pasión desapasionada

t.s. eliot:

 

 

 

2000, Universidad
Nacional Autónoma de México

Coordinación de humanidades

Programa Editorial

T. S. ELIOT
Ensayos escogidos

Selección y prólogo
Pura López Colomé

Poemas y Ensayos

Grandes Ensayistas

   

 

 

 

prólogo de pura lópez colomé

 

pasión desapasionada

 

 

 

No creo incurrir en una exageración al decir que la poesía y la prosa de T. S. Eliot se leen y valoran hoy como nunca en vida del autor, sobre todo porque él mismo solía mantenerse en una suerte de anonimato respecto de su persona dentro de las estancias y cámaras profundas de su obra.

Al leer a Pound, Kung se sitúa frente al bardo Ezra dentro de cada palabra y entre un aliento y otro. Qué decir de Joyce, quien sólo estuvo interesado en sí mismo hacia adentro y hacia afuera (actitud esta última que, la verdad sea dicha, Pound nunca compartió, al menos en relación con  sus amigos: el propio T.S. afirmaba deberle “todo”). Y conste que no estoy hablando de modestia.

Al referirme al anonimato de Eliot, más bien lo hago tomando en cuenta su herencia del simbolismo: el destino de la obra es que Nadie la escriba. 
Antes era muy difícil observar al individuo creador tan absolutamente congruente que logramos conocer hoy: su crítica responde a su poesía, y su poesía a su crítica. Son casi eco una de otra. No hay un resquicio, una grieta por donde sorprendamos a Eliot cayendo en alguna contradicción. Cierto, siendo un ente racional acaso por definición, se cuidó mucho de que tal o cual poema de su autoría negara lo que predicaba en sus ensayos de generalización.

De igual modo, fue inmensamente cauteloso en cuanto a sus metáforas: nadie-debía percatarse de que aquella voz se entretejía con la suya; que al descubrir, en los Four Quartets, a la mente “consciente, y a la vez consciente de nada” bajo los efectos del éter, en realidad estaba hablando del caso particular y tan cercano de su esposa Vivien. Porque no importaba. Y no importa.

Quién escribe, quién es autor, quién mira por primera vez el hilo negro, o de quién se trata todo esto. La metáfora que sigue a la experiencia narcótica lo confirma:

 

Dije a mi alma: quédate quieta, y espera sin esperanza

Pues la esperanza sería esperanza de lo equivocado …

 

He aquí una de las reflexiones más importantes del pensador poeta a todo lo largo de sus ensayos: el arte en general, la literatura, la poesía en particular, han de ser impersonales; por lo tanto, visión artística y acontecimiento en una vida deben estar separados. Dice en “La tradición y el talento individual”:

 

La poesía no es un dejar suelta a la emoción, sino un

escape de la emoción; no es la expresión de la personalidad,

sino un escape de la personalidad, si bien, desde

luego, sólo quienes cuenten con personalidad y emociones

sabrán lo que significa querer escapar de ellas.

 

El ser humano que escribía en las habitaciones del eco daba cuerpo a la tradición, era la (nueva) forma de palabras utilizadas antes por otros hombres. Pregunta y responde Hugh Kenner, autor del libro-remolino The Pound Era, biografía, si las hay, de la generación Vórtex:

 

“¿Quién es el poeta? ¿Un medium? Hasta cierto

punto, las palabras lo usan a él; en su pensamiento,

distintas cosas, incluso lingüísticas, se someten

perpetuamente a nuevas combinaciones. Acaso dando

vuelta al tablero, él logre que las palabras escritas por

otros suenen como si su persona las hubiera producido

 

Fue Shakespeare, entonces, quien recibió el Premio Nobel. Quien se prolongaba y prolonga. El único encantador. El escritor real. El poeta. Uno y todos los testigos de ese (este) siglo de huesos que dieron existencia al arrecife de coral y pusieron perlas en los ojos de quien vio por otros ojos y otros y otros. Cuenta Eliot al criticar al crítico, al poetizar el poeta:

 

Descubrí que los ensayos que todavía me complacían

eran los que trataban de los contemporáneos de

Shakespeare, y no los que se referían al propio Shakespeare.

De esos dramaturgos menores aprendí mis

lecciones de formación poética; fueron ellos, y no

Shakespeare, los que estimularon mi imaginación,

formaron mi sentido del ritmo y nutrieron mis

emociones [ ] Un poeta de la grandeza suprema de

Shakespeare apenas puede influir: sólo puede ser imitado.

Y la diferencia entre influencia e imitación estriba

en que la influencia puede fecundar, en tanto

que la imitación -especialmente la imitación inconsciente-

lo único que puede hacer es esterilizar.

 

Lejos de ningún estancamiento, el Eliot descubridor del túnel del tiempo en el instante, el afirmador de que cada momento es una aterradora convalidación de lo que hemos sido, necesitaba vivir a futuro, con los ojos abiertos para siempre.

A él le fue dado no sólo escribir su época (como objeto directo) al escribir su obra: en 1956, Joyce estaba muerto; Lewis, ciego; Pound, preso. El autor de The Waste Land mostraría fidelidad, además, a la consigna de la mirada atenta, sin cambiar gran cosa en apariencia. Día con día cargaba el cuerpo que expresaría el brillo y la oscuridad, “a no ser por la intensidad de su preferencia por lo anónimo”.

Y la persona, el ego a todas luces: ¡fuera! El gato Prufrock, habitante de un siglo yermo, optaba por proyectar sus nervios en una pantalla. Y después de razonar con asombrosa claridad acerca de la inasibilidad de la poesía, de la lente trascendental, gritó que en realidad regresaba de entre los muertos para decirnos lo que nos diría a todos: Sí, Shakespeare seguirá siendo el único premiado.

 

ll

 

La crítica parece coincidir con lo que el autor pensaba respecto de su prosa: lo no perdurable son los ensayos que él llamaba “de generalización”, filosofía, reflexiones acerca del arte, la creación, las funciones sociales y los deberes del artista, entre otros asuntos. Lo trascendente se suele ubicar en la crítica en torno a ciertos autores.

Yo no estoy del todo de acuerdo, principalmente porque en el caso de sus análisis en torno a Dante, Baudelaire, Yeats, entre otros, en realidad está aplicando los descubrimientos mencionados en sus otros escritos. La única diferencia es que la labor se realiza, en estos casos, con mayor detalle, mayor ejemplificación, pero no menor introspección.

Digamos que los comunes denominadores del pensamiento de Eliot expresados en “Función de la poesía y función de la crítica”, “La tradición y el talento individual” o “Criticar al crítico”, siempre asoman como criterios normativos, como reglas de tres, en sus meditaciones particulares. Y aquí, de nuevo, cumple el autor con su propio dictum, en el ensayo dedicado a WB. Yeats, tras cuyo espejo emerge aquel yo despersonalizado:

 

Hay dos formas de impersonalidad: una que es natural

en el mero artífice experto, y otra que el artista va

alcanzando a medida que va madurando ( … ] Uno es

el poeta capaz de expresar una verdad general, tomándola

de una experiencia intensa y personal; otro, el

poeta que, conservando toda la particularidad de su

experiencia, hace de ella un símbolo general.

 

El tiempo tampoco parece cambiar el pensamiento de Eliot, constituyéndose como uno de esos comunes denominadores. Así, podemos ver que su aseveración acerca de la inexistencia del verso libre aparece lo mismo en “Reflexiones sobre el vers libre”, escrito en 1917, que en “La música de la poesía”, escrito en 1942.

Sus preocupaciones en torno al núcleo expresivo de cualquier poema surgen en casi todos sus ensayos, esa imperativa necesidad de no leer poesía como el producto de una época o de una corriente generacional, sino como arte verdadero y autónomo:

 

“Desearía yo -exige en ‘Función de la poesía y función de la crítica-

que prestásemos más atención a la propiedad expresiva,

a la claridad u oscuridad, a la precisión o imprecisión

gramatical, a la palabra justa o inadecuada, elevada o vulgar, en

nuestro verso; en fin, a la buena o mala crianza de nuestros poetas

(no a lo representativos de su época que puedan ser)”

 

 

En el fondo de este modo de ver, de aproximarse a lo central de la poesía, está el compromiso. básico del poeta con su lengua. El caso de Eliot o el de cualquiera, en este sentido, son los ríos que van a la mar. Él no quería expresarse en un inglés más británico que americano. Según Kenner, aspiraba a una lengua neutral que eliminara las diferencias entre la razón y el orden, y la estructura entera de la lengua misma que, a consecuencia, quedaría purgada de incompetencia y subterfugio alguno.

Como crítico y como poeta, Eliot empleaba el mismo procedimiento creativo. Primero, había que darse por vencido ante algo que se admite superior. Esto no era otra cosa que el vehículo lingüístico, el verbo. Quien tenga esta actitud, gozará del privilegio posterior de llamarse artista al incorporarle sus visiones, su experiencia. De ahí viene el reconocimiento, el sí existe ese “algo que decir”, que echa a andar el motor de emociones e intelecto.

Tenemos entonces, por un lado, la insoslayable claridad de una manera de razonar en el medio ensayístico; y, por otro, el material psíquico desconocido, “el pulpo o el ángel” con el cual lucha el poeta, ese “oscuro impulso”.

Eliot insistía en que el crítico debía experimentar en carne propia la sustancia que quería tratar. En la práctica, dio vida al famoso crítico-artista, ideal alcanzado sobradameme. Tocó con la palabra poética el tiempo sobre todo; también, la fuerza de gravedad de la muerte o de la vida, y quedó deslumbrado por el chispazo que nos aguarda a todos, que se nos concede según explícita voluntad, para nadar a contracorriente: 

 

La liberación interior del deseo práctico, 

El alivio de la acción y el sufrimiento, alivio del interior 

Y exterior apremio, y aun así la permanencia en torno

De una gracia de sentido, una luz blanca inmóvil y en

movimiento …

 

Gracias a ello, fue capaz de analizarlo en el hombre en general y en los individuos. En Baudelaire lo mismo que en Goethe o Virgilio. Como un puñado de brasas dispersas en libros hoy, alientan sus visiones insepultas.

 

III

 

Según Hugh Kenner, el máximo logro de la “era de Pound” fue la abolición del “tiempo romántico” y su consolidación literaria. La consolidación de una abolición.

Sonido como el de la caída de las columnas de Hércules. El cambio generado, su profundidad, parecen mínimos cuando se piensa en el horror moderno. Pero, no. Hay un tiempo concebido de golpe. Uno solo. Y en él, la prueba de que los dioses no nos han abandonado. Pound dixit:

 

Ningún hombre puede ver su propio fin.

Los Dioses no han retornado.

“Nunca nos han abandonado.”

No han retornado.

 

La mente conoce, resuena el eco -Eliot dixit-, hace todo de nuevo y lo transforma en presente eterno.

 

 

 

Pura López Colomé

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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