prólogo de pere gimferrer

francisco umbral

carta a mi mujer

Editorial Planeta, S. A., 2008

Primera edición: febrero de 2008

Barcelona

 

prólogo

 

 

Sabemos acerca de Carta a mi mujer lo siguiente: en dos etapas, perfectamente fechadas entre 1985 y 1986, Francisco Umbral mecanografió, con máquina de escribir, un previo original manuscrito del cual sólo una palabra, de la que da cuenta, le resultó a él mismo indescifrable. Terminado el tecleo, Umbral no se decidió a publicar el libro, cuya única copia mecanográfica fue conservada por su esposa y destinataria, a la que, en el verano de 2007, el autor pidió que trasladara a ordenador, con vistas a su publicación próxima, el texto; pero Umbral falleció impensadamente cuando su mujer, España (a quien en el original llama María porque existe cierta tendencia de algunos a convertir su nombre, característicamente republicano, en una «María España» ausente del santoral), sólo había iniciado la tarea.

En alguna hoja, el estado de conservación del original no es impecable; pero ofrece indicios tipográficos, morfológicos y semánticos suficientes para restablecer sin aventurerismo alguna palabra de lectura problemática. En cuanto a la razón o las razones por las que Umbral tardó algo más de 20 años en decidirse a publicar el libro, no seré yo —que tardé más de 30 en publicar mi novela corta La calle de la guardia prusiana, y tengo aún inédito un volumen de poesía escrito en 1970— quien se sorprenda por ello, y baste con recordar, aquí y en el extranjero, los muy numerosos títulos (desde El contenido del corazón de Luis Rosales hasta La rosa de arena de Henry de Montherlant) que su autor demoró décadas en dar a conocer (y dejo adrede fuera los casos de obras propiamente póstumas, como Maurice de Forster o Poeta en Nueva York de Lorca, porque Umbral tomó en vida la decisión de publicar ésta).

¿Qué lugar ocupa Carta a mi mujer en la obra entera de Umbral? Incluso desde su mismo título, la naturaleza del texto resulta inequívoca: no pertenece al mucho más numeroso grupo de las que podríamos llamar las crónicas exteriores de Umbral —tales como Trilogía de Madrid, Y Tierno Galván ascendió a los cielos o Leyenda del César visionario, para citar tres libros de los que, al menos en algunos de sus avatares, yo mismo fui editor, e incluso, además, prologuista del último— sino al más reducido de las obras intimistas, entre las cuales fue señero Mortal y rosa, que entusiasmó a alguien estilísticamente tan alejado de Umbral como Pla. Y al aludir al estilo, aludimos desde luego a lo esencial, en toda la escritura de Umbral, y más acentuadamente en libros como éste.

Carta a mi mujer no es, y desde luego no pretende ser, un balzaquiano esbozo de las «pequeñas miserias de la vida conyugal», ni pertenece tampoco, desde luego, al linaje de las confesiones sobre la vida heterodoxa en pareja que hallamos en Michel Leiris, Simone de Beauvoir, Nigel Nicolson, Anaïs Nin o Juan Goytisolo; su territorio es otro: la ascensión de la cotidianidad a la poesía en virtud de la palabra. De ahí la importancia decisiva de los valores léxicos y rítmicos y las asociaciones sintácticas propias de la poesía, incluso con fragmentos no sólo redactados con pauta métrica, sino alguna vez dispuestos como verso en la página.

Y, sin embargo, Carta a mi mujer no es ni un relato disfrazado de poema ni un poema disfrazado de relato. En una ocasión (indicada, en cabecera de página del original, por las acotaciones manuscritas «al derecho» y «al revés»), Umbral incluso llega a rehacer, rizando el rizo, el gesto de Juan Ramón Jiménez cuando publicó una versión dispuesta como verso y otra dispuesta como prosa del mismo texto, Espacio, a lo que Umbral añade un posible sentido ascendente y otro descendente de lectura, como en un capicúa, o como en estos bodegones de Arcimboldo que mirados en un espejo se convierten en retratos; sin embargo, a todas luces Umbral no se propone medirse con J. R. J. en el terreno propio de éste, sino simplemente desplegar, para su propósito central, recursos expresivos que no podía usar en su escritura periodística o más estrictamente novelesca.

¿Cuál es, con todo, ya que acabamos de aludir a él, dicho propósito central? Manifiestamente, Carta a mi mujer no trata de aquello de lo que parece tratar: un jardín, un citroen GS, unos sauces, un magnolio, unas urracas, y así sucesivamente; si así fuera, tendríamos un libro de la familia del de Izaak Walton sobre el pescador de caña, tan justamente apreciado por Unamuno, pero salta a la vista que no es éste el caso: cuanto aquí se describe son metáforas de la vida de una pareja en la madurez y del presentimiento de la etapa final de la existencia de su autor; intimaciones de la muerte que vetean una cotidianidad pugnazmente vital, que afirma su voluntad de ser mediante el enérgico júbilo de las palabras.

Los valores líricos no son algo añadido al texto, sino su razón de existir. Por eso el libro resulta tan conmovedor: en él, un hombre, en una intimidad ajena a su personaje público, dice su voluntad de perdurar y trascender en la palabra, desapegado de las servidumbres que la interpelación al lector impone a veces al cronista, y atento, pues, sólo a su ser último, a la verdadera raíz de su expresión, al nervio que sustenta el estilo, y distingue así al verdadero escritor del que es sólo estilista. Un estilista puede impresionar, pero sólo un escritor es capaz de conmovernos, y, en grado comparable al de los momentos expresivos más altos de su autor, Carta a mi mujer nos conmueve, porque en estas páginas hoy al fin restituidas se halla de cabo a rabo, de la primera línea a la última, lo que más auténticamente define a quien las escribió, y su belleza no es sólo estilística, sino que tiene también la desvalida grandeza impávida de la dignidad y la veracidad.

pere gimferrer

 

 

Para sobrevivirme te forjé como un arma.

PABLO NERUDA

Veinte poemas de amor

y una canción desesperada

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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