El tiempo se ha cruzado en mi vida, cuando siempre me había parecido simpático y sencillo, 

con la imagen de un ave zancuda de alas grandes que nunca levantaba el vuelo y nunca

dejaba de volar, planeando sin esfuerzo y en silencio a lo largo de la orilla del río, deslizándose

sin velocidad sobre el curso del agua.

De pronto, sin motivo, el tiempo de marcha natural y distribución simple, se ha atravesado en mi vida 

como si se hubiera convertido en una tormenta joven y torpe que me llama padre, y ya nada es fácil. 

No sé si necesita mi sangre o quiere darme la suya. Era suave y suelto y ha empezado a tardear

y a pasearse por las afueras como un gánster.

No está nunca en el ahora, en la actualidad, en el presente. Ha saltado del reloj y las saetas giran solas, 

puntuales y a lo tonto, como sigue funcionando el reloj de un muerto dentro del ataúd, allá,

en lo oscuro de la tierra.

Ay, el tiempo bueno, bonito y obediente se ha quitado los clavos y se ha descolgado de la cruz

y ya no tengo un ahora automático que vaya viviendo por mí, ya no tengo el presente virtual que

era un todo entero que llenaba de vacío satisfactorio cada momento de mi vida. 

El tiempo ya no seguirá inyectándome actualidad; más bien parece decirme, con sus pases

de desprecio: quítate las moscas, duélete, no te robes, no te alquiles, vamos, vámonos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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