jesús quintero y antonio gala

13 noches

 –

 

 

 

A Joana Bonet Camprubi

noche novenala política

                    —¿Sería posible la política sin la mentira de sus actores principales: los políticos?

            —No sólo sería posible, sino que sería aconsejable. Yo creo que el principal defecto de un político es mentir. Mentir al pueblo que lo ha elegido, al pueblo que lo tiene como jefe, que voluntariamente ha decidido que él sea el jefe, es un mal pago.

 

 

     

        —Con su permiso me voy a fumar el primer cigarrillo.

            —Había prometido usted no fumar esta noche.

            —Es verdad, pero no creo que el tema que nos ocupa sea un tema apropiado para dejar de fumar.

            —Pues entonces me temo que tenga usted que pedir un cartón.

            —¿Un cartón?… Tampoco es tanto. Eso es lo que me vengo fumando últimamente entre acto amoroso y acto amoroso.

            —¿Tanto va de uno a otro, señor Quintero?

            —Señor Gala, ¿en qué momento de su apasionante vida, porque supongo que ha sido apasionante, tomó usted conciencia política?

            —Ha sido bastante más apasionada que apasionante… Hay dos momentos, muy seguidos (uno con diez años y el otro con once), en que recibí el impacto de la política, de una política municipal y espesa. Y tienen una cierta gracia, aunque entonces no me la hiciera. El primero fue a la vuelta de un «perol», esas fiestas campestres que se hacen en Córdoba. Volvía con un grupo de amiguillos e iba recitando el «Romance de la Guardia Civil» de Lorca. Al llegar al verso de «tienen, por eso no lloran, / de plomo las calaveras», un señor de paisano, que luego resultó ser guardia civil, me arreó un tortazo. Esa fue una toma de contacto un poco brusca. Al año siguiente, que fue el año justamente de mi primer amor, había un falangista notable que daba una de esas clases que se llamaban de educación política o algo así en el bachillerato de entonces y hablaba de la guerra civil. Yo no sé si con cierta maldad, me levanté y pregunté: «Pero ¿de qué guerra habla?», y me arreó el segundo tortazo. Me di cuenta de que por ese camino no íbamos a ninguna parte y creo que, desde entonces, me hice contestatario. Me parecía que esa educación a bofetada limpia no era lo que debía ser.

            —¿Sería posible la política sin la mentira de sus actores principales: los políticos?

            —No sólo sería posible, sino que sería aconsejable. Yo creo que el principal defecto de un político es mentir. Mentir al pueblo que lo ha elegido, al pueblo que lo tiene como jefe, que voluntariamente ha decidido que él sea el jefe, es un mal pago.

            —¿Y por qué mienten?

            —Mienten porque es conveniente echar cortinas de humo, no decir toda la verdad o decir media verdad, con lo cual se dice media mentira, y así se encuentran más escudados. No olvide usted que la información es ya un poder, y el poder no se le puede dar del todo a los informados, a los que deberían estar informados, sino que se reserva para el poderoso. No digo que sea honesto, pero es comprensible.

            —¿Está usted de acuerdo en que el poder corrompe?

            —El abuso del poder corrompe, y el poder está siempre a dos dedos de pasar del uso al abuso.

            —¿El poder aísla?

            —El poder aísla, irremediablemente.

            —¿El poder emborracha?

            —Yo creo que primero alegra, después marea y luego ya, si se bebe sin tasa, nos pone como una cuba.

            —Pero quizá lo más importante sea saber si el poder escucha.

            —Mire usted, si hay algo que sea exactamente lo contrario de un sonotone, es el poder.

            —¿Cuál es la servidumbre del poder, señor Gala?

            —Hombre, es que el poder mismo es una servidumbre. El poder está hecho para servir al pueblo. Probablemente lo que usted quiere preguntar, con su característica mala intención, es si el poder tiene servidumbres en otro sentido. Sí, las tiene. Hay que renunciar a muchas cosas. Para ingresar en esa mínima, cuidadosa, alta, exclusiva cofradía del poder hay que renunciar a los propios ideales, a las propias convicciones, hacerse obediente, hacerse servil, tragarse eso que se llama «sapos», desayunar cada mañana con ellos. Y ésa es una servidumbre dolorosa. Por no estar dispuesto a esa servidumbre, hay gente que no llega al poder, o que se aleja enseguida de él.

            —¿Para usted, qué cualidades debería tener un buen gobernante?

            —¿En serio?

            —En serio.

            —La honestidad, la humildad, la previsión, la ejemplaridad y la serenidad.

            —Raro de ver.

            —Raro de ver, pero con que hubiese algunos… ¿Usted se ha fijado cómo avanzan las grandes bandadas de aves migratorias? Avanzan en punta de flecha, y es uno quien las lleva. Ese uno tira de todas. Esa excepción es la maravilla. De esas excepciones están hechos los pueblos.

            —Para usted, entonces, lo más imperdonable de un político ¿es…?

            —La mentira, la falacia. La falacia no puedo excusarla. Me saca verdaderamente de quicio.

            —¿Y lo más admirable?

            —Lo más admirable de un político, para mí, es la disponibilidad de ser utilizado, o de ser sustituido, no por su partido, sino por su pueblo. Esa gallardía de decir: «Aquí estoy y, mientras os sirva, me tenéis; y, cuando no, me despedís».

            —Me pregunto cómo y cuándo se pasa de vivir para la política a vivir de la política.

            —Yo creo que todos los políticos han soñado que un día iban a tener encomendada una misión noble, hermosa, fuerte, generosa. Han soñado que la buena fe y el amor iban a ser sus armas; que iban a construir un país mucho mejor que el que encontraban. Habían sentido esa llamada que es la vocación política. Y, sin embargo, como una vocación frustrada, se encuentran de repente en un aburrimiento, en algo que no deciden, en que ya no hay alas, en que sólo hay números, dentro de ministerios extraños, siniestros y aburridos. Y se transforman en profesionales, y transforman la política, que había sido su ilusión, en una fuente de ingresos.

            —¿Se le debe exigir a un político que dé ejemplo o basta con que haga bien su trabajo, como cualquier profesional?

            —Debe dar ejemplo. Él está arriba y todo el que está arriba tiene como condición ser ejemplar, ser un modelo. Todos nos miramos en alguien, todos somos un poco «fan» de alguien a quien admiramos y a quien procuramos imitar. Entonces, ¿cómo no va a ser ejemplar, imitable, modélico el político? Debe serlo, por encima de todo.

            —¿Usted ha conocido a hombres con conductas verdaderamente desinteresadas, o todos nos movemos por algo?

            —No, no todos.

            —Me alegra saberlo.

            —Es difícil, pero sí. Conozco admirables científicos, conozco incluso admirables políticos que lo pasan tan mal que probablemente están deseando retirarse de la política. Es gente, no diría desinteresada sino en un sentido económico, interesada en algo tan valioso que no hay dinero que lo compre. Creo en ellos y espero en ellos. Se resisten a esa tentación fácil de los tiempos difíciles. Ellos son los verdaderos modelos.

            —Sin embargo, sospecho que no son esos hombres, sino los carismáticos, los que se ganan la voluntad del pueblo. Cuando usted escucha decir de un político que tiene carisma, ¿qué siente?

            —Se me pone la carne de «gallisna». Detesto el carisma en política. Porque el carisma se dirige no a la razón, no al cerebro, sino a otras vísceras menos respetables. El carisma no convence, arrastra, y eso no me gusta. A mí me gusta lo que verdaderamente se reflexiona, se decide con conciencia, con conocimiento de lo que se trata. La gente aclamada no me interesa o cada vez me interesa menos, por desgracia. Una vez yo escribí sobre esto y un ministro, imperturbable, me dijo: «¿Pero cómo es posible que hables tú contra el carisma? Si tú no tuvieses carisma, no serías nada». Y le dije: Pero estoy hablando de carisma en política; y, por otra parte, yo no ejerzo nunca el carisma que pueda tener. Yo razono.

            —Los carismáticos, por otra parte, no suelen terminar bien, ¿no?

            —No. Es lógico. Usted supóngase cuando, de pronto, cae el carisma al suelo, pega un carismazo y entonces la gente se venga de todos los engaños. Porque no está convencida, está simplemente vencida por el carisma.

            —Don Antonio…

            —Diga usted, don Jesús.

            —Por primera vez ha dicho mi nombre, y me gusta.

            —¡Pues don Quintero!

            —Los populares no son populares, los socialistas no ejercen, los liberales son conservadores… Como dicen por aquí, ¿esto qué es lo que es?

            —Usted está deseando que yo le conteste que el coño de la Bernarda. Pues delo usted por contestado.

            —Pero así es difícil que uno se ilusione con un proyecto político, porque no hay manera de saber quiénes son los tuyos ni quiénes los contrarios. Da igual a quien votes.

            —Qué quiere usted que le diga, Quintero. Se ha roto el proyecto común en millones de proyectos personales. Se ha roto el amor común en pequeños amores y deseos. Se ha roto la casa común y cada uno se ha refugiado en su rinconcillo, en su pequeño corral, en su maceta, como si lloviese sólo para regarla. Cada uno se ha refugiado en su patio, el patio de su casa que, como usted sabe, es particular.

            —¿Y eso por qué? ¿Porque nos hemos quedado sin ideología?

            —Yo sigo creyendo que existen las derechas y las izquierdas y que España es de izquierdas. Derechizada o no, pero de izquierdas. Yo creo que sigue existiendo esa izquierda que aspira a la justicia social, a la redistribución de la riqueza; que aspira al ideal cordial del hombre. Y sigue existiendo la derecha, de otra manera, medio camuflada, pero aspira a lo mismo que aspiraba.

            —Pero de verdad, Gala, ¿usted cree…?

            —Lo que sucede, perdóneme, es que, en este momento, los hombres honrados no debían sólo de contentarse con ser honrados. Tendrían que salir a la calle a pregonarlo, a decir: soy honrado, mírenme, aquí están mis papeles, aquí está mi cuenta, aquí está mi ganancia, aquí está lo que pago.

            —¡Pero no salen!

            —¡Ojalá salieran, porque serían un ejemplo! En este momento nos estamos manejando ad exempla, como decía Séneca, es decir, según la mayoría. Teníamos que mirarnos en esos espejos, que la gente se la jugara, que la gente le dijera las verdades del barquero a todo el mundo, que le cantara las verdades al lucero del alba. Porque, en este momento, no basta ser honrado; como la mujer del césar, hay que parecerlo y publicarlo.

            —¿Y no será que todavía nos quedan secuelas de la dictadura?

            —Pues claro que quedan secuelas de la dictadura. La historia avanza con una vertiginosa lentitud. Mire usted, yo escribí una vez un artículo, que me costó media vida y la amenaza de quitarme la otra media, que se llamaba «Las viudas». No me refería a la viuda del anterior jefe de Estado, ese anterior a la monarquía. Me refería a las instituciones. Y decía que las instituciones debían arder en la pira en que se consumiera el cadáver del dictador; porque, si no, no habíamos adelantado nada. Unas fuerzas armadas, que siguen armadas y que no estamos seguros de si es para protegernos o para ir en contra nuestra… Y, por otra parte, es cierto que la educación en la dictadura nos implicó tanto, nos hundió tanto, nos ennegreció tanto que cuesta trabajo salir.

            —¿En qué nota usted que, de algún modo, somos hijos de la dictadura?

            —Se dictan órdenes sin demasiadas aclaraciones. En un aeropuerto no se aclara por qué se atrasan los aviones ni por qué no llegan. No hay a quien reclamar de verdad. Todo es una confusa y boscosa burocracia. No se nos dice en serio la verdad. No se nos convence de las decisiones, y nadie dimite. ¿Usted se ha fijado en que hay gente que debería haber dimitido ya dos o tres veces, y no ha dimitido nunca?

            —Y si por casualidad se le ocurre dimitir, cosa rara, se va sin aclarar ni contar nada.

            —Bueno, eso es otro asunto muy bien visto por un amigo mío que se murió, que se llamaba Josep Tarradellas. Una vez le pregunté: ¿Para ser un buen político qué hay que hacer? Y me dijo una cosa muy vaga: «Lo primero, tener una mujer inteligente —no sé por qué—; en segundo lugar tener muy buena salud —él la tenía estupenda—; y, en tercer lugar, si te echan de un sitio, callarte, porque, si no, no vuelven a llamarte». Es decir, que eso es una técnica lógica del señor que espera las segundas vueltas.

            —Pero eso no está bien.

            —Perdone, Quintero. Lo que no está bien es callarse estando en el puesto. Estando en el puesto es cuando hay que decir lo malo que se ve desde ese puesto, que está un poquito más alto que el nuestro y que, por tanto, ofrece más paisaje. Debían hablar no cuando los destituyen, sino todavía cuando están instituidos.

            —Hablábamos de la dictadura y ahora recuerdo que usted fue el autor de la famosa frase «contra Franco vivíamos mejor».

            —Contra Franco vivíamos mejor porque vivíamos en la esperanza, vivíamos en la ilusión de un mundo que íbamos a hacer entre todos. Todavía nadie nos había tronchado la idea de la utopía que teníamos. Todavía no empezaba a confundirse la política con el arte de lo posible, con el pragmatismo, con los pies pegados al suelo. Todavía volábamos. Eramos más jóvenes y todavía creíamos que la buena fe y el amor a España iban a ser decisivos en nuestra vida y en la vida de nuestros hijos.

            —No fue así, pero ha habido logros, ¿no?

            —¡Qué duda cabe! No, no, perdón… Yo parto siempre de que España ha cambiado y de que la libertad no es, de ninguna manera, lo que había antes, y de que usted y yo podemos estar hablando afortunadamente aquí de estos temas. ¡Claro que ha cambiado! Yo me refiero a lo que ha cambiado no en el buen sentido. A lo que creíamos que iba a cambiar para mucho mejor y sólo ha cambiado para bien. Pensábamos que íbamos a llegar más lejos, simplemente.

            —Quizá es que creíamos que la democracia era la meta y que, cuando llegara, se iba a resolver todo. Nos olvidamos de que la democracia no es un fin, sino un medio para llegar más lejos, como usted acaba de decir.

            —La democracia no es una panacea, es una disponibilidad. La democracia es lo posible, un punto de partida. Si en esta mesa nosotros colocamos objetos, unos bonitos y otros atroces, la mesa es la democracia, y no es la culpable. Los culpables somos nosotros que colocamos esos objetos inservibles, rotos o perjudiciales. Es decir, la democracia es un medio para mejorar la sociedad en libertad.

            —¿No es un mito de la democracia eso de que la mayoría nunca se equivoca? ¿No es como decir que el cliente siempre tiene la razón?

            —Sí, un poco. Pero usted sabe que los dependientes suelen decir eso con cierta retranca. Ellos piensan que el cliente nunca tiene razón. Lo que sucede es que quieren vender el producto. Yo encuentro que muchas veces (y más ahora, cuando hablamos de estas técnicas de marketing) a la mayoría se la puede llevar a equivocarse. ¿Cuál es la razón de la mayoría? ¿Qué es la mayoría? Un hombre, una mujer, un voto… Es difícil, es difícil… ¿A un burro quién puede enseñarle a cantar como un ruiseñor? Lo del burro no es cantar, es rebuznar. Habría que educarle la voz. Para eso está la democracia, para educar a todos, para que todos cantemos. No es bueno que todos rebuznemos. Sería injusto, tan injusto como juzgar a los desiguales igualmente o como juzgar a los iguales desigualmente. La realidad es que todos somos iguales ante la ley, pero no unos con otros. Le digo más todavía: siempre he estado convencido de que si todos fuésemos iguales, todos seríamos peores.

            —¿Que le debe usted particularmente a la democracia?

            —Yo he tenido que hablar mucho entre dientes. Recuerdo que había un compañero de usted que se llamaba Pedro Rodríguez, espléndido periodista, espléndido entrevistador, que en cierta ocasión dijo: «Si hubiese un ministerio de mutilados por la censura, debía hacerse ministro a Antonio Gala». Yo he sufrido mucho con esa especie de mater et magistra regañona, que se transformó en colaboradora mía sin pedírselo. He sido muy infeliz y ésa es la razón probablemente de que tuviese tantos procesos. Yo llegué a tener dieciséis procesos simultáneos en aquella época, y en el principio de la transición, con Arias Navarro, que era muy duro y profundamente odioso.

            —¿Gala, usted cree que el fin justifica los medios?

            —No hay ningún fin que justifique medios malos. No se puede perseguir un fin lícito a través de medios ilícitos. El Estado es el administrador de la ley y tiene que ser el primer cumplidor de la ley. Odio los desagües. Odio las fontanerías turbias y sucísimas que no sé dónde van a parar. No me gusta eso. Una democracia significa ya un cumplimiento de la edad suficiente para votar, y todo el que vota tiene derecho a saber a quién ha votado, por qué lo ha votado y qué administración se va a hacer con su voto.

            —¿Quiere decir que tampoco cree que la razón de Estado esté por encima de la razón de los ciudadanos?

            —Que la razón de Estado se oponga a la razón del ciudadano me parece una contradicción tan grave que sería ocasión de echar un buen foco sobre ella. A mí oír hablar de gastos secretos o reservados, de asuntos reservados, de temas reservados, de cuentas reservadas, de datos que se reservan procedentes de aquel o este Instituto de Estadística o de lo que sea, me produce una gran desazón. Es como si yo estuviese jugando con alguien y de pronto descubriese que tiene ases en la manga. Es un extraño juego de tahúres.

            —¿No tiene por qué ocultarse nada?

            —No tiene por qué hacerse ocultación. Hace tiempo, alguien dijo: «El Estado soy yo». Contra aquello se podía ir o no, pero estaba clarísimo: el Estado era él. ¿Ahora quién es el Estado? ¿Dónde está el poder? Nadie es el Estado. Nadie es el poder. Está recluido en extrañas instituciones no legisladas, en institutos sombríos que lo manejan misteriosamente, en asesorías que desconocemos y que nunca salen en los periódicos, contra las que no se puede reclamar, a las que no se puede pedir indemnización. Lo que era la mayoría silenciosa se ha ido convirtiendo en la mayoría silenciada. Todo esto es un poco difícil de digerir. Porque el pueblo se siente así disminuido, se siente apartado, se siente discriminado, se siente engañado.

            —Afortunadamente hay periodistas inquietos y valientes dispuestos a bajar a las cloacas y a descubrir los interiores de las extrañas instituciones y los institutos sombríos de los que usted hablaba. ¿Qué opina usted de la relación periodismo-poder?

            —No sé si es muy buena.

            —Bueno, hubo un momento en que sí.

            —Sí, era buena al principio. Pero luego hubo una sutileza que distinguió entre «la opinión pública» y la «opinión publicada». A mí aquello me preocupó porque fíjese usted: si existe una opinión pública que no se hace pública (es decir, que no se publica), es como si no existiese, con lo cual la administración sería mucho más cómoda. Por otra parte, el que publica su opinión (es decir, el periodista), primero, forma parte de la opinión pública, puesto que forma parte del pueblo que tiene derecho a criticar y, en segundo lugar, y eso es lo temible para ellos, forma esa opinión pública. No sólo forma parte, sino que la forma y la conforma. Por cierto, no me gustó lo que usted dijo antes.

            —¿Qué?

            —Lo de hijos de la dictadura, porque eso es como ser hijos de mala madre.

            —Pues entonces digamos hijos del agobio.

            —Eso sí. Pero entonces ellos también participan de tal situación. No les gustan las críticas. Quieren la aclamación. Yo comprendo que es fácil quererla, porque todos los que trabajamos delante del público, de una manera o de otra, queremos que se nos aplauda y que se nos aclame, y nos molestan las críticas. Pero creo que la crítica es absolutamente necesaria y esencial para que todo oficio público funcione.

            —Gala, los políticos salen del pueblo, no son extraterrestres…

            —Yo espero que no, me asusta usted… No, yo creo que el político tiene que tener unas virtudes lógicas: la honorabilidad, la honestidad, la serenidad, la facultad de previsión, la ejemplaridad… Y tiene que tener una esencial: pertenecer en carne y sangre a su propio pueblo. Es un ser que el pueblo da de sí, que el pueblo da a luz, en el estricto y nobilísimo sentido. ¿Cómo va a ser ajeno a nosotros? Es nuestro, no tanto porque nos gobierne, sino precisamente porque nos representa. No es fácil ser político, Quintero. No es fácil ni envidiable. Hace falta verdaderamente mucha vocación y, si esa vocación se frustra, debe de ser extraordinariamente triste.

            —¿Tiene razón el pueblo cuando desconfía de la sinceridad de los políticos?

            —Sí, tiene toda la razón. El pueblo español podrá no estar muy bien informado y podrá no estar muy bien formado, pero tiene una naturaleza congénita de una vivacidad tremenda, y tiene un sentido por encima de todos los demás: un olfato magnífico. Y si huele a podrido, él lo sabe antes que nadie.

            —¿Cómo imagina que juzgará políticamente la Historia estos tiempos?

            —Si la Historia va a peor, los juzgará benéficos; si va a mejor, los juzgará como son: desalmados y desamorados, insolidarios y repulsivos.

            —¿Cree que la Historia absolverá a los responsables de la corrupción, la guerra sucia y demás desmanes que en los últimos años nos está tocando vivir?

            —La Historia se olvida de ciertas cosas cuando tienen éxito. Ojalá no lo hiciera y emitiese sus condenas más graves. Según Eugenia de Montijo, lo único que no se perdona en política es el error.

            —¿Usted los absuelve?

            —No, de ninguna manera. Hay que castigar a los que caen en las tentaciones que perjudican a quienes en ellos confiaron. Ay de quien defraude a su gente.

            —¿Qué es lo más grave que ha sucedido políticamente en estos años?

            —La política no tiene la culpa de todo, aunque hasta los políticos (por darse importancia) se lo crean. En España lo más grave es la confusión de los poderes democráticos, que ha dejado aquí a los políticos sin pueblo y ha transformado todo en un bodrio infinito.

            —¿Qué piensa de los GAL?

            —No se puede combatir el terrorismo con otro terrorismo. Si un ciego conduce a otro, ambos caerán en el abismo.

            —¿Hay solución para el terrorismo?

            —Difícil, porque los terroristas actúan sin criterio, sometidos a una inercia que no pueden o no saben resistir. Son profesionales del terror y es imposible que aprendan otro oficio.

            —¿Hay solución para el paro?

            —Sí, y se debió prever hace mucho tiempo. Hay que sustituirlo por el ocio: un ocio enriquecedor, bien repartido y generoso. Ya los gobiernos empiezan a saberlo.

            —Algunos científicos aseguran que se podría acabar con el hambre en el mundo sin grandes esfuerzos. Si es así, ¿por qué no se acaba?

            —Siempre hay alguien empeñado en que no sea así: los depredadores capitalistas y los vendedores de armas son los culpables principales. Los que queman el café o el azúcar o lo que sea para que no baje su precio.

            —¿A los políticos les interesa de verdad arreglar los problemas o es más rentable políticamente perpetuarlos?

            —Los políticos, si es que se puede generalizar, no estoy seguro de que sepan lo que quieren. Acaso los más altos, los que no están aquí, planean la prolongación de los problemas para tratar de ser imprescindibles. Nunca me he fiado de los fríos y malditos Estados mayores. Ni creo que todos los políticos sean iguales: los hay mucho peores.

            —Para terminar, Gala, ¿cuál sería su ideal de España?

            —Yo creo que el ideal de todos: una España clara, una España limpia, una España culta, una España en la que todos los partidos se pusiesen, unidos, a trabajar como los costaleros de un paso de Semana Santa en busca de las aspiraciones conjuntas, de los ideales comunes, de los más altos. Una España en la que la religión, esa Banca que a usted tanto le duele, la economía, los ejércitos, estuviesen a disposición del hombre y para el hombre, y no el hombre a disposición de ningún sistema. Esa es la España que yo he soñado, que sueño y que soñaré hasta que me muera.

            —¿Nos encontramos mañana por la noche, en el mismo lugar y a la misma hora?

            —Si nada lo impide.

            —No creo que nada lo impida. Afortunadamente, pasó la época en la que por decir lo que hemos dicho se podía acabar en la cárcel. Algo ha cambiado.

            —Muchas cosas han cambiado, y las que cambiarán si todos nos empeñamos.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

Publicar comentario