jesús quintero y antonio gala

13 noches

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A Joana Bonet Camprubi

noche undécimala muerte

                  —¿Usted viviría mil años?

            —No viviría mil años porque me parece que la muerte no está mal pensada. La muerte da intensidad y vehemencia a la vida. La inmortalidad nos haría sentarnos, acomodarnos. Con mil años por delante, siempre diríamos: lo haré el siglo que viene, lo haré dentro de un par de siglos…

     

Una tarde, mientras paseábamos bajo el añil del cielo sevillano, recordé que Antonio Gala había estado, en una ocasión, clínicamente muerto. Alguna vez me había contado su experiencia de vida más allá de la vida y se me ocurrió decirle: Antonio, usted estuvo una vez en la frontera de la muerte, ¿no? Gala, con su natural rapidez de reflejos, me respondió: «¿En la frontera?… ¡Estuve en San Juan de Luz, como mínimo!» Sabía del amor de Gala por los cementerios. Sabía que siempre que llegaba a una ciudad solía visitar antes que nada los mercados y los camposantos y me constaba que las autoridades de varias localidades le habían ofrecido alguna que otra parcelita en tierra sagrada. Quién mejor que Gala, pues, para mantener un diálogo sobre la muerte, aunque reconozco que a mí el tema me intranquilizaba bastante, y no por miedo, no; porque yo, como Woody Allen, no le temo a la muerte, sólo espero no estar allí cuando suceda.

            —¿Usted viviría mil años?

            —No viviría mil años porque me parece que la muerte no está mal pensada. La muerte da intensidad y vehemencia a la vida. La inmortalidad nos haría sentarnos, acomodarnos. Con mil años por delante, siempre diríamos: lo haré el siglo que viene, lo haré dentro de un par de siglos… No haríamos nada, nos pondríamos gordos como zoilos, porque no se necesita tanto tiempo para hacer lo que tenemos que hacer, que es cumplirnos. Y es importante esa urgencia de tener que cumplirnos cuanto antes, esa urgencia de no poder decir: para mañana queda… No; hagámoslo hoy, emprendamos la marcha hoy. Es como las utopías lejanas: cuanto más lejanas estén, antes hay que ponerse a andar. No me gustaría vivir mil años. Me gustaría ir madurando y que, cuando ya estuviese maduro, de una manera lógica, cayera el fruto sobre la tierra.

            —Madurar y caer del árbol.

            —Madurar y caer del árbol del conocimiento, del árbol en que empezó todo. Porque toda la vida empieza al pie de ese árbol del conocimiento y de la ciencia del bien y del mal. El hombre alza la mano y peca, conculca un mandato. Es decir, el hombre es libre de decir no, libre de negarse a esa vida cómoda del jardín del Edén. A esa vida en la que es un animal cariñosamente tratado, con las necesidades cubiertas, como el resto de los animales. El hombre se rebela. Se ha rebelado en todas las mitologías. No es Adán sólo, también Prometeo y también Asclepio. Todos arrebatan a los dioses algo, todos se rebelan. Y ahí está, por una parte, el conocimiento del bien y del mal, que es la razón; y, por otra, la libertad. La libertad que salva y que condena, pero que hace grande al hombre. Ya lo he dicho mil veces, supongo que me repito, pero no me importa: el hombre ahogándose, náufrago en un mar, es más grande que el mar, porque el hombre sabe que muere y el mar no sabe que lo mata. Esa es la grandeza. Que, como castigo a tanta insumisión, acarrea la muerte.

            —¿Le emociona hablar de la muerte?

            —No más que hablar de la vida. Me emociona en cuanto que es una parte en sombra de la vida.

            —¿No se arrepiente de haber nacido para morir?

            —No creo que haya nacido para morir. Supongo que he nacido para vivir, y no me arrepiento, ya que estoy aquí. Por otra parte, no me dieron opción. Quizá si misteriosamente se nos pudiese consultar antes (quizá digo, no es seguro) hubiese dicho no. Pero, puesto que el hecho está consumado, prefiero que tarde en consumarse del todo y estar vivo.

            —Creo que usted vivió la experiencia de «vida más allá de la vida»…

            —Sí, y no fue una experiencia desgarradora. Coincido con los que dicen que hay un túnel y una luz al final. En efecto, así lo vi yo. Y coincido con los que dicen que la vida nos pasa como en una película: toda nuestra vida en unos instantes. Sucede como en los sueños, es un poco todo sin pies ni cabeza. No coincido en lo de los hechos importantes ni en la forma. Es decir, mi vida no pasó como momentos cronológicamente sucesivos, sino como una especie de retablo gótico que cuenta la historia de un santo. Estaban todos los momentos simultáneamente exhibidos. Y me sorprendió algo: no estaban los momentos que yo he considerado importantes en mi vida. Estaban momentos cotidianos, gestos cotidianos: mi padre enseñándome a dormir, mi padre enseñándome a sonarme la nariz, un beso de saludo… Y lo que sí vi, lo que sí sentí más bien, es una sonrisa, una sonrisa en el aire. ¿Usted recuerda el gato de Cheshire, de Alicia en el Vais de las Maravillas? El gato aparecía de una manera muy extraña: primero la sonrisa, luego aparecía el bigote, luego la boca, la cabeza, el cuerpo, la cola… Para desaparecer era igual: desaparecía primero la cola, luego el cuerpo, la cabeza, el bigote… y se quedaba la sonrisa. Esa sonrisa. Sentí y fue plácido decir: Bien, vamos… Vamos hacia la luz. Luego no fuimos.

            —¿No será que lo que queda es lo cotidiano, lo efímero?

            —Efímero es todo, yo creo. Pero somos un poco ambiciosos. Como los grandes imperios, hacemos templos, palacios, construcciones… Luego todo acaba en las ruinas y el polvo es lo que lo sostiene. Supongo que el polvo y la adelfa, que es la triunfadora de las ruinas en nuestra tierra, son lo importante: más que el mármol y el bronce, que decaen.

            —¿Lo que vio y lo que sintió le hizo concebir la esperanza de otra vida?

            —Yo creo que la esperanza esa ya la tengo. Si pudiéramos hablar de vida con minúscula y con mayúscula, yo diría que aquella es la Vida con mayúscula. Es la fusión con las vidas anteriores, con la fuente de la vida, con el río interminable y manso de la vida. Yo creo que la naturaleza, o quien la haya creado, es demasiado buena economista como para malgastar. Había una ley, que usted recordará del colegio, que creo que era de Lavoisier: «La energía no se crea ni se destruye, simplemente se transforma». Y, en el fondo, es lo que dice la Iglesia católica, sin querer decir eso, pero lo dice: «Vita mutatur, non tollitur», «la vida no se quita, se cambia». Eso es lo que yo presentí, y eso es lo que creo.

            —¿Y no da vértigo pensar en la eternidad?

            —Nuestros ojos son humanos y la eternidad no está hecha para ojos humanos. Excede la razón, pero no la contradice. El mismo vértigo podía darnos pensar en las inmensidades, en el infinito del cosmos, en los agujeros negros, en los cientos de millones de galaxias… Levantar los ojos y ver eso también da vértigo.

            —¿En aquellos momentos le dio ganas de confesarse?

            —No, ninguna. Por otra parte, tampoco tenía ocasión porque fue demasiado fulminante. Entré en coma, que es esa suave anestesia de la naturaleza, y la confesión ya no tenía lugar. Pero no sentí la necesidad. En ese momento final, la criatura y el Creador, si existe, serán la misma cosa. Un amanecer nuevo.

            —¿Usted no le teme a la muerte?

            —Yo creo que no tememos al hecho de la muerte. Tememos a esa especie de salto al vacío. En realidad, sólo lo desconocido nos parece terrible, sólo tememos lo que no comprendemos. Eso es lo que nos echa para atrás de la muerte: esa agonía que desconocemos cómo va a ser, ese paso de aquí a allá: el horror vacui. Ayer mismo me dijo alguien de Sevilla: «Don Antonio, cómo no voy a creer yo en el más allá, si vivo en el Cerro del Águila». Probablemente llevamos un poco en la masa de la sangre ese temor al juicio eterno, al juicio definitivo. Pero Dios no es un remunerador cruel. Si tenemos la idea católica de Dios, tendremos la idea católica de un padre. Ese juicio infernal, esas postrimerías, ese enlutamiento de la vida, esa transformación de todo en un valle de lágrimas para irnos llevando al Valle de Josafat, eso no me gusta. Yo prefiero pensar en la muerte como en la primera noche de veras silenciosa (yo amo mucho el silencio) en una especie de viejo sillón, en que uno se encuentra cómodo y se adormece. Prefiero pensar en la muerte como el final de una aventura extraña, de un recado que nos encomendaron sin pedirlo, y que no sabemos si hemos cumplido o no. Yo creo que la muerte es justamente la terminación de todos los miedos. Se acabaron los miedos, los miedos a envejecer, los miedos a perder lo que tenemos, a la persona que tenemos; el miedo al desengaño, el miedo a un mañana que siempre está un poco al acecho con la escopeta cargada… A mí me parece que la muerte es mucho más simple: una mano apaga la luz y nos quedamos en la oscuridad maternal, en el olvido, hasta de nosotros mismos. Porque ya no seremos más Jesús Quintero o Antonio Gala o aquel que nos escucha. Hay un verso, que usted recordará, de Manolo Machado, que dice: «Hijo, para descansar / es necesario dormir, / no pensar, / no sentir, / no soñar. / Madre, para descansar, / morir».

            —¿La muerte no le parece fea?

            —Yo creo que es que miramos la muerte desde la vida…

            —Y la hacemos fea…

            —La hacemos fea. Pero no es fea ni es bonita. ¿Es fea la oscuridad, es fea la noche, es fea la vida misma? Y, sin embargo, en la vida pueden suceder cosas atroces, pero no por ello decimos: la vida es fea. No, la vida se pone de pronto un poco extraña. Pensamos, por ejemplo, en la Antártida, y pensamos en el terrible frío. Pero es que pensamos en la Antártida desde nuestra mesa camilla. Yo no creo que sea fea la muerte, la hemos enfeecido, quizá.

            —¿Es verdad que le gustan los cementerios?

            —Sí, me gustan mucho. Mire usted, yo estoy tan hecho a la muerte que verdaderamente ya no la veo. Es como el aire. Respiramos, y no lo vemos. No la huelo. Soy como una especie de perfumista que, a fuerza de oler perfumes, ya no distingue bien. Ni la saboreo. Entonces los cementerios me dan un gran sosiego, me dan una gran paz. Y me dan, por qué no decirlo, una gran esperanza… Y, en todo caso, es bueno irse acostumbrando.

            —¿Por eso le regalan a usted parcelas en los cementerios?

            —Sí, me regalan parcelillas, bastante céntricas, por cierto, y algunas con vistas al mar. Yo creo que he visitado cementerios de todas las latitudes del mundo. Conozco muchos. No es que los coleccione, pero me gusta verlos. Cada vez que llego a una ciudad, siempre me intereso por los cementerios y por los mercados. Ver cómo los vivos se mantienen, y ver cómo de alguna manera mantienen a sus muertos. Me parece que define bastante a un pueblo. Sin duda alguna, debo haberlos piropeado en alguna ocasión, y tengo varios, varios enterramientos, digamos. Yo suelo contestar agradeciéndolos y diciéndoles que no soy muy aficionado a los estrenos; que, si quiere, la comisión municipal puede ir pasando y calentándome el sitio.

            —¿Qué le parece a usted ese refrán tan duro que dice «el muerto al hoyo y el vivo al bollo»?

            —Yo no lo veo mal. La vida continúa. Me parece además que los vivos, de alguna forma, tienen la obligación de vivir por los muertos. Es una especie de doble vida, de vida duplicada. Una delegación. No está mal eso. «Para sentir hay que comer», le oí decir el otro día a una viuda que estaba en el velatorio de su marido. Me parece que la vida y la muerte no se llevan tan mal como nosotros creemos.

            —A mí me contó un enterrador que las viudas y los familiares de los muertos van muy compungidos al principio, pero que después…

            —Es natural.

            —¿Le parece natural?

            —Yo creo que sí. ¿Usted opina que de por vida se puede uno vincular a algo tan concreto como una tumba? Una tumba en la que, ¿qué hay ya? Lo hermoso probablemente es el recuerdo. Hay una canción que dice: «El luto que es bien sentío, / se lleva en el corazón, / no en el color del vestío».

            —O sea, que el luto, como la procesión, va por dentro.

            —La procesión, en general, va por dentro. Y habrá mucha gente que visite con frecuencia los cementerios y que considere esto un acto social. Usted sabe que en los países árabes los días de fiesta, los viernes, se va a los cementerios a merendar, incluso sobre las propias tumbas. Yo encuentro que esa fusión de la vida, como decíamos al principio, ese no enfrentamiento sino coincidencia, como la urdimbre y la trama de un tapiz, es una lección de sabiduría.

            —Sin embargo, en Estados Unidos se puede considerar socialmente de mal tono hablar de la muerte.

            —Sí. A mí me da un poco de pavor ese rechazo por los muertos que tienen los países muy desarrollados. Ese Funeral Home, ese intentar que la gente ya muera en el hospital, y no en su casa, y luego trasladarlos a los tanatorios, donde se quedan solos, fríos y no perturbadores… Yo casi prefiero esa muerte muestra, un poco vociferante. Esos velatorios nuestros, esa sensación de desgarro nuestra, no esa frialdad tan antipática, esa toilette del cadáver, ese pintar y maquillar a los cadáveres… Yo recuerdo que una vez, en un Estado del centro de Estados Unidos, fui a visitar un funeral borne y me encontré a un señor sentado, con un traje azul oscuro, fumando un puro y perfectamente maquillado: era el muerto. Me dio tal impresión que retrocedí sin darme cuenta y me caí encima de un macizo de azaleas que había allí. No me gusta eso. Prefiero que la muerte sea la muerte, no ponerle miel por encima. Porque no lo necesita. Quizá lo necesitamos nosotros, pero no la muerte.

            —Sí, pero también ese desgarro nuestro, al que se refería, es terrible. Incluso para el muerto que, según dicen, en el momento de expirar, puede escuchar el llanto y los gritos.

            —Sí, yo creo que es una impertinencia, una falta de solidaridad. Deberíamos pensar que, en definitiva, el que se despide es él, y es él el que marca el tono.

            —¿Usted prefiere morirse sin darse cuenta o conscientemente, sabiendo que se está muriendo?

            —No me importa. Hace poco tiempo ha muerto un buen amigo mío, un viejo, en todos los sentidos, amigo mío. De noche. Cuando han ido a despertarlo estaba muerto. Pensamos todos: no es mala muerte. Pero ¿lo sintió? Eso no lo sabemos. Creo que en el último minuto el ser humano tiene como un deslumbramiento, se enfrenta por primera vez con él, sin las complicaciones y contradicciones que ha habido en la vida, y creo que elige. En ese minuto único en que de verdad es libre de aceptar, acepta. Tengo una gran confianza en eso.

            —No sé… Alguien me dijo alguna vez que se muere como se vive.

            —Supongo que se refería a la naturalidad, no a la forma en que se ha vivido. A mí me parece que la muerte es una aliada, que la muerte es buena, favorecedora, eximidora de temblores y temores. Lo que sucede es que no tenemos experiencia. Yo tengo un poquito de experiencia, pero muy poco. Y, con la que tengo, puedo decir que estaba de acuerdo y que, en el fondo, sí estaba muriendo como había vivido.

            —Hay escuelas para todo, pero no hay ninguna escuela que nos enseñe a morir.

            —Qué difícil es enseñar a morir. Yo creo que hay que improvisarlo. Mishima, que se suicidó, se hizo el harakiri, recordaba que los samurais recomendaban pensar unos minutos cada día en la muerte, porque era la única manera, decía él, de no temerla. Él, cuando se suicidó, dejó un papel escrito, diciendo: «La vida del hombre es limitada, pero a mí me gustaría vivir siempre», y se suicidó acto seguido. Es decir, que ese pero, esa adversativa debe entenderse como que él hubiese preferido la vida humana, pero que pasaba a otra vida distinta. Y eso también pienso yo.

            —¿Usted se suicidaría?

            —No creo. Simplemente, insisto en mi petición, que ya he hecho por escrito, de que cuando la vida ya no me valga (me valga en el sentido de servir y en el sentido de acompañar), cuando la vida me considere ya un despojo, cuando la vida me deshabite, quiero salir desahuciado de la vida lo más rápidamente posible.

            —¿Pide que no le alarguen artificialmente la vida?

            —Yo creo que el ser humano tiene derecho a la dignidad de la muerte y a que se le exima de dolores inútiles. Hay dolores útiles, dolores como el parto o como el que produce una enfermedad o una operación quirúrgica para salir de esa enfermedad. Tales son dolores de vida. Pero cuando el dolor se vuelve como un barco con velas negras desplegadas hacia un callejón sin salida, hay que evitarlo. Yo estoy completamente convencido de que el Estado hace mal en prohibir la eutanasia, en vez de regularla. El Estado tiene la obligación de mejorar la vida y de mejorar la muerte. Creo que todo vivo tiene derecho intransferible a su vida. Y creo que todo agonizante o todo moribundo tiene derecho intransferible a su muerte.

            —¿Y por qué el Estado se resiste a concedernos ese último derecho?

            —Por una especie de hipocresía, de querer lavarse las manos en esos extremos. Los Estados, o la sociedad, normalmente deja morir de hambre a millones de seres. Declara guerras atroces, es genocida, se desentiende de los viejos, se desentiende de los enfermos o cumple mal sus obligaciones de seguridad social y de sanidad, autoriza la pena capital… Y, sin embargo, ante la eutanasia, siempre vuelve la cara. Se desentiende, no quiere saber nada, no autoriza.

            —¿Qué le diría al desesperado que invoca la muerte?

            —¿Al que la invoca sólo?… Ése todavía está lleno de esperanza. Lo único que le digo es que espere todavía más. No más tiempo, sino con más intensidad. El fracaso no significa nada. El fracaso es sólo volver a empezar, simplemente unos puntos suspensivos o un punto y aparte. Pero la lectura sigue, la página sigue. Yo, a veces, en un momento muy triste de mi vida (usted se ha acercado bastante, también, a ese momento, ha tenido también el suyo) me ofrecía de verdad, cada noche, para morir en sustitución de gente que tenía más vínculos, más raíces. Y me ofrecía de todo corazón y adoptaba la postura que quería tener con la muerte. No fui recogido, no fui escuchado, no sé a quién me ofrecía. Pero invocar la muerte no sirve. Hay que invocar la vida.

            —Pero cuando la vida se convierte en un penoso trabajo, sin ninguna gratificación, no es extraño que uno quiera descansar. Recuerdo que en mi pueblo, cuando yo era muchacho, oía decir «pobrecito, ya descansó», cuando se moría alguien.

            —En Castilla se suele decir: «En caso de duda, yo la viuda». Son palabras consoladoras, pero nadie quiere descansar, normalmente. Hace poco tiempo, una actriz se quedó viuda y, por lo visto, no se llevaba muy bien con su marido. Yo lo supe de una manera póstuma, y al darle el pésame me dijo: «No, hijo mío, no. Los dos hemos pasado a mejor vida. Él está ya en el cielo y yo me he quedado en la gloria». Es una confirmación más de que se muere solo. Siempre se muere solo. Decimos con frecuencia: «Nacemos solos y morimos solos». No se nace solo, se nace de una mujer con una vinculación tremenda e imposible de imaginar por uno y, sin embargo, sí se muere solo. Por mucho que se muera entre gente, quien se muere es uno. Los demás están allí, pero no se mueren.

            —Los que nos resistimos a la idea de la muerte lo llevamos crudo, ¿no?

            —Antes o después, les llegará. Pero ¿por qué el temor a algo que es natural?

            —Será por soberbia.

            —¿Ha visto usted cómo mueren los animales, con qué naturalidad mueren, cómo se recogen en sí mismos, cómo se apartan del tráfago, de los líos vitales, de las costumbres, y se arrinconan para morir tranquilos? Es el dolor anterior, es la lucha anterior la que nos asusta, pero no el hecho de la muerte.

            —¿Cambia la visión de la muerte con el paso de los años, Gala?

            —Supongo que sí. Entre otras cosas, porque la gente muy joven no tiene idea de la muerte. Un niño, por ejemplo, no se va a morir nunca, aunque se muera al día siguiente, aunque le caiga de pronto una teja y lo mate, mientras que la gente ya mayor ve la muerte más cerca. Somos los novios de la muerte, permítame decirlo, como los legionarios. La muerte es nuestra prometida. Está al final del camino, lo que sucede es que no sabemos cuánto dura el camino, y probablemente esperamos que ella esté al final; es decir, en la vejez. Pero ¿y si ella anda a la inversa el camino que nosotros recorremos? Viene la prometida, nos pone una mano en el hombro, nos toma la mano con la suya, nos mira a los ojos y dice: «Vamos». Estamos en ese camino entreteniéndonos, distrayéndonos un poco con la música, con las flores, con el amor, y es hermoso que así sea. Es hermoso mirar el camino. Creo que lo importante es el camino, más que la llegada. En la vida la llegada es también el camino, pero la edad no importa. La muerte es igualitaria, no sólo con las clases sociales, sino también con las edades y las castas.

            —O sea que la muerte es socialista.

            —Bueno, en algún sentido; por lo menos es igualizadora. Toda la Edad Media se la pasaron metiendo a los poderosos, a los papas, a los obispos, a los reyes, en la «Danza de la Muerte», en la danza macabra. Supongo que era una especie de venganza, un consuelo un poco infantil pensar «ahí sí que ya somos todos iguales, y además ellos pierden más porque tienen más».

            —¿Usted cree que los que tienen más temen más a la muerte?

            —Por lo regular siempre se ha pensado así, y puede ser que sea verdad. El dejar casi nada es menos doloroso. Pero en el casi tenemos que incluir una cosa absolutamente mayestática y fastuosa, que es la vida. La vida puede tener muchos adornos o pocos adornos, pero es el único almacén que tenemos, más o menos provisto. La hayamos llenado de lo que hayamos querido o esté vacía (vacía digo de contenido), es la vida lo único.

            —¿Es más injusta la muerte de un niño que empieza a vivir o la de un joven en la flor de la vida que la de un anciano que ya ha vivido todo lo que tenía que vivir y ha visto lo que tenía que ver?

            —Yo no estoy seguro de que el anciano haya visto todo lo que tenía que ver, no es que me ponga de parte del anciano. Pero, si me pongo de parte de esos ojos demasiado humanos, que intentan ser justos a la manera de los hombres compasivos, a la manera de los hombres, estoy casi completamente convencido de que nadie que opina así se brindaría a sustituir en la muerte a un niño o a una mozuela en la flor de la vida. Creo de verdad que no entendemos bien la vida, que la vida no está hecha para ser entendida, y que todo lo que nos parece injusto en ella de alguna forma, incluida la muerte, patentiza nuestra antropomensura, nuestra idea de configurarlo todo como nosotros lo vemos. Y eso nos lleva a ser injustos nosotros, no la vida.

            —Recuerdo ahora que una de estas noches, cuando hablábamos del amor, dijo que éramos sexualidad y poco más. ¿Comprende a esa gente que cuando le ha llegado la decadencia, cuando ha dejado de funcionar, usted ya me entiende, se ha quitado la vida?

            —Tenemos buenos ejemplos de suicidas porque habían perdido lo que creían que era la única fuerza vital. Estaban, a mi entender (desconozco sus últimas circunstancias), equivocados. Yo no creo que la fuerza vital se pierda o, por lo menos, no del todo. Por otra parte, usted sabe que la muerte tiene una sexualidad sobreañadida. También es erotizante. La muerte puede llegar a ser una exaltación de la vida. La muerte está al final y pensar en ese final nos enardece.

            —¿Pero entiende que alguien se suicide porque ya no funciona sexualmente?

            —Esos suicidas son comprensibles, como otros suicidas. El suicidio es un problema realmente importante, trascendental. Hubo quien creyó que era el primer problema filosófico.

            —Camus, por ejemplo.

            —Por ejemplo… Yo comprendo que haya gente que, de repente, como el huésped famoso de un hotel, cuelgue un cartelito en la puerta, diciendo: «Estoy cansado, voy a dormir, no molesten». Querer vivir es siempre querer vivir más, meterse en la vida hasta los dientes, no ser testigo de la vida. Yo creo que la madurez comienza en el momento en que uno empieza a comprender su muerte, y admiro profundamente al hombre que, en el último tramo de la cuesta abajo, ya sólo compañero de la torpeza, de la inutilidad y de un dolor no demasiado digno, ponga fin con gallardía a su vida. Me parece que el suicidio ha de ser comprendido. Nadie es quién para perdonar al suicida; pero sí es cierto que ni el sufrimiento ni la pena conducen a la muerte. Probablemente el suicida se mata porque quiere más vida y porque quiere una vida mejor, no ésta. Creo que es un gesto de busca de la vida, no huyendo de la vida. De ahí que también admire, acaso más, a quienes siguen ejerciendo de vivos pese al dolor, al entorpecimiento, a la debilidad, hasta el final.

            —A veces la muerte es preferible a una vida que es sólo apariencia de vida. Porque hay muchos muertos en pie, que diría Bécquer.

            —Sí, los muertos vivientes, los que han agotado la vida sin vivir, los desazonados, los desganados, los tediosos, los que viven de trabajos que no los ayudan a cumplirse ni a realizarse, los que sufren de rechazo y de aburrimiento… Eso es tremendo. De eso sí que se debía ocupar la sociedad, más que de enseñar a morir: de enseñar a vivir. Yo creo que hay gente que sobrevive, pero que ya no vive. Yo detesto el verbo sobrevivir. Porque hasta el final la vida nos mantiene, la vida nos inunda, la vida puede cantar en nosotros si no la amordazamos, si no la maniatamos. Todas las penas que podamos sufrir en la vida, en el fondo, producen el efecto de un tóxico que nos va inmunizando contra el mismo tóxico, si lo tomamos en pequeñas dosis: como un mitridatismo. Todo el que sobrevive después del sufrimiento, incluso el que está inmerso en el sufrimiento, me parece un poco Dios. Porque la llama ilumina y quema al mismo tiempo. El brillo y la quemadura son hermanos. Yo creo que no se es Dios por haber comido del árbol del bien y del mal («seréis como dioses»), se es Dios por haberse fundido de verdad con la vida. Se es Dios porque uno ya, al final, empieza a transformarse un poco en animal, un poco en vegetal, un poco en piedra fría, juntando todas las vidas. Eso es lo que yo admiro. A eso es a lo que aspiro yo.

            —¿Sólo se vive una vez?

            —¿Usted cree en la reencarnación? A mí me han dicho que yo he sido Plauto, que he sido un joven llamado Lanscino en la época de Diocleciano. No tengo recuerdos, si quiere usted que le diga la verdad y tampoco siento dentro de mí voces que me digan Plauto o Lanscino, no. Soy yo, aunque antes haya sido ésos. Tendré que hablar con mi voz incluso para ésos. Si yo he sido muertos anteriores, por mi boca, por mis ojos y por mis manos esos muertos querrán acariciar las mañanas azules de este mundo y las cosas doradas de este mundo y el goce de este mundo. Si yo he sido alguien, y también en nombre de mis muertos, actúo por delegación, tengo más responsabilidad todavía porque he de vivir por más gente y en nombre de más muertos.

            —Por cierto, me dijo un enterrador que nuestro cuerpo se convierte en polvo a los cinco años.

            —No. Hay un pudridero famoso en España, que es el de La Antigua, de Valladolid, donde en dos días, allí, está usted absolutamente convertido en eso que acaba de decir.

            —Hay cajas de cinc, que permiten que se dure un poquito más.

            —Pues ya sabe usted lo que tiene que hacer al salir de aquí: ir encargándola.

            —¿Se da cuenta de que si le doy un tiro ahora mismo esta entrevista sería su último testimonio?

            —Sí, sería una entrevista sonada… en todos los sentidos. Pero ya me he asegurado de que usted no lleva pistola.

            —No esté tan seguro. ¿Prefiere algún lugar para morir?

            —Allí donde esté mi casa, como el pequeño extraterrestre de la película, sea donde sea, allí quiero morir.

            —¿Para descansar eternamente elige la tierra, el fuego o el aire?

            —El fuego, la incineración, y luego que me viertan sobre el agua y la tierra, o aireen mis cenizas.

            —¿Tiene pensado su epitafio?

            —No soy partidario de los epitafios. Pero, con frecuencia, he dicho que me gustaría uno: «Murió vivo». Me parece que es lo mejor que se puede desear: estar vivo, rotundamente vivo hasta el final. Creo que a los medio muertos ni la muerte los quiere.

            —Gracias, señor Gala, por hacerme, por lo menos, soportable la visión de la muerte. Hasta mañana por la noche.

            —Hasta mañana por la noche, con permiso de la autoridad competente, que en este caso es la muerte.

            —Toquemos madera.

            —Yo ya tengo los dedos ciñendo mi bastón.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

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