto con alguien que jamás los había halagado.

Eureka cayó en la misma nada que profetiza a la creación, y sólo los lectores sensibles —los franceses sobre todo, desde Baudelaire hasta Paul

Valéry— entendieron su especial hermosura y el perfecto derecho de su creador a calificarlo de poema y reclamar que como tal fuera leído.

Puede interesar aquí esta síntesis del libro, hecha por el mismo Poe en una carta del 29 de febrero de 1848:

«La proposición general es ésta: Puesto que nada fue, en consecuencia todas las cosas son.

Un examen de la universalidad de la gravitación, esto es, del hecho de que cada partícula tiende, no hacia ningún punto común,

sino hacia toda otra partícula, sugiere la perfecta totalidad o absoluta unidad como fuente del fenómeno.

La gravedad no es sino el modo según el cual se manifiesta la tendencia de todas las cosas a retornar a su unidad original;

no es sino la reacción del primer Acto Divino.

La ley reguladora del retorno, esto es, la ley de gravitación no es sino un resultado necesario del único modo posible y necesario

de irradiación uniforme de la materia a través del espacio; esta irradiación uniforme es necesaria como base de la teoría nebular

de Laplace.

El universo de los astros (a diferencia del universo espacial) es limitado.

La mente conoce la materia sólo por sus dos propiedades: la atracción y la repulsión; en consecuencia, la materia es sólo atracción

y repulsión; un globo de globos finalmente consolidado, siendo una sola partícula, carecería de atracción, esto es, de gravitación;

la existencia de tal globo presupone la expulsión del éter separador que sabemos existe entre las partículas en su estado de difusión

presente; por lo tanto, el globo final sería materia sin atracción y repulsión; pero estas últimas son la materia; luego el globo final sería

materia sin materia, esto es, no sería materia: debe desaparecer. Por lo tanto, la Unidad es la Nada.

La materia, al surgir de la unidad, surgió de la nada, esto es, fue creada.

Todo retornará a la Nada, al retornar a la unidad…

Lo que he propuesto revolucionará a su tiempo el mundo de la ciencia física y metafísica. Lo digo con calma, pero lo digo.»

La seguridad del último párrafo no se ha confirmado. Los hombres de ciencia que condescendieron a examinar Eureka lo han declarado por

unanimidad un «castillo de naipes». Hasta Humboldt, a quien estaba dedicado con tanto fervor el ensayo, guardó silencio —se supone que desdeñoso—

a una consulta del no menos fervoroso Baudelaire.

No es en esos sectores donde hay que buscar la razón de la supervivencia de Eureka y su profundo atractivo para tantos lectores.

En realidad, quienes se obstinan en seguir juzgando a Eureka por su valor científico cometen el mismo error de Poe sin ninguno de

sus atenuantes.

Los buenos lectores de este poema cosmogónico son aquellos que aceptan, en un plano poético, el vertiginoso itinerario intuitivo e intelectual

que Poe les propone, y asumen por un momento ese punto de vista divino desde el cual él pretendió mirar y medir la creación. Nuestro tiempo tiene

pocos poetas cosmogónicos; la poesía es siempre cosa sublunar.

Es raro y vivificante descubrir esa actitud en uno que otro poeta, y la experiencia de leer al primer Jules Laforgue, por ejemplo, como la de leer

Eureka, devuelve por un momento el espíritu a su verdadera situación en el cosmos, de la cual los hábitos mentales lo arrancan continuamente. Cuando

Poe, en el pasaje quizá más hermoso de Eureka, nos coloca dentro de la inmensa Y mayúscula de la Vía Láctea, y nos muestra que el cielo que vemos

más o menos estrellado depende solamente de que en un caso estamos mirando a lo largo de la Y, y en el otro miramos a través de ella, se tiene por un

instante un vértigo de infinitud, porque junto con él estamos mirando con ojos más que humanos, con ojos abiertos en el límite de una tensión poética y

mental al borde de la ruptura. Sólo así hay que leer Eureka, recordando que él lo dedicó «a aquellos que sienten, más que a los que piensan», y lo mostró

como un producto de arte.

Todo bien considerado, las mejores páginas que se han escrito sobre este libro siguen siendo las de Paul Valéry. En el fondo Poe no se equivocaba

al atribuir importancia a su libro, porque la creyera de un orden distinto.

Así lo siente W. H. Auden: «Había mucho más de audaz y de original en tomar el más antiguo de los temas poéticos —más antiguo aún que la historia

del héroe épico—, es decir, la cosmología, la historia de cómo las cosas llegaron a existir tal como son, y tratarlo de manera completamente contemporánea,

hacer en inglés y en el siglo XIX lo que Hesiodo y Lucrecio habían hecho en griego y latín siglos atrás…»

Poe lo hizo, y acabó de quemar su inteligencia en esa desesperada empresa más solitaria que todas las suyas. Al año siguiente cuando erraba por

Filadelfia alucinado y borracho, escribiría a Mrs. Clemm: «No tengo deseos de vivir desde que escribí Eureka. No podría escribir nada más».

  Julio Cortázar


 

 

 

 

 

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